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Tertulias Teológicas,

Universidad Nacional,

septiembre 2008.

 

       1.- Gracias a los compañeros de las tertulias teológicas por la invitación a una actividad acerca de un tema que el peso de la tradición cultural entre nosotros torna polémico, como es el de las diversidades sexuales. Y agradezco también la oportunidad de compartir con Emma Chacón y Jonathan Pimentel en esta mesa.

    A mí se me pidió que me refiriera a “las luchas-movilizaciones por el disfrute y goce de las sexualidades como factor y lugar para el pensar político liberador y también para explicite algunos de los bloqueos ideológicos principales que impiden o bloquean sistemáticamente el goce de las sexualidades ‘fuera’ de la normatividad heterosexual y su relación con otras prácticas de discriminación-dominación.” En el tiempo dispuesto, legítimamente breve, intentaré al menos acercarme a lo que pide la invitación. El tratamiento no puede ser sino esquemático.

    El planteo, “las diversidades sexuales y su ‘vivencia plena’”, que se supone o son un desafío o no existen, apunta a una cuestión central que afecta a las personas y a las sociedades. A las personas porque potencia, dificulta o impide su autonomía (una promesa moderna no cumplida), que pasa por su integración personal, y a las sociedades porque aspira a que ellas resuelven sus dificultades con equilibrio o agrega a ellas violencia discriminadora. Y ya tenemos bastante con la contenida en la propiedad y el mercado, los monopolios culturales, incluidos los clericales, los prestigios sociales, al autoritarismo político, la existencia cotidiana y las guerras militares… como para agregarles una violencia ligada y determinada por la sexualidad.

    Los seres humanos, como todos sabemos, no pueden prescindir de su sexualidad, de esa energía. Pueden significarla de diversos modos, pero no suprimirla. Está relacionada biológicamente con sus impulsos de vida. Culturalmente, además, puede vincularse con la represión, la desagregación personal, el pecado, la culpa, la discriminación y la muerte. Como sea, no se puede abolir. Destructiva o jubilosa, no se puede abolir.

    Más importante, desde hace medio siglo aproximadamente ocurrió en relación con la sexualidad humana un hecho civilizatorio que debería haberla impulsado hacia un proceso de liberación entendida como un ejercicio de la sexualidad más creativa y personalmente integradora. El factor material de ese hecho civilizatorio fue la aparición masiva de anticonceptivos (hormonales y químicos) de efectividad altísima, de casi un 100%. Su alcance cultural y espiritual es el de producir la posibilidad de separar, por primera vez en la historia de la humanidad, la sexualidad orientada a la reproducción (genitalmente fijada) de la libido polimorfa dirigida a la gratificación personal (que supone los procesos de integración personal), o sea a la libertad y el goce.

    En términos inmediatos, y conceptualmente, tener hijos se transforma, desde la década de los sesenta del siglo pasado, en una opción libre y responsable, igual que la opción de no tenerlos. Esta libertad supone o abre la posibilidad de otra manera de ser mujer (existir como mujer) y de otra manera de ser varón (existir como varón), ahora ambos valorados como personalidades completas y diversas, no necesariamente complementarias, y autónomas, figuras que por sí mismas, en tanto mujer y varón no obligatoriamente madres y padres, expresan legítimamente, cada cual, humanidad. El apareamiento humano deja de producir inevitablemente hijos. Desear tenerlos y tenerlos aparecen como opciones. Opciones que se construyen y respecto de las cuales tenemos capacidad de discernir cuáles son las que más nos convienen. El que decidamos libremente entre opciones nos torna responsables. Si quieren verlo más ‘bonito’, se acentúa en relacion con la sexualidad una ética de la responsabilidad y se afecta significativamente el imaginario y los discursos que la ligan con pecado, culpa y con actitudes y predisposiciones autoritarias (clericales, paternales, etc.) hacia los comportamientos sexuales. Se abre la posibilidad de una revolución en uno de los frentes históricamente más sensibles de las tramas sociales fundamentales: la sexualidad. Y, con ello, del carácter de las relaciones de pareja. Y esto hace más de sesenta años.

    La posibilidad revolucionaria tocaba el núcleo duro del dominio patriarcal que la sociedad moderna no inventó pero que practica ligándolo exitosamente con la reificación (cosificación) y los fetichismos mercantiles a los que exacerba con la reducción/fijación genital de la sexualidad y su degradación como mercancía. Igualmente afectaba, en lo que en esta noche nos importa, doctrinas clericales como la antropología católica y su concepción de la familia como un vínculo ‘natural’ entre heterosexuales monogámicos que orientan su sexualidad genital casta (o sea no-erótica) hacia la producción de hijos y su posterior crianza. Enemigos tan poderosos como los mencionados, más inercialidades culturales, han logrado frustrar por el momento, y durante ya casi medio siglo, el alcance revolucionario del hecho y proceso civilizatorio. Lo han logrado mediante una ofensiva para reposicionar la genitalidad como eje ‘natural’ de la libido y los sentimientos de pecado y culpa por el ejercicio diverso y erótico o gratificador de la sexualidad. Por ello, estos opositores o enemigos, su lógica o su espiritualidad, pueden ser entendidos como partes de un proceso conservador/reaccionario que agita tanto la pornografía (hoy uno de los mejores negocios globales) y la prostitución como los ataques clericales directos a los sexualmente ‘diversos’  en primer lugar las mujeres que luchan por su autonomía(bajo dominio patriarcal), los homosexuales masculinos y femeninos, los bisexuales, travestis y shemales y a sus instituciones en proceso de gestación o legitimación.

