Noviembre 6, 2015.
Facultad de Letras, UCR
  

    A inicios de noviembre de este 2016 la editorial Arlekín presentó un libro de mi autoría, “América Latina. Producir la Torre de Babel”, en el auditorio Roberto Murillo Zamora (Facultad de Letras) de la Universidad de Costa Rica. Como no se me informó del detalle de esa actividad, preparé unas notas sobre la ocasión y contenido del texto. Pero la actividad tomó un curso diverso porque la inició un lector del volumen que, inevitablemente, dictó parte significativa de lo que pudo ser una conversación. Este artículo recoge lo que imaginé inicialmente sería mi intervención. Versaba sobre lo que considero sustancial para la comprensión del libro recién editado y, en menor parte, precisa alguna cosa (surgida desde lo que se dijo en el auditorio) que quizás convendría aclarar para algún lector eventual del libro muy generosamente puesto en circulación por Arlekín. He combinado estos aspectos y muestro su ligamen relativo con la numeración de los párrafos. Un entero cerrado indica siempre la propuesta inicial. Un entero acompañado de otro número corolario (1.1. por ejemplo) cuestiones surgidas esa tarde/noche o imaginadas posteriormente. No siempre los números con corolario resultan claramente seguidos del numeral entero. Esto porque los discursos humanos y sus debates, sin ser necesariamente fragmentarios o paralelos, no configuran nunca, por suerte, un sistema perfectamente cerrado.

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  1.- El nombre “América Latina: Producir la Torre de Babel” se sigue de un texto de la Biblia. Está en el inicio del capítulo 11 del Génesis. Me imagino todos conocemos  alguna versión de él. Se trata de un mito del pueblo hebreo de entonces. Como a mí de niño y joven me instalaron en un colegio católico conozco algo de la narración por  las referencias fragmentarias que se hacían de ella en el Colegio. Siempre me llamó la atención que la divinidad a que se aludía en el relato era extraña. Sospechaba de los seres humanos a los que él había creado. Y los dispersaba, aunque no quedaba claro si como castigo o como avance positivo de futuros (o sea de diversidades buenas por útiles para todos). Ya más tarde, a las 189 años de edad, lo leí y me encontré con una sorpresa. El texto (al  menos en una de las traducciones, la de la Reina Valera), no habla de la construcción de una torre que ‘llegara hasta el cielo’, sino de una ciudad en la que figuraría esa torre.

   En mi opinión no es lo mismo construir una ciudad en la que figure una torre que una Gran, por su altura, Torre a secas. Si usted construye una ciudad genera familias, ciudadanía (disculpen el enfoque moderno), amistades y desencuentros que pueden transformarse en conflictos. Si usted solo construye la torre, los trabajadores e ingenieros, y quienes hacen la comida o reparten el agua (ya sean varones o mujeres), pueden provenir de diversos lugares y tener una relación más epidérmica (casual o situacional) que no implica “polis’ (virtud) común alguna.

   Entonces el título de mi libro es muy malo: debió llamarse “Producir una ciudad en que se levante una Torre de Babel. O mejor: varias”. Pero este título tiene el problema de contener demasiadas letras. Como título de una publicación no sirve porque hay que añadirle las letras del nombre del autor y el nombre de la editorial (en este caso el autor exige que su nombre vaya en letras muy grandes y la editorial tiene como norma que su nombre y sello aparezcan al menos tres veces). Estas últimas observaciones son bromas. En fin, son muchas letras. Pero la observación conceptual es correcta. No es la misma sociabilidad  la que se construye cuando se hace solo una torre (o una choza) que cuando se empeñan los seres humanos en construir una ciudad dentro de la cual se escribe esa torre o choza.

   El libro habla entonces de habitar humanamente (o sea políticamente) la tierra. Y la imagen referencial es la que en esa construcción humana quizás nos diera por levantar entre todos una torre que ‘alcanzara el cielo”, empresa obviamente no factible pero si imaginable.

