Mesa de trabajo con
Yamandú Acosta y Franz Hinkelammert.
1° de diciembre 2015. Costa Rica.
   “Pensar el mundo contemporáneo. Crisis, crítica y
desafíos para “Nuestra América””
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   ZAMBA DE MI ESPERANZA  [Luis Profili]. Sueño del alma que a veces muere sin florecer.

   1.- Como el título oficial de la mesa de esta mañana incorpora “Nuestra América” entre comillas, supongo que remite a José Martí. El texto de Martí (1891) alude a unas raíces socio-políticas, a las que consideraré un complejo, aunque potencialmente tramable, lugar epistémico-político-cultural. También habla ese texto de un horizonte que es un tipo de presencia que podría construirse si se actúa políticamente en relación con él. Es un horizonte que no se esfuma o retrocede, pero que tampoco está aquí de inmediato, presente en su totalidad. Tal vez nunca lo esté. Se trata asimismo de una espiritualidad que posee caracteres distintos a los estimadas por una fe religiosa teísta. Estos elementos de Martí se hacen presentes en la indicación de una segunda necesaria independencia martiano-cubana para América Latina expresada vigorosamente en la Segunda Declaración de La Habana (1962). Ella habla de una fe antropológica radical de plurales que se movilizan en relación con un emprendimiento común aunque con metas diferenciadas. Es antropológica no solo por sociohistórica sino por su orientación hacia una eventual producción universal de humanidad (proceso).

   Hinkelammert trabajó esta última realidad, la que llamo de una espiritualidad material, como utopía y también como no factibilidad. En mi vocabulario y formulación, incluye una trascendencia inmanente a la existencia efectiva entendida como proceso socio-histórico, con sitios epistémico-político-culturales determinados (y también procesuales, en el sentido en que en ellos se autoconstituyen identidades efectivas). No sé si será obvio que esta trascendencia que conceptualizo habla de luchas populares que suponen una disipación de los universalismos y la producción de universalidades entendidas como procesos de reconocimiento, acompañamiento en emprendimientos comunes y autoestima, por citar tres de sus factores objetivo-subjetivos. Determinaré con mayor precisión un factor objetivo: se ofrece a otros sin soberbia como sentimiento/palabra/acción de emprendimientos compartidos.

   Yamandú Acosta, también en esta mesa, desea, aunque en texto de hace 9 años (“El no lugar de la filosofía en la sociedad”), que los posicionamientos de un sentimiento/discernimiento/imaginación trascendental y trascendente, por sociohistórica, al que todavía llama “filosofía”, ocupe un lugar crítico-constructivo que, aportando al discernimiento de los límites de universalismos abstractos y sus efectos de dominación vigentes se instale como factor de ruptura de su lógica de reproducción y aporte a la construcción de un contra-poder y contra-hegemonía determinados por las lógicas de una no-hegemonía, no-dominación (él añade un no-poder) como ‘ideas reguladoras’ de la emancipación universal misma”. Habla de una cierta dinámica social entre nosotros que quizás podría constituirse en esa aspiración moderna a que sea una, o varias articuladas, dinámica social, y no una divinidad, la que nos emancipe o libere. Que la divinidad no actúe no implica ateísmo alguno. Existen divinidades, o es factible imaginarlas/pensarlas, que no intervienen en la historia. El punto, por político, abre ciertos caminos, y cierra otros, en relación con el tema del sujeto humano. Por político, este tema tal vez no atraiga a los formuladores/compradores del “viernes negro” costarricense, o de otros sitios, pero plantea ciertas urgencias, normalmente pospuestas, a los latinoamericanos.

   Hablaré aquí desde mí mismo, pero en relación o diálogo con las perspectivas que he planteado.

   Una primera aclaración, por si es necesaria: “Nuestra América”, ese título, por supuesto, no es nuestra, es decir de los americanos o, más reductivamente, de los latinoamericanos. No lo fue para Martí (muerto o vivo) ni tampoco lo es, aunque no de manera uniforme, para sus casi 620 millones de habitantes en este 2015 ni tampoco lo será para sus proyectados 680 millones en el 2025. No lo es porque nosotros generamos estas personas en estas tierras, pero a la vez condenamos a sectores significativos de ellas a la pobreza y miseria, es decir a un acceso deprimido a los mercados incluido el de una coexistencia sana. Una coexistencia sana implicaría emprendimientos colectivos asumidos por sus actores como sujetos. No hablo de tareas excepcionales, aunque ellas también cuenten, si no de emprendimientos que se inscriben en la existencia cotidiana: la relación de pareja y de familia, la sesión de encuentro en un templo, la jornada de niños y adultos en la escuela, o el trato en las calles y carreteras.

