Universidad Omega, N° 46,
   enero del 2018.
 
   Un reciente pronunciamiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (OEA), hecho público en este enero del 2018, acerca de la necesidad de asegurar y proteger por completo los derechos ciudadanos (bajo la forma de derechos humanos) sin discriminar a quienes tienen una opción sexual no- mayoritaria (es decir heterosexual) agitó una campaña por la Presidencia (y la Asamblea Legislativa) que un articulista local describió como propio de una “democracia intrascendente”. O sea un régimen de gobierno que no despierta interés en los ciudadanos que parecen creer que clasificar a la Sele al Mundial de Rusia o tener a un costarricense en la carrera de Dakar llena toda la existencia y que cuestiones económicas, sociales, político-culturales y geopolíticas problemáticas se resolverán por sí solas, si es que existen. Se trataría de una ciudadanía aletargada o estúpida. Esto, concediendo que tal ciudadanía exista.
 

   Por supuesto la Conferencia Episcopal de Costa Rica rechazó la intervención de la Corte Interamericana y reafirmó que “el plan de Dios para la familia” debe “comprenderse como (entre) varón y mujer”. La Conferencia y sus allegados estiman también que el Gobierno (actual) acude a instancias supranacionales en su afán de “resolver una serie de pretensiones de algunas minorías para modificar el derecho interno costarricense”. Si los obispos pensaran un poco antes de hablar con boca llena de hostias hostiles advertirían que Costa Rica es, al mismo tiempo, sede nacional y supranacional ya que ha decidido pertenecer, por ejemplo, a Naciones Unidas y a la Organización Mundial de Comercio. Y por supuesto a la OEA, con su Corte Internacional de Derechos Humanos. Para ello ha firmado documentos que se compromete a respetar. Los gobiernos de Costa Rica rubricaron estos papeles sin coacción alguna estimando sería bueno para el país. Si su idea se muestra negativa, Costa Rica, cumpliendo ciertas formas, puede retirarse de la OMC, de la OEA y de sus instrumentos jurisdiccionales y de Naciones Unidas, por ejemplo. Su retiro tendría costos.

   No existía forma para que los candidatos a la Presidencia no se pronunciaran sobre el asunto. Hay 13 de ellos (lo que muestra la escasa propensión al diálogo en la política nacional) que podrían hoy dividirse en 8 cuyas adhesiones superan el margen de error de las encuestas y 5 que no lo superan. La Nación S.A.,  interrogó a 9 de estos trece candidatos (curiosamente 5 de ellos no alcanzan preferencias de voto que superen el margen de error de las encuestas y 3 de este grupo con baja aceptación rechazan de plano la indicación de la Corte Interamericana; el candidato que la acepta representa a un tipo de comunismo “duro” y se transforma, para La Nación S.A., en “prueba” del extravío absoluto contenido en el pronunciamiento de la Corte Interamericana. Aquí se aplica lo de la fábula: “… si el cerdo aplaude, peor”. El otro candidato que “aprueba” trataría el asunto mediante trucos jurídicos que les concedieran derechos a los ‘diferentes’ sin hacerlos iguales. Si no, dice “¿o qué vamos a hacer, tirarlos a un guindo?”. Periodismo independiente y responsable, le llaman. Entre los candidatos que superan el margen de error su mayor número estima que conceptual o prácticamente la declaración de la Corte no resulta vinculante para Costa Rica y, de resultarlo, uno de ellos retiraría al país de la Convención Americana de Derechos Humanos. Quien encabeza los sondeos (Jota D. Castro) sostiene que la astucia de los abogados católicos del país (y una little help de los jueces) pueden resolver la situación en los tribunales. El candidato de La Nación S.A. no participó del sondeo aunque ya había declarado previamente que difería del criterio de la Corte pero respetaba su decisión. Es abogado y se trata de una respuesta de manual para quedar bien con todos y con su profesión.

   A quienes opinan que el documento de la Corte no es vinculante, podría quizás concedérseles razón en circuitos judiciales predispuestos. No se está ante una sentencia. Pero, excepto que los jueces cambien, la Corte ha señalado con su propuesta que admitirá las reclamaciones de los discriminados y que su sentencia (aunque ella tarde) les reconocerá sus derechos (a formar una familia, por ejemplo). Así, el pronunciamiento de la autoridad no es una sentencia pero cuando se presenten los casos se sabe cómo serán resueltos. Esto, si la Corte, con otros jueces, no cambia de criterio. Sin duda habrá disputas administrativas y judiciales.

