Universidad Omega,
N° 60, julio 2018.
 

   Que el Partido Liberación Nacional PLN), bajo la conducción de sus dirigentes y presidentes del país, José Figueres Ferrer (1906-1990) y Daniel Oduber (1921-1991), con sus aciertos y desvíos, generó la Costa Rica que deseó todos sus habitantes calzaran zapatos y todos los cuerpos se alimentaran de espíritu, dejó de ser un partido político para transformarse en ‘maquinaria electoral’ se consideraba ya lugar común en los 90 del siglo pasado. El mismo Oduber avanzó el juicio con una fórmula que aun alimentaba anhelos: el PLN era “algo menos que un partido político y algo más que una maquinaria electoral”, señaló. En el 2018 se muestra solo dañado aparato electoral que sufre chillonas derrotas consecutivas de sus candidatos presidenciales. Uno se retira de una eventual segunda ronda alegando haber gastado todo el dinero para la campaña en la primera, y el segundo obtiene el menor respaldo ciudadano de la historia para un candidato del PLN (18.62%; tercera posición en la primera vuelta y fuera de la competencia). Sin embargo, en este 2018 la agrupación mantiene una presencia decisiva en la Asamblea Legislativa (casi un tercio entre 57).

   Un liberacionista, exembajador en el Vaticano durante el segundo mandato de Arias Sánchez, el señor Luis París Chaverri, entiende así el sentido de las duras derrotas: “… el rechazo al PLN tiene que ver, fundamentalmente, con aspectos éticos y morales, con la pérdida de credibilidad de sus dirigentes, con la percepción de la gente de que la corrupción está generalizada e institucionalizada en su seno, y es aquí donde radica su principal desafío para recuperar la confianza y el apoyo mayoritario del electorado” (La Nación, 13, 07, 2018). Es su juicio. París estima se llegó a esta situación por la concurrencia de varios factores: a) en lo ideológico no cree necesario un replanteamiento sino aplicar lo que se predica, aunque no explica cómo se generó un discurso que no se piensa cumplir; b) el PLN cortó vínculos con sus bastiones sociales: organizaciones sociales, comunales y sindicales, gremios intelectuales, académicos y profesionales, con los campesinos. Es imperativo restablecerlos; c) también se abandonó “la vocación de estudio y reflexión sobre los problemas nacionales” y en el mismo proceso se dejó de capacitar a cuadros dirigentes en estos campos; d) lo anterior hizo del PLN en “una maquinaria electoral, aspecto que en la actualidad (…) no tiene la importancia de antes”, aunque dirigentes despistados consideren que la solución a la crisis actual consiste en transferir “mayor poder a los cuadros territoriales en el nombramiento de los candidatos a diputados”. Ya se dijo que los registros para diputados y alcaldes hablan de un PLN favorecido por el voto ciudadano aunque en el primer caso los votantes sufragan por listas cerradas y no por personalidades y sus méritos. El sistema es clientelar. Pero es la modalidad ‘democrática’ que se da el régimen costarricense de gobierno. Los diputados no responden ante sus votantes. Es lo que hay. Nadie trabaja para cambiarlo.

   Sin embargo, aquí no se trata de discutir pinceladas. Luis París Chaverri no menciona que el PLN nació en el clima desarrollista reforzado tras la Segunda Guerra y que las expectativas socio-culturales que esa matriz suscitó murieron en la década de los 80 del siglo pasado. En las décadas anteriores el Estado fue valorado actor decisivo de un desarrollo nacional. Incluso el desarrollo se imaginó meta para una Centroamérica articulada. En el tránsito desde el desarrollo al crecimiento económico (ethos mundial vigente) el Estado vigila el cumplimiento de contratos. Y se vigila el cumplimiento de contratos para que existan ganancias y quiebras legales. La legalidad de las quiebras las determina la lógica del mercado mundial. Nadie aspira al desarrollo. Los países pasaron a ser puntos de inversión privilegiada. Sus habitantes, o consumidores conspicuos (incluso de deuda) o losers. Se habla de población “sobrante”. Existe. Lo que no sobra nunca son las ganancias. Siempre se puede atrapar más. Costa Rica nunca tuvo una oligarquía tan millonaria como la actual. Jamás el país alcanzó un coeficiente Gini (mide desigualdad) tan cruel: 0.52. El promedio latinoamericano promedio es 0,469. Es mal mundial. Para Oxfam, el 1% de los más opulentos del mundo alcanzó en el 2016 tanto ingreso como el 99% restante. Esto, aunque  termine provocando sublevaciones y guerras, es lo correcto hoy. Cuando el sistema colapse, porque funciona con deuda y la gula carece de plan, la fortuna del 0.5 de la población más opulenta será mayor que la del 99.5 restante. Cómo contribuyó Costa Rica, y el PLN, con esta catástrofe es lo que tendría Luis París que preguntarse.

