F-4023 Seminario Modernidad e identidad en América Latina

REFLEXIVIDAD RACIONAL DE LA MODERNIDAD Y ALTERNATIVAS

1.- Se enfatizó que Larraín considera que una ‘reflexividad de la modernidad la hace consciente de sus problemas y proporciona al mismo los medios para su autocrítica’ (pág. 13). Esta racionalidad tan poderosa, por científica y tecnológica, subsumiría (porque es capaz de comprenderlas y explicarlas) otras sensibilidades modernas, la irracionalista y la historicista. El irracionalismo moderno tiene frentes diversos, pero uno de sus puntos comunes es su negativa a aceptar que ciencias y tecnologías (instituciones gestadas por la razón humana) tengan como meta cierta/segura la mejoría de las condiciones humanas, ya que esta ‘condición’ supone también una voluntad (no necesariamente consciente), una emocionalidad y una singularidad vital existencial que no admite abstractos universalismos. En el irracionalismo alcanzan particular valor el folklore (idiomas, costumbres, creencias generadas por las vidas [decantadas como tradiciones] de los pueblos/gentes) y las nacionalidades que expresan a la vez una ethos comunitario específico y también una más amplia adhesión ciudadana hacia los Estados que resultan de este modo conteniendo distintas nacionalidades. En el siglo XXI, por ejemplo, Bolivia y Ecuador se han oficialmente reconocido como Estados plurinacionales (sus naciones internas poseen autonomía ante el Estado) y Nicaragua como Estado multiétnico (sus etnias tienen autonomía en sus regiones, pero no ante el Estado). Se trata de la idea que sostiene que ‘lo general’ se compone de singularidades o diversidades de modo que no admite una indiferenciación inercial. Los Estados plurinacionales podrían ser entendidos tanto por sus aspectos ‘irracionalistas’ como ‘historicistas’. El historicismo, en sus vertientes no teológicas, intenta comprender a las comunidades humanas por sus experiencias vividas (Dilthey) y acentúa por ello el carácter relacional y situacional de las experiencias humanas que hacen de ‘la humanidad’ una articulación (o también una desagregación) de diversos. El punto también aparece, aunque bajo una reivindicación de derechos ciudadanos, respecto de los individuos gay, lesbianas, transgénero y también en las luchas feministas. La alusión que hace Larraín de estos posicionamientos (recordemos que su trabajo se edita en 1996), irracionalismo e historicismo, resulta estrecha: “El libro reconoce que las teorías racionalistas difieren de las teorías historicistas: las primeras subrayan la identidad de metas y la similitud de medios en el curso de la historia, las segundas acentúan las diferencias culturales y las discontinuidades históricas. Las primeras no entienden las diferencias y juzgan al “otro” desde una perspectiva totalizante y universalista; miran la historia como una serie de etapas que todos tienen que recorrer. Las segundas destacan las diferencias y discontinuidades y miran al “otro” desde la perspectiva de su especificidad cultural única; no entienden la base común de humanidad entre culturas (pág. 13). Larraín ‘resuelve’ esta conflictividad aduciendo algo común que acercaría a estos posicionamientos: “… a pesar de estas diferencias pueden ser igualmente racistas cuando juzgan a sociedades ‘atrasadas’”. Lo que equivale a asemejar a los gatos con el hielo porque ambos repudian el agua. Los gatos lo hacen, cuando lo hacen, por su historia evolutiva. El hielo lo hace para no perder su carácter. Con otro argumento, Larraín sostiene que los criterios racionalistas “descuidan o critican la especificidad del otro’, los historicistas “hacen al otro tan diferente que no pueden compartir nada con él”. Digamos que en la especie humana se han dado y siguen dando, porque la especie los produce, muchos tipos de “otros” (el diverso subalterno, como las mujeres en la perspectiva machista) y también de “aliens”, o absolutamente enemigos (lo que en parte explica genocidios y etnocidios) pero con algunos ‘otros’ (individuos Neandertal, por ejemplo, o mujeres) se ha diferenciado, pero a la vez articulado constructivamente, y también ha procurado o rebajarlos sistémicamente (homúnculos, esclavos negros) o destruirlos (gitanos, judíos, pueblos profundos de América, infieles). Esta realidad compleja muestra que la especie y sus individuos reconocen conflictos y que los ‘resuelven’ mediante ideologías (racionalizadas de acuerdo a circunstancias e intereses. Muchos alemanes odiaron a las ‘razas inferiores’, en algún momento, pero hoy aceptan a emigrantes que otros repudian).

2.- La observación anterior se abre a una constatación: en su Introducción, Larraín reconoce “limites” a la Modernidad (pág. 14), pero no ve en sus procesos conflictos sistémicos determinados por sus propias lógicas institucionales y que podrían hacer imaginar/pensar otras sensibilidades básicas útiles para una especie humana diversa y planetarizada y, por ello, hoy en complejo contacto prácticamente inmediato. Es en relación con la emergencia factible de estas ‘otras’ sensibilidades que se juegan su suerte las poblaciones latinoamericanas mayoritarias.

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