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Taller Regional interno,

Ayuda Popular Noruega,

Quito, enero 2014.

 

     A.- Descripción básica

   1.- América Central puede ser determinada o como una región ubicada geopolíticamente en la Cuenca del Caribe (frontera marítima estratégica para EUA), y entonces comprende 7 países/Estados (Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá) y una región de México: Chiapas, o como una entidad histórico-política derivada de la administración española, la emancipación colonial y las presiones estadounidenses en la zona. Desde esta segunda perspectiva se le debe restar Belice (administración inglesa) y Panamá (territorio colombiano hasta 1903-1922). Sucesos ya del siglo XXI (la negociación y firma de un Tratado de Libre Comercio del área con Estados Unidos [2003-2004] no contó con Belice ni Panamá, pero incorporó a República Dominicana. Separar a Belice y Panamá de América Central le resta menos de 4 millones de habitantes (en un total de casi 45 millones), pero también la economía más dinámica del área (Panamá) y el Canal de Panamá, espacio comercial y geopolítico más destacado en la región. La última intervención militar directa de Estados Unidos en el área fue en Panamá (1989). La última acción no-directa fue el golpe de Estado en Honduras (2009). En la década de los ochenta del siglo pasado EUA apoyó y sostuvo una Guerra de Baja Intensidad en la zona que comprometió especialmente a Nicaragua, El Salvador, Honduras y Costa Rica.

   1.1.- En la Cuenca del Caribe (un área muy fragmentada) y frontera estratégica marítima Estados Unidos presenta una fuerte presencia militar permanente y virtual. Podemos distinguir entre asentamientos y bases permanentes. Desde el año 2003 las bases militares de Estados Unidos en Puerto Rico se han trasladado a la Florida, pero el aparato policial y militar puertorriqueño ha sido transformado en parte del aparato policial y militar estadounidense.
   En el área que puede considerarse centroamericana existen asentamientos, campos de entrenamiento y también bases establecidas. En Belice (1; Inglaterra/OTAN; entrenamiento) y Costa Rica (1; Liberia, EUA; asentamiento). Una base permanente en El Salvador (Comalapa). Tres en Honduras (Soto Cano, incluye pista de aterrizaje; Puerto Lempira; Guanaja). En Panamá hay 12 bases aeronavales (Isla de Chapera, Puerto Piña en Darién; Quebrada de Piedra en Chariquí, Rambala en Bocas del Toro, Punta Coco, Isla Galera, Mensabé, Coiba en Veraguas. Sherman, en Colón, Porvenir y Obaldía en Kuna Yala, San Vicente en Meteví, próxima a Colombia).
   Por su importancia, debe considerarse la base político-militar de Guantánamo en Cuba (presidio, espionaje, vigilancia electrónica) como parte de este sistema. Igualmente El Salvador no tiene costa atlántica (se abre al océano Pacífico), pero históricamente se lo considera un país centroamericano y de la Cuenca del Caribe.
  
   1.2.- Que el área sea parte de una frontera marítima estratégica para EUA quiere decir que sus Gobiernos la consideran un factor determinante del ejercicio de su poderío (imperio/dominio) mundial. Por ello la zona suele recibir denominaciones despectivas como “patio trasero” (de EUA) o “su gallinero”. El punto se despliega en al menos dos corolarios geopolíticos: EUA no admite desafíos a su dominio/seguridad en el área, y ningún suceso socio-político en los países centroamericanos escapa a la consideración (aprobación, rechazo, indiferencia) de los gobiernos de EUA. Ello no evita que cometa errores (como en el levantamiento popular nicaragüense-sandinista que deshizo la dictadura somocista [1979]), pero, tras el error, busca recuperar su hegemonía. En este caso, ya se mencionó su financiamiento y apoyo a una Guerra de ‘Baja Intensidad’ (nombre propio que quiere decir, entre otros caracteres, que esta guerra no compromete masivamente sino en última instancia, tropas estadounidenses). Este punto se relaciona con la “facilidad” (gracias al sostén estadounidense) con que prosperó y quedó impune el reciente golpe de Estado en Honduras (2009), pese a que rompía con la Carta Democrática Interamericana (OEA, 2001), y a la insistencia de repetir, contra toda evidencia, que entre los factores que lo desencadenaron estuvo la injerencia política de Venezuela en el país.

