Universidad, noviembre,
2015.

  Aprovechando los ‘Idus’, en este caso de Octubre, el Semanario Universidad (o su Director, Ernesto Rivera, que no es exactamente lo mismo) abrió un espacio de Ideas y Debates con el que se propone “abordar periódicamente los grandes temas nacionales y el debate con profundidad y con pluralidad de las ideas” (Universidad, N° 1208). Lo inauguró con lo que llama “tema del acoso callejero”. El debate en este caso no resulta en exceso plural ya que sus protagonistas (tres damas y un varón) rechazan, al menos en el papel, este tipo de acoso mientras la mayoría de costarricenses (varones y damas) si bien no lo aplaude públicamente, lo practica. Así que el equipo de debatientes, el Director les califica “de lujo”, está sesgado. Iba a hacer una broma titulando esta nota “Yo, el acosador”, para suplir en parte la balanza (aunque este opinionista ni es de lujo ni tampoco está a favor de la discriminación, violencia feminicida, ni acoso callejero contra las mujeres u otro sector social), pero mi abuelo me advirtió que quizás el humor de los lectores, los seis que leen el Semanario, tal vez no favoreciera este tipo de chistes.

   “A lo que vinimos” suele cantar/gritar un narrador de fútbol y a eso vamos. La imagen que acompaña o adorna el texto del señor Director contiene al menos tanta falsedad como las declaraciones de paz de los dirigentes del Estado de Israel. La leyenda “La violencia contra las mujeres nos golpea a todos” es políticamente abstracta, es decir vacía. Puede que su oleada nos alcance (salpique, hiera) a todos (directa o indirectamente), pero una mayoría (incluyendo mujeres) no la resiente como violencia y algunos creen sacar ventajas de ella. Y la palma de la mano, en el fotograbado, que reza “Digamos ¡NO! al acoso callejero” es tan políticamente correcta como Eduardo Ulibarri (bueno, tal vez no tanto) porque decir “no” es fácil, pero practicarlo puede resultar para muchos más que cuesta arriba. Me brinco la foto del señor Director porque sonríe en ella como anticipo de aguinaldo. Hombre, tocaba, sin parecer enojado, mostrarse serio.

   Segundo, ¿quién vendió la idea de que el acoso sexual (o sea también de sexo-género) y cultural (y por ello forzosamente ciudadano) contra las mujeres se daba solo en la calle? ¿O sea que en las familias, muchas de ellas “cristianas”, y rigurosamente heterosexuales y orientadas a la crianza de chacalines, no se agrede a niñas y mujeres jóvenes y también a las adultas y ancianas? (para compensar digamos que también se discrimina y agrede a varones jóvenes y ancianos algo disminuidos, o mucho, en machitud). ¿Resulta necesario “salir a la calle” para ser  discriminada/o, agredida/o, manoseada/o y violada/o? O sea que si una mujer pasara su existencia toda dentro de un templo religioso, con sus liturgias y aguas sacras, ¿no experimentaría jamás violencia alguna ni toqueteos no deseados ni furiosas, por enfermas, violaciones culturales? O si otra dama (puede incluirse caballeros) redujera su sola existencia solo a mirar Canal 7 en su departamento ¿moriría sin conocer jamás agresión/acoso algún? Hombre, hoy día ni siquiera los varones con hemorroides están a salvo de ataques en la tele. “Es el marketing, man”. O sea la ‘cultura’ man. No necesitan creerme: de ella nadie escapa, si no es políticamente.

   Para que no se sienta en lo anterior tufillos anti-clericales ni de “atrapados sin salida”, digamos que en Escuelas y Colegios también se practica el acoso contra las mujeres/alumnas. Algunas de sus más fervorosas militantes son profesoras. Su lema es “hacer correr a las yegüitas” (para este observación, consultar diccionario). Tampoco es de ignorar que mujeres suelen acosar a otras mujeres, rebajándolas, cuando entre ellas existen riñas. Parafraseando la leyenda de la foto del semanario: “El sexismo machista nos golpea a todos”. Resulta útil tomarse esta consideración en serio.

   El acoso es factor biológico y cultural de la especie. Hace parte de la guerra/rapiña y con ello de su economía y de su libido. El peso decisivo de los machos en la guerra/rapiña y en ciertas formas económicas potencia culturas sexistas y violentas. Su fragilidad genital también lo hace. Una combinación de estas potencias y penurias hace del mundo lo que es hoy. Un ‘orden’ en que lo mejor de la especie: mujeres, niños, adolescentes, trabajadores, no tiene cabida segura ni plena. Debería tornarse obligatorio cambiarlo.
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