Universidad Omega,
N° 58, junio del 2018.
 

 

   Existen sectores de aficionados costarricenses al fútbol que ni saben ganar ni tampoco perder. No resulta factible cuantificarlos, pero se hacen notar por los escándalos. Con el desempeño notable en el Mundial de Brasil (resultado principalmente del plantel futbolístico y de su preparación) reaccionaron con furia contra el entrenador colombiano Jorge Pinto cuando éste puso como condición para su renovación cambiar asistentes que remaron en contra durante el proceso y en el torneo. No quiso seguir “durmiendo con el enemigo”, declaró el señor Pinto. O sea que para llegar hasta donde se llegó hubo que disputarla hasta contra los asistentes. Pinto no perdió gratitud ni simpatía de una quizás mayoría de aficionados, pero los dirigentes del fútbol, encabezados por el señor Eduardo Li, utilizaron dos páginas completas en el principal periódico escrito del país con denuncias de jugadores, personal auxiliar y asistentes del entrenador que increpaban los “modos” con que el entrenador los hizo trabajar y lucir bien. Jorge Pinto siempre quiso llegar a un Mundial como entrenador y que su equipo se “hiciera notar” en él. Cumplió su deseo. El premio fue cesarlo y zaherirlo. No se debe olvidar la complicidad del periódico que abrió sus páginas (quizás contratadas) para que la furia contagiara a todos. Lo más vistoso de la ingrata embestida fue un “enemigo” que gritaba que Pinto era un “extranjero” que se llevaba la plata de los costarricenses. Fue pintoresco porque este  “enemigo” hizo, y con justicia porque trabajó para ello, su dinero jugando en el extranjero. Por cierto, en muchos de esos países aficionados y dirigentes le recuerdan y le mantienen el cariño. Trabajó y se desempeñó bien. Eso se reconoce. Vale para todos. Pero para algunos sectores que no saben ganar ni trabajan para ello, todo vale solo si ellos son figura.

   El nuevo entrenador, para el Mundial ruso, después de algunas vueltas, ya no fue un “extranjero” ladrón de dineros locales, sino un costarricense, el señor Óscar Ramírez. Aunque él estima (y muchos de los jugadores lo acuerpan) que no lo hicieron peor, al plantel, medido por sus resultados, no le fue bien. Tres juegos, dos derrotas, un empate, 5 goles en contra, 2 a favor (uno de ellos con complicidad del cuerpo arbitral que no quiso ver empujón al defensa rival antes del cabezazo). Bueno, el sector de costarricenses que tampoco sabe perder (lo que importa en realidad es cómo se juega, porque ser derrotado es una de las posibilidades del deporte para cada equipo), culpa al entrenador. Lo amenaza a él y a su familia. Por grotesco, irritante. En todo plantel de fútbol que disputa torneos concurren muchos factores: organización del deporte en el país, promoción de niños y jóvenes, competitividad del torneo profesional interno, arbitrajes y técnicos, canchas, dirigentes, medios, adversarios, etc. Si lo anterior, excepto los rivales, es de poca calidad, incluyendo el etcétera, un entrenador (mejor o peor) no hará milagros. O tal vez los haga, pero sorprenderá con sus acciones. Milutinovic (Italia 90) preparó al equipo fuera de Costa Rica porque aquí no se podía, por las intrigas. Y Francisco Maturana abandonó rapidito por la barbarie de periodistas hincha pelotas. Declaró: “Siento que el entorno es inmanejable, algo se rompió y esto no da para manejar un sueño. Quiero mucho a los jugadores, ellos han sido mi familia aquí (…) Por eso doy un paso al costado”. Su hígado soportó 11 meses.

   Pero lo desopilante viene ahora. Anónimos amenazan a la familia del señor Ramírez por los resultados en Rusia. Y el entrenador salta en primera página del periódico comercial más leído con todo y foto. El titular es “Si a mi familia quieren tocarla, tendrán un tigre”. O sea Clint Eastwod Ramírez interpretando a Harry El Sucio. Y el medio publica el exabrupto. Suena a provocación no pensada. Óscar Ramírez es un ciudadano costarricense. Si su familia o él son amenazados, corresponde denunciar la coacción en los circuitos policiales y, si se lo desea, ser un “tigre” exigiendo ahí, y en los circuitos judiciales, seguridad y respeto. Pero el medio periodístico agiganta el bufido porque vende. Como se advierte, en los juegos de fútbol y en los exabruptos concurren muchos factores. Incluso incivilizados y delincuenciales. Se los debe exorcizar. En eso deberíamos ir todos. Pierda o gane la Sele. Y, de paso, el periodista profesional debe ser compasivo con las personalidades cuando se equivocan. Aunque el medio sea comercial.
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