   1.3.- El Tratado de Libre Comercio entre EUA y el área (2003-2004) contiene la sobredeterminación de la economía regional por el tratado. Este acuerdo bilateral puede ser entendido como expresión de un proceso complementario que, posteriormente, resultó alternativo, a la iniciativa estadounidense por avanzar en un Tratado de Libre Comercio de las Américas (cuyo carácter fue rechazado [2005] especialmente por Argentina y Brasil  y también por Venezuela). La oposición sudamericana objetaba los subsidios a la producción agrícola en EUA, el monopolio de hecho que se sigue de las exigencias de este último sobre propiedad intelectual y el traspaso de soberanía a tribunales internacionales que resuelven los conflictos entre las partes. El segundo aspecto tiene particular importancia geopolítica porque un factor decisivo para ser actor económico significativo en el período se deriva de la capacidad de producir tecnología de punta o al menos de adaptarla. Un “libre comercio” que contiene asimetrías estratégicas sistémicas, sancionadas jurídicamente, resulta geopolíticamente dañino para los actores vulnerables o cuya historia los ha puesto en situación de vulnerabilidad. El Tratado de Libre Comercio entre EUA y la región centroamericana (cuyos gobiernos lo acordaron a la carrera sin cautelas ni conversaciones regionales previas) acentúa, no crea, las fragilidades y conflictividades económico-sociales y político-culturales de las sociedades/Estados centroamericanos.

   1.4.- La inserción de América Central en los actuales procesos de mundialización puede entenderse o como que estos procesos llegan al área y la someten a su lógica o que ellos, los Estados/gobiernos de la región, previendo los procesos en curso, toman previamente medidas internas para adoptarse a la situación. El caso centroamericano responde políticamente al primer enfoque. De esta manera la mundialización crea posibilidades (diversificación y modernización productiva/exportadora, por ejemplo) y también refuerza antiguas debilidades (carácter estanco de la economía, exclusión, desplazamientos de población, despojo de riquezas naturales, reconfiguración de los mercados laborales, daño ambiental, etcétera).

   1.5.- La coyuntura larga actual de la región (excluidos Belice y Panamá) se abre con las negociaciones/acuerdos para finalizar las guerras que se desarrollaron en su espacio y contra sus poblaciones durante la década de los ochentas y que EUA promovió como factor de una Tercera Guerra Mundial que los enfrentaba con la URSS por el dominio del mundo (Administración Reagan: Documentos de Santa Fe). Se inician estas negociaciones a partir del Acuerdo de Esquipulas II para conseguir una Paz Firme y Duradera (1987). La ONU dio por finalizadas satisfactoriamente estas negociaciones para El Salvador en 1997. Las conversaciones para el caso guatemalteco (cuya extrema violencia particular podía datarse en 1954) se iniciaron en 1989-90 y culminaron en 1996. En Nicaragua el conflicto político-militar se disipó con la derrota electoral sandinista de 1990. Un dirigente sandinista no retornará a la dirección del Gobierno sino hasta el año 2006. Sin embargo el sandinismo es la principal fuerza política organizada del país. Debe reconocerse asimismo que este sandinismo no representa una continuidad del movimiento de la década de los ochenta. El exitoso golpe de Estado en Honduras (2009), podría indicar un debilitamiento de los sectores civiles dominantes que parecían haberse autotransferido capacidades políticas con los acuerdos de paz en el área, transferencia que implicaba la relegación/subordinación de los militares de los escenarios políticos abiertos. Igualmente el golpe de Estado en Honduras pone en crisis la Carta Democrática Interamericana (OEA, 2001).

