Universidad Omega, N°26,
noviembre 2016.

 

   Me obsequian la revista “Archipiélago” (quizás para que me suscriba), un esfuerzo de la UNAM mexicana y universidades públicas costarricenses. Edición bella o elegante, según quien la juzgue. El ejemplar se organiza en secciones. La primera es “Pensamiento”. Los artículos son breves y por eso quizás sus autores, o al menos uno de ellos, no discute (o sea piensa), sino que sentencia y esponja el veredicto con alguna referencia a autores de fama (merecida o no). No se mencionará aquí la autoría para que no sea vea en esto asunto personal.

   La sentencia inicial del artículo reza: “Según la ética, el valor supremo es la vida; por lo que la mayor amenaza para preservar y fomentar la calidad de vida es la violencia”. Una primera obviedad es que no existe “la ética”. Si se trata del habla diaria, se dice, por ejemplo, de acciones conforme a los sentimientos morales o de una especialidad filosófica que se ocuparía del bien y del sostén de los valores. Tiene otros alcances, pero con éstos basta. El término resulta polisémico. Si se lo emplea en jerga filosófica, otra posibilidad, la polisemia se mantiene. Puede remitir a la investigación, discernimiento y comunicación del fin (finalidad) que determina la conducta de los seres humanos, y a los medios apropiados con los que se alcanza ese fin, o a la investigación, discernimiento y comunicación de lo que impulsa la conducta humana. En esta segunda podría resultar ética cualquiera acción del Estado (y sus funcionarios) tendiente a “salvar” la existencia nacional y la seguridad y propiedades de sus ciudadanos ante una amenaza interior o exterior. Bush Jr., expresidente de EUA, en algún momento, ha considerado “ético”, incluso heroico, torturar prisioneros. No doy ejemplos centroamericanos o latinoamericanos en este punto porque con solo una mención basta. Para una ética centrada en la naturaleza humana, en cambio, torturar prisioneros no se permite, debería ser estimado delito y repudiarse a sus hechores. No se irían al Cielo, excepto absolución de alguna Iglesia con poder para darla.

   Pero lo que realmente interesa es el contenido de lo que se atribuye a esa inexistente única ética: “…el valor supremo es la vida; por lo que la mayor amenaza para preservar y fomentar la calidad de vida es la violencia”. En realidad, para la mayor parte de los seres vivos, entre ellos los individuos de la especie humana, la vida biológica tiene como límite la muerte. Por lo tanto, la vida puede ser un valor supremo, pero habrá que reconocer sus límites. Los seres vivos complejos, mueren (en el sentido de que dejan de existir bajo la forma en que se dan ciertos valores). Aclarado esto, se ve la distancia que existe entre la desnuda existencia (vida) y la calidad de esta existencia (de la que se predica la voluntad de preservarla y fomentarla). Esta calidad no tiene como principal enemigo la violencia porque ésta no existe. Solo existen acciones violentas y esto quiere decir que violencia solo se dice de situaciones en las que se da/experimenta violencia.

   Ejemplos para entender mejor: un conductor lee avisos al borde de la carretera que dicen: Atención: Curva Peligrosa. Modere la velocidad. Velocidad máxima 50 km por hora. Los letreros le hacen violencia (desea llegar pronto a su destino), pero como no conoce la vía decide hacer caso a las indicaciones. Advierte luego que la curva sí era peligrosa y que le convino reducir la velocidad. La ‘violencia’ de los letreros sirvió a la calidad de su existencia y quizás le salvó la vida. Se puede objetar que ‘violencia’ se utiliza aquí de una manera especial. Que los letreros informaron y no hicieron violencia. Bueno, un garrotazo en el lomo del adúltero también le informa lo que hará su esposa con él si sigue en sus correrías. Las violencias siempre contienen información para quienes las sufren.

