Artículos en Ojo Censurado
2007.
1.- El contexto degradado
La decisión, ante las trabas legislativas, de los grupos económico-políticos reinantes de llevar la aprobación o rechazo de un Tratado de “Libre” Comercio con Estados Unidos y otras economías del área a una consulta ciudadana vinculante a efectuarse en el próximo octubre, no ha contribuido, como habría sido lo deseable, a animar y renovar la cultura política de un país que resintió esta cultura en crisis ya desde la década de los noventas y que fue testigo, inicialmente indignado, de los arrestos judiciales de dos ex-presidentes y la fuga internacional de un tercero (los tres sospechosos de ingresos ilícitos conectados con perjuicios a los servicios públicos) en el comienzo de este siglo.
La crisis de la sensibilidad política costarricense se liga al menos con los siguientes factores: el cese de los conflictos armados masivos en el área centroamericana la hizo ingresar de lleno en el terreno de la mundialización económica y social. La lógica internacional de acumulación de capital contiene exigencias que chocan frontalmente en Costa Rica, aunque no en el resto del área, con un sistema de instituciones sociales (banca, salud, seguros, comunicaciones, energía, educación) que encarece ‘artificialmente’ la fuerza laboral y bloquea la acción ‘purificadora’ del capital transnacional en el mismo proceso en que promueve, desde la década de los cincuentas del siglo pasado, protección social y servicios a la mayoría ciudadana y también, desde los setentas, constituye el botín clientelar de los “buenos negocios” entre los políticos-empresarios y las empresas locales y transnacionales.
La década de los noventas abrió de lleno, entonces, tres tipos de conflictos hasta ese momento disimulados y para los que los ‘partidos tradicionales’, colapsados, en tanto partidos, a inicios de los noventas, carecían de respuesta ciudadana y electoral. Un grupo de conflictos surgía del enfrentamiento entre la reproducción del sistema social vigente con las exigencias del ‘libre comercio mundial’ dominado en esta área por EUA; otro, del debilitamiento de las corruptas alianzas internas que configuraban los ‘buenos negocios’ de las minorías reinantes; un tercer frente se derivaba de la degradación de los servicios sociales (y su impacto en la existencia cotidiana) y la irritación, desánimo y agresividad que ello provocaba en la población. Los actores económica y políticamente dominantes no tenían, ni tienen, ninguna estrategia integral para estos conflictos ni tampoco para cada uno de ellos por separado. Para el primero, la neoligarquía llama a “romper monopolios públicos” e imitar a Irlanda o a Nicaragua “que ya firmó el TLC”. Esperan de ello una regresiva transformación estructural que les devuelva el total control del país. Para resolver el segundo grupo de enfrentamientos, esta misma neoligarquía decidió “ejecutar” selectiva y judicialmente a algunos políticos prominentes y empresarios medianos subestimando que las instituciones, en particular las instancias judiciales, y ciertas tramas sociales, están hechas para que ellos sobrevivan. Se trata de una pelea lenta, confusa y todavía no resuelta en la cual los circuitos judiciales resultarán conmocionados y probablemente degradados. El tercer escenario se intenta resolver a la brava reanimando la Guerra Fría: quienes protestan son “comunistas”, terroristas”, “sindicalistas” (en la Costa Rica oficial esto último constituye insulto), agentes de Chávez y Castro, etc. Por supuesto, este tipo de ‘resolución’, ideológico-moral, agrava y polariza las conflictividades.