   1.6.- Dentro del espacio centroamericano se encuentran tres de las sociedades más empobrecidas de la región latinoamericana si se las considera desde sus porcentajes de población en pobreza e indigencia: Honduras, 67.4% y 42.8%, respectivamente; Nicaragua, 58.3% y 29.5%, y Guatemala, 54.8% y 29.1%. En comparación, el país más empobrecido del área, Haití, para el cual no existen estimaciones fidedignas, puede tener un 70% de población carencial de la cual un 50% vive con menos de un dólar al día (cifras de la FAO). La pobreza en el área centroamericana va acompañada con la pésima, y tradicional, distribución de la riqueza. América Latina es la región del Tercer Mundo con peor distribución de la riqueza: el 20% más pobre recibe el 2.9% de la riqueza. La referencia más cercana es el África subsahariana con 3.6%. El punto toca referentes como el carácter de la propiedad y las políticas públicas que tal vez existen en el papel pero no se cumplen. Las remesas de sus emigrantes juegan un papel decisivo para la economía salvadoreña y resultan significativas para todas las sociedades centroamericanas.

 

   1.7.- Finalizados los conflictos-político militares que concurren en el área en la década de los ochenta, la región queda expuesta (o abierta) a los procesos de mundialización que ya estaban en curso desde hacía dos décadas. De la guerra político-militar, el área transita, sin estar preparada, a la mundialización cuyo rostro inmediato es el tratado de ‘libre comercio’ con EUA. Así, los “acuerdos de paz” traen regímenes democráticos restrictivos, o los refuerzan, en el caso costarricense, pero no implican cambios en la raíz de las conflictividades centroamericanas. Estas raíces son la propiedad de la tierra y su extensión hacia las actividades productivas y comerciales, el dominio político-cultural oligárquico y neoligárquico y el carácter abierto y vulnerable (dependiente), internamente poco articulado, de las economías. Los acuerdos de paz no van acompañados de transformaciones económico-sociales y político-culturales y étnicas significativas que estaban y están en la base de la violencia político-militar y cultural. Desde este punto de vista se trata de una paz “ficticia”; aunque ella interrumpió parcialmente las masacres, porque se asienta en la violencia (discriminación) socio-económica y político-cultural. En América Central la mundialización en curso acentúa la violencia existente y la reconfigura. En el área no se puede discutir que pobreza, indigencia y discriminación contienen y expresan tendencias hacia una violación sistemática de derechos humanos.

   1.8.- Una mención especial ha de hacerse respecto del carácter clerical de la existencia centroamericana. Se trata de una religiosidad que generalizadamente se inserta en instituciones clericales (iglesias). En la última parte del siglo XX esta religiosidad pareció transitar desde el catolicismo al protestantismo (con énfasis en el movimiento pentecostal y neopentecostal). Encabeza la transición Guatemala donde la religiosidad no-católica (protestantes, religiones mayas, cristianos ortodoxos, judíos) puede llegar, de acuerdo a las alarmadas voces del catolicismo más conservador,  al 50% de la población. Según estas mismas voces, Honduras tendría un 30% de protestantes y Nicaragua y El Salvador la seguirían con un 25%. Las cifras de Costa Rica y Panamá son más bajas: 13% de protestantes la primera, menos del 11% la segunda.
    Las iglesias del área, católica y protestantes, mayoritariamente están alineadas al establishment. La población vive su fe religiosa de manera ritualista y litúrgica, aunque sincera, con la mirada puesta en una redención en otro mundo. La mayoría de esta población históricamente sabe que poca cosa buena puede esperar de este mundo. Su religiosidad (a la que el rito religioso y la ferocidad de la represión social, política y militar tornan pasiva) contribuye a bloquear (realismo naturalista: es Dios quien ha querido que el mundo sea así) las exigencias de cambios en las instituciones. La institución católica, mayoritaria, se comporta resueltamente como una iglesia de cristiandad, o sea como sostén del orden político. La mirada geopolítica no puede ignorar que el ethos dominante en el área, especialmente en la gente sencilla, es de resignación ante el dolor, la explotación y la exclusión. Sin embargo tampoco puede olvidarse que la conflictividad objetiva del área potencia resistencias, explosiones sociales y luchas organizadas de más largo aliento que las iglesias mayoritariamente procuran apagar o extinguir. La alienación religiosa nunca ha sido saturante. Más dañina es la fetichización mercantil. El clericalismo conservador (católico, pentecostal y neopentecostal) constituye un factor geopolítico significativo y complementario en el área centroamericana. Por ello no resulta extraño que uno de los componentes de las luchas sociales populares haya sido o pueda ser una ‘teología’ de la liberación (con sus curas y monjas progresistas) aunque no se tenga demasiado claro en qué consiste esta sensibilidad.