   De forma para nada casual “Habitar la tierra” es el nombre de un  libro mío que tiene una edición colombiana (1997) y una mexicana (2004), más amplia esta última.  No creo se conozca en Costa Rica. “Habitar la tierra” fue escrito a petición de las gentes de organismos no-gubernamentales que se reunían continentalmente con el nombre de Asamblea del Pueblo de Dios (se trataba de los sectores más empobrecidos de las sociedades latinoamericanas que realizaban sus esfuerzos de sobrevivencia biológica y resistencia político-cultural en dialogo con estas ONGs), y también de franciscanos pobres de algunas de sus provincias mesoamericanas y sudamericanas a las que se añadió posteriormente, como parte de su celebración de 35 años de existencia, el Centro de Estudios Ecuménicos de México. México, como ustedes saben, es extenso y diverso, y este Centro, de comunicación, con poca gente, trataba y quizás trata, de atender muchos frentes. Ignoro si todavía existe.

   Luego este libro “Producir la Torre de Babel” resulta de un interés de larga data y que he abordado desde distintos ángulos y siempre en diálogo con gentes que me han tenido en cuenta para discutir sus necesidades y sueños y esperanzas. En cuanto los universitarios y los ciudadanos se sientan interpelados por estas gentes, no para tenerles lástima sino para crecer con ellos, entonces es un libro para universitarios y ciudadanos. Si no, no lo es.

   1.1.- Alguien podría creer que porque se menciona un texto del Génesis, y por ello la Biblia, este anciano realiza hermenéutica bíblica. Estaría equivocado quien piense así. Utilizo un documento bíblico porque textos como éste hacen parte de una cultura difusa de nuestros pueblos, aunque sus gentes no hayan tenido nunca una Biblia en sus manos (y tal vez ni sepan leer). Igual podría utilizar una anécdota de Condorito. Pero ya en esta sala debe haber varios o muchos que no saben nada de Condorito. En cambio de la Biblia, de Adán y Eva y quizás hasta de la Torre de Babel algo se han enterado.

   Ahora, el mito hebreo de la Torre de Babel (y su lectura católica posterior) es un relato identitario de ese pueblo en esa época. Es un mito porque afirma como existentes y sabidas condiciones de existencia humana originaria que, tenemos claro, nunca existieron. Y es mito identitario porque habla del, o un, Dios de Israel. Contra esta divinidad nada ni nadie. También sabemos que se trata de un relato mítico porque los que trabajan en la ciudad y la torre habrían seguido trabajando aunque hablasen lenguas distintas. Se habrían entendido por señas y con el tiempo habrían transformado esas señas en una lengua (entendimiento común).

   Por lo tanto el libro que edita Arlekín ni se ocupa de hermenéutica ni de exégesis bíblica ni se inscribe en una Teología latinoamericana de la liberación. Surge y se inserta, o al menos eso pretende, de y en las necesidades político-culturales de nuestros pueblos latinoamericanos y apela al imaginario de sus sectores producidos como más vulnerables.

   Ahora ustedes y yo también hemos sido producidos como vulnerables (¿quién no, en “este valle de lágrimas”?). Pero tal vez no lo resintamos porque no nos damos excesiva cuenta de ello. Si ustedes se sienten/saben vulnerables, este libro también se escribió para ustedes. Pero no para que se lo aprendan. He instalado esta observación para que la gente del grupo Arlekín estime le hago propaganda al libro.