   La razón por la que los candidatos costarricenses se alteran con asuntos como éste, que parecen de buen sentido, es específica de Costa Rica. Su singularidad combina una determinación general de Iberoamérica (la cultura inercial de inspiración católica o cristiana) con un rasgo particular. La Constitución vigente del país afirma en su artículo 75: “La religión Católica, Apostólica y Romana es la del Estado (…) sin impedir el libre ejercicio en la República de otros cultos que no se opongan a la moral universal ni a las buenas costumbres”. Acostumbra leerse como un pintoresquismo de constituyentes católicos distraídos. Se comenta que por su extravagancia el Estado costarricense resulta confesional. La realidad es peor que eso. La letra determina que el Estado es católico, o sea parte de una iglesia. Es decir, clerical. Confesional sería si se declarara “cristiano”. Pero se determina católico, apostólico y romano. Es una descripción de la institución católica y de su Estado vaticano. Sin duda, una bobada. El Espíritu Santo produce católicos  al descender sobre individuos-personas, no sobre Estados porque éstos no son personas sino maquinarias político-jurídico-culturales. Sus funcionarios, de cualquier rango o tipo, podrían ser o no católicos mientras trabajen bien. Pero nada les impide darse identidad taoísta o luterana. Están para servir ciudadanos.

   Meditada no fue exactamente la redacción del artículo 75 constitucional. Resultó de una inercia del tipo “aquí todos somos católicos, siempre lo hemos sido” y “quienes no lo son, constituyen una minoría y respetamos su extravagancia”. Y, todavía: “Nosotros vamos a salvarnos y ellos no”. Que desbarre una Asamblea Constituyente es humano. El trabajo suele ser extenuante. Pero que candidatos a la Presidencia en el 2018 sigan haciéndolo y usen su cristianismo (católico u otro) para oponerse a derechos humanos (que hacen parte, cumplida o no, de la sociedad civil en las sociedades modernas) muestra una descomposición en un país que, con Cuba, enseña los mejores indicadores de salud y de esperanza de vida en el subcontinente. Un país biológicamente apto y a la vez espiritual y ciudadanamente turbio. Estará de Dios.

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   Conversación:

   Mirta, Ronaldo (Costa Rica).- No entendemos la referencia al cerdo. ¿Es una descalificación para el candidato del Partido de los Trabajadores?

   HG.- No, en absoluto. El Partido de los Trabajadores de Costa Rica, con pocos votantes en estos momentos, es un testimonio político, social y cultural que hay que agradecer. La referencia es a una fábula de Tomás Iriarte (1750-1791), un cortesano europeo y español, que escribió una fábula “El oso, la mona y el cerdo” en la cual el oso para ganarse la vida intenta bailar y recibe una crítica negativa de la mona y el aplauso entusiasta de un cerdo. El oso tenía conciencia crítica y la fábula la remata Iriarte con su reflexión: “si el sabio no aprueba, ¡malo! si el necio aplaude, ¡peor!”. La mona entendía de danza y el cerdo no. La Nación S.A. preguntó su juicio al candidato del Partido de los Trabajadores, Jhon Vega,  y, sobre todo, lo publica escuetamente, para mostrar que solo un comunista (con el alcance que tiene el vocablo para la mayoría de los costarricenses que no se interesan en su historia) podría apoyar a la odiosa y despreciable Corte Interamericana de Derechos Humanos. De paso le arroja estiércol a la administración Solís cuya consulta disparó la propuesta de la Corte. Ahora, con independencia de Iriarte, es de suponer que el oso siguió esforzándose para mejorar su desempeño. Mostró así su capacidad política para escuchar tanto el elogio infundado como la crítica sana. Es lo que deseamos para el Partido de los Trabajadores.

   Mirta, Ronaldo.- Gracias, ahora entendemos.

   HG.- Imagino hoy no se lee fábulas, supongo. En mi escuela, mil años atrás, eran obligatorias y yo recuerdo, con esfuerzo algunas. Iriarte, por cierto, se autoproclamó el primero en escribir fábulas originales en idioma español. Y eso que era “amigo” de Samaniego (1745-1801). 

   Jean-Carlo (Costa Rica).-  Usted menciona que lo emitido por la Corte IDH es la resolución de una consulta facultativa planteada por el Estado y evidentemente hubiese  preferido una sentencia de dicho tribunal. No obstante, los votos 3435-92, 5759-93, 2313-95 y 13924-2006 de la Sala Constitucional tocan el tema de la consulta facultativa. El 2313 es bastante esclarecedor en cuanto establece que vía consulta la interpretación del artículo de la Convención adquiere rango de ley y por ello el Estado de CR debe acatarlos. De ahí que la consulta jurídicamente cuenta con amplio respaldo para ser defendida. Así lo ha hecho ver la Defensora de los habitantes Monserrat Carboni. Como estudiante de derecho me interesa el tema, pues contrario a lo que opina el diputado Abelino Esquivel (político cristiano que energumeniza lo que llama 'ideología de género') no hay que pertenecer a ciertas poblaciones para estar de acuerdo con que se les reconozcan sus derechos; basta con sentir empatía y querer un mundo más justo y digno para todos y todas.

