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Solidaridad Global. Con la

Humanidad, con el Planeta

y con la Paz, marzo 2009,

Córdoba, Argentina.

 

   
   

   Si algo caracteriza a los recientes foros Social y de Davos es que un sector considerable y variopinto de opinión los ubica imaginariamente en una crisis, la del capitalismo neoliberal. Parte de este sesgo es responsabilidad de la imagen/sentencia o candorosa o interesada de Joseph E. Stiglitz quien asoció, en su momento, el estallido de la burbuja financiera estadounidense con la “caída del Muro de Berlín”. En realidad este muró no cayó, sino que fue destruido por sectores mayoritarios de la población de la actual Europa Central. La destrucción del Muro de Berlín fue un momento de procesos políticos y geopolíticos inscritos en la crisis de acabamiento de las sociedades del socialismo histórico esteeuropeo y soviético. De la destrucción del Muro por la gente no podía salir “más socialismo”. En cambio, del colapso financiero y de la recesión capitalista que la siguió y está en curso puede seguirse ‘perfectamente’ más capitalismo e incluso un capitalismo ‘más controlado’, pero no por la ciudadanía o por las necesidades de las poblaciones que lo sufren. Y este último control sí sería un cambio de su carácter.

    La deslegitimación de cierto tipo de banca capitalista no se inscribe en un proceso de crisis de acabamiento del capitalismo ni de su ideologización neoliberal. Algunos, como la canciller alemana Ángela Merkel, desean un mayor control sobre esta banca (¡lo llevaría Naciones Unidas!), otros, como la administración Obama o francesa aspiran a un sector financiero “con valores” (criterio compartido parcialmente por Benedicto XVI) y no faltan quienes, desde la banca y la política, culpan de la debacle actual a las “medidas socialistas” de la ya lejana administración Clinton. Más allá, alguien estima que la acumulación de capital se fortalece con sus ‘crisis’ (“destrucción creadora”, se llama). De hecho, el Foro Económico Mundial de este año se convocó bajo el lema “Reconstrucción del Mundo de la post-crisis” y sus campos temáticos más significativos fueron la estabilidad del ‘desarrollo’ (es decir del crecimiento vinculado a la expansión de las necesidades de acumulación de capital) y valores y principios de la dirección (o sea, el G-8) para un mundo de la post-crisis. En el debate interno, sobresalió la observación rusa (Putin) de que no debe pasarse a un “excesivo control estatal como contrapeso a la liberalidad anterior” y el apoyo chino (Wen Jiabao) para conseguir una salida ‘capitalista’ a las dificultades. Los Banqueros, Empresarios Estados y Gobiernos que determinan el actual mundo y sus conflictos no se sienten para nada amenazados en sus posiciones aunque el sistema que les confiere poder y prestigio fracase y ofrezca groseras señas de no servir a las poblaciones sino a la acumulación global de capital y a los poderes unilaterales que la expresan. Los grupos y personalidades en Davos coinciden en lo básico: que facturas y dolores recesivos caigan sobre el empleo (y el trabajo, que no es lo mismo), la ciudadanía de a pie y las poblaciones de las economías ‘emergentes’, como la china, o periféricas, como las latinoamericanas. Quedan relegadas o invisibles medidas sobre los radicales desafíos culturales, o sea socio-humanos, ligados con la degradación del ambiente natural y se refuerzan la hipocresía y el doble discurso en relación con pobreza y miseria valoradas como violación de derechos humanos y no únicamente como asuntos económicos que se resolverán mediante el ‘crecimiento’.

    Una imagen condensa la ‘espiritualidad’ política y geopolítica de la última reunión del Foro Económico Mundial. El primer ministro de Turquía ingenuamente pensó que podía referirse en él a los crímenes cometidos por el gobierno/Estado de Israel en sus últimas incursiones “defensivas” en la Franja de Gaza. No le permitieron hablar y debió autoexpulsarse de la sala de debates. La anécdota encierra lo que los asambleístas de Davos valoran una necesaria coordinación (equivale a “solidaridad”, en su lenguaje) global. Declara un economista funcionario del Banco Mundial: “El estímulo fiscal no funcionará si sólo un país lo adopta, debemos tener un acercamiento coordinado, implementado por las economías industrializadas y emergentes”. Klaus Schwab, el fundador del Foro,  reafirmó el sentimiento de que solo las cabezas del sistema vigente, y sus instituciones, pueden entregar sentido a la ‘coordinación’ mundial: “La clave es la cooperación a nivel global no solo entre los (distintos) gobiernos, sino entre todos los actores de nuestras sociedades”. Retornando a la anécdota del ministro turco, para el Foro, los habitantes de Gaza deben cooperar con la masacre o genocidio que el Estado de Israel, y sus amigos y sostenedores, ‘coordinan’ contra ellos.