   2.- Por lo demás, el libro no se llama “Producir la Torre de Babel”, sino “América Latina: Producir la Torre de Babel”. Ya dije algo de la primera parte del título: “América Latina”. Quiero dedicarle, esta tarde-noche y con ustedes, otra mirada. Reiterando la fórmula, considero que el nombre propio ‘América Latina’ disimula la existencia de un subcontinente que comprende regiones, países y poblaciones altamente desagregadas y muchas veces enfrentadas. Menciono un alcance que no desarrollaré. De la desagregación social y de los enfrentamientos muchas veces ideologizados (y por ello no reconocidos) se siguen costos de integración subjetiva.  Desafíos identitararios, digamos. Por ejemplo, imaginamos que, entre nosotros, haber sido instalado como profesor universitario o como autor de un libro confiere algún tipo de autoridad. Entre nosotros lo más común es que la autoridad se ejerza contra otros, para menguarlos. 'Autoridad' se traduce para muchos como 'amenaza'.

   Vivimos y padecemos sociedades cuyas poblaciones (y dirigentes políticos) no logran ponerse de acuerdo (en realidad ni siquiera aceptan conversar) sobre asuntos/desafíos básicos de coexistencia. Es cierto que estos tiempos son de rapiña y guerra exacerbadas por la gula del mercado. Pero lo nuestro no es de ahora. Es factor constitutivo de nuestras falsas sociedades.  Esta conversación se da en Costa Rica. Unos cinco millones de personas la habitan. Y sin embargo sus poblaciones de la meseta central y las de sus costas atlántica y pacífica ni reciben el mismo trato político ni tienen iguales oportunidades para producirse como costarricenses. Pueden imaginarse Brasil (algo más de 200 millones) o México (algo más de 120 millones). Las desagregaciones las he ejemplificado como áreas geográficas, pero aun cuando ellas existen, no son las más significativas. Las más inquietantes son las que se siguen del ethos complejo, o sensibilidad social, dominante. Entre nosotros se dan poderosos sólidos e impotentes frágiles, opulentos ciegos y empobrecidos que prefieren no ver o cuyo llanto no se los permite. Producimos opulencia obscena y miseria también obscena. Ambos fenómenos hacen parte de nuestra existencia cotidiana ‘natural’. Por supuesto, no es natural. La hemos producido. En este momento en Costa Rica los medios más poderosos y un sector de la población atizan una guerra contra los trabajadores públicos organizados y sindicatos. Un comentarista ilustrado divide el país en costarricenses (bien nacidos) y “ticos” (hijos del Gran Dragón). Un suceso, un fisgoneo que un hombre más (o menos) que adulto hace de una transeúnte en la calle y su denuncia mediante un video elevado a Internet, acarrean disputas internas quizás insalvables. La sensibilidad dominante esfuma a la mujer acosada (quien tampoco denuncia), el varón joven que filmó el acoso sufre un asalto de criminales, el signado como varón acosador pide perdón públicamente, pero no se excusa ante la mujer agredida, y asegura no haber filmado nada, se trata de un malentendido. El hombre joven acuchillado no termina de recuperarse en el hospital. Algún sector de la población no atribuye mérito a su acción porque se trata de un “varón” y, como se sabe, todos los varones son “hijos del Gran Dragón”. Por lo demás, jurídicamente el acoso contra una mujer en la calle es solo una contravención. Es decir este país pequeño y con una población manejable para sus recursos y capacidad creadora padece de desagregaciones derivadas del machismo y éste se expresa de formas muy variadas en la legislación, la existencia cotidiana y las guerras locales entre mujeres y varones. ¿Será necesario añadir las desagregaciones que se siguen de la negativa de inspiración religiosa cristiana a legislar para que resulte factible la fecundación in vitro? ¿O los alegatos públicos acerca del seguro hundimiento de la sociedad costarricense si se le da respaldo jurídico a la pareja y familia homosexual? Ni siquiera el fútbol, mejor o peor jugado, pueden admirar los costarricenses sin desagregarse en bandos que se odian. Saprissistas contra alajuelenses. Alajuelenses contra saprissistas. ¿Y la fobia contra unos, por lo demás, inexistentes “comunistas”? ¿Y el racismo?  No faltará alguno o alguna entre ustedes que diga para sí: yo he sentido que los profesores universitarios me odian, acosan, temen. O la que estime que en su ‘hogar’ no fue suficientemente estimada y protegida y acompañada. Termino con este recordatorio de lo patente de nuestras desagregaciones y acosos, que debería ser obvio, pero no siempre lo es.