    B.- Situación específica

   1.- Una publicación semi-oficial, El Estado de la región (Cuarta Entrega, 2011), se pregunta: “… ¿cuáles son las condiciones para que, dentro de Centroamérica, se alcancen acuerdos nacionales, inclusivos y también duraderos, que permitan fortalecer la capacidad de los Estados para impulsar el desarrollo y, a la vez, optimizar la acción regional conjunta?”.
 
   Si no se quiere dar una respuesta especulativa a esta consulta, hay que resaltar e interpretar (situar) elementos de la pregunta: a) ¿cómo hacer que el mero crecimiento económico se transforme en una mejoría significativa (y ojalá constante) de la calidad de vida (desarrollo) de toda la población? ¿Se puede hacer esto desde el interior de una Centroamérica con dominio oligárquico y neoligárquico y amplios sectores de empobrecidos/dominados e inscrita en los requerimientos: a) del gran capital mundial y sus constelaciones regionales/internacionales de poder, y b) de la geopolítica estadounidense?


   Dicho así, la respuesta es no. No es factible porque los factores resaltados se nutren de la discriminación a la que concurren como parte de su propia lógica. “Acuerdos nacionales” en la América Central "real" contendrían exclusión (no se puede integrar nacionalmente a los trabajadores; y a los que se integre, no se les puede conceder buenos salarios, por ejemplo). Tampoco se puede integrar a los campesinos (menos a los indígenas) a los núcleos dinámicos tecnológicos (que exigen fuerza de trabajo calificada) o a la agroindustria de exportación (cuya oferta de empleo es baja) allí donde existe. Habría que intentar, al menos, una reforma agraria con formato campesino y étnico. El intento desencadenaría nuevas guerras.

    De aquí que un proceso de integración nacional y regional, sin duda, no pueda darse dentro del marco de las condiciones existentes. El modelo funciona con discriminaciones. Son de distinto tipo: derivadas de las tecnologías (carácter de la producción); del vínculo que diferencia a los grupos dominantes de la metrópoli y la periferia; de la oposición interna ciudad//campo; de la asimetría entre capital y fuerza de trabajo; de la dominación de sexo-género; de la dominación/discriminación étnica allí donde existen pueblos originarios; de la dominación generacional, de la adscripción religiosa, por citar ocho aspectos que pueden combinarse en tramas variadas y entre los cuales no se ha referido la presencia de EUA. El punto habla no solo de la dominación, sino asimismo introduce a la complejidad (y dificultad), que es distinta para los diversos países, del trabajo político que resulta necesario para configurar un movimiento popular que pueda avanzar hacia su constitución como bloque político alternativo. Este pueblo organizado podría, quizás, avanzar en un proyecto de articulación nacional y regional. Pero tendría que contar con apoyo hemisférico.
 