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   Conversación

Berta (Costa Rica).- Entiendo lo de maquinaria electoral, pero ¿cuándo un partido es un partido?

HG.- Mínimamente un partido político puede considerarse una organización relativamente estable y permanente de ciudadanos o sectores sociales a los que une, también relativamente, una ideología (que puede ser una idea de sociedad o también más ampliamente una visión de mundo) que se materializa en un diagnóstico actualizado de la sociedad en la que se mueve (con sus contenidos nacionales, regionales y mundiales, si es del caso). Este último factor genera plataformas programáticas. Un partido político se mueve principalmente en relación con el eje estatal y compite por ello en elecciones de distinto tipo para que sus miembros ocupen cargos públicos y asuman responsabilidades. A través de ellos la organización se hace gestor ante todos los ciudadanos por su cometido político desde el gobierno o desde la oposición. Desde luego también es responsable ante la legislación. Un partido, además, puede establecer articulaciones, permanentes o no, con otros partidos y con sectores sociales específicos. Si es solo maquinaria electoral (que no estudia su realidad ni se pronuncia permanentemente sobre ella y sus desafíos, por ejemplo), deja de ser partido. Lo normal para Costa Rica en este siglo XXI es que sus “partidos” solo se muevan para las elecciones y no se pronuncien públicamente, por ejemplo, sobre los conflictos en Nicaragua y Venezuela, o sobre los criterios con que se debe abordar el desafío del déficit fiscal. En el mejor de los casos, la voz de los candidatos o de otras personalidades destacadas se entiende como el pronunciamiento del partido. Hoy, por ejemplo (18/07/2018), un periódico publica la opinión de Óscar Arias sobre la situación de Nicaragua. En breve, estima que debería llevarse el caso a la Corte Penal Internacional. Es bueno que opine aunque la opinión pueda discutirse. Pero no es el pronunciamiento de un partido. La ventaja de este último es que la opinión resultaría de un estudio y discusión en el seno de la agrupación y se la integraría a su historia, determinaría parte de su carácter, podría tornarse vinculante y esto pudo hacerse sin perder la firma del Premio Nobel y dos veces presidente del país. En otro ejemplo, los partidos costarricenses, en cuanto partidos, podrían haberse pronunciado sobre la elección de Donald Trump en Estados Unidos (2017), pero ninguno lo hizo y a los costarricenses les habría parecido rarísimo (o novedoso) que lo hicieran porque en cuanto partidos en realidad nunca se pronuncian sobre nada, ni siquiera sobre el todavía no finalizado y escandaloso “cementazo”. Al no hacerlo los partidos dejan  espacios para que otras organizaciones (medios masivos especialmente o también grupos de presión) tomen su lugar, o parte de él, ante la ciudadanía. Como aparentemente el Mundial de fútbol en Rusia agitó a muchos ciudadanos, los partidos podrían haberse pronunciado sobre esa agitación. Suena rarísimo, pero habría que recordar que los partidos como tales no se pronuncian tampoco públicamente sobre cómo resolver el déficit fiscal. No desean comprometerse o no tienen idea de qué hacer. Con esta flojera o incuria ha cooperado el cuento del “final de las ideologías” gestado en la transición entre siglos. Se traduce como que ya no hay nada que pensar ni imaginar políticamente. Lo que hay es lo que hay y punto. Para la realidad centroamericana adoptar el cuento del ‘final de las ideologías’ resulta suicida. O, sea, más de lo mismo.

Ángel (Costa Rica).- Creo entender el argumento central de su opinión, pero me asalta una duda: ¿Qué relación existe entre el paso de un modelo de desarrollo a uno de crecimiento y el papel o función de los partidos?

