Universidad Omega, N° 42
noviembre 2017.

 

  El 2 de octubre de este 2017 la Conferencia Episcopal de Costa Rica emitió un Comunicado “Sobre la <Ideología de género>”. Su primer párrafo interpela al Gobierno actual y específicamente a su “Ministerio de Educación por su “<Programa de Estudio de Educación para la afectividad y sexualidad integral>” hecho, afirman los obispos, “con el propósito de adoctrinar en esta línea de pensamiento a nuestros niños y jóvenes”. El segundo párrafo del pronunciamiento de la Conferencia contiene una declaración de identidad (la suya) a partir del respeto que dicen mostrar hacia quienes llaman “personas de una orientación sexual no heterosexual”. En realidad, lesbianas y gais no constituyen las únicas ‘personas’ cuya orientación no es heterosexual. Están también, dentro de las ellas, los bisexuales, los transgénero y transexuales. Las letras del movimiento LGBT designan a estos grupos. Además, existen intersexuales (genitalmente ambiguos), queer (rechazo político-cultural de toda identidad sexual fija), pansexuales, asexuales, gais-osos, sádico-eróticos, fetichistas y poliamorosos (capaces de tener relaciones emocionales y sexo-genitales con muchas personas de distinta o la misma orientación sexual a la vez). Y también existen las personas jurídicas. Tienen derechos y obligaciones pero no son ‘naturales’. La Conferencia Episcopal porta una personería jurídica al menos desde 1977. Tiene derechos y obligaciones jurídicas. Entre sus obligaciones está la de respetar las opciones legales de otros ciudadanos.

   Interesa aquí primero el segundo párrafo del comunicado de esta persona jurídica que es la Conferencia Episcopal de Costa Rica. Dice: “Primeramente reafirmamos, nuestro respeto por aquellas personas de una orientación sexual no heterosexual y recordamos a todos los miembros de la Iglesia, y de la sociedad en general, su derecho a ser acogidas con respeto y delicadeza, evitando todo signo de discriminación injusta”. Remite en nota al pie al numeral 2358 de su Catecismo. Este documento toca directamente el punto de la homosexualidad en los parágrafos 2357, 2358 y 2359. El primero dice que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” y “No pueden recibir aprobación en ningún caso”. Es decir que la cita descontextualizada del 2358 es mentira. Lo peor es que los obispos lo saben. Suponemos leen su Catecismo. ¿Cómo resulta factible  evitar hacia los homosexuales “todo signo de discriminación injusta”? El numeral 2359 lo explica: “Las personas homosexuales están llamadas a la castidad”. Es decir no se discriminará a lesbianas, gais, transexuales, bisexuales ni transgénero si ellas/ellos u otros no practican. Ahora, una lesbiana que no practica no es lesbiana. Igual que una rosa que no rosea, sino que solo come helados Cocoro. Es decir que los obispos en el párrafo citado mienten y lo saben. Pueden explicarlo: discriminan al gay y a al transgénero porque esta exclusión es justa. Si no practica, no lo discriminan. Lo acogen con “respeto, compasión y delicadeza”. Si practica sus opciones identitarias, las que la o lo realizan como ser humano sexuado, entonces le caen encima al aullido de “¡Aplástalo Espíritu Santo! ¡Quema sus genitales aberrados!”. Esta última leve discriminación resulta justa. La lesbiana o el gay insultaron a Dios. Resulta preferible que la Conferencia Episcopal no mienta. Va costarles el cielo. Digan: discriminamos, pero lo hacemos en nombre de Dios. El problema es que Dios ni es persona jurídica ni tampoco ciudadano. No existe forma ciudadana de reprocharle nada.

