Universidad Omega, N° 49
enero del 2018.
  

   Es el politólogo y columnista permanente de La Nación S.A., Jorge Vargas, quien escribe lo que tal vez casi toda la población del país, de una u otra manera, resiente: “Falta menos de un mes para las elecciones y me friega la irrelevancia pública de esta campaña electoral: la gente sigue hablando del caso del cemento chino o de lo que sea, menos de la competencia política, O quizás sí y comenta de refilón el exabrupto de algún candidato por ahí, a modo de chascarrillo”. Tituló la nota en su conjunto “¡Qué bostezo!” (LN: 11/01/2018). Vargas es uno de los columnistas ‘oficiales’ todavía leíbles del periódico.

   Dos lectores del medio, apiadados, le comentan: Carlos: “Los medios son, en gran parte responsables ya que le han dado al caso de los préstamos del BCR una exposición mediática para favorecer a los partidos más corruptos del PLUSCML y sus aliados evangélicos, lo cual desmotiva a los electores ya que saben que ese tema no es suficiente para decidir su voto”. Y Jorge: “Campaña de superficialidades, como si lo fiscal y los sistemas de salud y de pensiones quebrados fueran asuntos que se resolverán solos. Tampoco preocupa el agotamiento del “bono demográfico” que potenciará estos problemas más allá de lo que podamos imaginar. Lo “más pior” es que oferentes y demandantes estamos felices, revolcándonos y pataleando siempre en el mismo barreal”.

   Los tres llevan razón. La población costarricense tiene una vida política miserable por castrada y ello ha quedado en patética evidencia en estas elecciones. Individuos candidatos que tal vez (alguno) tengan nivel pero no lo muestran, cada uno diciendo cómo sus iniciativas personales (ni siquiera expresadas como ideas porque no se insertan en procesos) mejorarán al país. Estos candidatos hablan a clientelas (para nada ciudadanas) más numerosas o más escuálidas. Clientelas (empresariales, religiosas, ‘partidarias’, sociales, etcétera) a las que vale un rábano el país mientras crean salvar su culo (en ciertos casos puede significar enriquecerse) o el alma. No falta el aspirante que arrastra ‘muertos vivientes’ a sus presentaciones, aferrados a tubos de oxígeno que permiten abrirse a una mueca y mostrar los dedos de la victoria. Nada salva a la circense tropa decadente. Horroriza imaginar: ¿Y en la próxima quién? ¿Cómo vamos a hacerle? ¿El nuevo gobierno recurrirá otra vez a Eduardo Lizano? ¿Seguirá pretendiendo vigencia Otto Guevara?

   El agotamiento extremo de la política pudo evitarse en la década de los 90. En su segunda mitad se advirtió que el falso Consenso de Washington en versión latinoamericana no funcionaba. Finalizada la década la economía pareció recuperarse sólo para caer en una crisis que se inició por la gula financiera irresponsable en Estados Unidos (2002) y terminó pagando todo el mundo (2008-2012). Así, la segunda mitad de la década de los 90 y la primera parte del inicio del siglo XXI fueron propicias para repensar política y culturalmente la idea-de-país y discutir éxitos y anemias mostrados por el proceso. Atrás ya la memoria de la Guerra Civil y sus caudillismos era tiempo de estadistas, partidos y colectivos. Tiempo de ciudadanos. Tocaba al estadista actuar, dialogar y concertar, articular. A los partidos, construir por todo un meditado país ciudadanía. A la ciudadanía, nacer fuerte. Gobernaron en el período Figueres Olsen, Rodríguez Echeverría, Pacheco de la Espriella, y Arias Sánchez. Chinchilla Miranda pertenece a otra etapa. En hora mala, los presidentes no fueron estadistas sino figuras. Peor, los partidos, incluso los que nacían, particularizaron y dividieron. Los ciudadanos ni estudiaron ni se educaron y menos introdujeron a otros en civilidad. Tocaba abrirse a Mesoamérica y al Caribe. Ni estadistas ni partidos. Los dirigentes pateando la bola ‘pa’elante o pal’lado. Los partidos morían divididos o nacían fraccionados. Si la política es tierra de nadie (la ciudadanía es alguien) mandan la gula, el desprecio y la jactancia. Figuras y usos devienen sus caricaturas.

   Era tiempo de situarse en Centroamérica, en Mesoamérica, en el Caribe. De tantear, pensar y avanzar como área específica de una mundialización. Los “éxitos” del turismo anularon todo discernimiento. La frivolidad con que se entraba al mundo nuevo sobresaltó lo peor de la memoria: su fundamentalismo religioso y la barbarie de motociclistas suicidas o del tren que descarrila. Nunca es tarde si se asume que es tarde. Solo se ingresa a la noche cuando se cree es de día.

   De modo que llevan y no llevan razón Vargas, Carlos y Jorge. Pero este bostezo improductivo y suicida de hoy lo generamos todos.
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