Universidad Omega,
N° 18, junio del 2016.
 
  
   A finales de mayo de este 2016 Jorge Vargas Cullel publicó en su columna regular de La Nación S.A. un artículo que tituló “Teoría de la dependencia” (LN: 26/05/16). Mal título porque en realidad el texto se centra en un mensaje diferente: la mayoría de gobiernos latinoamericanos que en la transición entre siglos se decían de izquierda en este siglo XXI no siguieron las tesis de la Teoría de la dependencia y más bien acentuaron su sometimiento con sus acciones. Vargas Cullel menciona a Venezuela, Ecuador, Brasil, Ecuador, Bolivia, Argentina y Uruguay. Sus dirigentes se habrían limitado a cambiar de patrón: vendieron sus commodities a China en lugar de hacerlo a EUA y la Unión Europea. Vargas es especialmente duro con Hugo Chávez: “(HCH) fue en realidad, un peón vocal y bocón, pero peón al fin de un sistema internacional injusto”. También lanza un salivazo contra Cuba: “Cincuenta años después, lo poco que exporta Cuba son materias primas”. Costa Rica, en cambio, lo habría hecho (¿todo?) bien: “Costa Rica fue uno de los contados países del continente que escogió una ruta distinta: salirse del esquema de la agroexportación”. Hagamos una aproximación desde uno de los frentes de la Teoría de la dependencia (no todos sus gatos pertenecen al mismo saco). La economía mundial tiene un carácter objetivo. Este carácter   perjudica a países y a sectores sociales de esos países y, hoy se tiene alguna claridad, también a la capacidad del planeta para sostener la vida en él. Sobre este carácter objetivo de la economía mundial se puede tener apreciaciones éticas: “resulta injusto y hasta suicida”, por ejemplo, pero la tarea político-cultural pasa por cambiarlo, no por los desafectos morales que se tengan al respecto. Ahora, revolucionar el sistema político-económico mundial no es exactamente comida de trompudos. Se tropieza, digamos, con dificultadillas.

   Parte de estas dificultadillas tienen que ver con que el sistema es mundial y esto quiere decir que tiene una expresión política local (instituciones, sectores sociales, liderazgos, medios de opinión, etcétera), caracterizable como asociada a los poderes mundiales, en cada país latinoamericano. Uno puede pensar a esa representación local de los “dueños del mundo” (con su peso político-cultural local) estructuralmente o tener una representación de clase de ella (las dos corrientes hicieron parte de la Teoría de la dependencia). Pero enfrentar el poder económico, político, cultural, militar, por citar cuatro, de estos asociados mundiales, transnacionales y locales, sigue siendo cuesta empinada. Vale recordar que la Teoría de la dependencia señala que el sistema mundial lesiona a muchos en Costa Rica (o Brasil) y beneficia a pocos en el mismo movimiento que reproduce el orden/violencia mundiales. Esto vale tanto, como apreciación básica, para la Argentina de Menem, la Costa Rica de Figueres Olsen (trajo a INTEL), o el Uruguay del Frente Amplio. Ni el derrumbe de la economía argentina, ni el crecimiento derivado de la participación de Intel en la economía costarricense, ni las políticas del Frente Amplio en Uruguay (crecimiento sostenido de la economía, logros sociales: casi el 90% de sus ancianos está cubierto por el sistema de pensiones) resultan centrales para la lógica de un economía mundial que beneficia a algunos, daña a otros y hiere el circuito de la vida en el planeta.

   Bien: el medio para el que escribe Vargas Cullel se alinea a gritos con la lógica de este sistema-mundo. Que no es injusto. Resulta dañino para muchos y para el planeta, algo distinto. Y, notoriamente, es juzgado como casi óptimo por otros.

   Otro botón: ¿desde cuándo el pensamiento de sociólogos y economistas influye en dirigentes políticos y en corporaciones económico-culturales? Todo tipo de estudiosos son llamados por los gobiernos para que expliquen a la población sus errores (si resultan particularmente desastrosos), pero ninguno lee a Wallerstein ni a Bambirra o dos Santos o a Gunder Frank. Todos esos son “comunistas” o “sucios malparidos” (que es lo mismo). El papel de los intelectuales en América Latina resulta singularmente deprimente. La Teoría de la dependencia no fue excepción. Nació alrededor de 1965 y fue enterrada en 1973. Ideas de minoría crítica (en habla oficial y cotidiana: rojos estúpidos).

   Quien estime que la última línea del párrafo anterior resulta excesiva (epítome bárbaro) lea las reacciones en La Nación S.A. al muy flojo artículo de Vargas: ignorantes y abundantes loas pasionales y furiosas degradaciones para los contados que discrepan. Un mini-botón: “La miopía e ignorancia suramericana y de algunos chancletudos de tiquicia se ajusta a eso”. El artículo de Vargas significó un llamado a un concurso de brutos.

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