Universidad Omega,
N° 36, mayo 2017.
  

   El mismo día del Señor que La Nación S.A. titula su editorial “Bestial ataque en Manchester” (28/5/2017) publica en su sección ‘El Mundo’ una entrevista a un cubano de apellido Veciana quien, en su libro autobiográfico (Trained to kill [Entrenado para matar]), cuenta que, reclutado por la CIA estadounidense, fue entrenado en La Habana para matar a Fidel Castro y que aprendió con esta agencia “…a ser invisible, a planificar, a ser inescrupuloso y a desconfiar de todo”. Antes, ha tenido la decencia de identificarse: “Lo que yo hacía es lo que hacían los terroristas. Lo que pasa es no lo llamaban así”. De paso, este terrorista ilustra sobre sucesos actuales: “Al principio la idea era desestabilizar (…) En los países donde hay desestabilización, la gente cree los rumores. Ese era mi trabajo, crear rumores”.

   El rumor más exitoso con el que colaboró fue el de un “supuesto proyecto de ley según el cual el Gobierno (cubano) quitaría a los padres la patria potestad de sus hijos”. “…los padres mandaron a cerca de 14.000 persona aquí (a Miami). Muchos se reunieron después con sus hijos, pero otros no pudieron volver a verlos porque murieron o no pudieron salir del país”. Los cubanos suelen ser gentes de familia. ¿Se podría calificar este “rumor desestabilizante” como bestialidad, en sus alcances no coloquiales de “irracional” y “brutal”? Casi cualquier porcentaje de 14.000 hijos separados de padres cuyo afecto no recibirán personalmente ya jamás resulta superior a los 22 adolescentes y niños muertos en el ataque en Mánchester que La Nación S.A. califica de “bestial”. Por supuesto el dolor humano no resulta ni cuantificable ni equiparable. Así, se hace superfluo añadir los 60 heridos de Manchester. Las muertes y sufrimientos generados por el terrorismo y el terror de Estado (políticamente se trata de cosas distintas) tienen caracteres negativos semejantes aunque las víctimas resulten diferenciables.
 

   El cubano Veciana no se interesa por las víctimas sino por sí mismo: “Realmente trato de no pensar mucho en eso porque la mía es la historia de un fracaso. Cuando uno fracasa siente que no hizo lo correcto, o que la suerte no le ayudó, pero se siente fracasado”. Veciana no es una bestia. Es un individuo humano. En la especie, sus individuos (y sectores) pueden dedicarse desde ángulos distintos a producir horrores pero consideran lo suyo ‘racional’ o, mejor, racionalizable. Testimonia Veciana: “Yo no me arrepiento. Quizás sea irresponsable, pero lo que hice lo hice por convicción. Estaba convencido de que hacía lo correcto, así que lo volvería a hacer”. Un héroe de cierta literatura y cine occidentales, el imbatible James Bond, perpetra acciones de terror, pero las disfruta. Las realiza por convicción y porque es su profesión. Vive de ello. A lectores y espectadores, Bond les fascina. Nadie le llamaría ¡bestia! Excepto en su versión coloquial de “grandeza desmesurada” (tras copularse a veinte espías enemigas y matarlas, por ejemplo).

   Tampoco nadie caracteriza como ‘bestialidad’ la desinformación constante que La Nación S.A. realiza sobre la situación venezolana. Hace de caja de resonancia de todo tipo de rumores porque desea (con otros) un aplastamiento armado en ese país. Así, La Nación S.A. no informa sobre Venezuela sino que amplifica “rumores” o “narraciones” vertidos siempre desde una sola fuente. Veciana ya dijo para qué sirve la mentira reiterada: ‘donde existe desestabilización, la gente cree los rumores’. El rumor citado por Veciana corrió exactamente igual en Chile durante el gobierno de Allende (1970-73): un proyecto de ley (que el Congreso ni siquiera votó) para tornar más temprana (circuitos pre-escolares) y eficiente la educación pública fue “rumoreado” como un ‘esfuerzo comunista’ por separar a hijos de sus padres ¡Qué bestial coincidencia!

   Como Veciana, La Nación S.A. no se arrepiente de reproducir ‘rumores’ y dar ‘noticias’ con valor periodístico cero (debido a la unilateralidad de las fuentes y su deshistorización) porque racionaliza su acción como ‘defensa de la democracia’ y los ‘derechos humanos’. El Estado Islámico no tiene en Occidente poder para decir, como lo tienen en América Latina y Costa Rica determinadas empresas periodísticas. Entonces, desde su debilidad, actúa. Liquida adolescentes y niños y el actor de la masacre se suicida. Resulta humano. Quienes manejan La Nación S.A. jamás se suicidarían por sus convicciones. Rumorean para que se destruya y mate. Pero fingen que sus manos no se manchan jamás con sangre. Tampoco lo hacen con la antigua tinta periodística.
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