   HG.- Gracias por el aporte especializado. Pude escuchar parte de las declaraciones de la Defensora de los habitantes y coinciden con usted. Toqué el punto porque veo a grupos de las poblaciones favorecidas y antes discriminadas imaginando que ahora las cosas irán llanamente en su favor sin problemas. La administración Solís sin duda está colaborando. Pero también existen sectores poderosos, y probablemente mayoritarios (aunque de modo complejo), que experimentan un fuerte rechazo, por identitario, ante el pronunciamiento de la Corte Interamericana. Y tienen una densidad cultural poderosa: un cristianismo que privilegia ciegamente la salvación ritual y libresca aunque se ignore a los prójimos (y hasta se les persiga) con dirigencias clericales que obtienen su fuerza de un cristianismo abstraído que no pasa de milagrero, estampita y ojos blancos. Entre ellos se dan sectores codiciosos y perversos y también gente sencilla y bondadosa. Por desgracia estos últimos también pueden ser movilizados por los codiciosos y crueles. Veo por ello luchas jurídicas y culturales que adquirirán fuerza inmediatamente después de las elecciones. El candidato Juan Diego Castro señaló que confía en que astutos abogados católicos dificulten, disuelvan o anulen la disposición de la Corte. Su par, Álvarez Desanti, declaró respetar la decisión jurídica pero sin compartir el criterio. No falta el candidato (Fabricio Alvarado, de Restauración Nacional)  que señala que se debe retirar al país de la jurisdicción de la Corte. No puede olvidarse que el neo-partido Liberación Nacional viene apoyándose y utilizando a los partidos "cristianos" para alcanzar sus metas. Estimo entonces que habrá una lucha jurídica y cultural fiera. Y que los ahora postergados y discriminados deben darla venciendo y convenciendo. Es decir haciendo de su legalidad ya alcanzada, legitimidad humana y cultural. Vuelvo a agradecer su intervención. Permite ampliar la dimensión del desafío. Una victoria se anuncia, pero hay que esforzarse tan tenazmente como siempre para tornarla redonda, convincente. Hermosa para todos. No es sencillo ni administrativo-inercial.

  

   Cristina, Patricia (Costa Rica).- Si las leyes están a nuestro favor y los funcionarios deben respetarlas porque eso es lo debido ¿cuál sería la dificultad?

   HG.- Las mujeres modernas están luchando desde el siglo XVIII para que su diversidad respecto de los varones de la especie no signifique discriminación ciudadana. Y su lucha les ha dado triunfos ciudadanos. Pueden votar, por ejemplo, y también ser elegidas para los más altos ejercicios públicos. Pero estos logros jurídico-culturales son muestras de avances, no de un final de la hegemonía machista o patriarcal. Las mujeres siguen siendo discriminadas en la existencia cotidiana en todo el mundo, incluso en los países donde la legislación obliga a no hacerlo. En los recientes destapes de Hollywood [Harvey Weinstein (productor) y Kevin Spacey (actor, director) están en su génesis] las acosadas son mayoritariamente mujeres y en menor medida varones jóvenes. Y estos últimos no son acosados por mujeres sino también por varones. Coinciden entonces una ciudadanía que tiende a no discriminar y una existencia efectiva en la cual se discrimina. Las mujeres siguen constituyendo un ente (objeto) sexual mientras que los varones adultos son personas para las que, en la mayor parte de situaciones de existencia, su sexualidad no parece contar. Por ser la "correcta", la que define a la especie, no interesa, no lo torna 'objeto'. Y esto tras luchas determinadas en tres siglos. Entonces legalidad, no discriminación ciudadana, no resulta idéntica a legitimidad. Es un tema central para entender y asumir derechos humanos. La legalidad no es suficiente. Tiene que darse la legitimidad (plena aceptación/asunción) cultural. Esto no significa anular el valor del reconocimiento jurídico. Ese valor existe y permite a mujeres y transexuales, por ejemplo, recurrir a los circuitos judiciales. Pero muchas veces, incluso cuando la sentencia les resulte favorable, el paso por el circuito judicial contuvo discriminaciones y agresiones, malos tratos. Esto se sigue de que derechos humanos [cuya propuesta planetaria es reciente (1948-1976) e insuficiente] no se plasma todavía como cultura en la especie y, por fuerza, en sus diversas sociedades. Para que derechos humanos tengan realidad efectiva los sectores que luchan por ellos tienen que lograr legitimidad. Esto no implica disminuir el valor de un reconocimiento jurídico. Este reconocimiento constituye una mejor plataforma para las luchas por construir una humanidad de diversos que se aceptan como legítimos en y por su diversidad. Estamos lejos de esto último.