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Publicado en Universidad, N° 1695

Enero, 2007

 

Desde hace algunos meses Julio Rodríguez se ocupa de la gente que él aborrece y muere o presenta alguna señal que parece avisar la muerte. Se interesa especialmente en el más allá de Mao Tse Tung y de Fidel Castro. Su ojo los mira pávidos porque deberán enfrentar a Dios cargando sus ‘crímenes’. Rodríguez combina catecismo barato con la soberbia del funcionario cuyos patrones están “por encima de toda sospecha”. Seguro cree en El Cielo (no es un motel) leen sus columnas y toman nota. El Dios judeo-cristiano salva a quien quiere. Da su gracia a quien se le ocurre. Los cuerpos de Fidel, Mao, Evo y Hugo Chávez (cuando mueran) pueden disfrutar de Vida Eterna si a Dios se le antoja. Y la Madre Teresa, Juan Pablo II y Porcionzón irse al Infierno (o sea disolverse en la Nada) si Él lo decide. Incluso alguien como Julio Rodríguez puede ser salvo por la piedad (misericordia, amor) de Dios. Es cierto que muchos impugnarían ante la Sala IV la decisión y si los magistrados negaran su demanda querrían mudarse de sitio. Pero así es el Dios que se nos receta. Y nosotros, dice el catecismo, aunque libres, debemos aceptarlo.

En sus poco ilustrados (y algo ruines) alegatos de ultratumba, Rodríguez volvió en diciembre pasado a equiparar al ex senador vitalicio chileno, Augusto Pinochet, con el dirigente revolucionario Fidel Castro. Para esto tuvo que desear fervorosamente la muerte, al 20 de diciembre, del último. A la fecha de redactar estas líneas su deseo no se cumplía. Para disfrazar su turbulencia, Rodríguez espiga en otro autor. Lo valora “intelectual de verdad”; un francés, B. Levy. Uno imagina que los dichos de Levy, por originales y pertinentes, ameritan ser difundidos, algo así como la resolución de la Conjetura de Poincaré por G. Perelman. Pues no. Los juicios de Levy (los citados por JR) son idénticos a los que adocenadamente ha sostenido Rodríguez, entre otros, desde que Pinochet cayó en desgracia por delitos comunes (esa caca fue, como todos sabían pero no querían asumir, un ladrón) y por otros ‘detalles’. La base de este ‘pensamiento’ es: Castro y Pinochet son lo mismo. Solo que el primero será, a su muerte, aplaudido, por quienes hoy maldicen el fallecimientoconimpunidad de Pinochet.

Volvamos a la teología. Si es por la jerarquía católica, Pinochet irá al Cielo. Lueguito sabremos qué opinó Dios. En cuanto al Pinochet cadáver, una foto muestra a tres jóvenes saludando su ataúd con el brazo alzado (reconocimiento clásico del fascismo europeo). El hombre tuvo sus fans. También en Costa Rica. Gutiérrez Góngora, por ejemplo. Y, antes, J. Rodríguez. Fidel Castro, no tiene fans porque el testimonio del dirigente cubano, y del Che y de Jesús, consiste en animar a que otros crezcan desde sí mismos. Luego, nadie quedará huérfano porque Fidel muera. Tampoco, por desgracia, se acabarán la ruindad y el fascismo, la cobardía y la mierda porque Pinochet haya muerto. Varios portan el estandarte. En cuanto a lo que espera a buenos y malos, uno es el juicio de los desagregados seres humanos (Levy podría reflexionar en Napoleón, por ejemplo) y otro el de Dios. Lupe Martínez, prima por parte de mamá, dice que, desde que se casó, ella ha visto a Dios. Y que viste camiseta rojinegra. Lupe asegura que no es por la Liga. Yo le creo a la Lupe porque sé que el marido aunque mocetón es hincha de Carmelita.