El mal diagnóstico (previsible) de la crisis y la ausencia de propuestas para salir de ella, han cobrado ya víctimas. Las argollas ‘partidarias’ que administraban tradicionalmente el país se han deshecho o están en proceso de hacerlo. Socialcristianos y socialdemócratas (son solo nombres), o “calderonistas” y “aristas”, solo aspiran hoy a reapoderarse como pandilla de una administración pública que sirva a los negocios transnacionales. Los más avispados esperan sacar provecho propio de ello. El colapso de los partidos ideológicos ha significado el ingreso al ámbito público de grupos de presión (medios masivos y cámaras empresariales por la neoligarquía, sindicatos públicos, los únicos semitolerados, por el Estado social de derecho). La ciudadanía y la población ha mostrado su descontento e impotencia mediante la abstención electoral (que ya ha alcanzado el 40%; la cifra previa histórica era de alrededor del 20%) mientras contribuye a la degradación sistemática de la existencia, especialmente en los centros urbanos (la tasa de robos se incrementó en los últimos 15 años en un 700%, el tráfico de drogas en 280%, las agresiones en un 100%, los homicidios en un 50%, los pordioseros e informales constituyen masa en las calles, los gamberros destruyen los sitios públicos, los gobiernos han abandonado la mantención de infraestructura, el irrespeto y la violencia campean en las calles y carreteras, etc.).
Más grave, la desconfianza e irritación, antes dirigidas contra las autoridades y ‘extranjeros’, ha comenzado a trasladarse a las instituciones políticas y al Estado de derecho. Instancias como los circuitos judiciales, el Tribunal Supremo de Elecciones, la Sala Constitucional, la Asamblea Legislativa, los Ministerios y la Presidencia, se valoran públicamente ya por sectores diversos de la población como espacios de corrupción e impunidad que siempre “favorecen a los mismos”. Un sector minoritario pero creciente de ciudadanos aceptaría un gobierno autoritario que resuelva y “mejore las cosas”. Los hermanos Arias, actualmente en el gobierno, y cuyo estilo pasa por concentrar poder operativo, no son ajenos a este requerimiento de ‘gobernabilidad’. Voces aisladas pero persistentes, desde una derecha inflamada, llaman en los medios masivos, a “liquidar” a los malos costarricenses. El orquestado carácter parcial de estos mismos medios, y su función partidista, contribuyen, como efecto no deseado, a la deslegitimación cotidiana de instituciones y del sistema. En el otro polo, son cada vez más numerosos quienes estiman que el sistema está podrido y no tiene retorno ni salvación. Pero en este polo el desencanto no constituye factor de articulación. Imperan la desagregación, el focalizado ímpetu sin capacidad de convocatoria y la intuición fatalista de que ya no vale ocuparse de política y que es mejor ensimismarse en los asuntos propios. O alinearse como clientela de los poderosos.
En este contexto política y socialmente degradado, que corona un crecimiento económico sostenido por inversión transnacional sin mayor articulación local, la ciudadanía costarricense enfrenta su primer referéndum.
2.- Elegir en tinieblas
El 7 de octubre próximo la ciudadanía costarricense participará por primera vez en su historia en un referéndum. Lo hará tomando una decisión sobre la inconveniencia o conveniencia de aprobar un Tratado de ‘Libre’ Comercio con Estados Unidos y otras economías mesoamericanas. La situación a votar no es la mejor para un primer referéndum. El pacto acordado con EUA careció de control y responsabilidad política por el lado de los costarricenses de modo que el tratado se negoció rápido y mal. La falla no recae tanto en el equipo negociador (tecnócratas soberbios culturalmente neoliberales con escasa sensibilidad social y guiados por la imagen de que el tratado forzaría a Costa Rica a competir en las “grandes ligas”), sino en quienes lo designaron (las administraciones Rodríguez y Pacheco, ambas ‘socialcristianas’) y, posteriormente, le permitieron avanzar en acuerdos (firmes, en el sentido de no cambiables, aunque debieran ser sancionados por acuerdo legislativo) para que los que no se había trabajado previamente una sensibilidad política concertada y positiva y que comprometen servicios públicos de salud, energía y comunicaciones que ha hecho de Costa Rica un país diferente.
