Universidad Omega
N° 57 junio 2018.

 

   Desde un sector que muy ocasionalmente me interpela, los escritores, me llega un Manifiesto del poeta español Daniel Rodríguez Moya “Por una Nicaragua libre y democrática” escrito que se pide apoyar y en que se solicita “…que Daniel Ortega y Rosario Murillo abandonen el poder y sean juzgados por tribunales independientes por ordenar los crímenes cometidos contra su pueblo”. El texto de Rodríguez Moya contiene una apretada descripción de Nicaragua desde la década de los 80 y también una explicación sobre la, por el momento, revuelta de sectores nicaragüenses, entre ellos jóvenes y estudiantes, levantamiento descrito en parte así: “La mano de Ortega se ha manchado estos días con la sangre de casi un centenar de compatriotas, la mayoría estudiantes y algún periodista. La mano de Ortega pero, sobre todo, la ensortijada mano de Rosario Murillo, su esposa y vicepresidenta todopoderosa, un personaje que parece sacado de una novela de realismo mágico con sus amuletos y supersticiones, con sus árboles de la vida metálicos, máquinas de consumir energía eléctrica con los que ha llenado Nicaragua, como si de un extraño sortilegio se tratase para conjurar a quién sabe qué demonios para perpetuarse en el poder y que ahora los nicaragüenses talan para sembrar, en su lugar, árboles auténticos”. Y “Los jóvenes son los que han dicho basta ante la obscena censura en los medios de comunicación que Ortega ha ido comprando, literalmente, en todos estos años y poniendo a su familia al frente. Han dicho basta al enriquecimiento salvaje y corrupto de la familia presidencial mientras que el país sigue siendo el más pobre de América Latina tras Haití y los salarios y las pensiones no llegan ni para asegurarse los frijoles cada día”. Lo dicho así resulta probablemente todo verdadero. Si fuera por estos contenidos el manifiesto podría apoyarse sin reservas.

   Por desgracia contiene otras opiniones menos certeras y algunos silencios lamentables. La más polémica de sus observaciones, al hablar de la guerra de los “contras” (Ronald Reagan los llamaba “Combatientes por la Libertad”) en la década de los 80, exculpa al Gobierno de Estados Unidos por  ese conflicto pese a que él resultó decisivo para que Ortega deviniera de dirigente (socialdemócrata) significativo en la Dirección Sandinista al actual sinvergüenza millonario émulo de Somoza. El razonamiento de Ortega parece haber sido: ‘EUA no admite un gobierno con contenido popular. Apoyó abiertamente la dictadura somocista. Yo encarnaré lo que a ellos les gusta’. En eso ha estado. Nicaragua carece de toda tradición de régimen democrático. Su ‘normalidad’ ha consistido en la sucesión de gobernantes corruptos y “electos” sostenidos por EUA. La señora Violeta Chamorro, sucesora de la primera administración de Daniel Ortega, entre 1990 y 1997,  hizo su carrera política abierta y encubiertamente apoyada por EUA. Enriqueció a los opulentos y tornó más miserables a los empobrecidos. Algo ritual en Nicaragua.

   En la brutal guerra de los 80’s en Nicaragua, impulsada por EUA, a la cabeza político-cultural de la “contra” (así llamó el gobierno sandinista a quienes se alzaron en armas contra su primer gobierno) estuvo el Cardenal de Managua nombrado expresamente como tal por el Vaticano para darle un tinte “religioso” a la matanza. La Iglesia Católica nicaragüense (o su Conferencia Episcopal) no puede instalarse como mediadora de conflicto alguno. Carece de autoridad moral para hacerlo. Es el principal olvido del manifiesto de Rodríguez Moya. No conviene desconocer la historia. Especialmente si es tan reciente.

   ¿Debe irse Daniel Ortega del gobierno y sin un peso? Sin duda. ¿Debe ser juzgado por sus crímenes? ¿Lo fueron Richard Nixon, Henry Kissinger y Pinochet por sus crueldades en Chile? ¿Lo fue Ronald Reagan por su maldad en América Central? No importa si murieron. Sería óptimo que los juzgasen (no tribunales independientes porque esto no existe, sino tribunales conformados por personas decentes), Ortega incluido, como seña de que la historia y la decencia condenan tanto a los poderosos impunes como a los desgraciaditos miserables que traicionan a revoluciones y a sus pueblos. En estos asuntos, es mejor no bizquear. Por eso no firmo el manifiesto del escritor español Daniel Rodríguez Moya. Apoyo en cambio, sin dudar, la inmediata salida de Ortega y sus gentes y cómplices y su castigo perpetuo. Y a los canallas ya muertos, que se les exhume y queme públicamente lo que de ellos quede teniendo cuidado que sus flujos no infecten a los que observen y aplaudan el espectáculo. Serán millones.
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