    Ninguna sensibilidad en el seno del Foro acerca de que tal vez los causantes de las debacles sean ellos (una pancarta de manifestantes en Davos apuntaba: “You are the Crisis”). Se preparan para lanzar una improbable “reforma global” sin una autocrítica que debería llevarlos a dejar sus cargos y comprometerse en tareas de expiación por sus acciones y omisiones.

    Abandonando la vulgaridad, la reunión de Davos podría haberse ocupado de desafíos efectivos del contexto: el naufragio del paradigma de relaciones internacionales condensado en la institución de Naciones Unidas (con su consiguiente colapso y la evidente ineficacia, en relación con sus objetivos, de sus dependencias, el FMI y el Banco Mundial, por ejemplo), naufragio que se sigue de la vigencia de una sensibilidad de “guerra preventiva” contra el terrorismo, terror en el que se inscribe, sin novedad, la cínica brutalidad del Estado de Israel y la renovada flacura de derechos humanos en Estados Unidos, Rusia o China, por citar tres espacios. Davos pudo también intentar sensibilizarse respecto del palpable deterioro generalizado de la sensibilidad humana ligado a la mundialización de la forma mercancía y sus costos económico-sociales, en particular la polarización mundial, inseparable de los costos ambientales y de los desafíos migratorios no deseados. Los poderosos prefieren mantener desagregadas este tipo de agendas. Su ceguera podría implicar o la desaparición de la especie humana o su conversión sobreviviente a algo todavía no conocido pero deudor, sin escapatoria, de un inédito crimen contra la humanidad. Son escenarios posibles durante el siglo XXI. Pero en Davos se opta por charlar para sostener, profundizar y ‘ordenar’ lo que conduce al desplome. Cada una de estas reuniones de quienes tienen prestigio y poder (y armamento de destrucción masiva) se da como contraparte de un brutal agujero negro que ellos invisibilizan.

    El Foro Social Mundial, en esta ocasión retornado a Brasil (Belem do Pará), ha buscado desde su inicio anular y revertir esta invisibilización y constituirse en el fundamento político de la posibilidad efectiva de ‘otro’ mundo. Si se lo mira así, por su objetivo estratégico central, no existen razones fuertes para considerar ésta, su novena versión, como un especial éxito. El Foro Social no logra todavía darse las formas orgánicas para transitar, desde la vital emocionalidad de un gigantesco “happening”, hacia fuerzas efectivas que, articuladas, alcancen capacidad permanente de incidencia tanto política como cultural.

    Precisemos: cuando se señala que la destrucción del Muro de Berlín fue el resultado de una movilización (o explosión) política, y no una mera caída de ladrillos y varillas, se está enfatizando que su liquidación formaba parte de la identidad social y cultural de quienes lo destruyeron. Es el tema de la hegemonía. Una fuerza política no lo es si quienes se inscriben en ella no se juegan su identidad efectiva en sus luchas.

    Es esta repulsión identitaria (obviamente un proceso, no una naturaleza) la que bloquea, constante o transitoriamente, el ‘retorno’ del socialismo o comunismo de estilo soviético en esas áreas. No se discute aquí si esto es positivo o negativo. Se quiere solo resaltar uno de los factores que constituyen a los grupos humanos y a sus movilizaciones en una fuerza política y, con ello, en actores/sujetos de autotransferencias de poder y, también, con demandas o propuestas institucionales. Un actor político, en especial los populares, lo es porque su movilización (que incluso puede pasar por su inacción aparente) incide donde “debe” incidir: en el juego de fuerzas del sistema y con vistas a prolongar o a cambiar su carácter. El Foro Social no se ha dado las capacidades que transformarían a sus agrupaciones y sectores, constantes o variables, en actores efectivamente incidentes en un juego global de fuerzas. Por ello sigue estando más cerca del happening emotivo y de los espacios de encuentro (para decirlo en términos de política popular) que de núcleos duros de pasión, concepto y utopía que se empeñan en la acción colectiva particularizada y a la vez estratégica. No es tampoco que alguna de estas tareas resulte fácil o cómoda.