El TLC resultó así una bomba política en un país sin partidos ideológicos (y, con ello, sin proyecto-de-país comunicable) pero sobre el que diversos grupos de presión, empresariales, campesinos y trabajadores, por ejemplo, poseen historias y expectativas muy diferenciadas. Para los grupos empresariales más poderosos y sus tecnócratas, el TLC con Estados Unidos conlleva una imprescindible reforma del Estado (llamado actualmente Estado Social de Derecho) en el sentido de disminuir o quitar del todo los “privilegios” de que han gozado tanto la fuerza laboral del país como los productores ‘nacionales’: subsidios en educación, salud, energía, comunicaciones, convenciones colectivas, vivienda, precios políticos… vía la “apertura de los monopolios públicos” y la competitividad forzada por la desrregulación. Para ellos, es tiempo de privilegiar a los consumidores, no a los productores. Para otros propietarios, se trata únicamente de la necesaria ‘modernización’ del país en esta fase de globalización. Habrá ganadores y perdedores, pero en el camino se arreglarán las cargas. Considerado como bloque, que no lo es, el bando del No (en el que se ubican los sectores sociales con más educación, algunos pocos empresarios, trabajadores organizados, ecologistas, las universidades públicas con alguna excepción, campesinos, indígenas, y un partido emergente: el PAC, etc.) rechaza este TLC porque estima que pequeños productores rurales y otros sectores que proporcionan la mayor parte del empleo y del Producto Nacional Bruto no podrán competir con productos subsidiados como los estadounidenses. Del mismo modo estiman que la taimada apertura de los monopolios públicos al capital transnacional terminará por destruir, en un lapso breve, lo que resta de economía solidaria, como el sector cooperativo, en el país. Con ello se desplomaría el “modelo costarricense” que los analistas especializados suelen oponer, con mejor o peor juicio, al modelo cubano (estatista) y al modelo chileno (neoliberal).
Ambos bandos tienen sus extremistas (ya mencionamos que algunos pocos, pero publicitados, reclaman un Pinochet costarricense que libre al país de los opositores). En el bando del No algunos, también pocos, rechazan todo TLC por capitalista, o por tratarse de una amarra con el imperialismo estadounidense o por consolidar nuevas formas burguesas de explotación y dominación.
Pero el grueso de la ciudadanía o ignora los alcances del tratado (fue tramitado como secreto y conforma un librote poco atractivo, con secciones en inglés) o asume que quienes están a cargo saben lo que hacen. Probablemente en esto último se equivocan. Que el gobierno de los Arias no sabe estrictamente lo que apoya lo muestra su propaganda millonaria a favor del Sí (en el que comprometió sus dos primeros años de administración). La basa en dos pilares: el TLC creará muchos empleos de calidad (quienes hoy tienen un auto Hyundai pasarán a manejar un BMV, frase del presidente en ejercicio) y su administración es sobresaliente (y por ello creíble) en todos los campos, especialmente en el de la seguridad, la libertad de cultos (sic) y, recientemente, en la política salarial hacia los trabajadores públicos. Votar el Sí es votar por el Buen Gobierno que da de todoa todos. En breve, se intenta ganar apoyos (con fortísimo respaldo mediático y gasto millonario) populistamente. El bando del No carece del financiamiento que muestra el Sí. Formula también exageraciones como que el TLC supondría el final de la historia para los costarricenses, pero sus sectores más significativos han estimulado el debate, han puntualizado su oposición a este TLC, no al libre comercio, su voluntad para renegociarlo (aprovechando el descenso político de la administración Bush o la oposición interna en Estados Unidos a estos tratados) y, sobre todo, su voluntad de inscribirlo en una estrategia de desarrollo, no solo de crecimiento, para Costa Rica.
Visto así, en esta pugna de ruidos, tinieblas, tremendismos, autobombo, compra de votos e instituciones (la Sala Constitucional y la Asamblea Legislativa aparecen como la más golpeadas en este último frente), rasgamiento de vestiduras, ignorancia e indiferencia, quienes han sostenido el No muestran haber ganado ya algunos puntos en un frente: los Arias parecen aceptar que este TLC será inscrito en una política de diversificación de exportaciones/importaciones que podría considerarse factor estratégico de un modelo de desarrollo propio. Luce como un logro baladí, pero en las tinieblas imperantes podría alcanzar trascendencia.