   Costa Rica, a su manera, de forma semejante a lo que han hecho las otras sociedades de América Latina, no ha construido su nacionalidad desde una ciudadanía igual (determinada por la legislación) con base social diversa, sino desde distancias y rupturas sociales desde las que se enfrentan etnias o tribus (para nada internamente integradas): mujeres y varones, rurales y urbanos, adultos y niños, jóvenes y ancianos, opulentos y pobres/miserables, meseteños y costeños, “blancos” y “de colores”, ilustrados e ignorantes, bellos emprendedores y viciosos inútiles, zánganos, sindicalistas.

   Se trata de una herencia/traspaso colonial. No la hemos superado. Tampoco la ha superado Chile. Ni México. Etc. Entonces, no se trata de una desatención de la Virgen de Los Ángeles.

   Tampoco nos facilita superar estas desagregaciones, y los enfrentamientos que contienen, la situación del mundo actual. Remito a autores extranjeros con diverso tipo de autoridad. El historiador inglés, Paul Kennedy, ha escrito en su “Hacia el siglo XXI” (1995) que en la dinámica del mundo actual África resulta un continente perdido. No integrable. La segunda área que la tiene difícil es América Latina. En un versito: no damos la talla que exigen los tiempos: ni producimos con eficiencia ni consumimos con opulencia. Al mismo tiempo malogramos un territorio que alberga muchas riquezas. Kennedy añade una condición para que no corramos la misma suerte que los africanos: que Estados Unidos nos cobije piadosamente con su ayuda. Si Kennedy viviera por acá sabría que su apreciación sobre este vínculo fraternal suena a chiste. Con menor prestigio intelectual (¿qué significará esto?) La pareja Toffler, Alvin y Heidi, redacta en su “Las guerras del futuro. La supervivencia en el alba del siglo XXI” (1994) que el nacionalismo extraviado y los económica y socialmente producidos como empobrecidos no tienen cabida en el siglo XXI. Serán aislados y acabados (ellos son los únicos responsables por su suerte) en este siglo. Costa Rica no padece de nacionalismo alguno, excepto el de la Sele, dirán ustedes, pero sí contiene empobrecidos económico-sociales y culturales. Y hace parte de un área de empobrecidos (América Central) con distantes pero sólidos discursos ‘nacionales’: Nicaragua y Guatemala, por ejemplo. Se trata de población sobrante, superflua, para recordar a Bauman, para una “tercera ola” civilizatoria moderna. Los Toffler utilizan como uno de sus ejemplos de que “…los opulentos poderosos quieren separarse de los empobrecidos” a Brasil. No digo que tengan razón. Digo que desean tenerla. La candidatura de Donald Trump, un “empresario exitoso” resulta así, además de planetariamente descabellada, un síndrome político-cultural. También lo es, y no para compensar, el monoteísta Estado Islámico. Samuel Huntington, a veces co-guionista del Consejo de Seguridad de Estados Unidos, se despachó con su “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial” (1996) y aunque, según Huntington, nuestros políticos nos harán ir a la guerra (es un decir) a favor de los “buenos” (Occidente), cuando éstos ganen no figuraremos entre los “winners”. La razón es que no somos “adecuadamente occidentales”.