    Por una libido sin sobrerrepresión (el concepto señala la innecesariedad de una represión ‘excedente’) y por la legitimidad de la expresión de su ‘diferencia’, que se entiende como diversidad personal, dan hoy combates socio-políticos y culturales mujeres y varones con teoría de sexo-género, la mayor parte de los feminismos, homosexuales que han podido y querido “salir del closet” (utilizando una terminología del sistema que evita mencionar que habían sido encerrados en él), es decir producir y ofrecer su identidad desde sí mismos y destruir la identificación degradada que el sistema patriarcal y algunas clericalidades les asignan, trabajadoras sexuales organizadas autónomamente, y, como referente público, los sexualmente diversos prostituidos (casi siempre reproduciendo en su nivel el imperio patriarcal) que, con su ‘molesta’ por visible oferta legal, concitan la atención sobre la miseria libidinal, y con ello la violencia y muerte, a la que conduce la articulación de capitalismo, patriarcalismo y sexualidad ‘natural’ genitalmente fijada y obligatoriamente reproductiva.

    Refiriéndome específicamente a homosexuales femeninos y masculinos, quiero recordar que el proceso civilizatorio cuyo eje es otra posibilidad de asumir universalmente la sexualidad, llevó primero a la Asociación Americana (en el alcance estadounidense para ‘americana’) de Psiquiatría, en 1973, a sacar del listado de enfermedades a la homosexualidad humana y que la Organización Panamericana de la Salud hizo lo mismo hace unos 18 años, en 1990. Enfatizamos dos alcances de estas resoluciones institucionales: el homosexual ya no es objeto de terapia o cura por su homosexualidad. Ni requiere de medicación o de pócimas mágicas o de “milagros” que lo sanen. Un homosexual está sano, como cualquier otro individuo sano, pese al contexto todavía hostil. El segundo es que la homosexualidad queda determinada como una opción o figura tan ‘natural’ en la especie humana como la heterosexualidad, solo que es una figura de minorías. Legítima en su humanidad y de minorías. Estos, salud, opción natural y cultural y de minoría, son caracteres de la homosexualidad. Desde otro ángulo, y como se ha señalado antes, la pareja homosexual se abre legítimamente también a una experiencia de humanidad.

    Para la doctrina católica y de algunas otras clericalidades ‘cristianas’ la homosexualidad, en el 2008, sigue siendo una enfermedad. Los homosexuales que no practican deben ser vistos con respeto y compasión ya que están en proceso de sanación. Los practicantes son enfermos intrínsecamente desordenados cuya depravación no puede ser aprobada.

    El punto de conflicto cultural es aquí: ¿Son humanos en tanto homosexuales los homosexuales? La respuesta de la autoridad médica es . No están enfermos, son normales. La respuesta de muchas, no todas, las clericalidades ‘cristianas’, es no. La lucha cultural y política está en proceso. Como un ejemplo de cuán retrasada está quiero referirles una nota periodística de estos días (10/08/08), aparecida en La Nación. Informa sobre la XVII Conferencia Internacional del Sida que se realizó en México. Un experto en género y salud reproductiva, peruano, hace la siguiente declaración: “Por primera vez en estos congresos se habló de los transgénero, trabajadoras sexuales y hombres que tienen sexo con otros hombres”. Es decir, después de dieciséis congresos internacionales, los ‘entendidos’ en ciertos aspectos de la sexualidad humana pronuncian las palabras tabú: transgénero, trabajadoras sexuales o prostitutas (habría que agregar los prostitutos) y “hombres que tienen sexo con otros hombres” (el experto no se atrevió a decir ‘homosexuales masculinos”). Se trata de un suceso grotesco, pero que ilustra bien las dificultades y lentitud con que la sensibilidad cultural dominante de sociedades patriarcales y clericales rechazan/asumen la diversidad de una sexualidad  potencialmente liberada y orientada hacia la realización personal, ya en la maternidad/paternidad, ya en la gratificación. ¡Y esto tras una lucha constante, aunque de minorías, de medio siglo!

    2.- Quiero  detenerme, también esquemáticamente, sobre dos aspectos mencionados en el planteamiento más conceptual anterior.