   Por contrario, son complejas y arduas. El Foro Social no tiene las características de un espacio de coordinación (sobre tareas en realización o por realizar) sino más bien las de un espacio de encuentro. Por ello su eje no está en el evento mismo, por nutrido o espectacular que resulte, sino en los trabajos socio-políticos efectivos que lo anteceden y en la ejecución de tareas que lo prolongan como nuevas formas de incidencia y acumulación de fuerzas. Esto supone el compromiso de mesas o comisiones de trabajo permanente (información, difusión, debate: local, nacional, regional, global), entre los eventos (Foros), de modo que éstos condensen y expresen los trabajos en proceso y los desafíos/tareas por asumir sin intentar resolverlos en el Foro mismo.

    En esta ocasión, el Foro fue organizado como un happening multitudinario y “gratuito” y, paralelo a él, un espacio de presentaciones, debates y declaraciones con inscripciones pagadas que lo harían una especie de lugar de coordinación de luchas globales. No es posible detallar o argumentar aquí esta observación crítica. Sin embargo, se puede presentar un botón de muestra citando el párrafo inicial de la declaración final de la Asamblea de los Movimientos Sociales, tal vez la sección más importante del Foro Social del 2009:
   
    “NO VAMOS A PAGAR POR LA CRISIS, QUE LA PAGUEN LOS RICOS. Para hacer frente a la crisis son necesarias alternativas anticapitalistas, antirracistas, anti-imperialistas, feministas, ecológicas y socialistas”.

    El encabezado en mayúsculas es altisonante. La gente y la ciudadanía común ya están pagando la crisis vía el desempleo, el sostén millonario al sector financiero y productivo, las legislaciones represivas de la fuerza de trabajo y su movilidad, etc. Y la seguirán pagando porque no están en cada punto del sistema organizados para no pagar, lo que implica mucho más que negarse individualmente a pagar. Además, mucha gente común en todos lados cree que aportar su sacrificio en la recesión es un “mal menor” ante una economía penumbrada (no en crisis en su sentido radical), pero que los “expertos” vaticinan se recuperará. El anticapitalismo no ha ganado peso en este inicio del siglo en tanto sensibilidad cultural mundial, no está incorporado como tal en la autoproducción de identidad (integración personal y social, como la de sexo-género o la laboral) de la mayoría en los diversos espacios en los que se mueve la gente (familiar, barrial, provincial, nacional, etc.). La sensibilidad de los foros sociales (si es que existe) es de minorías y, más grave, está aislada. Y a este aislamiento concurren factores de contexto, internos y de guerra ideológica.

    Lo anterior, con ser serio y radical, es sin embargo menos grave que el que la organización de la declaración (al menos en este primer párrafo) reproduzca el imaginario, la ideación y la estética del sistema al que se desea confrontar, denunciar y transformar. Primero, no existe tal crisis política del capitalismo (aunque exista recesión) porque no existe una alternativa a él. Una crisis sistémica para serlo debe ser política y para alcanzar carácter político debe existir una fuerza social alternativa que empuje una salida no contenida en las lógicas dominantes del sistema que entra, o al que se hace entrar, en crisis. El sistema puede incluso colapsar, pero si no existe esta fuerza alternativa no colapsa como resultado de una crisis político-cultural. La “crisis” global es un fantasma con que el sistema busca coordinar salidas pagadas por los que menos tienen. Segundo: el párrafo enumera ‘movimientos’ (reducidos al concepto, es decir abstractos) que tal vez solo pueden ir juntos (por el momento) en el papel de una declaración. Cito dos: feministas y ecologistas son denominaciones genéricas irreductibles en la existencia cotidiana a un imaginario anticapitalista. La declaración, por tanto, solo se dirige a ecologistas anticapitalistas y a feministas anticapitalistas. Es decir, desagrega (y enfrenta) en lugar de articular positivamente a la mayor parte de luchadoras (es) ambientales y a la mayor parte de las mujeres y varones que lucha contra el imperio patriarcal al imponerles directamente la camisa de fuerza anticapitalista y desdeñar el carácter antisistémico que por sí mismos pueden tener (de hecho lo tienen) los movimientos populares por una defensa y promoción de la Naturaleza y los movimientos populares contra la dominación patriarcal. No se trata de una defensa del capitalismo. Lo que se reconoce, práctica y conceptualmente, es que un movimiento social como el feminismo, en su variedad, puede llegar a ser antisistema (y con ello anticapitalista) por sí mismo y vinculado positivamente con otros movimientos y movilizaciones. Agrego aquí: lo que enseña el siglo XX es que esto último: llegar por uno mismo a la lucha antisistema es la única vía para producir y sostener revoluciones. No se discutirá aquí este punto. Solo una observación-frase: no se puede sostener revoluciones (de hecho no lo serían) contra los sentimientos de la gente. Si no se entiende esto, el siglo XX transcurrió en vano.