   Y nosotros aquí desagregados y enfrentándonos de nada y de todo, despreciándonos como si el mundo no se fuera a acabar o no se hubiera acabado ya (tesis de algunas peculiares Filosofías de la Historia) y Arlekín editando un libro escrito por un nadie de un subcontinente ya perdido en sus desagregaciones y ustedes asistiendo a su presentación en un recinto universitario. ¡Cuánto desperdicio! Y todavía algunos sostienen que son las convenciones colectivas en el sector público (el único que ha tolerado que los trabajadores se organicen) las que han labrado la ruina de Costa Rica. Pareciera más bien que entre todos sociohistóricamente hemos venido labrando esta ruina. Algún Filósofo Decisivo ha de haber sugerido que apestamos. Y un clérigo se convenció de que éramos un lugar y población perfectos para desear ser parte del cuerpo místico de Cristo.

   Aunque no lo dice así, el libro “América Latina: Producir la Torre de Babel” se interesa por esta ruina que hemos venido con constancia produciendo los latinoamericanos. Y ya no se trata de nuestra no superada Colonia, sino de un no-factible futuro desde un muy estólido presente. Estólido, pero eso sí, con universidades y fútbol. Ambos, cada vez más mercantiles.

   Pese a su apariencia bella, mérito de la editorial, entonces, se trata de un libro feo. Y de una alerta. Podríamos desaparecer en el siglo XXI. Por feo, si alguien lo leyera (que es también una esperanza de los editores) podría arrojarlo como un eructo. Nada que no pueda remediarse con una convivencia y un vino después de la presentación.
   
   3.- Superado el título del libro (imaginen leerlo entero) recojamos algo de lo que lo sostiene, porque los libros suelen tener, advertida o inadvertidamente, algo que los sostiene, una perspectiva, o varias, digamos. Menciono, no exactamente al azar, dos: (i) la distinción entre ‘universalismo’ y universalidad. En el libro ‘universalismo’ es mala palabra (disvalor) por su carácter ideológico, esto último en el sentido de una afirmación/acción política a la que no le resulta factible alcanzar sus metas explícitas. Ejemplos de universalismos son el imaginario de una “paz perpetua” (Kant) o el de derechos humanos en las propuestas iusnaturalistas o iuspositivistas occidentales. Los diversos humanismos se han venido constituyendo asimismo como universalismos. Y los universalismos suelen utilizarse para vender (promocionar) una única y no deseable humanidad inexistente. En más ejemplos, existen universalismos epistemológicos que remiten a una racionalidad humana, universalismos cristianos religiosos (el de Pablo de Tarso, en su lectura eclesial-sectaria) o políticos en los que el Estado es el cuerpo de la razón como Espíritu que va encontrándose a sí mismo, o uno de las relaciones sociales fetichizadas como el transmitido por la universalidad efectiva de las mercancías (que hace parte sustancial de la situación actual). Aunque los planteamientos de los evangelios sinópticos puedan ser transformados en un universalismo (y así lo fueron), también contienen la posibilidad de una lectura diferente a partir de su propuesta del prójimo: el prójimo es siempre un otro reconocido en situación. De aquí puede seguirse una universalidad que ha de ser construida por diversos o distintos que se reconocen y acompañan sin producir entre sí vínculos de dominación sistémicos (algo así como jerarquías inalterables). Es lo que se narra en la parábola del samaritano. El samaritano ayuda, pero el judío lo reconoce como persona humana y acepta la ayuda (podría haberla rechazado). Entonces judío y samaritano crecen, porque entre ellos se da un emprendimiento común, al que ambos aportan desde su diversidad. Crecen en su capacidad de comportarse/ser humanos. Crecen en humanidad. Debo aclarar que en las traducciones españolas de la Biblia que he leído el relato del evangelista Lucas no menciona que el herido sea un judío, pero del conjunto del texto puede desprenderse razonablemente que lo sea. Si no lo es, tanto peor para Lucas. Y resulta apropiado desalojar de la parábola del samaritano y el judío herido todo universalismo derivado de un alma común. Se trata de acciones (comportamientos) de distintos, y enfrentados, en situación. En todo caso el libro "América Latina: Producir la Torre de Babel" se ocupa de una universalidad humana posible y deseada (que supone diversos y hasta encontrados) como algo positivo y de los universalismos como algo negativo. Examina sumariamente por ello prácticas e instituciones (y sus lógicas) que nos separan y también algo de lo que podría hacer que nos reconociéramos en emprendimientos comunes aunque seamos/nos sintamos (y nos hayamos comportado) diversos, distintos. Se trata de procesos con horizonte, no de algo que se esté dando o se haya dado.

