Universidad Omega,
N° 6, marzo 2016. 

 

   La segunda referencia escogida del reciente Informe de la OCDE por La Nación S.A. remite conceptualmente a la inversión pública en educación (el periódico lo considera “gasto”) y su magro resultado medido en términos locales e internacionales. El asunto se inscribe en la tesis más amplia de reducir el peso del Estado en la economía y tornar eficaz su rendimiento. “Rendimiento eficaz” en el universo de gulas de La Nación S.A. quiere decir que potencia a los grandes empresarios privados y acrecienta sus ganancias. En este campo, la referencia obligada, y torpe, es Finlandia. Finlandia tiene una población algo superior a la de Costa Rica, pero hasta ahí y un poco más llega la semejanza. El ingreso per cápita de sus habitantes ($ 34.658) es más del doble del de los costarricenses y en su territorio caben más de seis territorios costarricenses. El otro vago parecido es que Finlandia invierte el 6,3% de su PIB en educación y en Costa Rica ese porcentaje es del 6, 9% aunque debería llegar al 8%. A Finlandia se la menciona en educación porque sus estudiantes de secundaria alcanzan buenos resultados en los concursos internacionales. Los costarricenses en cambio resultan de los peores. Más “gasto”, peor resultado. Obviamente el punto referido a la inversión no es su cantidad, aunque ella juegue un papel, sino la calidad de esa inversión.

    Hagamos tres referencias a lo que sostiene esa calidad en Finlandia: los maestros y profesores reciben muy buena formación profesional (todos los profesores son postgraduados) y tienen alto status social y buenos salarios. La calidad de la formación de maestros y profesores en Costa Rica es al menos polemizable, la profesión tiene precario status (si Johnny Calamidad hubiese sido maestro no habría llegado ni a la esquina) y los salarios permiten sobrevivir. Pero la diferencia más importante es que Finlandia no permite que la educación de sus chicos y jóvenes sea negocio. No existe educación privada. Diciéndolo en costarricense: “a la educación no se la manosea con mercaderes de ningún tipo”. Hay otras distancias, además de la entera gratuidad (incluye servicios médicos) de la educación finlandesa. Por ejemplo, los maestros son escogidos por la comunidad donde se encuentra la escuela. Por supuesto, las comunidades intentar elegir a los que consideran mejores.

    ¿Se imaginan una Costa Rica sin escuelas y colegios privados? La escuela privada es uno de los factores que torna deficiente a la educación pública. En sociedades con alta desagregación social y pésimo coeficiente Gini la escuela privada (cara o carísima) “resuelve” los requerimientos de las familias adineradas. Sus hijos van a ella. Los de la “gentuza” van a la pública. Cónstese que las escuelas privadas no garantizan calidad. Lo que sí entregan es status. Y, por supuesto, existen escuelas y liceos públicos de buena calidad (pese al Ministerio respectivo), pero se trata de una lotería.

   Por supuesto La Nación S.A. no menciona que en Finlandia no se puede lucrar con la educación de las nuevas generaciones. ¡Eso viola derechos humanos!

   ¿Podría Costa Rica darse una educación como la finlandesa? Si no existiera la codicia imperante, pues tal vez. Pero como la codicia imperante va de la mano con la estupidez (sacudida por rayos de sensibilidad y discernimiento de individuos que sobreviven al ethos), a la que debe sumarse la ‘formación’ religiosa, pues difícil. Prácticamente prohibido.

   De modo que nada se sacaría con importar maestros y profesores finlandeses. Habría que importar el sentido común finlandés y sus políticas educativas. Pero para ello habría que expulsar o sepultar las estructuras político-culturales costarricenses. Imagínense: ¡La escuela nacional como lugar donde todos aprenden a pensar y sentir por sí mismos! La Nación S.A. tendría que cerrar. O renacer desemputecida.

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