Aunque por supuesto, si los hermanos Arias y su gobierno de secretarias ejecutivas y clientelas (que no son incompatibles), consiguen el Sí, es probable que abandonen lo que inercialmente los torpes flujos de fuerzas los han obligado a considerar.
3.- Espectros y emergentes
El proceso de referéndum con el que los costarricenses intentarán resolver en octubre cómo desean seguir viviendo y relacionándose en el más próximo futuro muestra como una de sus características la ausencia de sus organizaciones político-partidarias tradicionales. Éstas son el Partido Liberación Nacional, al que se le atribuye una inclinación socialdemócrata, y el Partido Unidad Social Cristiana. Con estos nombres u otros semejantes han administrado el Estado, casi siempre en mancuerna, desde la mitad del siglo pasado. Cuando evidenciaron su penuria ideológica y orgánica,, ya en la década de los noventas, y mostraron que sus mejores facciones eran las de servir como maquinarias electorales y de administración pública y las peores las propias de dispositivos clientelares y argollas para el saqueo de la institucionalidad común…. la gente, de a poco, empezó a reconocerlos como PLUSC: un único aparato mafioso al que se debía pertenecer para disfrutar de los buenos negocios y cargos, o de los negocios a secas, que ofrecen las posiciones de poder administrativo y resolutivo.
La quiebra final del PLUSC se abrió con la indagatoria judicial de los expresidentes Calderón y Rodríguez, sospechosos de valerse de cargos y prestigios para enriquecerse personalmente (fueron apresados inicialmente en octubre del 2004) y, además, indagados por contribuir con sus acciones dolosas a la liquidación de instituciones como la Caja Costarricense de Seguro Social y el Instituto Costarricense de Energía y Comunicaciones (ICE). La acción judicial pareció poner punto final a la era de los políticos-empresarios que se entronizó desde inicios de la década de los setentas. Pero, antes de estos insólitos espectáculos policiales, los hermanos Arias ya habían dado inicio a un proceso de alejamiento de todo socialismo democrático y de claro acercamiento a la neoligarquía local. y a los poderes transnacionales.
El despliegue ‘arista’, que reforzaba el fraccionamiento interno del PLN, puesto en evidencia con la elección de José María Figueres en 1998, se inspiró en la voluntad de los Arias de apoderarse nuevamente de la presidencia del país, cuestión que constitucionalmente les estaba vedada. Un voto dividido de la Sala Constitucional les abrió finalmente el camino en el 2003. Pero ya Óscar Arias, utilizando un sólido y oscuro financiamiento había manoseado al partido presentando su candidatura paralela en las elecciones primarias internas para la escogencia presidencial del 2002. Curiosamente, su gesto, irrespetuoso y antipartidario, no fue ni investigado ni sancionado. A partir del respaldo de la Sala Constitucional, los Arias jugaron las cartas de la reelección y de la transformación definitiva del PLN en un arismo antisocialdemócrata. El partido, que había entrado en agonía precisamente con su primera administración (1986-1990), llegó ‘depurado’ de todo ideologismo a las elecciones del 2006. Su triunfo nominal se debió principalmente al deseo de los ‘liberacionistas’ de retornar al control de la administración pública después de ocho años de sequía, a la compra de sufragios y, probablemente, a que su aparato nacional le facilita la realización de fraudes en las urnas. Utilizando ferozmente la guillotina, el puntapié y la conspiración, los hermanos Arias hicieron del “PLN”, a redoble de tambor, una organización de secretarias ejecutivas, yes men y familiares. Esta caricatura de partido llega al referéndum fragmentado e internamente enemistado. Cualquiera sea el resultado de la votación, puede considerarse, en tanto partido, muerto y enterrado. Si existen fuerzas, se abrirá quizás en él la posibilidad de refundar, desde una crisis, una socialdemocracia minoritaria. El arismo, en cambio, se perfila como el rostro público de la derecha neoligárquica y antipopular. Con los Arias, Costa Rica arriba tardíamente a su centroamericanización.