   Puedo detenerme en ejemplificar: en la relación de pareja y de familia nuclear (que se traman mediante lógicas distintas) suele instalarse una recódiquica (revuelta) dominación/sujeción patriarcal de autoritarismos. En el templo católico, una traducida palabra de Dios se contesta con Amén. El mismo amén pero con minúscula reciben las instrucciones de maestras, directores de escuela y matones en los recintos escolares. Y el irrespeto, que es una expresión de autoritarismo, campea en carreteras y calles. Ignoramos estas violencias porque las practicamos e interiorizamos de modo tal que nos parecen ‘naturales’. Solo las lamentamos, aunque sin necesariamente reconocerlas, cuando ocurre un feminicidio, el suicidio de un joven o anciano, una melancolía adictiva que no se cura con nada o leemos la cifra anual de muertos y lisiados en calles y carreteras.

 Abandonando las anteriores ‘puerilidades’ (así es la vida, Helio, me dirán) “nuestra” América tampoco es nuestra porque los mercados determinan la existencia de todas las gentes (accedan a mercados deprimidos o magníficos), y de sus entornos, ya bajo la forma de una producción/venta de mercancías ya bajo la forma de un ethos económico (por demás mundial) orientado a los deseos y no a las necesidades. Ante estas determinaciones fetichizadas de la economía y la existencia cotidiana nuestras poblaciones y ciudadanos, aunque desde ángulos variados, se muestran inermes o, lo que resulta semejante, “atrapados sin salida”. El asunto vale para los oligarcas y sus servidores, el crimen organizado (¿no tienen estos dos sectores un tufillo que los acerca?), los escolares y el Chavo del Ocho y la Chilindrina cuyas existencias, las de estos últimos, se inscriben en un gueto urbano de la capital de México. En vocabulario de la década de los sesentas, las divertidas personificaciones infantiles califican de “marginales urbanos” y son expresión de una “antropología de la pobreza”.

   Cuando inscribo a oligarcas, mandatarios, obispos, generales, catedráticos y al Chavo, Don Ramón o la Chilindrina en la aparente universalidad regional de carencias no transmito, o al menos ese no es mi deseo, una versión de “pobrecitos los opulentos, poderosos e impunes”. Existe una carencia radical generalizada, nuestra manera de ser modernos, con sello latinoamericano pero en ella se expresan a la vez dominaciones sistémicas y, con ello, sus personificaciones: dominadores y dominados. En situación, las acciones de dominadores y dominados resultan de procesos complejos de modo que ambos solo pueden ser determinados si se lee/determina esos papeles a la vez en situación y como expresión de un concreto sistémico del cual las situaciones expresan señales. No existe una manera puramente empírica o casuística de comprender las relaciones sociales. Las cifras estadísticas solo ilustran pero no comunican la magnitud existencial y sistémica de los dramas. Por ejemplo, entrada la segunda década de este siglo existiría un 12% de la población de América Latina y el Caribe (más de 65 millones de personas) viviendo con alguna discapacidad. Es de suponer que esta cifra afecta particularmente a ‘sociedades’ como la hondureña (67.4%)  nicaragüense (58.3%) y guatemalteca 54.8%) donde la pobreza/miseria supera en más de 25 puntos la media latinoamericana (29%). Honduras la duplica. Y recientemente ha acelerado su descomposición mediante un golpe de Estado.

