Universidad Omega, N° 66
Noviembre del 2018

   Un artículo curioso, del 31 de octubre pasado en La Nación S.A., desató un inicio de polémica más bien jocosa acerca de qué ha de entenderse por neoliberalismo. El artículo inicial llevó la firma del filósofo Carlos Molina Jiménez y básicamente se denunciaba que el término ‘neoliberal’ había sido despojado de su riqueza conceptual para conservar reducido “tan solo su cascarón pasional y pendenciero”. El título de esta denuncia era “¡Neoliberal!” y sentenciaba que el vocablo equivalía a un “mentonazo de madre”. Algo así como “Macho Coca” o “cementazo”. En efecto, de concepto a estereotipo agraviante hay distancia. Tras la denuncia, artículos posteriores intentaron aclarar qué debía entenderse por “neoliberalismo”. Erraron el palo. Parece obvio que se trata de un liberalismo distinto al tradicional o clásico de A. Smith o Locke o John Stuart Mill, por dar tres referencias. Pero esa seña no bastaba ya que el término ‘neoliberal’ es polisémico. En cierto momento se llamó neo-liberalismo al ideario de John Maynard Keynes (1883-1946) quien desagregó la propiedad de la naturaleza humana y abogó por el Estado como inversor puntual o constante (gasto público en favor de la demanda agregada) cuya acción impide o dificulta las crisis de mercados con eje centralmente privado. Keynes en su momento no resultó del agrado de los liberales clásicos, que identifican naturaleza humana con propiedad y suelen adherir a la fórmula “«Dejen hacer, dejen pasar, el mundo (mercado) se las arregla solo>”, ni por los comunistas para quienes las reformas del orden capitalista vía estatal les debe haber llevado a gritar ¡Neoliberal! ya sabemos como una forma de recordarle la mamá a Keynes por quitarles condiciones para su revolución.

   El keynesianismo tiene cierta importancia para los costarricenses, pero no se ahondará en este punto. En la misma época en que Keynes conseguía más prestigio, otro autor, Friedrich Hayeck (1989-1992), tenaz anticomunista y antisocialista, publicaba su trabajo Camino de servidumbre (1944) para ilustrar uno de los ejes de su pensamiento: “El Estado no debe asegurar ningún tipo de redistribución, sobre todo en función de un criterio de <justicia social>”. La idea lo obsesionaba desde las derrotas que sufrió en sus polémicas con Keynes. La ampliará en un trabajo posterior: “Los fundamentos de la libertad” (1960). “Camino de servidumbre” se da una organización curiosa. A cada capítulo le precede un epígrafe que condensa su sentido. El segundo (La gran utopía) lo abre una cita de Holderlin, un lírico: “Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno sobre la tierra es precisamente que el hombre ha intentado hacer de él su paraíso”. Se traduce como quien quiere el Cielo en la tierra, produce el infierno. Abandona toda esperanza, Torcuato.

   El pensador germano-latinoamericano, F. J. Hinkelammert, suele citar con asco a Hayeck. Por ejemplo en su libro “La maldición que pesa sobre la ley”: “Una sociedad libre requiere de ciertas morales que en última instancia se reducen a la mantención de vidas; no a la mantención de todas las vidas porque podría ser necesario sacrificar vidas individuales para preservar un  número mayor de otras vidas. Por lo tanto las únicas reglas morales son las que llevan al ‘cálculo de vidas’: la propiedad y el contrato” (p. 113). Hayeck afirmó esto en Chile y en 1981 justificando los crímenes de la dictadura empresarial-militar encabezada por el General Pinochet. Más rufián que mentarle la mamá a un niño de 8 años, cierto. Pero Hayeck era ya un ancianito que había logrado tocar ¡al fin! el cielo. La dictadura chilena fue el primer gobierno del mundo (1973) que se inspiraba en su neoliberalismo, aunque matizado por el ideario de otro neoliberal prestigioso, Milton Friedman (1912-2006), estadounidense. Seis años después vendría Margaret Thatcher, pero primero llegó Pinochet. Hayeck no se lo creía de contento pero a sus íntimos les confiaba “¡Cómo pueden ser tan brutos estos chilenos!”. Se recordará que incluso funcionarios de La Nación S.A. pedían a gritos un Pinochet para Costa Rica