    Son, siempre en relación con la diversidad de opciones sexuales, la cuestión del “otro” y de la “otredad” y, más singularmente por tratarse de algo que está en proceso de debate en Costa Rica, la cuestión de la familia ‘natural’ desafiada en este país por el requerimiento homosexual de que se legisle a favor de la familia entre homosexuales masculinos y femeninos.


   a) La diversidad de la mujer como un “otro”, es decir como un ser humano legítimo por sí mismo, es un tema relativamente reciente. Conceptualmente se abrió paso a finales del siglo XVIII y políticamente debió esperar al siglo XX. El ‘otro’ es alguien a quien la mirada oficialmente humana, inserta en prácticas de imperio, no reconoce como propiamente humano. La ‘varona’, surgida de la costilla de Adán. El indígena de América desde la mirada española y de Ginés de Sepúlveda. El ‘nica’ pobre para algunos costarricenses. El homosexual para alguna doctrina clerical o estatal. Bin Laden para los apóstoles de la guerra global preventiva contra el terrorismo. Estos diversos a los ojos de quien los ‘mira’ desde posiciones de superioridad o imperio sufren la violencia de quien los mira y determina como distintos y hace de este ‘distintos’, inferiores, abominables canallas o no-personas. El distinto resulta degradado e inferiorizado por su ‘diferencia’, incluso metafísicamente.

    Tengo aquí a la mano un libro voluminoso, El segundo sexo, de la escritora francesa Simone de Beauvoir, ya muerta. Es un trabajo de finales de la década de los cuarenta del siglo pasado. Se llama el “segundo sexo”, entre otros factores, porque durante la mayor parte de la historia de Occidente se ha estimado que la especie humana se manifestaba solamente mediante un solo sexo: el masculino. La mujer era un varón deficiente, una copia sin suficiente energía interna, por eso su pene se volvía hacia adentro de su cuerpo, como vagina. La vagina era un pene invertido. Algunos de ustedes se dirán, ¿qué drogas usa este señor que imagina estas barbaridades? Pues ninguna. En este otro libro que tengo a la mano, La construcción del sexo, de Thomas Laqueur, profesor en Oxford, se nos dibuja cómo este imaginario de una humanidad con un solo sexo se prolongó hasta finales del siglo XVIII. Es decir que las mujeres en tanto tales existen como sexo-género humano, y esto más o menos, solo desde hace dos siglos. Por ello el ‘otro’ paradigmático, en Occidente es la mujer. Por eso hay que recordarle en 1949, a mujeres y varones, que existe un ‘segundo’ sexo.

    Pero también son expresión del ‘otro’, en los siglos XIX y XX, los pueblos colonizados por Occidente en su despliegue imperial. Pueblos y culturas de Asia, Africa…que durante el siglo XX dan sus luchas de liberación nacional para ver si pueden, desde su autoestima legítima y desde sus raíces, abandonar su lugar de “condenados de la tierra”. Este anciano pensó durante mucho tiempo, en el siglo pasado, que si historiadores de otras galaxias llegaban alguna vez hasta este planeta, cuando ya no exista la especie humana, y lograran levantar información con  tecnologías imprevisibles, iban a determinar el siglo XX como el del final de los imperios coloniales. Pero desde hace algún tiempo, y viendo especialmente las luchas de mujeres con teoría de género, estimo que lo llamarán el siglo de la emergencia de las mujeres en el marco de la insurgencia de la ‘otredad’. En este sentido básico es que he hablado del efecto de separación entre la sexualidad orientada a la reproducción y la sexualidad orientada hacia la gratificación, la integración de la personalidad y la autoestima, como un fenómeno civilizatorio, o sea que puede cambiar el carácter de la existencia humana, que tiene entre sus antecedentes y componentes asimismo la ‘otredad’ de los pueblos colonizados y de los sectores populares y sus luchas. Se trata de batallas políticas y culturales que tienen como uno de sus referentes inspiradores la aspiración a una felicidad libidinal (erótica, gratificadora, propia de identidades integradas).

    b) El segundo punto que quiero destacar es la polémica, algo desbalanceada, que se ha generado en este período en Costa Rica por la presentación de un proyecto de ley que autoriza el matrimonio homosexual (y con ello la legalidad de la pareja/familia homosexual) en el país. Sabemos que los homosexuales masculinos y femeninos son gente sana con una opción sexual de minoría. No importa cuan minoría porque ese es un asunto borroso y discutido en este momento. La polémica se produce porque en Costa Rica los grupos dominantes quieren sentir "su" país católico y cristiano (y heterosexual) y desde estas perspectivas la ‘familia homosexual’ constituiría una aberración antinatural, un desafío a Dios y una herramienta de destrucción de las bases sociales ‘naturales’ de la sociedad. Detrás de la campaña contra la posibilidad legal de una familia homosexual están por supuesto las jerarquías clericales ‘cristianas’ de un país ideológicamente conservador y en el cual muchos aspiran a ‘salvarse’ golpeándose el pecho.