HG.- La sensibilidad desarrollista puede ser estimada como optimista. En ella la estabilidad política resulta deseable y factible. Hay desafíos, como el desplazamiento de la oligarquía, pero se superarán. Así, la mesa está servida para que existan partidos políticos. El ethos del crecimiento, en cambio, pretende ser realista. Cada individuo y cada ‘nación o pueblo’ es responsable por su suerte. Los individuos porque hacen malas elecciones en el mercado y los pueblos por la irresponsabilidad o ego de sus gobernantes y líderes que optan por utopías como la justicia social, la paz o por medios irracionales como el terrorismo. Si todo el mundo optara por la libertad que ofrece un mercado mundial sin trabas utópicas se estaría en un juego en el que todos ganan. La gran distancia es que el desarrollismo reconoce desafíos e intenta trazar rutas para enfrentar estos retos y resolverlos política y colectivamente mientras la ideología del crecimiento no admite desafíos gestados por el crecimiento sino que las dificultades las atribuye a las irracionalidades de quienes critican el crecimiento (proteccionistas, ambientalistas, populistas, rezagos comunistas, malas ‘razas’, etcétera). Por ejemplo, en Costa Rica la irracionalidad proviene del gasto público y de los sindicatos. O sea de políticos populistas y de voraces e irreflexivos grupos de presión. Todo andará bien si se reduce el gasto público (implica transferir servicios al sector privado) y se anula los sindicatos. El aumento de la desigualdad social y el endeudamiento público y privado, si existen, resultan disfunciones parciales. Nada que una economía más libre (en ausencia de sindicatos, grupos de presión y populistas) no pueda resolver. Quien no entienda esto último es un utópico, o sea un irracional. El punto no sería dramático (la especie siempre ha cultivado dogmas) si no existiesen desafíos que resulta obligatorio transformar en problemas. Menciono tres: i) el daño ocasionado al planeta en su capacidad para sostener la vida compleja en él, deterioro que parece irreversible y ligado al modelo mundial de producción-consumo; ii) la gestación masiva de población humana ‘sobrante’, ya sea porque se pierden masivamente empleos o porque social y culturalmente se produce población que no puede ingresar a los mercados; iii) los endeudamientos públicos y privados que llevan a crisis cíclicas y que se resuelven endeudándose más al conceder nuevos créditos a la gran banca. Estos desafíos mundiales se relacionan entre sí y cada uno de ellos y su conjunto deben ser transformados en problemas, es decir en algo que se ha de resolver involucrando a todos y en beneficio de todos. Pero quienes vehiculizan la sensibilidad dominante actual no admiten estos desafíos y mucho menos los transforman en problemas. El planeta va bien y lo único que molesta es gente irracional que protesta. Hoy no existen opositores, sino terroristas y populistas. Quiere decir que no se admite alternativas.

Un mundo así de dogmático exige denuncias, protestas, rechazos. Los protagonizarán movimientos sociales variados y partidos. O sería bueno que movimientos y partidos políticos sean sus protagonistas. Los movimientos sociales porque inevitablemente ligarán en algún momento sus malestares y exigencias con uno o varios referentes sistémicos o estructurales. Los partidos porque ellos pueden ser ámbitos de reflexión y propuesta y también de coordinación y conducción gubernamental de la movilización social contestataria. No existe incompatibilidad entre movilización social y partido político. Entre ellos puede darse cooperación y crecimiento mutuo. Movimientos sociales sin partidos pueden resultar asfixiados o agotarse. Partidos políticos sin movimientos sociales pierden agresividad, pasión y fuerza para tareas que hoy son urgentes y también de largo plazo cultural. Los desafíos actuales comprometen a todo el mundo. Y parte de los procesos para tornarlos problemas pasa por partidos que logren apelar a e involucrar mayoritariamente a la ciudadanía, local y planetaria.

Simone, Pablo, Néstor (Costa Rica).- En la respuesta a Ángel usted determinó al desarrollismo como optimista. ¿Por qué el calificativo?