   En la década de los noventa este neoliberalismo adorador del Mercado y despreciador de vidas humanas alcanzó otra cima de gloria en América Latina. Se siguió de un pretendido Consenso de Washington (1989) que jamás existió excepto en los gulas de las neoligarquías latinoamericanas. Le dijeron a medio mundo que la orden desde Washington era que para conseguir el desarrollo se debía: estabilizar la economía evitando déficits fiscales, fijar tipos de cambio competitivos, liberar el comercio, atraer inversión extranjera, transferir activos estatales al sector privado. Total seguridad para los derechos de propiedad. Hay más pero con esto basta. Curiosamente la oligarquía no leyó que el inexistente Consenso también proponía más inversión en servicios favorables para los empobrecidos y atención primaria de salud  e infraestructura. Menem, en Argentina, héroe del FMI, aplicó 10 años la receta falseada y el país padeció hambre por primera vez en su historia. Menem es recordado hoy solo por la Policía y algunos prófugos. Costa Rica no obtuvo un Menen sino un Otto Guevara.

   En época de crisis y reforma fiscal no es raro se sientan tufos del peor Hayeck y de Pinochet o Menem en Costa Rica. Aquí también existe una neoligarquía. Es deseable los tufillos no hagan saltar a muertos de sus tumbas. En todo caso aquí no hay ejército. Y la coyuntura podría excitar un movimiento ciudadano y popular que hace rato se extraña en un país bautizado alguna vez como el más feliz del mundo. Por ahora el filósofo Carlos Molina tiene razón. Si le gritan ¡neoliberal! suena vejatorio. Pero tal vez el trópico y la meseta logren hacer del neoliberalismo costarricense algo mejor que un “cálculo de vidas” o un menemnato.

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   Conversación

Marcia (Costa Rica).- Al final no me quedó claro por qué el señor filósofo reclamaba. El plan fiscal tiene sello neoliberal ¿no? Y seguramente él se ha manifestado a favor del plan y en contra de los huelguistas o de la Corte Plena que lo rechazan.

HG.- En realidad ignoro las motivaciones que tuvo el autor del primer artículo. Puede tratarse, como usted señala, de alguien que vota PAC y que como tal es objeto de descalificación (porque quienes lo reprueban consideran al PAC a la izquierda del neoliberalismo) o se trata de un intelectual molesto porque los alegatos se tornan estereotipados y personalizados y no ofrecen argumentos. Serían equivalentes a mentadas de madre que suelen anteceder a los golpes y garrotazos. Por supuesto es factible imaginar otros escenarios. Ahora, en el campo socio-económico este Gobierno del PAC tiene un enfoque neoliberal  respecto al desafío fiscal quizás porque carece de imaginación y de capacidad política para tener otro y porque para poder gobernar entregó su frente económico al Partido Unidad Social Cristiano. La Nación S. A. publicó este lunes 6 de noviembre una entrevista a Eli Feinzag quien al parecer reemplazará al eventual “cadáver” político Otto Guevara como dirigente público del neoliberalismo local. Los artículos del señor Feinzag son publicados regularmente en el periódico y él es fundador del Partido Liberal Progresista que pretende enterrar electoralmente al Movimiento Libertario propiedad de Guevara. Feinzag se manifiesta “positivamente sorprendido” por el gobierno de Carlos Alvarado y particularmente enfatiza sus aplausos por el manejo de la huelga. Dice: “El hecho de que el Gobierno se haya mantenido firme, que haya resistido la tentación de un mal arreglo, es muy positivo”. Es la presencia “espiritual”, en Feinzag, de Margaret Thatcher que liquidó a los obreros sindicalizados ingleses o el bombardeo de la Central Única de Trabajadores (Chile) que ordenó Pinochet, o sea la derrota (o aplastamiento político-cultural) de los asalariados organizados es lo que le provoca sentimientos positivos. A Feinzag no le gusta el plan fiscal porque lo valora insuficiente pero lo ve como primer paso de una transformación del Estado y del empleo público. Y sobre todo es una señal para los mercados: “Haremos lo que sea para complacerlos”  habría dicho (aunque sin estas palabras) la administración Alvarado a los ‘mercados’. Estos Indicadores de procesos es la actitud que aplaude Feinzag.