    Una primera cuestión que convendría preguntarse es si en el país existe esta familia ‘natural’ que, para la doctrina católica, por ejemplo, se configura mediante la unión de heterosexuales monogámicos que orientan su sexualidad hacia la casta, o sea sin mayor componente erótico, producción de hijos y a su buena crianza posterior.

    Tengo aquí a la mano un texto periodístico insospechable porque lo firma, en el marco de la campaña contra la posibilidad de una familia homosexual, una dama que se determina como politóloga y que escribe a favor de la única familia ‘natural’. La dama es presumiblemente católica. Su artículo, del sábado recién pasado, nos ofrece varios indicadores. La tasa de fecundidad, por ejemplo, descendió en Costa Rica en la última década, de 2,7 a 1,9 por mujer. Hace 40 años era muy superior a 3,0. La cifra parece indicar que los costarricenses, como tendencia, o utilizan métodos anticonceptivos efectivos o dejaron de copular heterosexual y genitalmente. En cuanto hogares monoparentales nos dice han experimentado un “visible aumento” (no da cifras) y son en un 80% jefeados por mujeres en alta situación de vulnerabilidad por su pobreza. A este segundo indicador le añade que en el año 2006 hubo en el país 469 nacimientos de madres menores de 15 años y más de 13 mil nacimientos de madres adolescentes. No nos dice cuantos de estos nacimientos se dieron como resultado de parejas de hecho o no matrimoniadas. Debe haber bastantes porque sí nos ofrece las cifras en que los matrimonios civiles, en el último cuarto de siglo, pasaron de ser el 23% al 76% en el año 2006. El matrimonio católico descendió del 77% al 24%. Pero, más decidor, en un período de tiempo semejante las uniones libres, que en 1973 comprometían a 87.531 personas, comprendían en el 2000 a 387.512 (el país tiene unos 4 millones de habitantes), es decir creció absolutamente en este período más de 4 veces, casi cinco. Sobre estas cifras nos añade un aumento “vertiginoso” de divorcios y separaciones y el aumento de la violencia intrafamiliar y de sexo-género.

    Estas cifras y visiones que nos da la politóloga nos dicen que la ‘familia natural’ en la versión católica no existe en el país como opción de mayorías. Es tan opción de minorías o sectaria como la opción homosexual.

    Ustedes dirán, pero ¿por qué escribió esta señora su artículo? ¿No estará a favor de la familia homosexual? No, no lo está. En el penúltimo párrafo nos revela su pretensión: “… se hace evidente la necesidad de que el Estado costarricense proteja y promueva la perspectiva familiar en la elaboración e implementación de política pública…”. Es decir la dama quiere que el Estado propicie (e imponga) entre los costarricenses una familia que, por las razones que sean, hoy no existe. Por supuesto este trabajo, en realidad, le correspondería a la pastoral católica, no al Estado aunque el de aquí sea pintorescamente clerical.

    Lo anterior se ha mostrado solo para indicar que en la experiencia del género humano siempre han existido familias, así en plural, no familia (una sola y ‘natural’). En la Biblia, y de parte de los ‘buenos’, aparecen familias poligámicas y monogámicas. El punto lo resolvía la riqueza del varón y alguna de las mujeres en la familia poligámica era ‘más esposa’ que las otras. Pero también han existido y existen familias poliándricas, grupales, sindiásmicas, etc., con sus correspondientes instituciones matrimoniales. En la especie humana no existe ningún tipo de familia ‘natural’. Todas son expresiones socio-culturales. Ninguna de ellas ha amenazado nunca con destruir el fundamento societal.

    Entonces, lo que existe históricamente son familias.

    ¿Tiene razón la jerarquía católica al sostener sus propuestas sobre la única familia? Pues sí, pues hace uso de su libertad de expresión. Lo que no puede hacer, y si no lo está debería estar tipificado como delito, es intentar presionar a las políticas públicas y a la opinión pública para que discriminen a los homosexuales por su inclinación y práctica sexual que, en Costa Rica, no constituye delito ninguno. Tampoco es ilegal, por tanto, que quieran constituir un tipo de familia. Las doctrinas católicas son para los católicos. Y su expresión, cuando es discriminadora, para dentro del templo. Para consumo de fieles (que, como vimos en lo que se refiere a sexualidad, tampoco siguen su discurso). Un discurso que discrimina o instiga a ello, fuera del templo, en espacios públicos debería configurar delito. Imagino que los homosexuales prácticos no son fieles católicos. Y si lo son, pues en el mundo de hoy deben optar entre su opción homosexual práctica y su adhesión clerical. O trabajar desde dentro de la iglesia, sin practicar su homosexualidad, para que la jerarquía cambie su doctrina.