   Ustedes y yo aquí esta noche, en otro ejemplo, nos topamos exteriormente en cuanto somos diversos. Pero la exterioridad que experimentamos es social y políticamente producida. Si es social y político-culturalmente producida, entonces quizá podríamos (y tal vez deberíamos) cambiarla. No se trata de un imperativo (ético) ni tampoco el libro ofrece una receta para este proceso político-cultural. Lo que dice, es: “Mira, lo hacemos en estos campos así. Podríamos intentarlo de otro modo”. No se pretende que sea fácil. O que sea solución para todos y para Todo. El anciano no predica solución alguna. Esto porque las soluciones hacen parte de procesos en los que deben participar todos o casi. Es la ciudad de la Torre de Babel. A diferencia de lo que predica Popper, en esta ciudad abierta y quizás factible no existen enemigos. Se convierten. Nadie los convierte. Se convierten. El planeta requiere hoy una única humanidad de diversos no enfrentados.

  (ii) En relación con el punto anterior, el libro se sostiene en la determinación de  un lugar epistémico-político vario pero con un rasgo común: los producidos económica, social y político-culturalmente como empobrecidos y, por ello, puestos en situación de vulnerabilidad. No hago una fenomenología de ellos (eso requeriría montar un costoso Instituto de Investigación que nadie financiaría), pero es un referente que acompaña mi producción ensayística desde hace mucho. El más claro intento se hace presente en Fenomenología del mestizo publicado en el ya remoto 1993. A esos colectivos determinados social y política y culturalmente como ‘vulnerables’ suelo llamarlos sectores (e individuos) populares. ‘Popular’ es una categoría de análisis, no un término. No los voy aburrir con su explicación y, tal vez, su conflictividad. Solo quiero añadir un dato: en las diversas expresiones de las sociedades modernas todos resultaríamos vulnerables debido a que la lógica determinante de su constitución y reproducción se deriva de una fetichización mercantil saturante. Por eso, “pobrecitos los Opulentos y los Ejércitos y los Obispos”. Eso podría resultar cierto en términos sistémicos y abstractos, pero no situacionales. En situación, los Opulentos matan, o destruyen toda posibilidad de una Torre de Babel, los Ejércitos aplastan (y en América Latina no exactamente a otros militares) cualquier gestación de torres de babel y los obispos en sus templos matan hasta cuando roncan su siesta. La lista de liquidadores es más extensa. Al matar y despreciar, los victimizadores generan resistencias. Los sectores populares aparecen constituidos en procesos y escenarios de quienes se resisten a morir, a ser asesinados o a producir y matar vulnerables. Ese es mi lenguaje. Entonces un opulento podría ser parte del pueblo si se resiste a matar y morir. Y un vulnerable podría resolver alquilarse para matar, explotar y rebajar a otros como él. Un opulento e incluso un obispo que desea trascender en cuanto ser humano que se empeñó en construir torres de babel hace parte de los sectores populares. Difícil, pero factible, o al menos imaginable. Y la Universidad podría, quizás conflictivamente, contener sectores y lógicas que en la práctica se niegan a matar y morir sin asumir/apropiarse de sus significados posibles. Y lo mismo podría ocurrir en las familias. Sí, en este enfoque del libro las familias pueden ser entendidas como espacios de destrucción y muerte intrascendentes (que no quiere decir sin importancia excepto para quienes mueren). ¡Qué libro más degenerado! Pero lo que se apunta es que si las familias se han constituido como espacios de destrucción, avasallamiento y muerte, también podrían dejar de hacerlo. A ese 'dejar de hacerlo' se le considera un primer momento de “producir la ciudad donde se erige una torre de babel”. A este primer momento convoca el libro.

