Universidad Omega
N°12, marzo 2016

 


   En realidad, los trenes no pueden comportarse idiotas porque del todo carecen de entendimiento. Les fijan las líneas por donde transitar, ingenieros y mecánicos les prescriben determinadas velocidades obligatorias o vinculantes y también  determinan los pesos máximos que han de admitir. En cuanto a sus rutas específicas, nadie les consulta. Los instalan sobre rieles y ya. A caminar, trotar, correr, detenerse, jadear y continuar. Carecen por ello de los márgenes para comportarse con idiocia. Aunque los trenes tuviesen facultades mentales, tienen vedado usarlas. La prohibición vale tanto para los trenes-bala (200 km por hora hasta 500 km por hora o más en condiciones especiales) como para los muy modestos encabezados por locomotoras Apolo que prestan servicios de cercanía en Costa Rica (que se movían a menos de 40 km por hora al chocar frontalmente este viernes 8 de abril del 2016).

   Si de los trenes no puede predicarse idiocia (o sea un trastorno negativo de las facultades mentales) y tampoco puede hacerse de los espacios por los que transitan o del clima que puede acariciarlos o azotarlos, pues habría que hablar de idiotez humana, puesto que a seres humanos competen su organización y funcionamiento. Pero en Costa Rica el término chirría pesado y probablemente enfadaría a quienes se diesen por aludidos. Luego, no hablaremos para nada de idiotez sino de fijaciones con escaso tino derivadas en parte de financiamientos precarios. El asunto se lee así: un choque frontal de trenes (servicio público) en la Costa Rica del 2016, y que dejó 245 heridos, se da en el marco de fijaciones con escaso tino (de distinta jerarquía) acompañadas de financiamientos cenceños.

   Lo primero es felicitarse. De los 245 heridos sólo 5 fueron reportados médicamente como graves. Luego, dentro de la seriedad del accidente, los daños humanos no resultaron trágicos. Cooperó con esta noticia grata la lentitud de los convoyes. Fue el lado bueno de las fijaciones con escaso tino.

   Algunos diputados, interesados en remachar que la administración actual, del señor Solís, es la más mala del cosmos, solicitaron la renuncia del actual presidente del Instituto Costarricense de Ferrocarriles, un señor Guillermo Santana, porque “eso es lo que sucedería en cualquier otro país”. En realidad, la gran responsabilidad del señor Santana es haber aceptado la presidencia del Incofer y, tras estudiar la institución a su cargo, no haber suspendido de inmediato todo transporte ferroviario mientras no existiesen condiciones mínimas para que este transporte funcionara para bien de todos. La circulación de trenes fue reanudada en la administración del señor M. A. Rodríguez Echeverría en 1998. No era rentable (quizás) y perjudicaba a otros empresarios.

   Pero el Incofer actual está principalmente ligado a la figura de Miguel Carabaguíaz Murillo quien lo dirigió por casi 9 años (comenzó en la administración Pacheco y se atornilló en el cargo durante las administraciones Arias y Chinchilla). El señor Carabaguíaz al parecer tiene una adherencia infantil con el transporte ferroviario y su pasión por los trenes lo llevó a reanimar su circulación (San José, Pavas, Belén, Cartago y casi Alajuela). Hizo esto “pese a las carencias de recursos financieros, tecnológicos, organizativos y humanos” (informe de la Contraloría General de la República). O sea, corrieron trenes porque a don Carabaguíaz le dio la gana. Para un funcionario público funcionar solo con las ganas resulta fatal. Fatal para él y para los usuarios del servicio bajo su responsabilidad.

   Los trenes carabaguianos en Costa Rica se mueven sin ligamen sistémico con el conjunto del transporte público y privado. Por ello, ayudan a su entorpecimiento. Tampoco se tomaron medidas mínimas para asegurar su tránsito sin dañar calles, rutas, cruces, peatones o ciudadanos. Cero preocupación, si se juzga por los resultados. En la meseta central los trenes causan más víctimas (muertos y lesionados) que el zika, las agresiones de Daniel Ortega (juzgadas por el Ministro de Relaciones Exteriores) y más daños socio-económicos a ciudadanos que una recomendación del FMI.

   Alguien o muchos deberían replantearse la circulación racional de estos trenes. Así como corren hoy ni siquiera inspiran nostalgia (los muy numerosos gamberros les arrojan piedras). Los ciudadanos costarricenses deberían dejar de imaginar sus trenes como entes que causan accidentes, destrozos y víctimas y también son medio de transporte. Deben verlos como producciones de sus políticos. A ellos cabe exigirles un transporte público digno e inteligente. O sea, no idiota. Puede o no incluir trenes.

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