HG.- Quería enfatizar una distancia entre el período de desarrollo y esta fase actual centrada en el crecimiento. Durante la fase desarrollista aparecen los primeros partidos demócrata-cristianos en el subcontinente y en países como Chile y Honduras se intenta una reforma agraria propietarista que busca articular constructivamente la ciudad y el campo. Optimista y saludable para todos. Ahora, en América Latina se proponen dos grandes propuestas desarrollistas (la sustitución de importaciones [CEPAL] y la Alianza para el Progreso [Gobierno de USA]) y también una variante socialista de economía planificada (Cuba, década de los sesentas) y una serie de subprogramas orientados a despegar hacia desarrollo o proporcionar más fuerza a sus procesos (la teoría sociológica de la marginalidad, por ejemplo). Pero en América Latina el ethos de desarrollo acoge asimismo propuestas contenidas en la encíclica Populorum Progressio (Paulo VI, 1967). Entonces muy distintas formas de pensamiento e ingreso a la concepción de la realidad, y también de ‘sentirse’ en el mundo, dialogan con el desarrollo. Usted puede ser desarrollista y cristiano, desarrollista y marxista, desarrollista y social-demócrata, desarrollista y filo imperialista, desarrollista y capitalista nacional. Entre algunas de estas posibilidades existe enemistad (a la Revolución Cubana se opone la Revolución en Libertad chilena, por ejemplo, desarrollista y fidelista), pero hacia el desarrollo existía un sentimiento ideológico-cultural positivo. Exceptuando a los “comunistas” (era también el tiempo de la Guerra Fría) no existían enemigos frontales o se le consideraba erróneamente ‘pequeños’ (la oligarquía tradicional). Incluso se podía ser revolucionario y desarrollista y no se era anatematizado (excepto si se era comunista). El ethos desarrollista contribuye a la aparición de una Teología latinoamericana de la liberación y también de una Teoría (sociológica y política) de la dependencia. La Teoría de la marginalidad anuncia la incorporación de miserables y pobres a la ciudadanía. La Revolución Cubana habla a pobres de la ciudad y del campo. Se despliega una Antropología de la pobreza (O. Lewis) que en su vertiente constructiva ve a nuestros miserables como seres humanos. Las poblaciones creen ir al desarrollo con canciones y marchas y banderas. El desarrollismo convoca esperanzas y parece despejar caminos hacia otra América Latina. Por esto lo califiqué de optimista. Suscitó esperanzas y reclamos, variados, pero todos hablaban de un mejor futuro. Muy distinto al crecimiento que proclama que el mundo ya está establecido para siempre (Final de la Historia) y que cada uno es el único responsable de que su existencia resulte una tortura o un goce lujurioso. Nadie debe nada a nadie. No hay prójimos. La humanidad es propia de losers. La biblia de este discurso apareció en 1992. Se tituló “El desafío neoliberal. El fin del tercermundismo en América Latina” y su compilador es Barry B. Levine. Tiene 518 páginas. No me crean a mí. Léanlo.

Marcial, Rodrigo (Costa Rica).- Votamos una vez por Liberación Nacional. Este 2018 nos abstuvimos. Fue una cochinada de candidato cambiando de opinión cada día a ver cómo recogía votos y todo prefabricado. Bastante dinero y poco seso. Ofertas generales y nada de respuestas específicas.

HG.- Por mi voluntad no tengo derecho a voto (sigo siendo extranjero) y por ello no sigo la campaña en su detalle publicitario ni menos en redes. El carácter  comercial de muchas campañas electorales (las de candidatos que pueden manejar el dinero suficiente) tiene ya su historia y algunas agencias confunden al ciudadano como un tipo de consumidor, o lo reducen a consumidor. Ocurre que el mercado electoral no resulta idéntico a escoger entre Palí y Automercado o entre Salsa Lizano y Clemente Jacques. Se supone que las presentaciones personales o específicas del candidato compensan los excesos de la propaganda masiva o, al menos, intentan hacerlo. Lo poco que le vi-escuché al candidato del PLN fue general y algo distante incluso cuando algún otro candidato lo encaraba directa y bruscamente. Se veía un poco rígido o tenso, actuando como candidato, representando un papel, no siendo el candidato. Tal vez en otros espacios no fue así. Álvarez Desanti tenía amplia experiencia en elecciones. Y, más importante, experiencia en derrotas. Quizás no lo acompañaron las personas adecuadas. O tal vez no las escuchó. Cuando de elecciones ciudadanas se trata suelen resultar mejores los profesionales que los amigos. Y estos últimos tienen además la desventaja de resultar finalmente más caros.