   1.1.- Aceptando la pregunta de El Estado de la región… en abstracto, una integración nacional y regional orientada al desarrollo sostenible tendría que seguirse de políticas públicas (Estados) con participación y respaldo ciudadano y social. Los Estados centroamericanos, con independencia de su voluntad (que, por su carácter es escasa), carecen de la capacidad institucional para materializar esas políticas. El de mayor cobertura institucional (Costa Rica) no logra cobrar, tampoco se esfuerza, los impuestos debidamente ni tiene los recursos humanos que le permitirían castigar a los empleadores de más de un tercio de los trabajadores del país que reciben menos de su salario mínimo legal. Su Ministerio del Trabajo carece de presupuesto para pagar inspectores. El hacinamiento inhumano en los presidios costarricenses tampoco puede ser resuelto. Menos la urgente inversión en infraestructura estratégica desatendida por medio siglo. Los dos primeros señalamientos (salario mínimo, presidios) no inquietan para nada a la ciudadanía. La cultura ciudadana costarricense es débil. Su expresividad, episódica. Hablamos del Estado más institucionalizado del área. Resulta disfuncional. El más disfuncional probablemente es el de Guatemala.

 

      Ahora, lo anterior es la referencia histórica. Pero se debe añadir algo. En la transición desde un modelo de desarrollo a uno de crecimiento, se le exige internacionalmente al Estado latinoamericano y centroamericano cambiar de función. Ya no será más promotor del desarrollo, sino que asegurará el cumplimiento de los contratos ligados a los tráficos mercantiles globales y a los requerimientos de la acumulación transnacional. En la década de los noventa esto se tradujo ideológica y periodísticamente en la polémica acerca de un Estado pequeño y policía o un Estado grande y gastón o manirroto. Pero lo que estaba detrás era la transferencia de capacidades y funciones del Estado a dependencias “técnicas” locales, como los Bancos Centrales, que velan por la acumulación global (impedir la inflación, por ejemplo) y también el traspaso de sanciones jurídicas finales a instancias mundiales de gobierno, como la Organización Mundial de Comercio o Tribunales Internacionales ad hoc (resueltos por los Tratados de Libre Comercio) en los que se dirimen los conflictos entre un Estado y los intereses de las corporaciones transnacionales. En América Central esto implica que el Estado deja de ser un espacio de defensa de sus poblaciones en el mismo movimiento en que abandona la promoción del desarrollo. Si antes era institucionalmente insuficiente y débil, y por ello antipopular, ahora puede llegar a ser hasta antinacional.  
 

 

   1.2.- Estados con insuficiente capacidad institucional e insuficientes ingresos determinan una distancia entre legislación y la efectividad de ella. El punto se liga inevitablemente con el precario o nulo acceso de sectores significativos de la población (rurales y urbanos, jóvenes y mujeres, por ejemplo) a los mercados de salud, educación y trabajo. Estas sociedades producen exclusión. Y no se han dado las condiciones para revertirla. Su nuevo tipo de inserción en la mundialización actual refuerza esta tendencia a la exclusión y fragmentación internas (locales, nacionales). Sociedades con exclusión y fragmentación interna no pueden conseguir una efectiva integración regional. La falsa integración regional (protagonizada por minoritarios grupos poderosos) generará más sólidas exclusiones nacionales y vulnerabilidad generalizada. De aquí que el primer desafío político y geopolítico del área sea el de darse condiciones para revertir los procesos de exclusión y expulsión (emigrantes) que la han determinado históricamente. Pero para ello se requiere una voluntad política que no surgirá mágicamente.