   Ubiquemos estas cifras en un planeta que parece perder su capacidad para albergar a la especie humana (e incluso a la vida), planeta donde se ‘naturaliza’ la expresión (Bauman) población “sobrante” y cuya lógica geopolítica tiende a abrirse hacia un conflicto mundial (esta vez con armamento de destrucción masiva), pero que al mismo tiempo ha producido poblaciones que “celebran” alborozadas los “viernes negros” mientras se endeudan para asistir a un eventual mundial de fútbol en Rusia en el 2018. Agreguemos un dato local: Jorge Vargas, sociólogo director del programa Estado de la Nación (Costa Rica) escribía, a finales de este mes de noviembre recién pasado, que el gran tema económico del país es la falta de empleo. Para generar este desafío concurren la muy deficiente política pública de educación, la estructura excesivamente abierta de la economía (que se traduce hoy en enclaves que no requieren del tipo de población trabajadora que el país produce) [la organización productiva genera poco empleo], la baja calidad de la inserción femenina en los mercados de trabajo y el descenso del crecimiento poblacional (si existiera oferta de empleo de calidad el país carece de población para ocuparlo). A la reflexión o constatación, añade Vargas un par de corolarios: “Es una mala idea tener a un montón de jóvenes mal empleados, ahora que enfrentamos embates del crimen organizado”, y “Un país sin empleo es una sociedad sin futuro, sin paz y sin esperanza”.

   A uno de los corolarios de Vargas acoto un comentario: en relación con el frente del desafío del crimen organizado, y específicamente del narcotráfico, el país ha acogido la tesis de EUA que este mal se enfrenta/resuelve militarizando el asunto. Ni el país, ni la región centroamericana, tienen los medios económicos ni profesionales para ganar esta guerra. No la han ganado Colombia, México ni por supuesto Estados Unidos. La militarización del desafío no parece tener futuro promisorio para el país ni para la región y el no intentar ni siquiera discutirlo con seriedad, en la región y con EUA, se abre a todos los costos de asumir algo con torpeza extrema.

   Retornando al Director del programa Estado de la Nación, mientras él estima que “Un país sin empleo es una sociedad sin futuro, sin paz y sin esperanza” los ciudadanos costarricenses miran en expresidentes, que sin duda han puesto algo más que un grano de arena en la situación dramáticamente deprimida del país, la figura por quien votar en las elecciones presidenciales del 2018. ¿Qué podrá hacerse con una ciudadanía que ni parece tener raíces sociales ni tampoco cultura ciudadana (ambas carencias impiden organizarse para tener criterio y voz públicos)? Lo vulnerabilidad de una población/ciudadanía con estos caracteres no estimo sea un dato ajeno al resto de las poblaciones de América Latina. Y tal vez también afecte a este Congreso Latinoamericano de Sociología.

   2.- Quienes convocan a este XXX Congreso Latinoamericano de Sociología lo han subtitulado “Pueblos en movimiento: un nuevo diálogo en las ciencias sociales”. El término ‘pueblos’ es polisémico: puede significar, por ejemplo, el conjunto de los ciudadanos. También puede designar, por separado o articulados, a los sectores sociales que sufren dominaciones sistémicas, o sea dominaciones que no son  casuales sino que se materializan para que el sistema social se reproduzca en “beneficio” de algunos y perjuicio de otros. En todo caso “los pueblos pueden ser movidos…” por ejemplo, por un viernes negro, por el fetichismo de las mercancías anudada a una economía de deseos, o pueden moverse desde sí mismos (esta expresión implica que han logrado darse algún tipo de autonomía que supone integraciones personales). No percibo a los pueblos latinoamericanos, ya se trate de ciudadanos o de sectores sociales que sufren asimetrías sistémicas, moviéndose por sí mismos ya sea que este sí mismo tuviese como determinante sus raíces sociales (femenino-indígenas rurales, por ejemplo) o sus identificaciones ciudadanas que podrían expresarse en un sufragio responsable o en un ethos ciudadano que transformase cualitativamente la existencia cotidiana. El punto es: si la autonomía de los sectores populares o ciudadanos no altera significativamente la existencia cotidiana, entonces ellos no se están moviendo por sí mismos. Si no se mueven por sí mismos, esta América sigue siendo de Otro u otros que representan a ese Otro. Este Otro puede ser un dispositivo al que en realidad no le interesan los seres humanos.