En todo caso, el militante liberacionista cuyo texto dio cauce a esta conversación (Luis París Chaverri) publicó otro artículo, esta vez en el periódico Extra. Lo tituló “Ni partido político ni maquinaria electoral” (Extra: 18/07/2018). Habla de una época de gloria del PLN en la que fue: “…una agrupación unida, compacta, con un planteamiento ideológico y programático sólido y claro, con una gran vocación de estudio de los problemas nacionales y con pretensiones de convertirse algún día en un verdadero <partido ideológico y permanente>”. Hoy, en cambio, el ‘canibalismo’ entre sus dirigentes, los desacuerdos sobre su rumbo ideológico, el electoralismo que sofoca los procesos de reflexión y estudio y alimentan “el ataque desleal y artero al adversario” y el ejercicio del poder han erosionado su cohesión y “crea obstáculos para la reconciliación y genera exclusiones que debilitan los engranajes de su maquinaria electoral”. Aunque París no pone fecha al tránsito desde la ‘gloria’ a la ‘fragmentación suicida’ es probable que el último presidente que puede considerar “liberacionista” haya sido Luis Alberto Monge (1982-86) a quien sucedió Óscar Arias. Arias sólo fue verbalmente liberacionista (ya de por sí un concepto arduo de determinar) porque le convenía nacional e internacionalmente y, ya con mandato, ha sido siempre solo arista lo que lo transforma en un político local más inclinado a la derecha y al statu quo plutócrata que a la izquierda de cualquier tipo  e internacionalmente volcado a lo que entregue credibilidad en ese espacio y facilite se le considere para puestos o premios de alto status. Estrictamente el “arismo” no constituye una ideología sino un autoafecto algo excesivo (con los cortesanos respectivos) que lo llevó a odiar a José Figueres Ferrer y a distanciarse de su hijo José María y también a enemistarse precisamente con Luis Alberto Monge. Con Arias 1986 inevitablemente el PLN se fractura internamente y se potencia lo que París describe como “…virulencia de los procesos eleccionarios internos, en los que predomina el ataque desleal y artero al adversario”. Ya no se es liberacionista sino arista, mongista, figuerista, etcétera y cada una de las fracciones premia a sus seguidores lo que acentúa celos y recriminaciones. Entre despechos, celos y recriminaciones, nadie estudia. El clientelismo del figuerismo-oduberismo original, un medio para ganar elecciones, se traslada a lo interno de la agrupación y se transforma en obstáculo que culmina haciendo perder elecciones. El arismo no vota por el mongista Johnny Araya en el 2012. Y este mismo arismo se divide ante Álvarez Desanti, el figuerismo lo rechaza y el mongismo no lo acompaña. La anécdota más espectacular de esta fragmentación, y al mismo tiempo la que da más vergüenza ajena, la protagoniza Óscar Arias en su segundo mandato cuando hace sacar la figura de José Figueres Ferrer de “su” Plaza de la Democracia y la sepulta en una bodega recóndita aduciendo que lo hace para “protegerla”. El siguiente gobierno, del PAC, la rastrea y encuentra y la restituye a su sitio previo. El retorno de la estatua a la plaza ha de haber costado al menos un día de vida a Arias. Como se advierte, las distancias no son básicamente ideológicas sino clientelares y de interés o emociones personales. A veces grotesco, a veces útil a los ciudadanos, a veces delictivo. Lo que sufre es el ejercicio de la política. De lo contrario el tema sería enteramente anecdótico. Pero París lleva razón. La fragmentación personalizante y prolongada como clientelismo ha resultado electoralmente suicida para el PLN, entre otras cosas porque lo hace seguir presentándose solo a las elecciones en lugar de generar alianzas con varios partidos y sectores sociales lo que habría ya redundado en gobiernos nacionales.

París no advierte estos aspectos. Tal vez estima que si se escribe lo que todos saben (la fragmentación y el clientelismo) entonces estos vicios desaparecerán. Pero no existe una relación directa entre reconocer un vicio y superarlo. Esas son apuestas de filósofos. Jesús de Nazaret reveló que todos somos inevitablemente prójimos y solo logró que millones hagan la señal de la cruz pero estimen solo su propio culo.
París termina su texto indicando, tras remitir a la inercia institucional interna que no se altera ni siquiera ante dos derrotas electorales consecutivas, que “Tampoco se ha hecho nada para clarificar conceptos ideológicos y definir los principios que enmarquen la visión y el rumbo que se le quiere dar al país. Sin esas reformas, la oferta electoral será “más de lo mismo”: la misma confusión en lo ideológico, las mismas grietas de su estructura y las mismas caras, confirmando así que el actual Liberación Nacional es un remedo de partido político y que su otrora poderosa maquinaria electoral es hoy solo una caricatura”. En realidad el PLN posee gente que piensa en términos social-demócratas, algunos de la más antigua guardia y otros más jóvenes, pero nadie les hace caso. Parece que el pensamiento estorba. Muy latinoamericano y aquí explicable porque el PLN alguna vez tuvo éxito. Pero en política es bueno tener memoria porque nadie vive de recuerdos. El análisis en tiempos del crecimiento económico que conduce al colapso de la Naturaleza y de las convivencias que la habitan obliga a sentir/discernir/imaginar discutir y actuar tanto en términos personales como colectivos.  Costa Rica en particular y más ampliamente América Latina no están tomando seriamente la tarea de pensar-se. Esto tal vez sea lo que ustedes, jóvenes, resienten y los lleva a describir un proceso electoral (que muchos estimaron crispante) como una “cochinada”. Tal vez lo fue, pero la cochinada la produjimos entre todos. Entonces hay que pensarla situada y discutirla intensamente para no volver a incurrir en ella.
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