   “América Latina: Producir la Torre de Babel” se pronuncia sobre acciones en procesos, sobre ciertas instituciones y sus lógicas. Sobre nosotros como individuos sociales. Avanza discusiones y en ocasiones parece cerrarlas. Pero el cierre es también parte de un proceso. Al menos ésta es la intención de quien lo escribe. No se trata de un rasgo neurótico personal. Creo haberlo aprendido, ojalá haya sido así, de grupos y personas populares muy diversos. Todos ellos han sido mis samaritanos. El libro lo han escrito ellos. Yo lo firmo.

   Precisamente porque lo han dictado estas gentes el libro versa sobre acciones humanas y sus institucionalizaciones y no sobre discursos (hablas) en relación o acerca de ellas (aunque no se los pueda evitar). Por ejemplo, distingue en el campo de la religiosidad humana entre sentimiento religioso, iglesias sectarias y aparatos clericales. Se trata de distintos planos de institucionalización. También habla sobre sexualidad, para muchos algo difícil y apremiada por temores, pero a la que se valora asimismo como experiencia humana inevitable y sabrosa-lúdica creativa cuando no es leída únicamente en codificación binaria porque entonces escinde a mujeres de varones y a éstos de aquellas y termina aplastando a las primeras (el primer momento consiste en el patriarcal aplastamiento humano de ambos, o sea de las parejas o grupos de cualquier tipo).

   Me intereso asimismo en la mundialización de la forma-mercancía expresada culturalmente en una economía del deseo que tiende a esfumar las necesidades (de las gentes y del planeta) y estratifica a las poblaciones por su capacidad de acceso a los mercados en poblaciones sobrantes y también en mercados de quinta, cuarta, tercera, segunda y de Brad  Pitt o Donald Trump o Paris Hilton. En el mismo proceso genera una sensibilidad que cultiva la idiotez con una pasión que no es jugando. Esta economía del deseo se vincula con una cultura del ‘espectáculo’ que decreta que si se ha pagado el tiquete todo es un show, nadie es responsable, y todo vale. Es una versión charraleada del cuerpo místico de Cristo. De esto trata el libro.

   3.1.- Me dicen, en términos críticos y algo (o mucho) despectivos, que “América Latina: Producir la Torre de Babel”, el libro, no habla de Filosofía, o la habla  de mala manera, ni cita a filósofos. Pero ocurre que aunque yo ejerzo como profesor de Filosofía en una Escuela de Filosofía, y gano así un salario cuya legitimidad es puesta en duda, hasta el momento, solo por Otto Guevara, el libro no lo escribe un  funcionario universitario, sino un anciano al borde de la muerte cuyos interlocutores preferidos (dentro del campus y fuera de él) son los estudiantes y ciudadanos que hemos producido, entre todos, como vulnerables. Este tipo de elecciones, para nada populistas, no debe vencerlo ningún salario. Este libro no lo publica la Universidad de Costa Rica. Y aquí están algunos de los editores y ellos pueden desmentirme de inmediato: entre presentarlo en el Farolito y este Auditorio mi preferencia era por el Farolito. Precisamente porque me parecía menos autoritario. Menos. No no-autoritario. Es un recinto del Estado español. La decisión de los editores, que son muy generosos conmigo, fue aquí, en el Auditorio. Y yo digo que sí, y no estoy aquí a la fuerza ni me siento incómodo, porque algunos segundos de cada día los jueves de cada mes me experimento agradecido.