Como contratendencia, las elecciones presidenciales del 2002 habían avisado en las urnas el final electorero del PLUSC. Las candidaturas anti-Plusc (Abelismo, PAC, ML, Independiente Obrero y Fuerza Democrática) consiguieron entonces y en la primera vuelta casi un 68% de los sufragios efectivos. La votación era el primer indicio del carácter de dos organizaciones emergentes, el Partido de Acción Ciudadana y el Movimiento Libertario, y abría la oportunidad de un nuevo perfil, antiargollas, para los socialcristianos. Abel Pacheco triunfó en segunda ronda. Principalmente la pereza y torpeza de un abelismo sin partido frustraron el que este resultado electoral cuantitativo se transformara en el acta de defunción política definitiva del PLUSC. Sobre cadáveres, insuficiencias, apetencias, concentración de poder y pugnas entre grupos de presión se montó la estrecha victoria de la maquinaria arista y neoligárquica en el 2006. Pero, en tanto partidos, ya ni el PLN ni el PUSC ‘tradicionales’, existen.
El referéndum costarricense no contiene entonces una efectiva lucha partidaria. Comparten un bando el gobierno de los Arias, las jerarquías de las instituciones estatales, la neoligarquía propietaria, el capital transnacional y sus embajadores, parlamentarios y sectores oportunistas, y un despotenciado ML. En el otro, una incipiente pero entusiasta y novedosa organización social de base (que incluye grupos antisistema), sectores ciudadanos, trabajadores públicos organizados, ecologistas, frentes de mujeres, pobladores, indígenas, jóvenes y estudiantes, intelectuales, artistas,y el Partido de Acción Ciudadana y otros partidos minoritarios.. Por ello el resultado del referéndum, siendo importante, no resulta políticamente decisivo. En realidad, se enfrentan una tradición clientelar, venal y corrupta (aunque en ella puedan existir individuos sanos) y que hoy arropa su subordinación al capital transnacional mediante el neoliberalismo y, y ciudadanos y sectores sociales movilizados que podrían, vinculados al PAC y dándole su aliento, entregar un nuevo aire parlamentario a las instituciones democráticas y sociales del país e incluso darles la forma de un plural y sano proyecto-de-país largamente frustrado por el dominio del PLUSC. Lo que resuelve esta encrucijada no es el resultado del referéndum, sino qué hace el PAC con ese resultado.
4.- Lo sensible y la penumbra
El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, aceptado por los gobiernos centroamericanos y el de República Dominicana, conformados como un área específica de la región, se inscribe en el proceso básico de reconfiguración inducida de las economías/sociedades de los países de la periferia en la lógica de la acumulación global de capital bajo la forma posibilitada por las actuales tecnologías de punta. Desde hace más de dos décadas América Latina ha venido asumiendo, sin particular fortuna, por lo demás no buscada, los Programas de Ajuste Estructural, el llamado Consenso de Washington y, hoy, los tratados de ‘libre’ comercio (en realidad acuerdos de comercio preferencial) bilaterales avanzados por Estados Unidos una vez fracasado su empeño en consolidar un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que debió comenzar a funcionar hace un par de años.
Visto así, y con entera independencia de situaciones específicas, como el enraizamiento de la fuerza de trabajo y la extrema movilidad de los capitales, como si solo estos últimos tuviesen necesidades, los tratados de ‘libre’ comercio en curso potencian la lógica transnacional de acumulación de capital en desmedro al menos de la fuerza de trabajo y de quienes participan del sistema como excluidos, materializan el vigor destructivo (o caótico) del capitalista y polarizante mercado mundial y de sus instrumentos internacionales, como el Banco Mundial, y su geopolítica, mientras debilitan la capacidad política y social de los Estados y Gobiernos de las regiones tercermundistas (que es el caso de las economías centroamericanas) para evitar o mitigar esa polarización autodestructiva, y, complejamente, contribuyen a agravar la crisis, hoy planetariamente reconocida, surgida de la relación entre el modelo productivo capitalista, la polarización social mundial y las necesidades del planeta para sostener la vida en él (desafío del ambiente natural).