    Esta última lucha intraeclesial, de improbable éxito porque la jerarquía católica vincula el punto de la sexualidad ‘natural’ con su monopolio cultural acerca de lo que es pecado, base de su poderío, esta lucha, digo, se inscribiría en un proceso para configurar una cultura de reconocimiento de “las familias” y de la legítima diversidad de las expresiones culturales y sociales humanas. Al igual que la emergencia del ‘otro’, estas luchas contienen apuestas liberadoras y factores de esperanza en el proceso más amplio de hacer de la humanidad un emprendimiento común, no único.

    Agreguemos todavía un último alcance: desde el punto de vista puramente conceptual, sin considerar la experiencia práctica, una familia compuesta por dos adultos que no pueden tener hijos biológicos ni, por ello, criarlos, en tanto pareja, parece un buen ejemplo de seres humanos que se reconocen como tales y se acompañan a lo largo de su existencia, sin otro propósito que el de reconocerse y acompañarse cordialmente. Si lo vemos desde este ángulo, salta a la vista que la familia heterosexual monogámica con dominio patriarcal podría aprender mucho de la familia homosexual. La familia heterosexual, propuesta como ‘natural’ por la sensibilidad católica, genera espacios de violencia dramáticos contra la esposa y madre, los niños y adolescentes y contra los ancianos. Igualmente es vehículo para la continuidad de la dominación patriarcal que la madre, capataz del padre, introduce en los pequeños como ‘natural’. Por supuesto, más acá del concepto, en la vida práctica la pareja homosexual muchas veces reproduce también las figuras del machismo culturalmente dominantes. Pero conceptualmente constituyen un buen ejemplo de sociabilidad básica. Algo para aprender.


 



    INTERVENCIONES

    .- ¿La situación de discriminación contra los homosexuales es exclusiva de Costa Rica o se presenta igual en otros países latinoamericanos?

    HG. No, no es exclusiva de Costa Rica, pero habría que diferenciar la homofobia como rasgo cultural y la sanción legal de los matrimonios entre homosexuales, que sería el paso más avanzado de no discriminación, o la declaratoria de la práctica homosexual (sodomía, por ejemplo) como un delito, que sería el nivel peor o de mayor discriminación. En Nicaragua, por ejemplo, hasta hace poco la homosexualidad tipificaba como delito. Entiendo que desde este año ya no. Lo sigue siendo en Jamaica, por ejemplo. Los más avanzados en este campo son la Ciudad de Buenos Aires y otras regiones argentinas que admiten el matrimonio entre homosexuales y también Uruguay, como país. Los llamados Departamentos de Ultramar franceses, como Guadalupe y Martinico, fueron los más adelantados porque se plegaron a la legislación anti homofóbica de Francia. En Brasil y México hay muchos avances. Costa Rica no tiene la peor situación puesto que la homosexualidad no es delito y está por discutirse la posibilidad de una unión civil o matrimonio homosexual. Parecida es la situación de Cuba que tiene un pasado más homofóbico que Costa Rica. Pero la lucha a favor de la no discriminación de los homosexuales avanza con fuerza en toda América Latina. El punto se relaciona en parte con despliegue en la región de regímenes democráticos que suelen vincularse con derechos humanos. Y, por supuesto, la presencia y lucha de los homosexuales y de los heterosexuales que los acompañan por sus derechos, como hemos escuchado para Costa Rica en la narración de Emma Chacón.

    Ahora, el desafío de la sensibilidad cultural es distinto. Los “cómicos” suelen hacer reír a sus públicos principalmente con chistes de ebrios (que son un tipo de enfermos), homosexuales, en especial masculinos, y personas con alguna discapacidad. Cuando estos “chistes” empiecen a desaparecer porque no levantan risas, entonces, tal vez, sea una seña de que estamos saliendo de esta cultura señorial y homofóbica. En este punto siempre se dan diferencias, entre país y país o entre regiones, pero en ningún lugar se ha avanzado demasiado.

    .- ¿No es demasiado dura su observación sobre el papel de las creencias católicas en el campo de la sexualidad?

