Universidad Omega, N°44,
Enero del 2018.

   La Asamblea Legislativa modernizó hace poco (mayo, 2017) la convivencia entre animales humanos y algunos animales no humanos de modo que hoy ladrarle megáfono mediante a un gato o exponer a un perro en posición risible en Internet puede llevar a los perpetradores a la cárcel o a ser multados. No está mal, excepto por la tendencia a castigar con presidio (en recintos hacinados) delitos que podrían sancionarse de distinta manera. Líneas de investigación en otros países permiten entrever un vínculo entre las personas que lastiman animales y la agresividad en el seno de la especie o en la que se supone sea una comunidad ciudadana. Así, proteger a los animales serviría también para cautelar derechos ciudadanos. Seguro lo inverso también tiene sentido: una sociedad con ciudadanos personalmente integrados podría tender a no maltratar a los animales no humanos y a la Naturaleza, fuente de todo bicho vivo. Costa Rica no es asociable con tal sociedad. Basta semi ver el comportamiento en calles, carreteras y estadios. El autoritarismo en las aulas. O la pontificación religiosa.

    Por ello no sorprende que la nueva ley contra el maltrato animal tenga como correlato una extensión televisiva a casi todo el año del inicial verano toreado que ha reanimado las arcas de las televisoras (la teleaudiencia de las corridas a la tica comprende a más del 80% de la población) con un espectáculo cuyos referentes básicos (corrida y monta) calzaría 100% como violación de la remozada ley que castiga el maltrato animal. Pero la misma ley señala que este maltrato resulta legal si lo autorizan oficinas sanitarias, la autoridad municipal y otras dependencias.

   Que se da maltrato es obvio. En lo que remite a los toros, ellos son producidos (inducidos) a atacar y a corcovear. Les viene de nacimiento, pero su nacimiento y crianza se programan. Se asemejan a las razas de perros trituradores. Quienes montan a bestias que no toleran monta usan espuelas de varios picos largos y aunque pocos administradores lo admiten se chucea eléctricamente a la bestia  para embravecerla. El público que repleta el redondel y desea ver caídas, embestidas, revolcadas y sangre (en eso consiste el alma del show) no es hábitat adecuado para los toros. Tampoco lo es su transporte.

   Pero la hipócrita fiesta de violencia es legal. Cumple con reglamentos de sanidad y, además, se dice pertenece a la tradición rural del país. Se ha hecho siempre. La tradición rural de Costa Rica incluyó que la mayoría de su población no usara zapatos y que el marido (y también la madre) golpeara a los hijos y que la esposa fuera sometida por su señor. Hoy la mayor parte de los pobladores rurales utiliza calzado y deseamos que la furia corporal paterna esté por extinguirse. De modo que recurrir a la tradición (“así lo hemos hecho siempre”) no es argumento. Además los ‘toros a la tica’ constituyen un espectáculo y un negocio, no respetan tradición alguna, excepto la morbosa satisfacción, cuando se está sentado en un palco, de ver a otros golpearse, herirse, quebrarse y chorrear sangre. Pagar el tiquete absuelve de disfrutar de la violencia. Las “corridas a la tica”, con enanos, cuenta chistes, narradores, hembras culonas, retahileros, constituyen un degradado circo urbano. Permiten a algunos amasar dinero. No exactamente a los falsos “improvisados” expuestos a recibir daños graves e inhabilitantes que pagan solidariamente todos los costarricenses. El “año toreado” es negocio para algunos. Empresarios y televisoras. Es un negocio en el que todos los animales, incluyendo los grupos humanos que creen ganar, pierden.

   Si el verano toreado es legal por cumplir con reglamentos y por tradicional, tendrían que legalizarse asimismo las peleas de gallos que cumplieran con  requisitos sanitarios y municipales. La fiereza gallera también se asienta en tradiciones. Claro, los galleros normalmente hacen parte de grupos subordinados y el gran billete que todo lo consigue no hace parte de su bagaje. Y sus aves pagan la derrota (también la victoria) con la muerte. Pero que es una tradición campesina y semi rural es una realidad. Quien carece de recursos para criar toros bravos, cría gallos peleones. Quien escribe estas líneas no está a favor de producir toros que brinquen, pateen o embistan, gallos que maten-mueran o perros que asesinen. Tampoco en crear las condiciones para que los motociclistas se suiciden o queden lisiados. Menos todavía apoya la creación de audiencias que se divierten con el complejo drama animal  presentado en los redondeles y en la televisión ya casi todo el año. Ni las bestias ni los ciudadanos se lo merecen.
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   Conversación 

   Natalia, Christopher (Costa Rica).- Nos llama la atención que su artículo aparezca justo cuando el periódico La Nación en su crítica a la televisión indica que estas transmisiones televisivas anulan lo que era una fiesta tradicional. ¿Quién copia a quién?