Marcia, Paula, Iris (Costa Rica).- Pero es que no había de otra.

HG.- Así parece haberlo juzgado  la administración Alvarado. Si quería electores del PUSC y un gobierno ‘nacional’ tenía que ofrecer la economía al PUSC porque el PLN se mostraba hosco. Y el desafío inmediato existía. Pero conceptualmente y en política sí se  dan otras maneras de hacer y juzgar las cosas, aunque resulten inevitables. Hago una referencia: un régimen democrático acepta entenderse en dos planos: en uno de ellos los ciudadanos eligen a quienes gobernarán, o sea tomarán decisiones políticas durante un período determinado. Este es el plano formal del régimen democrático. Pero en su plano sustancial, de contenido, los ciudadanos han de tener la capacidad para defenderse de las decisiones de quienes resultaron electos cuando estiman que esas decisiones los perjudican social y humanamente. Si no se entiende así, el régimen democrático consistiría en una autorización en blanco para que los electoralmente elegidos por los ciudadanos tomen decisiones que lesionen a esos ciudadanos siempre que esas medidas se ajusten formalmente a la legalidad. Se advierte que derechos humanos juegan un  papel decisivo para los ciudadanos tanto en su defensa cívica como para resistir socialmente decisiones de los gobernantes. Si Restauración Nacional y su Espíritu Santo hubiesen ganado las elecciones pasadas la consigna era perseguir y despedir a los funcionarios públicos si éstos abandonaban el closet. Las persecuciones y despidos habrían violado el régimen democrático y derechos humanos. Así lo entiende la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Si se piensa así, la toma de decisiones gubernamentales no se sigue de un diálogo solo entre agrupaciones políticas, PAC y PUSC, sino de un debate que incorpora a sectores sociales que se expresan también como ciudadanos. Si este procedimiento democrático, que no es para nada invento mío, se hubiese respetado en Costa Rica los cambios para evitar el déficit fiscal se hubieran hecho antes y tendrían un mejor y más amplio contenido social y cívico. O sea hoy se perjudicaría menos a los más vulnerables o se compartirían mejor los sacrificios. Pero los políticos costarricenses, Presidencia y Asamblea Legislativa asumen que si ellos y la burocracia que los acompaña resultan electos, entonces solo acuerdan entre ellos y adiós ciudadanía y también determinados sectores sociales. Si le creemos a la alegría del libertario o neoliberal Feinzag, los perjudicados aquí serían los más empobrecidos, los asalariados y sectores medios. Y los beneficiados los propietarios poderosos que constituyen la base de los mercados financieros. Desde luego, pedirle a un partido político costarricense que valore de una manera sustancial el régimen democrático es soñar. Si ni siquiera existen como tales partidos. Son básicamente grupos de interés con dirigentes interesados más en su status y en su incidencia electoral que en escuchar y respetar a la ciudadanía. Es una de las razones por las que resultan cada vez más flojas las elecciones y la abstención se acerca al 40%. Entonces, déficit fiscal hay. Es un desafío que requiere ser transformado en problema. Pero se dan distintas maneras de llevar a cabo esta transformación. La administración Alvarado eligió una ruta neoliberal. Hoy los neoliberales le aplauden por dar este primer paso. Luego presionarán para dar los siguientes. Y en su horizonte estarán siempre los “buenos negocios” de unos pocos, locales y extranjeros (no es sabio considerarlos como si fuesen grupos separados). Seguir el camino neoliberal no era obligatorio. Menos si el país desea alardear de régimen democrático y de respeto a derechos humanos.