    1.3.- La exclusión social y el modelo de crecimiento sin desarrollo aceleran los procesos mediante los cuales los diversos sectores de población dañan (quizás irreversiblemente) su hábitat natural. El área centroamericana es extraordinariamente rica en biodiversidad y recursos hídricos. Cuando sus pobladores (los opulentos, las corporaciones, las poblaciones humildes) depredan la capacidad de la región y del planeta para sostener la vida humana en él y, además, en ausencia de políticas públicas apropiadas en relación con asentamientos humanos, sectores significativos de ellos se tornan más vulnerables ante las catástrofes naturales propias de la región (sismos, crecidas/inundaciones, desertificación, erupciones volcánicas, huracanes, aumento de las temperaturas), que a la vez los tornan significativos y vulnerables en términos de “noticia mundial”. Los centroamericanos no pueden mantener su medio ni tampoco acomodarse en él. En un siglo que habla de “población superflua” se trata de una noticia ominosa. Este es un segundo desafío estratégico, político y geopolítico, que se presenta en el área. La prensa suele hablar abstractamente de cambio climático. Se trata en realidad de la capacidad del hábitat natural para sostener a una determinada población humana en él y de la salvaguarda de las poblaciones ante las catástrofes naturales. Y este factor/problema posee alcance planetario. La fórmula "sociedad del riesgo" posee un caácter amenazante para quienes residen en América Central.

 

  1.4.- Estados insuficientes que producen exclusión económico-social y cultural, legislación que no se cumple y que potencian el daño ambiental y la vulnerabilidad de su población ante los desastres ambientales, tienen como correlato la debilidad de sus sociedades civiles configuradas por mayorías de población (y ciudadanía) que se escinden en múltiples minorías. Esto, y la tradición de dominio señorial, a las que se suman religiosidades mayoritariamente conservadoras, bloquean la posibilidad de una cultura ciudadana, republicana y democrática moderna. En el  período, esta debilidad política se institucionaliza en fenómenos pintorescos (Costa Rica disputa ahora en febrero (2014) elecciones presidenciales con 13 postulantes al cargo) y en regímenes democráticos restrictivos centrados en  procesos electorales formales en los que los votantes pueden elegir solo entre más-de-lo mismo o semejante-a-lo-de-siempre. Se recordará que el camino alternativo es aquí la insurrección y la guerra de inspiración popular. Sectores de población del área también han intentado este otro camino.

 

  La cuestión de la generación de una sensibilidad republicana (emprendimiento colectivo sin exclusiones) y democrática (ciudadanía participativa) que expresa política y culturalmente a una economía/cultura incluyente es una tercera cuestión estratégica para la política y la geopolítica del área centroamericana.

   1.5.- En relación con estos desafíos estratégicos, exclusión social, daño ambiental y sensibilidad política y Estado (hoy parte de una constelación transnacional e internacional de poder en la que los Estados centroamericanos no juegan papeles determinantes) se presentan más situacionalmente en el período otros desafíos: el principal quizás, por sus alcances, es la instalación del crimen organizado con eje en el narcotráfico en la región. Por sí mismo el narcotráfico genera procesos de corrupción y venalidad institucionales y sociales con alcance cultural inevitables para su funcionamiento. El desafío se hace particularmente presente hoy en Guatemala, pero compromete a la región en su conjunto. Pero además los Estados/gobiernos del área “combaten” este factor de corrupción asumiendo una militarización del desafío, estrategia inducida desde EUA. Se trata de una guerra destinada al fracaso. No se la puede ganar. Pero contiene además la posibilidad de una nueva configuración militar y geopolítica del área en nombre de la guerra contra el narcotráfico. En términos geopolíticos la propuesta ‘oficial’ consiste en “militarizar” desafíos que descomponen la sociedad y el mundo global: llevémoslo al límite para comprender su alcance: militarizar, por ejemplo, el desafío de las migraciones no deseadas; militarizar el desafío de la pobreza entendida como causa del daño ambiental; militarizar el desafío de las poblaciones “sobrantes”, o sea que no producen con eficiencia ni consumen con opulencia. Se trata de un horizonte de violencia que hoy se avisa en una América Central que carece de peso en el mundo. La descomposición social y política derivada del tráfico de drogas ilegales y el lavado de dinero que lo acompaña, se corta declarando legal la droga al menos en todo el continente americano. Ello no liquida el consumo, sino a las mafias que administran el negocio. La militarización del desafío contenido en el narcotráfico contiene una escalada de violencia que en la región americana está ejemplificada por las experiencias de México y Colombia. Y también por la de Estados Unidos.