HG.- Pues debe tratarse de un sentimiento nacional o quizás cósmico puesto que mi artículo apareció antes que el del señor Óscar Cruz en La Nación S.A. Estoy seguro que ningún funcionario de ese periódico lee mi sitio web y por mi parte carezco del apoyo del Espíritu Santo, o de algún brujo colombiano, para anticipar lo que ocurrirá un par de días después. Además, los planteamientos no resultan coincidentes. El del funcionario nacionista se ocupa de la pérdida de “los valores culturales” que ha sufrido una ‘fiesta tradicional’ en su actual formato televisivo: “Lo taurino palidece en el fondo de las payasadas que inundan la transmisión”, escribe, mientras que el referente crítico de mi artículo remite a la hipocresía de la ley sobre el maltrato animal. En la misma fecha en que aparece el artículo de La Nación S.A. (04/01/2018) su Jefe de Redacción, un señor Mayorga, escribe en el Foro y bajo el título de “Montada en Zapote” que “…la “mayor <montada> está en los precios de los toros. Solo entrar al redondel vale colones 20.000 por persona. Y, una familia de cuatro, ¡80.000!”. Añade que si esos cuatro familiares sienten hambre el espectáculo les saldrá por no menos de 100 mil colones. Tampoco él me plagia ni yo lo plagio. Él denuncia los precios de Zapote y añade que poca gente llega a estas “fiestas”. Como se advierte, nada que mi escrito toque. Si se quiere añadir más a estos comentarios, una “ternerada”  (se trata de una fiesta de iniciación a su hombría de jóvenes rurales) finalizó este 2 de enero en batalla campal (al parecer los jóvenes no solo montaban terneros para probar su hombría sino que consumían también licor) entre lugareños que provenían de Sardinal y otros de Liberia. La información es confusa porque la Policía o no llegó o llegó tarde, así que no hizo informe alguno. Sobre estos asuntos, violentas terneradas borrachas para titularse de machos, precios desorbitados o prostitución de valores tradicionales por las empresas de televisión,  mi artículo no dice nada, aunque los lamento todos. Mi artículo versa sobre la hipocresía. Y, por supuesto, desearía que las fiestas tradicionales de Zapote (eliminado todo maltrato animal) permitieran a las familias humildes y no humildes disfrutar de algunas horas de acompañamiento grato sin tener que desembolsar 100.000 colones. Para una mayoría de costarricenses es mucho dinero. 

   Silvia, Sergio, Román y otros (Costa Rica).- En esta segunda semana de enero la prensa informa que un toro embistió a uno de los caballos que, con jinete, se utilizan, para capturarlos y devolverlos a los corrales. El caballo dio vueltas al redondel, desangrándose, fue capturado y ocultado de la vista de la gente y finalmente murió. El vocero de la empresa que organiza el “espectáculo” se limitó a declarar que el suceso, la muerte del caballo, era uno de los riesgos que corrían todos los que ingresaban al redondel.

   HG.- Como ustedes, también me enteré por la prensa. Personalmente casi no veo toros y montas por televisión, excepto, este año, para escribir lo que he escrito. Y, por supuesto, no observé el desempeño de los jinetes a caballo. Sin embargo el suceso confirma lo que aquí ya se ha hablado. Los espectadores van no tanto a ver destrezas sino sangre, huesos quebrados y muerte. Ocultar la muerte del caballo pero añadir que todo lo que entra al redondel se expone a la muerte indica que quienes sacan provecho del negocio saben en qué están. El “tradicional” show debería prohibirse. Pero de repente a alguien se le ocurre promoverlo como “patrimonio de la humanidad”.