   Y ustedes llegan. Ignoro por qué, pero llegan y llenan el auditorio. También les estoy agradecido. Y les pido se aplaudan a ustedes mismos porque son más que yo, llegan desde y a muy distintos sitios y tienen todas las condiciones (que se van perfilando día con día) para ser los mejores e invitar a otros a serlo. Muchas gracias. Y no olviden comprar el libro porque los endeudados editores me han insistido que lo repita infinitas veces. Les quedo, como siempre, debiendo.
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  Conversación

   Leyla (Chile).- He conocido algo de su pensamiento por vía de Le Monde Diplomatique en su edición chilena. Me interesó su versión de la producción de una o muchas Torres de Babel. Supongo influye en ella la dictadura militar chilena. Ahora, ¿qué ocurre con Dios en su lectura? Yo tengo sentimientos religiosos. No asisto mucho al templo, pero tengo sentimientos religiosos.

   HG.- Le agradezco la atención, desde tan lejos. No está usted sola en su expresión de una religiosidad sentida pero que no se nutre particularmente de liturgias y propuestas doctrinales, sin que esto implique indiferencia social, política o humana. Muchas otras personas comparten con usted esta actitud en América Latina. Imagino también ocurre en otros lugares del mundo. Ahora, el Dios del mito hebreo en la narración específica (y para quien no se especializa en lectura bíblica) es exactamente eso: el Dios en el que se obliga a creer el pueblo de Israel, no importa la causa ni las consecuencias que pueda alcanzar esa creencia. Es una divinidad que los ha elegido para estar/ser en el mundo. O si se prefiere, para dominarlo. Como se trata de un relato muy breve e inserto en el linaje del pueblo hebreo, la figura resulta, al menos para mí, ambigua. Los constructores de la ciudad y de la torre en ella desean evitar los conflictos que pueden provenirles con independencia de su voluntad (diluvios, terremotos, etcétera), pero no pueden eludir los que se derivan de las relaciones entre ellos. Por eso esta divinidad les envía lenguas y ellos se desagregan para poblar conflictivamente, y de distintas maneras, la tierra. Usted advierte que el relato posee vertientes negativas y también constructivas o positivas: si los conflictos que dividen y enfrentan a los seres humanos provienen desde ‘dentro’ de ellos mismos, entonces resultan superables por ellos mismos (incluye superar la voluntad divina). O, dicho en breve, en el proceso de superar conflictos generados en la coexistencia de diversos, ni la divinidad puede oponerse (excepto operando desde un ‘exterior’ a ellos).

   La lectura constructiva la torna factible el relato, en su ambigüedad. La lectura tradicional (o sea la que católicamente me enseñaron) es que Dios castiga la soberbia humana: contra Dios nada. Si él se irrita o sospecha, divide y empequeñece, convierte en sal, atiza guerras o crea enfermedades. Cuando recién apareció el Sida, no faltó quien “piadosamente” lo determinara como un castigo de la divinidad para matar a los homosexuales. No parece una divinidad especialmente interesante si se la pone en relación con una inevitable diversidad del fenómeno humano. Puede resultar valioso para otras cosas: sostener 'naturales' identidades privilegiadas, por ejemplo. Yo habría preferido que la divinidad de ese episodio hubiese castigado a los constructores de la ciudad y de la torre por utilizar trabajo esclavo, por someter a sus mujeres, por venderles el agua a sus trabajadores sedientos (si hubiese habido empresarios) o por querer utilizar la torre no para eludir diluvios sino para bombardear desde su altura otros territorios y otras poblaciones. Esa divinidad me habría resultado más simpática. Pero es obvio que a Dios le tiene sin cuidado lo que me simpatice. Lo creo normal. Yo tengo muchos defectos. Tal vez me apenen, pero suelo reincidir en ellos.

   Algo se me escapaba: pienso que ningún chileno de mi edad puede dejar atrás u olvidar la dictadura empresarial-militar chilena. Pero tampoco, en mi caso, puedo desconectar esta dictadura de la fragilidad política de la Unidad Popular. En esta última, aunque fueran mínimas, no resulta aconsejable decretar amnesia para mis responsabilidades.
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