    Por supuesto lo anterior designa una realidad compleja. Por supuesto ella plantea desafíos inéditos. Por supuesto sus temporalidades de efectivación (no se dan una sola) pueden ser morosas, arduas y traer decepciones, defecciones y “retrasos”. Pero nadie ha afirmado, y nadie debería creer, que transformar revolucionariamente un sistema totalitario (o saturante) sea empresa sencilla o fácil. Y recordemos que lo que está en juego es su carácter (totalitario, es decir de avasallamiento y domesticación de subjetividades), no solo su presencia.

    Si se retorna a la declaración final de la Asamblea de Movimientos Sociales (reiterando excusas por no dar aquí un panorama global de ella), encontramos también señales positivas aunque insuficientes. Quiero destacar aquí las tareas a las que se comprometieron los firmantes. Me refiero a las fechadas para este año, que son nueve.

 

   Escojo al azar: una semana (28 de marzo al 4 de abril) de “…acción global contra el capitalismo y la guerra”. El mismo 28 de marzo, “movilización contra el G-20”. El 30 del mismo mes “… día de solidaridad con el pueblo palestino impulsando el boicot, las desinversiones y sanciones contra Israel”. También el 4 de abril, “… Movilización contra la OTAN en su 60 aniversario”. Ahora, con independencia de la conjunción (o concentración) de tareas/temas, cuestión polemizable, y de su sesgo ideológico ‘tradicional’, lo importante de estas acciones es el trabajo previo con la gente que asistirá, con la que querrá informarse (que no será la misma), con la que rechaza la acción específica. Y, después, el trabajo de seguimiento, de captación de diversos tipos de militantes, de ampliación de redes y círculos. Y sobre todo ello, evaluación del proceso en términos estratégicos y específicos. Si no se enfatizan estos aspectos, se está hablando solo a los ya convencidos y no se está disputando la sensibilidad cultural de la población. Y no se diga que son detalles. Tratándose de este tipo de luchas, el procedimiento básico de trabajo es tan o más importante que los contenidos. Si se quiere, es un contenido. Lo que está en disputa es el espíritu de la gente (su subjetividad, para decirlo en laico) y éste no se conmueve con gritos, directrices o suficiencias como las de “tener razón”. Todo el mundo y cada quien tiene razones.

    Termino con una referencia que condensa el núcleo de estas observaciones. Al Foro Social Mundial de Belem do Pará, asistieron los presidentes de Bolivia, Brasil, Ecuador,  Paraguay y Venezuela. Es bueno que asistan. Pero a escuchar y aprender, no a hacer discursos o disputar protagonismos. Y deben llevar a estos foros equipos amplios y variados que los ayuden a recoger información, atender consultas y comprometer acciones, cuando corresponda y se pueda.

    El Foro Social Mundial, pese a su capacidad de convocatoria, casi 100.000 gentes en Belem do Pará, no ha logrado producir todavía su estética (sensibilidad) efectivamente alternativa. Mucho menos ha encontrado su viabilidad orgánica. Pero está ahí. Y muchos de quienes lo protagonizan lo sienten suyo. Estar y ser deseado es ya un mérito en estos tiempos de vaciamiento interior. Pero sin duda resulta imprescindible crecer en espiritualidad, concreción e incidencia. El Foro sigue en deuda.

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    En este trabajo se utilizó información aparecida en Internet de Roberto Carballo, Carlos Bedoya, Bradley Brooks, Bruno Ebner, Josu Egireun, Luis González y Gustavo Martínez Romero.