    HG.- Estas opiniones no intentan ser duras ni condescendientes. Ocurre que en América Latina y en Costa Rica específicamente tenemos una sensibilidad dominante (y de dominación) patriarcal y homofóbica cuyos factores centrales son una cultura señorial y oligárquica y una religiosidad ‘cristiana’ cuya expresión más poderosa es católica (aunque entiendo que en Costa Rica también existe un frente protestante duro) que es la iglesia, al menos culturalmente, de mayoría. Entonces resulta inevitable referirse a su doctrina sobre sexualidad que es limitada hasta lo grotesco. De hecho ni siquiera le interesa conocer la realidad de la vida sexual de la gente y de sus fieles. Lo que en verdad parece interesarle a estas jerarquías ‘cristianas’ es poder condenar como “pecado” todo lo que se separe de sus fijaciones. Si usted limita la sexualidad a la procreación y si la torna “casta” (donde lo erótico aparece como tentación y peligro idolátrico), entonces simplemente la gente normal vive su sexualidad de otra manera. Disfruta masturbándose o masturbando a la pareja o realiza sexo oral y, desde luego, cuando no quiere tener hijos utiliza anticonceptivos y preservativos. Pero entonces está en pecado, si disfruta está en pecado. Y si se muere en pecado, pierde el Cielo. Para algunos/algunas esto implica culpa y malos sentimientos. Entonces confiesa los “pecados”, es decir se somete, y luego vuelve a pecar. Porque ya decíamos, nadie puede renunciar a su sexualidad, no es una opción humana. Pero la gratificación sexual es idolátrica y satánica, según la percepción clerical católica. Ahora, yo no me opongo a que se tengan estas imaginaciones. Pero son para los fieles que, como ya hemos visto, al menos en Costa Rica no las cumplen. Especialmente entre los jóvenes esto puede generar fuertes sentimientos de culpa y una doble moral, digo algo y hago otra cosa. Entonces hay algo perverso o maligno en este afán de considerar pecado una vida sexual que produzca gratificación y afirme la autoproducción de identidad… y todo con la finalidad de mantener el control sobre los miedos de la gente. Se podría agregar muchos otros elementos sobre este punto, pero en realidad no estoy hablando contra la creencia católica de la gente sino criticando la doctrina católica y cristiana, cuando corresponde, respecto del carácter de la libido humana y sus instituciones. Esto último es competencia de las jerarquías clericales. Lo menos que podría decirse de ella es que es sumamente ‘espiritualizada’ e irreal. No anima a los seres humanos sino que los empequeñece. No me parece que se trate de una doctrina que pueda encontrarse en los textos evangélicos sinópticos. Es una creación posterior. Un mandamiento judío dice “No desearás a la mujer de tu prójimo”, pero esa sentencia deja la posibilidad de que se desee a la esposa o al esposo. La doctrina católica no se abre ni siquiera a esta última posibilidad. Es humanamente muy pobre.

    .- ¿Por qué se emplea la expresión hecho civilizatorio para referirse a la puesta en circulación de preservativos de gran efectividad?

    HG.- Bueno, es una aplicación de la categoría de “proceso civilizatorio” de la Antropología Cultural. El proceso civilizatorio hace referencia a un cambio radical en los medios de trabajo que conlleva otra manera de producir y repartir la riqueza y también a la gestación de nuevas mentalidades. Llamo ‘hecho civilizatorio’ a un suceso que debería permitirnos organizar nuestra existencia personal y social de una manera cualitativamente distinta, es decir que nos faculta para sentir el mundo y estar en él de una manera distinta a como lo hemos hecho antes. Esto es lo que ocurre cuando se puede separar universalmente la sexualidad reproductiva y la libido orientada a la gratificación personal sin sobrerrepresión ni fijación genital. Esto debería hacernos más libres y más responsables. Y menos neuróticos, o sea podríamos imaginar y desear felicidad sin violencia, sin agresión, sin martirizar a otros o despojarlos de sus identidades y dignidades. Podríamos asociar gratificación con un mundo con diferencias, pero sin guerras ni discriminación. Si usted quiere, un mundo “femenino”, sin la agresividad patriarcal.

    .- ¿Por qué un mundo “femenino”?

    HG.- Estoy pensando en una oposición. El patriarcado vende la imagen de que el varón es el sexo fuerte. En realidad la mujer es genitalmente más poderosa. El macho en la especie es más limitado. Menos orgasmos y menos intensos, eyaculaciones decrecientes, agotamiento físico y cansancio del deseo más prontos. Por esta razón ‘puramente biológica’ las mujeres no pueden exaltar o propiciar el sexo restrictivamente genital. Si desean mantener a sus parejas masculinas “vivas”, y a los varones como parte de la especie, tienen que combinar genitalidad con valores como la ternura y la simpatía, es decir por su capacidad genital en la especie las mujeres tienden a orientarse culturalmente a una libido polimorfa, creadora de vida y de belleza integradoras. Los varones somos más neuróticos e irritables y la conciencia de nuestra impotencia nos lleva a la intimidación, la agresión y la guerra y al coito. Las formas patriarcales de propiedad juegan también un papel en esto. Lo mismo hacen las mujeres que han internalizado la cultura patriarcal, que son la mayoría todavía. Entonces la feminización de la existencia puede incluir a mujeres y varones eróticos y no frustrados que aspiran a una existencia sin guerra. Pero, claro, esto es sexo-ficción, política ficción, cultura-ficción. Sin embargo, considerando la miseria libidinal actual vale la pena intentar avanzar hacia ello.