Luisa, Pablo, Saúl (Costa Rica).- Leemos hoy en su periódico favorito que el Presidente Alvarado tiene la idea de revisar la Reforma Laboral Procesal debido a que muchas personas en la calle le han manifestado su inconformidad con la interpretación que los jueces hacen de ella y con su demora para declarar ilegales las huelgas. ¿Qué le parece?

HG.- Lo primero es que se trata de un mandatario muy asequible que no solo saluda a los ciudadanos en la calle sino que además escucha sus argumentos sobre asuntos públicos, les concede validez y desde ellos pedirá revisión de leyes. Esa nueva ley procesal fue vetada por la administración Chinchilla y aprobada por iniciativa de la administración Solís. El punto ratifica que el PAC no existe o que si existe sus miembros no se hablan entre sí. A algunos de Restauración Nacional les habla el Espíritu  Santo y al señor Presidente le habla el Alma de la Calle. Ahora, según La República del 5 de Noviembre de este año y en el mes de octubre el 46% de la población apoyaba la huelga, un 36% la desaprobaba y un 18% ni sabía ni quería responder. Tal vez los ciudadanos que están en este último rubro son los que detienen en la calle al asequible mandatario. El mismo periódico indica que el 68%, en el mismo octubre, estimaba que debería detenerse el trámite del plan fiscal y volver a negociarlo y solo un 20% estimaba que debía aprobarse sin más. Un 12% estimaba que el plan debería rechazarse. La fuente de estos datos era el Centro de Investigación y Estudios Políticos de la UCR. No creo el periódico haya falseado la información porque no apoya a los sindicatos para nada. El Presidente debía sospechar de quienes lo detienen en la calle. Podrían ser maleantes (abundan en estos días) o funcionarios contratados por las Cámaras Empresariales. En fin, la DIS dirá.

Hablando más en serio, el presidente Alvarado ya se montó en el tren empresarial y de ahí será difícil bajarlo. Él, además, no desea bajarse No quiere sindicatos en el sector público. Quiere explotados que con ojos llorosos musiten yes, sir a sus jefes o se marchen caminando o nadando hasta EUA. Tanta vuelta para terminar como Honduras o El Salvador.  Siendo todavía más serios, en negociaciones políticas difíciles, donde resulta complejo lograr puntos de encuentro lo que toca a los más sabios es pedir a cada sector que entregue para resolver las dificultades aquello que controla, no lo que otros le piden. Por ejemplo, a los sindicatos se les pide un período sin aumentos salariales o con solo el aumento que corresponde a la inflación. Y que no vayan a la huelga mientras dure el período especial. Además, que avancen por sí mismos o cooperen con programas para subir el rendimiento de sus oficinas y ligarlos con las áreas privadas y cooperativas de la economía. Pero, claro, es más fácil dificultarles legalmente ir a la huelga. Se obtiene además puntaje con los empresarios. ¡Imaginen si se permitieran sindicatos en la empresa privada! Inmóviles y calladitos es más bonito. Siguiendo con el tema serio a los empresarios se les puede pedir no sacar su capital al extranjero, no especular para extraer clavos de oro de la miseria del país y reinvertir sabiamente en la economía interna ahora mejor articulada gracias a los esfuerzos del sector público y de las cooperativas. Pero claro, para eso se requiere diálogo, comprensión y trabajo tenaz. No son virtudes que abunden en la calle. La calle es para los trabajadores informales, el Festival de la Luz y otros rendimientos que es mejor no mencionar.
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