Universidad Omega,
N° 10, marzo 2016.
 

   La Nación S.A. ha cambiado su actitud editorial hacia Donaldo Trump, pre-candidato que encabeza el charraleado derby por la candidatura presidencial del Partido Republicano en EUA. Desde una benigna negligencia inicial (Trump era alguien que ponía en su sitio, no a todos pero al menos a algunos de los políticos profesionales que derrochan los dineros de los contribuyentes en beneficio propio o en asuntos sociales) ha pasado a considerarlo como un peligro para la estabilidad mundial. Hasta Putin le parece hoy a La Nación S.A. más sexi que Trump. Por supuesto para este tránsito hay que olvidar que no existe actualmente ningún “orden” mundial sino muchas y variadas violencias y desórdenes (desempleo, migrantes no deseados, Medio Oriente, por ejemplo) y que en ellas Don Donaldo tiene responsabilidad escasa y también que el Presidente de EUA no es un faraón de modo que su deseo no resulta omnímodo.  Que puede activar tragedias, sin duda. Pero otras instancias políticas, incluida la opinión pública, tienen que cooperarle. En todo caso la línea editorial de La Nación S.A. no tiene para qué preocuparse por minucias. Si se demoniza a Trump (cuestión sencilla porque el hombre hace su fuercita), resultará cómodo aplaudir los despropósitos de Hillary como “política constructiva”.

   Entre los muchos artículos que atacan a Trump (Ted Cruz y Marco Rubio no son exactamente menos cavernarios que él) en La Nación S.A. más reciente, destacó por su fiereza el del “filósofo” francés Bernard Henry-Lévy: “El mundo según Trump” (LN: 16/03/2016). Este filósofo no escatima ir al cuerpo o al rostro de Donaldo: “Veo la cara de este crupier de Las Vegas, de este vulgar payaso de feria, repeinado e hinchado de bótox, saltando de una cámara de televisión a la otra, con su boca carnosa siempre entreabierta mostrando los dientes, que no se sabe si es señal de que comió o bebió en exceso, o de que uno será el próximo en ser comido”. O sea Trump no seduce sexualmente al filósofo y ello suma para que resulte un mal candidato. El ya veterano galán Otto Guevara tendría más suerte con Henry-Lévy.

   Además de su fealdad, el filósofo francés aborrece el discurso de Donaldo: “Oigo sus juramentos, su retórica chabacana, su odio patético a las mujeres, a las que describe, según el día que tenga, como perras, cerdas o alimañas. Oigo sus chistes procaces (…) Luego, la adoración del dinero y el desprecio a los demás que viene con ella. En boca de este multimillonario artista de la estafa, con varias quiebras en su haber y posibles vínculos con la mafia, se han vuelto la síntesis del credo americano; comida chatarra para la mente, llena de ideas grasosas que tapan los sabores cosmopolitas, más sutiles, de la infinidad de tradiciones que compusieron el gran idilio estadounidense”. ¿Comida chatarra para la gente, adoración del dinero, ideas grasosas…? Henry-Lévy podría estar hablando de la existencia cotidiana en Costa Rica. Él prefiere concederle el monopolio a Donaldo.

   Bernard remata: “… vemos el rostro de una humanidad de caricatura, una que eligió lo bajo, lo elemental, lo pre-lingüístico a fin de asegurar el triunfo”. ¿Tendrá en mente a La Nación S.A. y a Canal 7? Hombre, que su caricatura es peste mundial y seguramente satura a Francia.

   En todo caso, Donaldo Trump no inventó el culto al dinero ni tampoco abrió la ruta de una vulgaridad sin seso en la política de Estados Unidos. Antes de él hicieron noticia el Tea Party, Bush Jr., Ronaldo Regan (y su consejero intelectual Henrique Kissinger). La opulencia derivada de la miseria de otros corrompe y disipa el seso, cuando se lo tiene. Tempranamente Benjamín Constant advirtió que en la sociedad moderna una existencia centrada en negocios individuales tornaba inevitables a los políticos profesionales. Poco zahorí Constant no pudo prever que el mundo de los negocios extinguiría cualquier resquicio de sabiduría política. Habría escrito: “El mundo será de los marranos”. Trump no llegó solito hasta donde hoy se ubica para vergüenza y coraje de toda la gente decente del planeta. Es un producto de la existencia contemporánea y de su versión estadounidense, hija de Europa. Tal como lo opinión pública que lo aclama y los “filósofos” que lo insultan tal vez porque ya no se les requiere como consejeros.
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