Universidad Omega
N° 19, julio 2016.
  

   Un articulista frecuente en La Nación S.A. es el franciscano conventual Víctor Ml. Mora Mesén. Se identifica como tal. De ello se sigue que no cree todas las religiones sean ‘verdaderas’ y que la que él profesa sí lo es. El 10 de julio pasado publicó un artículo extenso con el título “¿Cómo se destruye una comunidad?”. La contesta directamente en su escrito: se arruina “Cuando un grupo dentro de ella reniega de sus valores nucleares, relativizándolos y colocando sus propias razones de unión como el paradigma de la auténtica comunidad”. Mora Mesén no diferencia entre comunidad, la de los franciscanos, por ejemplo, y sociedad. Una comunidad supone algo más que coexistir grupalmente. En el caso de los franciscanos este ‘algo más’ consiste en experimentar su fe cristiano-católica de manera parecida. Las sociedades modernas no constituyen, en cuanto totalidades, comunidades. Contienen comunidades, como la de las Carmelitas Descalzas, en otro ejemplo, pero ese ‘algo más’, o ‘algo menos’, que las torna sociedades (con comunidades diversas, sectores sociales, clases, grupos de presión, delincuentes, individuos no-comunitarios, etcétera) proviene de factores diferenciados aunque articulados: un orden jurídico (nacional e internacional) que hace a todo el mundo ciudadano o sea ‘alguien’ con derechos y deberes (recognoscibles en circuitos judiciales y administrativos), y una hegemonía cultural (se la puede llamar espiritualidad) que ordena el mundo en términos de legitimidad. Imagino el señor Mora Mesén tiene su cédula de identidad ciudadana (o pasaporte) y por ello resulta ciudadano a derecho. Quiere decir, entre otras cosas, que puede opinar y elegir lo que se le antoje si no constituye delito. En cuanto a legitimidad, el asunto es más lioso. El país en que reside se ha dado (o le sobrevino) una espiritualidad mayoritaria (cantidad) cristiano-católica, pero esto no implica que la gente actúe como comunidad ‘cristiana’. De hecho a esta población le costaría decir doce palabras con sentido efectivo para explicar por qué existen en el país iglesias y religiosidades como la luterana, las adventistas o la de una Roca del Pedernal.

   En Costa Rica, la espiritualidad católica hegemónica se comporta básicamente como factor cultural inercial. Se es católico porque se nació en una familia católica, porque se recibe un ‘milagro’ de la Negrita o porque se posee fe ‘verdadera’ y así se llega al cielo. Ver en los otros (prójimos) a Dios y comportarse de acuerdo a ello, ya es otro cuento. Incluso un buen número de religiosos y religiosas solo ven a Dios cuando se miran en un espejo. Evangelizan con liturgias, no con el ejemplo. Quien esto escribe les desea se salven, de acuerdo a su “fe”, pero no ve cómo. Mezclada con la fe católica inercial (que sin duda sirve a la gente para algo o mucho) la hegemonía cultural carga elementos moderno-contemporáneos liberales transferidos principalmente de EUA (Hollywood, Netflix, Disneyworld). La mezcla constituye un mundo de la vida urbano por desgracia precariamente ciudadano. En el mundo, rural aunque en vías de extinción, sobreviven individuos y grupos que el himno reconoce como “labriegos sencillos”. El mundo urbano no desea constituirse como comunidad y los remanentes de labriegos no lo consiguen aunque lo procuren. Sufren, sin duda, pero para eso tienen su fe religiosa. La destrucción de comunidades en las sociedades ‘modernas’ puede ser altamente planificada o no planificada del todo. Afecta a los franciscanos.

   Mora Mesen no desea comprender la realidad objetivo-subjetiva esquematizada más arriba. Atribuye la destrucción de “comunidades” a neurosis odiosas de “generaciones modernas” centradas en sus ‘caprichosos’ deseos personales y que no hablan con sus padres (incluye a pastores). Estas gentes portarían un ‘consumismo feroz’. A esta brutalidad, Mora añade políticas públicas determinadas por grupos de presión y que no defienden “los valores colectivos que una vez nos caracterizaban o que son indiscutibles mantenedores de la unidad que ahora añoramos”. Disgustado, Mora Mesén demanda espíritu crítico. Al parecer lo encuentra en el cristianismo católico. Olvida aquí que el cristianismo católico se reclama única religiosidad (e iglesia) verdadera y que, por ello, ha sido y es factor de desagregaciones feroces (incluye Cruzadas, Invasiones, Misoginias, etcéteras). Como Mora Mesén liga ferocidad con fascismo, se podría integrar el catolicismo al fascismo. Un Eco hablaría de un “aire de familia”. En realidad, para asumir seriamente el catolicismo hay que preguntarle a sus víctimas, dentro de las cuales tal vez se encuentra Francisco de Asís. El catolicismo siempre ha sido una poderosa máquina de destrucción y reconfiguración de comunidades. De las que existían antes de él y de las que intentan constituirse ahora.
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