   Otro ejemplo es la figura jurídica de la “legítima defensa”. Supongamos que alguien mata a un ladrón que le roba y amenaza su vida. Matar es un delito. Constituye violencia extrema. Pero el abogado que representa al actor de este delito alega “defensa legítima”. Legalmente, el ladrón representa la injusticia y su ejecutor la justicia. Así, el abogado conseguirá para su cliente o una absolutoria o una condena menor (esto depende de otras concurrencias jurídicas). De modo que una violencia justa que se opone a una violencia injusta resulta legítima y legal, y buena, excepto, en este caso, para el muerto.

   Lo que se quería mostrar con este artículo es que la sentencia “…el valor supremo es la vida; por lo que la mayor amenaza para preservar y fomentar la calidad de vida es la violencia”, no resulta cierta para todos los casos y, por ello, no es absoluta. Las violencias, que en abstracto todos fácilmente repudiamos, pueden tener efectos positivos para la existencia humana.
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   Conversación

  Mirna (Costa Rica).- No quisiera entender que usted acepta y promueve la violencia. No veo ventaja ninguna en ella. Los letreros que en la carretera avisan de algún peligro no buscan hacer violencia a ningún conductor, o sea agredirlo, sino ayudarlo. Estimo usted argumenta de una manera peligrosa e irresponsable.

   HG.- Si mis argumentos fuesen irresponsables y peligrosos, no estaría solo. Algunas figuras son promovidas hasta a candidatos presidenciales en EUA y sus declaraciones son juzgadas por muchos otros como irresponsables y peligrosas. Mi persona tiene la ventaja de ser insignificante. Pero que usted me experimente como emitiendo opiniones peligrosas e irresponsables se debe probablemente a diferencias de enfoque. Que mi concepto de ‘violencia’ sea situacional quiere decir, entre otras cosas, que quienes juzgan en último término sobre la violencia efectiva de las acciones son quienes las sufren, no quienes las realizan. Cuando una madre golpea a su hija lo hace ‘porque la quiere mucho’, pero la hija experimenta violencia vía cachetadas, no amor. Los letreros en la carretera ayudan a quienes viajan sin especial prisa, pero hacen violencia a quienes corren presurosos para poder llegar a tiempo al entierro de un abuelo por el que se tenía sentimientos especiales. Usted probablemente considere la violencia como un dato con una naturaleza no como algo que se produce en una trama de relaciones.

   En otro ángulo, el breve artículo que me sirvió de pie para realizar observaciones probablemente se escribió teniendo como referencia las guerras centroamericanas de la década de los ochenta del siglo pasado. Se experimentaron directamente en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, en menor medida en Honduras, y mucho menos en Costa Rica donde básicamente los gobiernos colaboraron con alguno de los bandos y se traficó armas y drogas, pero no se dieron enfrentamientos armados. Excepto en Guatemala, las guerras de los ochenta fueron activadas por intereses geopolíticos de EUA en una región que considera suya (Cuenca del Caribe) y decisiva para su seguridad. Su intervención tiene como antecedente el triunfo insurreccional del pueblo nicaragüense con dirección sandinista y la derrota somocista en Nicaragua (1979). Su marco básico es la dominación político-cultural imperial y oligárquica en la región centroamericana con sus amplios alcances para la producción de violencias, discriminaciones, explotación, pobreza y miseria. Las guerras de los ochenta fueron especialmente crueles, se dieron bajo la forma de guerras civiles en las que los bandos en pugna estimaban ganaban o perdían todo. En este contexto escribir que “…la mayor amenaza para preservar y fomentar la calidad de vida es la violencia” tiene sentido y se ha de reconocer que quien la escribe es una persona de buenos sentimientos y decente. Esto no está en discusión. Lo que se discute es que esta decencia y buenos sentimientos no permiten razonar de la mejor manera. En breve: si hubo guerras, la sandinista, la de los “contras” (llamados asimismo Combatientes de la libertad, del FMLN, la genocida en Guatemala…ellas tuvieron actores y en ambos bandos hubo gente, incluso costarricenses, que combatió o cooperó por razones que creyó ‘buenas’ o incluso ‘excelentes’. Este es un aspecto de la situacionalidad de entonces.

