Editado en OJO CENSURADO. N° 2, Noviembre, 2006

 

La ausencia de debate efectivo en la fase de aprobación o rechazo del Tratado de Libre Comercio entre Costa Rica y Estados Unidos ha potenciado el flujo de opiniones fantásticas que invaden el campo de lo grotesco. Entre ellas, la ficción del editorialista de La Nación S.A., principal medio masivo comercial del país, detallando que quienes adversan este TLC, que son muchos y comprenden expresidentes de la República, políticos con respaldo ciudadano, sindicalistas, estudiantes, instituciones universitarias, intelectuales, artistas, campesinos, sectores empresariales, todos ellos en el ejercicio de sus derechos ciudadanos, se han aliado con el Gobierno de Cuba, y son utilizados por él, para evitar que Costa Rica crezca económicamente y se modernice.

En realidad el gobierno cubano se interesa en denunciar a la opinión internacional el alcance de la extravagante ocurrencia del presidente de Costa Rica, Óscar Arias, al autoproclamarse en agosto de este año gestor de una transición hacia “la” democracia en Cuba a partir de la enfermedad de Fidel Castro. El gobierno cubano es sensible a este tipo de groserías injerencistas porque las ubica en el marco del deseo de la administración Bush de reanexarse a su población y territorio como neocolonia. No hay aquí exageración tropical. El gobierno estadounidense ha dispuesto públicamente 129 millones de dólares con este fin (una ‘democratización’ como la recetada a Irak) a los que deben sumarse otros destinados a operaciones encubiertas. Cuba estima que la ocurrencia de Arias juega un papel en este proyecto terrorista. Y contraataca internacionalmente hasta el momento con éxito. La fábula de La Nación, cuyo objetivo es denostar a quienes localmente se oponen al TLC como antipatriotas y aliados con el Eje del Mal, no puede explicar, ni lo intenta, por qué el gobierno cubano enfrenta solo a la administración costarricense y no critica a los otros países centroamericanos y a República Dominicana que ya ejecutaron el rito de atarse en desventaja y a perpetuidad con la economía gringa.

En entrevista reciente al oficialista OJO (N° 114, Año V) el presidente de la Unión de Cámaras y Asociaciones de la Empresa Privada, de apellido Carrillo, quien adhiere fervoroso a la ficción anterior, añade su versión de lo que motiva a los opositores del TLC. Su postura es ideológica, entendiendo ésta como sesgo “antinorteamericano”. Carrillo en apariencia se quedó anclado en la Guerra Fría. No argumenta nada. Descalifica a los opositores como antinorteamericanos (él quiere referirse a Estados Unidos) y ya. Admite incluso que es buen momento para el ‘antinorteamericanismo’ porque ese gobierno se ha ‘extralimitado’ en las guerras contra los pueblos de Irak y Afganistán. En realidad la política de la administración Bush no solo se ‘extralimita’ en la eliminación de ‘terroristas’ sino que mandó a la basura el paradigma de relaciones internacionales abierto con la creación de Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial. Desde que intervino unilateralmente en Irak vuelve internacionalmente la ley de la selva. Solo que, a diferencia de inicios del siglo pasado, ahora muchos Estados poseen armamento nuclear. Así, muchas personas pueden albergar renovados temores hacia EUA: son los principales agresores internacionales y podrían desencadenar una catástrofe planetaria. Su Gobierno es mentiroso y se jacta de que sus crímenes quedan impunes. Más: exige aplausos por perpetrarlos.

Estados Unidos anima además ansias y temores por otra razón. Practica un capitalismo de corporaciones que hace de las ganancias particulares la finalidad de la existencia. Para una corporación que sigue el modelo estadounidense la destrucción del hábitat natural o la sujeción-explotación-rebajamiento de las poblaciones son decisiones empresariales estratégicas justificadas porque acarrean más ganancias que costos. Este capitalismo es tan o más criminal que la intervención unilateral en Irak. Y es el que se exporta como parte del “american way of life” que hace ya rato debió ser recalificado como el “american way of death”. O del suicidio colectivo, no por acción de todos sino de las corporaciones hoy transnacionales. Sobre esto existe abundante literatura para nada ligada con “comunismo” o “terrorismo”. Se trata de autores estudiosos, decentes y sensatos, y de su prolongación en movimientos sociales como el ecologismo radical. Y no se oponen a los estadounidenses sino a su capitalismo corporativo tampoco ya exclusivo de ellos: tiende a saturar al Primer Mundo. Pero nadie lo practica con más fiereza que las grandes corporaciones estadounidenses.

Entonces, sí existen razones poderosas para ser anti Estados Unidos sin necesidad de retornar a la Guerra Fría. Están en juego el planeta y la especie y la tarea de transformar el carácter de la existencia. Se entiende sea algo difícil de entender para un ejecutivo costarricense ávido por la ganancia a corto plazo en un mercado mundial que si no es políticamente regulado conducirá a todos al suicidio. Afligido, se le viene a la cabeza el “antinorteamericano”. Quienes se oponen al TLC añoran a Stalin.

Estos empresarios y editorialistas, presos de billeteras y torvedades, antes que apreciar cómo se cae el mundo por doquiera prefieren adherir a la “verdad” del Eje del Mal y del antiyanquismo y exaltarla sin reparar en que en este momento el eje de destructividad sobre el planeta y sobre su sección costarricense lo constituye la burda codicia de unos pocos avivada por ellos con sus truculencias.