Los tratados de ‘libre’ comercio se constituyen de esta manera en groseros signos de una crisis civilizatoria planetaria caracterizada tanto por la ausencia de un buen gobierno mundial como por la perseverante renuencia para asumir que el principal desafío global de la actualidad consiste en transitar, política y culturalmente, desde la mera unidad biológica de la especie a su autoproducción como especie política y cultural (o, si lo desea, espiritual). Por supuesto, estas cuestiones-desafíos no están en agenda. Se vive una estupidez e indiferencia generalizadas que aplaude el crecimiento económico sostenido (y con ello las ganancias de los grandes propietarios) mientras ese mismo crecimiento genera miles de millones de víctimas, no solo humanas, y tiende a destruirse a sí mismo. Radicalmente, no es sostenible. La especie humana podría desaparecer en el siglo XXI sin siquiera haber advertido que debía intentar políticamente autoconstituirse como especie espiritual. Lo que no implica homogeneidad ni hegemonía. Pero estas desafíos, urgidamente materiales, no están en agenda para el G7, ni para el FMI, ni para “menearse por un sueño” o para los “periodistas” de CNN. Ahí y aquí lo que reina es el “¡azúcar!”, “vivir la vida loca”, atender a las “burbujas bursátiles”, fucionar entidades bancarias o “expandir mercados”.
Ejemplo de la bobería autodestructiva que pasa por civilización lo da el libro de A. Oppenheimer (aplaudido en Costa Rica como “excepcional”), Cuentos Chinos (Plaza & Janés, 2005), que en 350 páginas agita únicamente una “idea”, la de las soberanías compartidas, y reitera una ‘orden’: América Latina debe dejar su provincianismo e imitar la modernización de China. Con prescindencia de detalles, el capitalismo chino es ejemplo precisamente por lo brutal y autodestructivo: es decir por lo que no deberíamos hacernos ni permitir que otros hagan. Se afirma en la supexplotación (incluye el trabajo esclavo, la labor a destajo, el pago en especie, etc.) de su gigantesca y barata fuerza laboral y, todavía más brutal, en una extrema y cínica segmentación y estratificación de los mercados: se producen mercaderías de pésima calidad, de mediana calidad y de calidad, según la capacidad de compra de los usuarios. Para China es propio (aunque se debe procurar no ser sorprendido) incluir sustancias venenosas en pastas dentales o juguetes si ello incrementa ganancias. Si se es descubierto en estas prácticas, se procede a “suicidar” al responsable y asunto liquidado. A estos chinos perspicaces (que entendieron exactamente la ‘espiritualidad’ de la acumulación de capital, igual que las transnacionales Nestlé y Kellog’s) y también brutales, se les atribuye la sentencia: “No importa el color del gato si caza ratones”. No solo no importa en absoluto el color del gato, sino tampoco sus procedimientos. Lo que interesa es vender a consumidores a quienes se clasifica y trata como ratitas, ratas y ratones… y acumular ganancias y poder. No preocupa qué pase a la gente o al planeta en el proceso. China es ya una de las economías que más energía consume; es, como Estados Unidos, un terrorista energético. Oppenheimer, reportero ilustrado, encuentra sabio proclamar “modelo” a este gigantesco aporte al suicidio.