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   Referencias:

  

   Brenes Paniagua, Isabel: "La familia: el proyecto con más futuro", en  La Nación (periódico), San José de Costa Rica, 30/08/08.

   De Beauvoir, Simone: El segundo sexo, Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 1999.

   Gallardo, Helio: Siglo XXI: Producir un mundo, Arlekín,  San José de Costa Rica, 2006.

   La Nación (periódico): Conclusión de Conferenbcia Internacional: Orbe debe combatir estigma contra el sida, p. 18 A, San José de Costa Rica, 10/08/08.

   Laqueur, Thomas: La construcción del sexo. Cuerpo y género desde los griegos hasta Freud, Cátedra, Madrid, España, 1994.

 


 

 

       CARNALIDAD, CUIDO, GOCE

 

Jonathan Pimentel
Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión
Universidad Bíblica Latinoamericana

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     Carnalidad, cuido, goce: una conversación desde el seno del cristianismo

 

    Como procuro descifrar y testimoniar una forma particular de existencia cristiana he renunciado, al menos momentáneamente, a hablar del espíritu o la espiritualidad. Los cristianismos son carnalidades. Es decir, varias ofertas de con-vivencia personal y social cuyo eje tensional no se ubica en la vida del espíritu sino en la vida necesitada, deseante y procesual de la carne. Siempre desde el punto de vista conceptual, distingo 'corporalidad' de carnalidad porque la primera noción suele designar, restrictivamente, la condición biológica de los seres vivos mientras que carnalidad incluye la caracterización biológica, pero la amplia para designar el proceso/posibilidad “de hacerse responsable de la propia condición carnal”. Es decir, una carnalidad cristiana puede acentuar el carácter subjetivo e intersubjetivo de producirse humano o degradarlo/reposicionarlo al invisibilizar esta producción. Los cristianismos, entonces, no hablan del cuerpo, la sexualidad o castidad, son carnalidad: modos (ofertas) completos y complejos de convivencia humana (planetaria) que forman parte de procesos y conflictos socio históricos. Carnalidad es relación con uno mismo, con los otros seres humanos, con el planeta y con Dios.

    Si se desea, aunque reitero que yo no lo hago, si se habla de espíritu o espiritualidad debe aclararse cómo se relaciona esa práctica, o condición, con la carne. Pero la distinción, aunque se pretenda exclusivamente analítica, incorpora criterios teológicos y políticos (dualismo, enfrentamiento de necesidades falsamente determinadas)  que bloquean, todavía hoy, una vivencia cristiana que, por su alcance social, cultural y político produzca – irradie – goce y responsabilidad.

    Debe decirse que la forma predominante de carnalidad cristiana en Occidente ( América Latina y El Caribe conforman Occidente de una forma degradada desde su constitución moderna) es una carnalidad degradada producida por el pecado/culpa y la exacerbación genital. En esta forma de carnalidad degradada – en la que Agustín es un punto inflexivo – ser carne y gozar de esa condición altera la divinidad, la pone nerviosa, le llena de sombras y susurros su cielo “acarnal”. No gozar de la carne, entendida como castigo/limitación, se vuelve destino. El que quiera gozar de las riquezas del espíritu que se ampute la raíz de su deseo carnal. Orígenes se castra, Agustín castiga su mirada y Benedicto XVI quiere “blanquear” el eros. Aquí, una amenaza fundamental es el pene. La ubicación del pene se vuelve, recurrentemente, motivo de angustia. Las mujeres, al no tener pene, son transformadas en corruptoras/devoradoras del pene. La iconografía, demonologías y hagiografías registran esta constante: la mujer, noción metafísica/punitiva, es la tentación básica. Sin paradoja, la presencia y ausencia del pene alimentan la imaginación punitiva. Todo este erotismo de la ausencia/presencia del pene no se resuelve sino en el desierto físico o subjetivo.

    Para este discurso, todo versa sobre naturalezas y éstas son asfixiantes. Ser carne incorpora la culpa. Se trata de algo relativamente simple: tener inclinaciones. La noción de 'inclinación' se vincula con naturaleza y designa la disposición (anti) natural del ser humano, producida por la primera rebelión de Eva y Adán, a violentar las leyes de Dios. Esta disposición se denomina pecado original. El pecado original introduce la noción de castigo justo. En este tipo de carnalidad lo justo siempre es el castigo. El castigo justo demanda la sumisión. Pero aquí la sumisión es transformada en beatitud. La sumisión-beatitud no es castigo sino condición de posibilidad de la redención. Gozar de uno mismo, con o sin otros, suspende y puede cancelar la sumisión-beatitud. Por eso no se debe gozar. Pero la renuncia aquí no es hacia el goce sino a toda forma de auto-apropiación y auto- producción de comunidades que se ofrezcan, sin discriminación y autoritarismo, vidas satisfactorias.

