F-1020 Filosofía y derechos humanos


FUNDAMENTAR Y PROTEGER DERECHOS HUMANOS

1.- Recuerda Bobbio, en su artículo “Presente y porvenir de los derechos humanos” (1981) que tuvo ocasión de decir, en 1964, ante especialistas en filosofía, que “…el problema grave de nuestro tiempo respecto a los derechos humanos no era el de fundamentarlos, sino el de protegerlos”. Añade: “Desde entonces no he tenido razón alguna para cambiar de idea”. Líneas más adelante explica su idea: “El problema que se nos presenta, en efecto, no es filosófico, sino jurídico y, en sentido más amplio, político. No se trata tanto de saber cuáles y cuántos son estos derechos, cuál es su naturaleza y su fundamento, si son derechos naturales o históricos, absolutos o relativos, sino cuál es el modo más seguro para garantizarlos, para impedir que, a pesar de las declaraciones solemnes, sean continuamente violados” (Bobbio: El tiempo de los derechos, pág. 64).

1.1.- La objeción obvia a este posicionamiento de Bobbio es que si no se sabe cuáles son los caracteres socio-políticos de derechos humanos, no se podrá defenderlos adecuadamente, porque se ignora el carácter de lo que se defiende. Derechos humanos consisten en una producción histórico-social. Remiten a relaciones de ciudadanos y entre ciudadanos que pertenecen o a una misma sociedad civil o a sociedades civiles distintas pero que coinciden en el reconocimiento de derechos humanos normalmente porque han firmado pactos internacionales en este sentido. Este reconocimiento lo hace el Estado.

2.- Bobbio no recorre el camino recién descrito. Indica, por el contrario que existen tres modos de fundar los valores: “…deducirlos de un dato objetivo constante, por ejemplo la naturaleza humana; considerarlos como verdades evidentes por sí mismas, y, finalmente, descubrir que en un determinado período histórico son generalmente consensuados (la prueba, precisamente, del consenso)” (págs. 64-65). Descarta los dos primeros (no es factible constatar la existencia de una ‘naturaleza’ humana, tampoco lo es determinar valores evidentes) y por ello solo queda el tercero. Así, Bobbio  remata: “La Declaración Universal de Derechos Humanos representa la manifestación de la única prueba por la que un sistema de valores puede ser considerado humanamente fundado y, por tanto, reconocido: esta prueba es el consenso general acerca de su validez. Los iusnaturalistas habrían hablado de consensus omnium gentium (consentimiento de todas las naciones o gentes) o humani generis” (de la especie humana). Por supuesto fantasea. En la ONU de la Declaración… se inscribían 58 Estados, no la especie humana. Tampoco estaban todos los Estados. Y entre los Estados presentes (que no necesariamente representan a todas las gentes bajo su jurisdicción, figuró uno, importante, que no firma protocolos ni acuerdos que puedan poner a sus ciudadanos en circuitos judiciales que no sean los propios. Este país “excepcional” es EE.UU. Se recordará la Segunda Guerra Mundial en su frente japonés finalizó con el crimen de lesa humanidad (armamento atómico) contra población japonesa no combatiente y residente en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki (1945: ¼ de millón de muertos o heridos inmediatamente, en cifras occidentales). El ataque significó la rendición de Japón. El presidente Truman no fue nunca acusado por ordenar el ataque. Dictó sentencia contra esos civiles para “salvar vidas humanas” de soldados de su país. En el encuentro entre Estados que acordaron la Declaración… no estuvieron Alemania, Italia ni Japón, los tres derrotados. Se abstuvieron de votar 8 países, entre ellos la Unión Soviética, y dos no llegaron a la asamblea. De modo que ni existió unanimidad ni siquiera en esa asamblea ni tampoco consenso general. No puede hablarse de consensus humano generis. Tampoco lo habrá respecto de los Pactos posteriores (1966).

2.1.- Puede añadirse que la presentación de Bobbio está falseada desde un inicio. No existen solo tres maneras de fundar valores. Una cuarta, dice que los valores se establecen mediante un poder interno en las comunidades, poder que resuelve lo negativo o malo de los relacionamientos a partir de su eficacia: logro de objetivos: es la costumbre. Si se ignora este ingreso, enteramente sociohistórico, no se entiende el carácter de derechos humanos ni su incumplimiento.

3.- Lo que Bobbio no desea discutir aparece reconocido, aunque edulcorado, en el final de su texto: “A cualquiera que se proponga hacer un examen libre de prejuicios del desarrollo de los derechos humanos después de la Segunda Guerra Mundial le aconsejaría este saludable ejercicio: leer la Declaración Universal y después mirar alrededor. Estará obligado a reconocer que, a pesar de las anticipaciones iluminadas de los filósofos, de las audaces formulaciones de los juristas, de los esfuerzos de los políticos de buena voluntad, el camino por recorrer es todavía largo. Y le parecerá que la historia humana, aun cuando vieja en milenios, comparada con las enormes tareas que nos esperan, quizá haya apenas comenzado” (p. 83). Bobbio señala que derechos humanos se declaran políticamente y positivizan jurídicamente, pero, al mismo tiempo, no se cumplen. Tal vez la respuesta que él no quiere encontrar es la siguiente: la organización básica de las sociedades contemporáneas se mueve contra derechos humanos. Por ello existe esa brecha entre lo que se dice y lo que hace en este campo. Y también por esto pueden advertirse incluso retrocesos como pretender su minimización o declarar la tortura como necesaria.
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