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Solidaridad Global,

Cordoba, Argentina,

marzo 2009.

 

       Cuando se mira desde un mangrullo se espera o la guerra o el comercio, hoy, quizá ayer también, cuesta diferenciar conflicto y tráfico. La economía, que no es el comercio, destruye. En América Latina y el Caribe durante la Conquista y la Colonia destruyó principalmente gentes, culturas. También ayudó a construir otras gentes, los mayoritarios latinoamericanos de hoy. La guerra, por supuesto, aniquila. Comercio actual (capitalismo global) y guerra (global y preventiva contra el ‘terrorismo’) devastan. La región, América Latina y el Caribe, que no es exactamente ‘nuestra’, tiene experiencia en destrucciones. Nuestras, éstas sí lo son, oligarquías han agredido siempre mediante la gran propiedad, el control del Estado y la banca, las alianzas con grupos extranjeros y el catolicismo, por citar cuatro factores. Su destructividad se nutre de una sensibilidad que mezcla crueldad con desprecio y que, nos cuentan, tiene la bendición si no de Dios, al menos del episcopado. Desde luego su destrucción ha producido “patrias” centradas en fragmentaciones, exilios y exclusiones.

   Nuestras poblaciones son también expertas en arrasamientos y crueldad. Algunos de sus sectores las han padecido, y resistido, publicitadamente por más de 500 años. Otros, como las mujeres o los estudiantes y jóvenes, también llevan, y sobradamente, más de 500 años de separación, acoso y muerte pero sus resistencias han sido más focalizadas y menos (con excepciones) publicitadas. Es inevitable que tantos desagregados y empobrecidos hayan aprendido a resistir y a solidarizar porque resistencia y solidaridad son herramientas y armas (economía y guerra) de una supervivencia que rechaza la muerte no porque la tema sino porque no se quiere morir cuando aún no se ha conseguido todavía crear vida, ojalá universal.

   Entonces, hay distintos mangrullos. Desde algunos, la ciega mirada global observa obsesa el avance de la destrucción que impide la vida y asegura ganancias futuras y también con desprecio (apenas trizado en ocasiones por el miedo) la resistencia de las víctimas, sus armas, sus cantos, sus organizaciones, sus pancartas, sus martirios. Desde otros, una específica mirada social asume la realidad de la destrucción y del dolor y el vigía imagina cómo burlarlos y, sobre todo, con quienes, desde dónde y para qué. Existe también un tipo de mangrullos que no permiten mirar hacia afuera si no se ha aprendido, previamente, a cuidar de uno mismo. Quien quiera avistar el mundo y avisar sus amenazas y gratificaciones debe asumir la historia, agónica y fértil, que ha producido su capacidad y necesidad de avistar.

   Así, cuando se mira desde un mangrullo se tiene que saber a qué atalaya se ha uno subido y cómo se la ha construido social y políticamente. La mirada no es nunca inocente. Tiene su sociohistoria y también se nutre de sus horizontes de esperanza.

   Desde el mangrullo aquí elegido, América Latina no ve amenazas ni desafíos, discierne provocaciones. Una economía global cuya lógica condujo al despilfarro, la impudicia y la guerra y sus dirigentes mundiales, o sea las grandes economías/Estados, hurgan en los bolsillos de los ciudadanos (esta vez globales) para remediar la destrucción sin castigar responsables directos. No hay sonrojo ni expiación. Algunos, excitados, claman por entregar más recursos financieros al Fondo Monetario Internacional. ¡Como si en América Latina no conociéramos la desvergüenza e ineptitud de su tecnocracia soberbia! A quien fracasa, y rotundamente, más recursos. Y a quienes pierden su empleo, o lo ven deprimido, o no lo han tenido nunca, el consolador diagnóstico de que los negocios no permiten hacer otra cosa.
   Desde el mangrullo de los pueblos no se divisa a ningún gobierno latinoamericano tocando a rebato para exigir, ¡todos juntos!, un Nuevo Orden que, si se quiere, genere un comercio internacional sin destrucción ni vasallaje, pero privilegie, como núcleo o eje del sistema, la salud de la gente, su acceso a la capacitación y formación permanentes y, sobre todo, ofrezca a todos trabajo humanamente gratificante. Uno que tensione, por ejemplo, creatividad/libertad e ingreso. Desde el mangrullo popular se intuye este Nuevo Orden, clarísimo por necesario, perfilado en el horizonte.

   Se lo siente, pero no se escucha el vozarrón de quienes deberían exigirlo. Y es, dentro del dolor y los desplazamientos forzados, buena época. Desde el mangrullo popular, de las gentes, se palpa el cuerpo de la crisis. Es cultural, más que económica. Por cultural, una crisis de legitimidad que comprende a un tipo de economía y a un tipo de guerras. Pero si desde el mangrullo no se avisa a todos que se ve, oye y siente una crisis de legitimidad y que ella podría superarse con otras formas de gobierno y otros relacionamientos básicos (economía, libido, cultura) es porque tal vez no hemos logrado construir todavía, para esta cita, una efectiva atalaya popular. A ver si desde ya intensificamos la mirada sobre nosotros mismos.
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marzo 2009.