    Todo esto, sin embargo, no constituye la única propuesta de carnalidad cristiana. Digamos inicialmente que lo anterior contradice la práctica de Jesús de Nazaret. Porque, de acuerdo a los relatos que tenemos de él, el principio que expresaba su noción y deseo de existencia era el goce/responsabilidad carnal. La racionalidad mítica cristiana concentra su mayor fuerza expresiva y comunicativa en la carne.

    Dios radicaliza su carnalidad: La divinidad – Yahvé – se hace carne. Suspende con ello el lenguaje teológico y su fascinación con las polaridades: “lo humano y lo divino” se intersecan indiscerniblemente en la carne de Jesús. Dios no se hace carne sino que particulariza su carnalidad. La hace tiempo, para, según el imaginario de Jesús, acelerar el tiempo final. Pero Dios es siempre carne.  Jesús, carne radicalizada de Yahvé, se dedica a tratar de potenciar la carne: en la mesa, en sus prácticas taumatúrgicas, en la multiplicación de los alimentos, en la pasión. Todo en los relatos evangélicos señala a la vivencia plena de la carne. Desde ahí son recibidas y valoradas todas las producciones humanas.

    El asesinato del Dios carnal: Por amar la carne, desearla y saciarla, Jesús es asesinado. No se asesina su espíritu sino su carne. Previo a su asesinato se castiga su carne y en su carne se intenta castigar a los que gozan la carne. En la cruz muere, según este cristianismo, el Dios carnal. Muere por su decisión de particularizar su carnalidad. Queda así cancelada la posibilidad de fundamentar los deseos de autoridad y control en el poder de Dios. Porque Dios es la carnalidad extremamente derrotada. Y desde la extrema derrota cabe el testimonio y la lucha pero no el autoritarismo. En el asesinato del Dios carnal se defiende, sin paradoja, el espíritu. Para que el espíritu viva debe morir la carne. En la cruz muere el Dios carnal, porque la carne necesitada que exige ser saciada da no sólo para pensar sino para producir rebeliones.

    ¿Has visto a tu hermano? Has visto a Dios.La persistencia de la carnalidad: Por ser carne, manifestar su carne y morir, dicen los testimonios neotestamentarios, Dios decide hacer de la carne el límite de su ser Dios. La resurrección significa que Dios no vuelve a ser nunca como antes de manifestar – radicalizar su carne. Ahora está únicamente el Dios prójimo. La resurrección no es una muestra de poder sino una opción por la permanencia. Ahora la carne de Dios se extiende a toda la carne. El Espíritu Santo es la presencia de Dios en toda carne. Por eso, la pneumatología cristiana es una antropología: como Dios decide permanecer en la carne ahora toda carne permanece en Dios. La desaparición de Jesús de Nazaret no retira a Dios sino que lo hace nuestro. Ahora nos corresponde el cuidado del Dios enteramente manifestado y disponible. Tenemos a Dios, según este cristianismo, a nuestra entera disposición. Escondido, discreto y siempre subvirtiéndose.

    Comer carne: Uno de los ritos “cristianos” más antiguos consiste en comer. Luego la tradición teológica discutirá si se trata de la carne de Jesús, de la coexistencia de la carne de Jesús en los elementos del ritual o de un símbolo pascual. Lo que aquí interesa destacar es que las comunidades cristianas primitivas simbolizaron su fe religiosa en el acto de comer. Es decir, en la sustentación y goce de su carnalidad. Las disputas, que narra I Corintios sobre este ritual, tienen su núcleo en la posibilidad de que todos puedan comer de la misma mesa.

    Sostener la carnalidad: En los cristianismos tempranos se es cristiano para ser carnal. Universalmente carnal mientras exista el tiempo presente. Ellibro de los Hechos 10 relata este movimiento de una carnalidad reducida/restringida hacia una universalidad carnal. El mismo Jesús de Nazaret, aunque no fuese cristiano, tiene un camino de apertura carnal. El criterio que sostiene la existencia cristiana, en los evangelios y epístolas, es que se hace o no con la carnalidad. Si se participa de la mesa, si se alimenta al hambriento, si se existe con la lógica imperial o no. Ante ello se suspende lo temático (doctrina) y se da paso a lo exclusivamente carnal (al ser desnudo necesitado). La suspensión de la doctrina no incorpora una ética sino una frontera: la carne necesitada es el principio. Eso quiere decir en el principio está el Dios carnal que se ha abandonado en y a nosotros. Esto no es pura semejanza sino reposicionamiento de la alteridad.
 
    Este es el movimiento del Dios carnal que se entrega a nosotros. En su entrega anuncia la radicalización, en el sentido de importancia primordial, de la carnalidad. Toda la racionalidad mítica cristiana ha sido pensada desde ese movimiento de la carne hacia la carne. Los cristianismos deberían moverse constantemente hoy para salvar, gozar, saciar, cuidar y festejar la carne. Mayoritariamente no lo hacen. Matan a Dios todos los días.

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