F-4023 Modernidad e identidad en América Latina
AMÉRICA LATINA Y LA ANTICIPACIÓN DE LA MODERNIDAD DECADENTE
1.- En la presentación de su trabajo sobre la experiencia de la modernidad Marshall Berman advierte acerca de una notoria distancia entre cómo se experimentó ella en el siglo XIX y cómo se la vive en el siglo XX en el cual él escribe. En el siglo XIX el mundo que se desvanecía anunciaba (o se deseaba que anunciara) el nacimiento de una nueva sensibilidad determinada por otro tipo de ser humano. Así, la ‘muerte de Dios’ no era una catástrofe, ni tampoco lo eran la transformación vertiginosa de los medios de producción y el dominio burgués. La conflictividad que estos sucesos civilizatorios suponían contenía asimismo las posibilidades de otra y mejor experiencia humana. El nihilismo atribuido a Nietzsche no consiste en la negación plana de todo valor y verdad, sino en el anuncio del desplazamiento de una jerarquía de valores sobrenaturales desalojados por los que sociohistóricamente resultaba ahora factible construir. La dialéctica con que se apreciaba en el siglo XIX la realidad de la modernidad (entusiasmo y enemistad) es desplazada tendencialmente “hacia las polarizaciones rígidas y las totalizaciones burdas” (pág. 11). “La modernidad –escribe Berman— es aceptada con entusiasmo ciego y acrítico, o condenada con un distanciamiento y un desprecio neoolímpico; en ambos casos es concebida como un monolito cerrado, incapaz de ser configurado o cambiado por los hombres modernos. Las visiones abiertas de la vida moderna han sido suplantadas por visiones; el esto y aquello por el o esto o aquello” (Íd.).
1.1.- Berman ejemplifica inicialmente lo que ha llamado ‘entusiasmo ciego y acrítico’ con los futuristas italianos [el futurismo es básicamente una escuela estética que rechaza todo el pasado –desea enterrarlo—y propone nuevos objetos y procedimientos artísticos determinados por el industrialismo]. Escribe su fundador, Filippo Marinetti, en 1909: “Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras, con su radiador adornado de gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo... un automóvil que ruge, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”]. Un escéptico Berman comenta: “Parece ser que algunos tipos muy importantes de sentimientos humanos mueren cuando nacen las máquinas” (pág. 12). Su comentario se queja por los tornados vulnerables y destruidos por el ritmo de las transformaciones y el auge de las máquinas. No resulta así raro que Berman recuerde que personalidades del futurismo terminaron militando en el fascismo.
1.2.- La alusión al fascismo realizada por Berman permite recordar que el siglo XX produjo en sus inicios dos eventos rupturistas y nunca vistos: una Revolución Social que se quería de clase (la Rusa/soviética) a la que se consideró ‘comunista’ y una Primera Guerra Mundial (1914-1918). Esta última significó 16 millones de europeos muertos, de los cuales unos 7 millones fueron civiles no-combatientes. Ambos sucesos alcanzaron significación en los procesos de luchas anticoloniales y en la separación entre mundos (órdenes/desórdenes) que atravesaron casi toda la modernidad del siglo XX. Se habló de un Primer Mundo (capitalista y democrático), un Segundo Mundo (comunista y totalitario) y un Tercer Mundo (subdesarrollado o en-vías-de-desarrollo e inestable) y las distancias entre ellos fueron conceptuales, geopolíticas e ideológicas. La universalidad de la especie se dio un patrón único: blanco, industrial, capitalista, racional, democrático, avanzado, ‘occidental’. El ‘mundo’ del que se distanciaba resultaba más abigarrado: de color, industrial o pre-industrial, comunista o planificado, irracional o delusorio (que lleva a engaño), informe, totalitario. Geográficamente se hablaba de Oeste/Este (The West against the Rest, a finales del siglo XX). También, aunque en menor medida, de Norte/Sur. Cuando desapareció la oposición Oeste/Este por poco tiempo se habló de Norte/Sur, pero entonces terminó de configurarse la mundialización en curso. Para ella se eligió el término ‘globalización’. Esta globalización se asocia con Internet (1969-1990) y con su incidencia en la transformación de la producción/comercio/mercadeo.
2.- La comprensión dialéctica (lo negativo contiene lo positivo y a la inversa) de la modernidad vivida en el siglo XIX tiende a transformarse en visiones metafísicas que incluyeron juicios de valor que mostraban que lo diferente o diverso resultaba inferior y negativo y, en el límite, requería ser aplastado. Estas visiones nutrieron las guerras de emancipación coloniales, también las dos Guerras Mundiales (1939-1945, la Segunda) y la Guerra Fría que fue un nombre genérico utilizado después de la 2° Gran Guerra para designar al enfrentamiento cultural y metafísico entre el Capitalismo y el Comunismo. A comienzos de este siglo XXI los términos “terrorismo” y ‘populismo’ tienden a llenar el papel que durante la mayor parte del siglo XX jugó el vocablo ‘comunismo’. Para mostrar el carácter acartonado y no dialéctico de esta fase contemporánea de la sociedad moderna basta advertir que de ‘comunismo’ a ‘populismo’ solo hay que cambiar tres letras. Curiosamente, en la década de los noventa del siglo XX se puso en circulación el ideologema de la desaparición de los “ismos” (final de las ideologías). El tema descansaba en la realidad última del patrón capitalista-democrático occidental. Se le debía aceptar sin práctica alguna.
3.- El área latinoamericana y caribeña no ha logrado criticar significativamente el modelo de patrón único de poder decisorio, para nada dialéctico, que lo impregnó durante la Colonia ibérica. La idea de un mundo enteramente católico cuyo universalismo consistía en el deber de salvación de toda alma (lo que en la práctica implicaba ser aceptable para el mundo institucional católico) permitió sociohistóricamente o desagregar y discriminar/dominar o aplastar al distinto o al que se negaba a insertarse en el sistema. Cuando el mal radica en comportamientos del alma a la que solo puede verse con los ojos de una fe religioso-cultural que somete todos sus movimientos, la culpa subjetiva hace parte de la desagregación y del desamparo. Se es aplastado, despreciado o relegado porque se es culpable, o sea pecador. La culpabilidad la decreta o determina el patrón único de ‘normalidad’ impuesto por la autoridad político-cultural, militar y económica. Lo que viven actualmente las poblaciones del mundo fue anticipado por la Colonia ibérica. Y la Colonia española (se ha exceptuado aquí a Portugal) fue una prolongación en el Nuevo Mundo del medioevo europeo. El modelo potencia subordinar y aplastar porque el ‘pecador’ se lo ha ganado.
4.- Para la humana especie político-cultural producir del todo nuevas identidades humanas de modo que pluralmente todos quepan en el planeta implica abandonar todo retorno a un patrón identitario único. El referente fue invertido en el mito judío de la Torre de Babel. El mito sostenía un poder único incontestable y la inevitable incompatibilidad de los diversos separados no por sus lenguajes sino por una enceguecedora fe religiosa. Tantos siglos después, reproducir y sostener el aspecto negativo del que es portador ese mito, puede significar la liquidación de la especie. Reconocer política y culturalmente la legitimidad de los diversos y darse medios para acompañarla, debía ser algo que distinga la modernidad de los latinoamericanos.
______________________________________