El primer párrafo, ya vimos, denuncia al Gobierno y a su Ministerio de Educación Pública porque éste pretende “adoctrinar en esta línea de pensamiento (la teoría de género) a nuestros niños y jóvenes”. ‘Adoctrinar’ en español significa “inculcar a alguien determinadas ideas o creencias”. En las sociedades de status latinoamericanas resulta sinónimo de “educar”. Paulo Freire nació por acá, pero no le hacemos caso. Lo que la Conferencia Episcopal desea es que en las aulas públicas se forme a los estudiantes en el odio, desprecio, befa y maltrato hacia ‘diversos’ que practican su diversidad. Es lo que hace el aula ‘grande’, o sea la sociedad. Ya vimos que odio, desprecio, befa y maltrato es “justo”. El odio podría extenderse a los heterosexuales que no desean engendrar hijos. También ellos desafían/insultan a Dios. El Dios éste dijo: “Creced y multiplicaos”. El mandato es tener hijos y criarlos. Esta orden hoy día roza la bestialidad. Es bello procrear. Maternidad y paternidad son admirables. Pero atiéndase asimismo las circunstancias. Porque belleza y éxtasis podrían devenir maldición. Los obispos dirán: “Es la cruz que debes cargar, hijo-hija”. Como ya sabemos que a sabiendas mienten, no les hagamos ciudadanamente caso tampoco en este punto.
_______________________________

   Conversación

   Violeta (Costa Rica).- Busqué en línea el Catecismo que usted cita y primero no encontré la referencia que usted hace. Insistí y encontré otra versión con 2865 numerales en total y ahí sí estaba lo que usted menciona. El 2357 señala “Los actos homosexuales son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso”. El mismo numeral habla de “depravaciones graves” para referirse a las acciones homosexuales. Dan razones. No entiendo para qué la Conferencia miente sobre su postura efectiva.

   HG.- No pienso que ellos estimen exista mentira en su planteamiento. Tienen un criterio de derecho natural sobre la práctica sexual humana. Sus ojos/entendimiento solo logran verla como cópula genital entre una mujer y un varón y con la finalidad exclusiva de procrear hijos y criarlos. El matrimonio heterosexual y los hijos que de ella se siguen (porque tampoco los anticonceptivos ‘artificiales’ están permitidos) expresan la voluntad de Dios. Por divino, se trata de un deseo eterno. Así, los obispos podrían considerar que su criterio, que la lesbiana o el gay, etcétera, no practiquen, es decir sean castos, es la verdad verdadera, la única factible a la experiencia humana. Lo otro, como usted leyó, resulta aberración, que en español hace referencia a un yerro grave (la práctica homosexual sería propia de insensatos o enfermos) o depravación ilícita, es decir que debería estar penada por la ley. O sea todo lo que no sea cópula entre cónyuges y orientada al embarazo insulta a Dios y por ello es propio de enfermos perversos. En este sentido los obispos estiman hacerles un favor a estos enfermos perversos al pedirles/exigirles que se priven de relacionarse sexual y eróticamente. El criterio se abre incluso a la posibilidad de ofrecer una cura médico-espiritual a estos enfermos malvados. La Asociación Americana (Estados Unidos) de Psiquiatría dejó de considerar a la homosexualidad como una “enfermedad” recién en 1973. Pero hoy (2017) en todavía 72 países del mundo se valora la práctica homosexual como delito. Y en algunos de ellos (Arabia Saudí, por ejemplo) se la castiga con la pena de muerte. Es la expresión extrema de entenderla como ‘depravación ilícita’. Esto aunque, por ejemplo, el artículo 26 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos (derivado de la Declaración Universal de Derechos Humanos, 1948) establece que “Todas las personas son iguales ante la ley y tienen derecho sin discriminación a igual protección de la ley. A este respecto, la ley prohibirá toda discriminación y garantizará a todas las personas protección igual y efectiva contra cualquier discriminación por motivos de raza, color, sexo, idioma, religión, opiniones políticas o de cualquier índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social” (itálicas no están en el original) y sugiere que la diversidad sexual no ha de generar discriminación (es también cierto que no menciona específicamente a lesbianas, gais, transgéneros, y otros sectores y esto potencia que en algunos lugares se pueda incluso condenarlos a muerte). Pero el sentimiento de que se puede llegar a asesinarlos por su identidad está presente en su caracterización como individuos “ilícitamente depravados”. En América Latina, Nicaragua quitó el castigo jurídico a la “sodomía” recién el año 2007. Panamá lo hizo el año 2008. En Costa Rica la conducta homosexual consensual y privada o en el ejercicio de la prostitución fue despenalizada en 1971. Pero la jerarquía católica la sigue considerando ilícita por ofender a Dios. Si la Conferencia Episcopal tuviese capacidades jurídicas Costa Rica podría parecerse a Arabia Saudita. Lo mismo podría ocurrir si Dios (cualquiera de ellos) tuviese poder ciudadano. Pero no lo tiene. Tratándose de católicos, lo más que Dios puede evitar es que quienes optan por opciones/identidades sexuales diversas se acerquen al Cielo. Esto incluiría a los religiosos y religiosas que abusan de niños. Y a los/las que se masturan y no lo confiesan y se arrepienten sinceramente.

