En Universidad, N° 1784,

noviembre 2008.

  

   El vínculo entre intelectual y político ha sido desde hace mucho objeto de atención y polémica. En Costa Rica, su presidente Óscar Arias, suele hablar de sí como un intelectual. También lo hacía Kevin Casas, antes de despeñarse. Es probable que ambos liguen estudios académicos con la condición y función de ‘intelectualidad’. No es tan seguro. ‘Intelectual’ se asocia con una actitud y capacidad de discernimiento creativo, cuestión que no necesariamente pasa por Essex. Cualquiera sea el prestigio del aula, su tránsito en ella se llama “escolaridad”.

 

   Si se considera al azar alguna de las fórmulas con que Óscar Arias expresa su mirada de las cosas (“En la vida es más importante tener más valor para coincidir que para discrepar. Hasta un idiota puede discrepar”), además del castellano macarrónico, resalta la incoherencia. Habla del valor. Aunque ‘valor’ es polisémico, lo que se opone a él es rehuir, ser cobarde. Nada hace aquí el idiota. Un idiota puede o coincidir o discrepar o ambos porque resulta indistinto a su idiotez. La frase no ilumina acerca del cardinal coraje para convenir. En cambio fija como idiotas a quienes critican. Intelectualmente flojo, aunque sí propio de político (irritado, autoritario, despectivo).


   En estos días, Arias socializa su cansancio: Está cansado de “dar explicaciones a personas que lo que quieren no es una explicación, sino un acto de contrición de parte mía”. Le enfada le pidan arrepentirse. Atahualpa Yupanqui, intelectual y artista, cantó que los ríos lloran porque no pueden hacerlo. Es otro criterio. El político Arias se cansa “de intentar gobernar en un país que cree que la crítica a toda costa nos hace más libres, cuando en realidad nos hace más ingobernables”. En régimen democrático, la crítica ciudadana está o no a derecho, no califica de “a toda costa”. Si legal e improcedente, pasa factura política. Si ilegal, lleva a los tribunales. Como político, Arias tampoco califica de fino.

 

   ‘Ingobernable’ es categoría de análisis. En Costa Rica la oficializó Figueres Jr.. Por supuesto, no sabía de qué hablaba. El país tiene desafíos de gobernabilidad, pero no sufre crisis de ingobernabilidad. Y la crítica ciudadana tiene como supuesto el Estado (aparato que garantiza fueros traducidos como ‘libertades’), y es por tanto ‘efecto’, no factor causal.

Curioso último punto. El político Óscar Arias debe todo, reelección incluida, al sistema jurídico-institucional del país. Él ha sido protagonista en este sistema durante los últimos treinta años. Hoy lo valora maraña un día sí y otro también. Si le fastidia, estuvo en su mano, casi más que en ninguna otra, intentar despejarla. No lo hizo. No procede ahora quejarse. Más: el Tribunal Supremo de Elecciones debería pedirle respeto en sus juicios sobre la legalidad que le sostiene como presidente. El tema, el de la ciudadanía, lo propuso Sócrates (a quien algunos atenienses, no sus leyes, trataron mal). Cierto, Sócrates tuvo un intelectual que narró ética y bellamente sus historias. Quizás fueron otros tiempos. Otros hombres.