Visto así, un TLC centroamericano y costarricense como el pactado con Estados Unidos es “chino”. Introduciéndose como cuña, desagrega a la región mesoamericana de América del Sur (también internamente desagregada por los mismos y otros motivos), intensifica la demencial polarización interna de sus sociedades, refuerza migraciones no deseadas, acelera costos ambientales ya ruinosos, sanciona la irresponsabilidad social de sus gobiernos neoligárquicos y ‘tecnocráticos’, maltrata raíces culturales vía la imposición de una sensibilidad única (mercantil) y el dominio del mercado y las ‘cosas’ (y su espejo jurídico) sobre las necesidades humanas. En el mediano plazo cultural no ofrece ninguna ventaja. Social y económicamente constituye un espejismo que será cruelmente destruido por la violencia social, étnica, militar y paramilitar. El pacto comercial se concreta, además, con la administración estadounidense más bestial y mentirosa de su historia.
Lo nuclear no es cuántos chips o chayotes más se exportarán a Miami, sino cuánto un TLC como el pactado se inscribe, aunque sea mínimamente, en el principal desafío mundial actual: ir hacia la autoproducción política y cultural de la especie. Avanzar en la constitución de un Estado y Gobierno mundiales, con capacidad para corregir la omnipresente violencia del mercado, de modo que nuestros descendientes y todo el planeta puedan celebrar la vida y gratificarse. Aun siendo pequeño, un país puede colaborar en esta tarea.
Por supuesto, las anteriores son majaderías si se las compara con la belleza de comprar por Internet, enviar un mensaje por celular a un amigo o asistir a un Mundial de Fútbol. Pero gansadas, como la aspiración a un Gobierno Mundial efectivo, constituyen el desafío radical del momento. Si no se las atiende, podría ocurrir que timbrar para llamar al amigo o reservar los boletos para el Mundial sea a la letra y exactamente lo último que haga la especie.
Esto “último” se vota también, aunque no lo parezca, en el referéndum de octubre de este país pequeño y que, al parecer, no desea enterarse de ello..
5.- Un primer gobierno regresivo
La reforzada y persistente cautela con que las fuerzas de seguridad estatal aíslan al presidente de la República, Óscar Arias, en sus salidas públicas, y las acciones represivas (agresiones masivas y selectivas directas, violaciones de derechos ciudadanos) que acompañan este cerco, han sido disculpadas y explicadas por algunos analistas atribuyéndolas a la predisposición aislada de funcionarios medios y bajos “más papistas que el Papa”. A la fórmula tradicional latinoamericana que designa a estas acciones como “excesos” puntuales, se agrega el sesgo costarricense que las clasifica bajo la fórmula de “torpezas represivas”.
Sin embargo, las “torpezas” en que incurren las fuerzas ‘del orden’ para proteger a “su” presidente de protestas y objeciones de la ciudadanía, podrían valorarse también como síntoma de una sensibilidad y ejercicio sistémicos del gobierno y del poder más que como acciones desatinadas. Llama la atención, por ejemplo, que los hermanos Arias accedieran a su segundo gobierno haciendo fuerza (por decir lo menos) a la Constitución y apoyándose para ello en los grupos empresariales más poderosos y retrógrados de un país conservador. Ya en campaña, los Arias decidieron no discutir sus ‘ideas’, por ejemplo, la pretensión de que el desarrollo se sigue de la inversión directa extranjera. No debatieron ni con opositores ni con simpatizantes. Enunciaron rutas básicas y se negaron por completo a su examen. Producido su inesperado triunfo estrecho, desconocieron, y siguen invisibilizando, la votación del principal partido opositor, el PAC, no consideran interlocutor a su principal dirigente y, desde luego, no dialogan con él. Dan mayor reconocimiento a sectores que se muestran disminuidos, divididos, cuestionados y agotados (como la pequeña fracción parlamentaria del PUSC) o confundidos (como el también escaso ML), en circunstancias que la gobernabilidad pareciera pasar por acuerdos y negociaciones para una-concepción-de-país con la gente de Acción Ciudadana.