  

   Aída, Roger (Costa Rica).- Nos parece muy positivo que usted despliegue lo que en la declaración  de la jerarquía católica se esconde pero existe: la desaprobación/odio hacia homosexuales y otros grupos. Por supuesto el mensaje no es nada nuevo y suele obtener gran resonancia en la población rebaño. Nos resulta llamativo la capacidad que muestra esta agresividad para convocar sonoras protestas en las calles y, nos cuentan, que en Facebook. Esta agitación, sin duda anticiudadana, no solo se da en Costa Rica sino en otros países de América Latina. Tememos que estas jerarquías consigan generar un sentimiento masivo de rechazo, si no de odio, hacia una parte de la población decididamente militante a favor de políticas públicas fundamentadas mejor o peor en teoría de género. El pronunciamiento de los obispos podría extenderse a otras formas de violencia. En su opinión, ¿este temor nuestro carece de sustento efectivo y es sólo asunto de nuestras historias y situaciones personales?

   HG.- Las violencias extremas suelen acompañar situaciones de crisis agudas y éstas no parecen estar próximas en Costa Rica. La más inminente se vincula con la crisis fiscal y el empobrecimiento de muchos costarricenses. No faltarán voces que culpen de esto al apoyo puntual que brindó la administración Solís al movimiento de diversidad sexual y a los feminismos y a un eventual castigo de Dios por este pecado. Pero es poco probable que esta agitación provenga de la Conferencia Episcopal. Principalmente porque ella tiene claro en qué sentidos y de qué manera puede presionar a una población que utiliza masivamente anticonceptivos aunque se declare católica y que ha hecho caer la tasa de natalidad a 15 niños por cada mil habitantes. A finales de la década de los setentas del siglo pasado era superior a 30 niños por cada mil habitantes. Esto quiere decir que mujeres y varones se declaran católicos, pero ejercen su sexualidad genital del modo que estiman más les conviene. En otro ángulo, aquí no existen militares ni policías públicamente utilizables para una violencia abierta y extrema. Se asiste a un eclesialismo católico de mentirillas, por inercial. Intentar transformarlo en línea política pública conduciría al fracaso. En lo que sí puede sostener parte de su “éxito” la jerarquía católica es en mantener el estereotipo de rechazo a los sexualmente diversos y en separar sexualidad genital del disfrute personal. Pero aquí el tema es también básicamente doctrinal porque la cuestión de la sexualidad genital toca un aspecto del núcleo duro de la ideología católica y además porque una población mayoritariamente machista y escasamente ciudadana alimenta sentimientos negativos hacia las diversas minorías y hacia las mujeres. Por ello no ve en homosexuales o transgéneros, e incluso en las mujeres, ‘ciudadanos y ciudadanas’ iguales en derechos y deberes, sino experiencias ‘anormales’ u ‘odiosas’, ‘ridículas’ o ‘inferiores’. Y se asocia el disfrute sexual con ‘pecado’. Aquí el catolicismo confluye pero no tiene el monopolio de odios y temores hacia los diversos. Una población pobremente ciudadana y desbordante de prejuicios e ignorancias resulta situacionalmente violenta y peligrosa. En alguna ocasión el entonces cura Minor movió a algunos a apedrear a lesbianas, pero lo hizo más para mostrar su fuerza que por su identidad religiosa. Y la iglesia institución católica sabe que tiene en su seno gais, lesbianas y transgéneros y no le importa. Lo que le interesa es el núcleo duro de su ideología. Y en ella la sexualidad humana gozosa se vincula con pecado e idolatría. La sexualidad ha de ser, para el creyente católico, motivo de vergüenza y arrepentimiento si se aparta del coito preñador. Esto no lo van a cambiar porque es central para mantener sujetas y llorosas a sus ovejas. Pero más allá, no parece factible, excepto crisis extremas. Nunca se ha visto a curas y monjas católicas manifestando pública y fieramente contra la venta de anticonceptivos. Sabe que en ese combate va a fracasar. La idea es que la gente los use y luego se confiese. Por ahí va el negocio de esta fe “religiosa”.