   Sin embargo, este trigésimo Congreso, o al menos sus organizadores, se abren a cuestiones que consideran más importantes porque condensarían de alguna manera “signos de los tiempos”. Reproduzco las de su primer párrafo: “¿Cuánto se ha avanzado en América Latina en el combate a la pobreza y la desigualdad? Según CEPAL, menos de lo deseado y necesario. Y eso que la primera década de este siglo resultó favorable para economías como las nuestras centradas en la exportación de commodities (mercancías con poco valor agregado). Además existe poco interés por discutir las determinaciones político-culturales desde las cuales establecemos nuestras pobrezas y desigualdades. Se ve al empobrecido desde una óptica económico-social (carece de poder adquisitivo para pagar una canasta básica, por ejemplo) y no desde un punto de vista político-cultural: ¿en qué consiste política y culturalmente ser producido como empobrecido en América Latina? Se trata de la cuestión del sujeto negado, del ‘otro’ o del alien. ¿Pauperizan o apoderan en cuanto sujetos las religiosidades a nuestras poblaciones?  ¿Y las familias?

   Se preguntan quienes convocan a este Congreso: ¿Cuánta participación tienen los movimientos sociales en los gobiernos progresistas? Pregunta complicada porque la noción de “participación” es polisémica. Uno participa de la lluvia porque “se moja”. Pero también puede participar de ella porque resuelve no mojarse (esto quiere decir le da carácter a la lluvia: no me mojarás, maldita). Además se puede participar o directamente o mediante delegados o representantes. En América Latina delegados y representantes rápidamente devienen autoridades. Y en nuestra tradición político- cultural, autoridad es mala palabra. O debería serlo. Y dejamos de lado que los “movimientos sociales”, al menos los populares, en cuanto tales, por definición, no “están” en los gobiernos. Pueden ser interlocutores constructivos (implica críticos) de ellos, pero no hacen parte del gobierno. Y sus representantes, cuando son nombrados como parte del Gobierno, dejan de ser parte de los movimientos porque ahora son funcionarios estatales.

    Todavía los organizadores del 30 Congreso se preguntan: ¿Por qué aún en estos gobiernos progresistas proliferan tantas luchas, tantas resistencias, tantas acciones colectivas? Y ¿Por qué el Estado de derecho pretende inmovilizar las luchas por los derechos? Ustedes pueden perfectamente, por sus experiencias y por lo que hemos aquí indicado, contestar estas preguntas. Pero me referiré someramente a la segunda cuestión: ¿Por qué un Estado de derecho pretende inmovilizar las luchas por los derechos?

   Un Estado de derecho existe básicamente para reproducir un determinado orden social. Un determinado orden social puede contener, de hecho contiene, violencias contra sectores sociales. De modo que todo ‘Estado de derecho’ recibirá demandas por derechos derivadas de los sectores que estiman que el estado de cosas les hace violencia. Las mujeres, por ejemplo, o los pueblos y culturas indígenas originales. Los opulentos e impunes pueden juzgar asimismo sectorialmente que el orden no los potencia para alcanzar máximos de ganancia. Y protestan en la prensa o se rebelan o ganan elecciones “democráticas”.

   Un alcance histórico. El Estado de derecho del clima político “desarrollista” podía admitir demandas de derechos hasta cierto punto. Por ejemplo, de sectores campesinos por una reforma agraria propietarista pero no latifundaria. O por una transformación estructural del sistema educativo público. Pero ese Estado ya no existe. Los Estados latinoamericanos actuales son factor de una constelación transnacional de poder, no ya impulsores de desarrollo nacional alguno. Como tales factores su tarea central es asegurar que los contratos explícitos e implícitos, propios de la mundialización en curso, se cumplan. No debe hacerse “olitas” a estos contratos. De modo que las demandas de quienes en un clima desarrollista eran si no escuchadas al menos permitidas y resonaban, en la sensibilidad de un crecimiento económico que es función de una acumulación mundial (o sea de determinadas formas de propiedad y apropiación mundiales) no son de recibo en términos absolutos. Por supuesto los términos absolutos en las relaciones humanas difícilmente se alcanzan. Perro se hace el intento. En Costa Rica una dama que llegó a ser candidata a la Vicepresidencia de la República llamó, en el momento que se iniciaba la guerra global preventiva contra el terrorismo, a los sindicalistas locales, “terroristas pasivos”. Los quería muertos, aunque no estuviese enterada de sus propios sentimientos.

   Precisamente de esto podrían encargarse mesas permanentes de discusión y trabajo: de lo que social y políticamente constituye nuestran representaciones, sentimientos y deseos, y de cómo podríamos superarlo, por carencial/ruinoso. Me parecería un buen tema para el Congreso. Y de él se han ocupado Acosta e Hinkelammert.

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