   El otro referente que conviene destacar es que las guerras, tanto en Nicaragua como en El Salvador, fueron activadas por actores político-militares tras violencias ejercidas durante todo el siglo por distintos tipos de oligarquías, familiares o señoriales, que políticamente se expresaban como dictaduras que tenían el apoyo de Estados Unidos. Los nombres de esos actores dicen algo o mucho de sus caracteres: Frente Sandinista de Liberación Nacional y Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. O sea, se proponían construir una nación que nunca había existido, tanto en términos internos (integración nacional) como internacionales (soberanía). Para estos actores, su violencia era ‘buena y justa’ porque producía vida a aquellos a quienes se les negaba. La violencia de las dictaduras oligárquicas y militares era ‘mala e injusta’ porque condenaba a las mayorías a una existencia incierta y a la muerte prematura y dolorosa. Como se advierte, la cita que hice del artículo “Según la ética, el valor supremo es la vida; por lo que la mayor amenaza para preservar y fomentar la calidad de vida es la violencia”, si el valor supremo es la calidad de la existencia, pues admite como recurso la violencia de la guerra. Esta es la opinión incluso de un arzobispo del área, Óscar Arnulfo Romero. De aquí que la violencia político-militar, que puede ser extrema, tampoco puede condenarse abstractamente como negativa, perniciosa o perversa. Esas guerras condujeron a acuerdos de paz (Esquipulas II, 1987) que, por cierto, no trajeron mejorías significativas para sus pueblos ni ciudadanías. Honduras y Nicaragua se mantienen entre las economías más débiles de América Latina, solo delante de Haití, en Honduras un sector oligárquico con apoyo de la iglesia católica dio un golpe de Estado (2009), en Nicaragua el ‘danielismo’ desplazó al sandinismo y parece dirigirse hacia una nueva forma de somocismo (el gobierno, los buenos negocios y la represión en manos de una familia), y El Salvador asumió políticas neoliberales que tienen efectos violentos sobre sectores significativos de la población. Un dato: El Salvador tiene una población en su territorio de algo más de 6 millones de habitantes. Pero fuera de su territorio viven 2 millones o más, principalmente en EUA, donde intentan resolver su economía precaria o mejorar su calidad de existencia. Las remesas con que ayudan a sus familiares que han quedado en El Salvador representan alrededor del 17% del Producto Interno Bruto de su país. Guatemala y Honduras son asimismo grandes receptores de remesas. Tener, sin desearlo, que vivir fuera del país en que se nació y donde se tienen raíces y nexos emocionales constituye sin duda un tipo de violencia. El ejemplo nos dice que violencia puede vincularse asimismo con gratitud y esperanza y mejor-ser-estar porque surge de experiencias de contraste y puede ser asimismo fuente de nuevas experiencias de ese tipo. Creo que se advierte, con alguna claridad, que ingresamos de distinta manera a una comprensión de las violencias. Por lo demás, el magisterio católico legitima la violencia armada cuando los pueblos soportan un régimen que suprime la libertad de conciencia y viola sistemáticamente derechos humanos. Es decir, también sostiene que existe una violencia guerrera legítima si con ella se enfrenta y derrota una violencia ilegítima.

   Mirna.- ¿La iglesia católica dice eso? Se me hace difícil creerlo.

   HG.- Pues mire la encíclica Populorum Progressio de Paulo VI. En su numeral 30 habla de "situaciones cuya injusticia que clama al cielo" y que pueden generar 'tentaciones de violencia'. Las rechaza, en particular la insurrección revolucionaria,  pero menciona también la excepción a su rechazo. En caso de: "...tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país" la insurrección resulta legítima. Para leer esto hay que mirar el parágrafo 31. Así que tampoco aquí estoy solo en esto de violencias 'buenas' y violencias 'malas'. Pero creo sus intervenciones han resultado muy útiles para tener un mejor juicio sobre el tema.