Un segundo factor, también sintomático, es que los Arias conformaron su segundo mandato con una trama de de ‘yes men’, secretarias ejecutivas y parientes (más un reducido grupo de personalidades ‘aristas’ que se disputan la candidatura presidencial del 2010) que configura el círculo más cercano al Gobierno. Más atrás bulle el entorno de las clientelas empresariales y sociales. El reducido círculo de hierro de secretarias ejecutivas, yes men y funcionarios bloquea cualquier intento para que el presidente Arias escuche a la ciudadanía o a la población. El efecto es que nadie puede decirle al mandatario si va desnudo o vestido. Y el círculo de íntimos rechaza también lo que se diga de ellos. Se trata de un aparato autista que ni siquiera permite cambiar de conducción en la Asamblea Legislativa. Pese a la evidente torpeza e ineficacia de los designados, siguen en sus puestos por ser los más “fiebres” o incondicionales. Los Arias se mueven gratos en este medio que ellos se han procurado.
Un tercer componente es que los Arias llegaron a la presidencia extirpando ferozmente de lo que todavía lleva el nombre de Partido Liberación Nacional cualquier signo de ideología socialdemócrata, o de oposición. Hoy ese ‘partido’, previamente degradado, no es más que un club arista.
Un cuarto factor lo reseña la polémica denuncia de un expresidente de la República, Luis Alberto Monge, nominal compañero de agrupación de los hermanos Arias, quien ha señalado que el país “nunca había estado enfrentado a un aparato de poder tan descomunal como el que hay ahora” (Universidad, N° 1725). Para el exmandatario, este aparato de poder comprende a la Sala Constitucional, el Tribunal de Elecciones, la Asamblea Legislativa, un dispositivo de propaganda “totalitario” (legal e ilegal) e “intereses económicos nacionales e internacionales” que sostienen a un mandato al que califica de “aristocratizante” y “autocratizante”. Según Monge, los apoyos a los Arias se basan tanto en un corrupto clientelismo como en la coacción antidemocrática contra indecisos y opositores.
Los juicios de Monge tienen asiento en la realidad. El acoso de opositores parece corolario de una extensión del control policial sobre la población, hecho posible con la excusa de la lucha contra el narcotráfico, y del aparato publicitario centrado en una orquestación de los medios masivos o frívolos o neoligárquicos. Por ello la actual disputa sobre el TLC, manejada por la administración de los Arias como una cuestión de vida o muerte para el país, no solo concierne a una elección entre un modelo o de crecimiento excluyente y transnacionalizado o uno de desarrollo sustentable, sino también al carácter democrático de sus actuales instituciones políticas y de la organización del Estado. Se recordará que las conquistas democráticas en Costa Rica se siguieron de una guerra civil, no de una concesión graciosa de la oligarquía costarricense.
Vista así, la querella sobre el tratado de ‘libre’ comercio enrarece un proceso más estructural: el de una concentración de poder vertical y excluyente (disfrazada con la extensión de una ciudadanía pasiva) juzgada indispensable en esta fase de acumulación global y que se personificaría en la dictadura de los empresarios-tecnócratas (locales e internacionales)-políticos. Las tímidas instituciones democráticas costarricenses se habrían convertido de esta manera, al pasar por una segunda administración de los Arias, en una atípica forma de arribar a las más clásicas dictaduras centroamericanas.
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NOTA: El Frente por el Sí al TLC y el Gobierno triunfaron estrechamente en el el referéndum con un 51.61% de los votos. El No alcanzaó el 48.40%. La abstención fue del 40.10%.
El triunfo del Sí se fundamentó en la continuidad del modelo exportador, el miedo al desempleo inducido entre la población más vulnerable, un financiamiento millonario e inexplicado, el cuasi monopolio publicitario en los medios masivos, el apoyo injerencista de la administración Bush y de CNN, la violación impune del reglamento electoral, una mayor eficacia en el transporte de votantes el día de la elección y la grosera descalificación de los oponentes como "mentirosos", "sindicalistas", "ignorantes" y "flojos". Para los parámetros de los grupos dominantes, constituyó un ejemplo de "proceso democrático" (9/10/07).