   2.- Detengamos aquí esta somera e incompleta mirada de desafíos estratégicos y situacionales que afectan al área en este inicio del siglo XXI. La actitud correcta ante ellos, por pequeña que sea la dimensión social de un trabajo, pasa por preguntarse: cuál es mi posicionamiento político-cultural, es decir de fuerza/debilidad, objetivo y subjetivo ante ellos. Cuál es mi capacidad para comunicarlos. Porque si no puedo comunicarlos, no puedo tornarlos políticos, o sea materializarlos en fuerzas organizadas. Por ejemplo, ante la debilidad institucional del Estado. O ante los múltiples rostros de la exclusión. O en relación con una religiosidad que lleva a la clericalidad. Y desde esta fuerza/debilidad asumidas, qué debo-puedo hacer. Con quiénes y para qué. Y por cuanto tiempo. Solo la última inquietud tiene una respuesta básica y precisa: se trata de un esfuerzo que se prolonga toda la vida.

   2.1.- Agreguemos una noticia metodológica para los cuadros de Ayuda Popular Noruega: fuerza y debilidad sociales comprenden: a) mi sentir/discernir/imaginar el desafío; b) mi capacidad actual (posicionamiento) para transformarlo en problema (es decir en parte de mi identidad) y de actuar en relación con él; c) actuar pasa por una capacidad para significar (comunicar). De esta comprensión/comunicación subjetiva y objetiva se siguen tareas y una propuesta, o varias, todas ellas entendidos como procesos populares y que me tornan, junto con la agencia y dentro de las condiciones que ella potencia, actor popular.

 

       Diálogo

 

   Damián (Ecuador).- En el encuentro se ha utilizado varias veces el giro “democracias restringidas”. Usted utiliza ahora la fórmula “democracias restrictivas”. ¿Son la misma cosa? ¿Qué significa?

   HG.- Con el cese de las dictaduras de Seguridad Nacional en América del Sur, y en menor medida con la “democratización” del área centroamericana que impulsó Estados Unidos para aislar el proceso de inicial de gobierno sandinista, la prensa puso en circulación la imagen de un “retorno de América Latina a la democracia”. Entre otras cosas, la imagen hacía de Cuba la única dictadura del hemisferio. Nicaragua había “recuperado la democracia” con la derrota electoral sandinista en 1990. Coincidían aquí varios procesos: la autoliquidación de la Unión Soviética, el imaginario del Consenso de Washington (“paz y democracia”, para lo que aquí importa), los diálogos hacia una paz justa y duradera en América Central y el “final de la Historia” con el triunfo definitivo del capitalismo y su democracia transformada en la democracia. En América Latina el asunto fue recibido por algunos críticamente. Se habló por ejemplo de “democraduras”, de “democracias de Seguridad Nacional” y de “democracias restringidas”. Este último giro hacía referencia histórica a regímenes oligárquicos de gobierno que “restringían el voto” a las clases dominantes y a los varones de esas clases. En esas democracias restringidas no existe sufragio universal. Estamos hablando de finales del siglo XIX y de la primera parte del siglo XX.  Solía oponerse este régimen de sufragio/gobierno ‘restringido’, a una “democracia de masas”, con sufragio universal, que se configura durante el siglo XX. Es un mal nombre (ya que proviene o de la sensibilidad oligárquica o del discurso de masas del marxismo-leninismo). En realidad se trataba de una expansión de la condición ciudadana. Democracia ciudadana, pudo llamarse. Pero es el vocabulario del período.

   La utilización de “democracia restrictiva” no es un mero giro del lenguaje en mi caso. Se trata de una categoría analítica. En primer lugar remite no a “la” democracia, sino a los regímenes democráticos de gobierno y al carácter del Estado que los sostiene. Lo que existe son regímenes democráticos de gobierno. Son sociohistóricos y se siguen del carácter del Estado y del papel que en ellos juegan los ciudadanos. En segundo término, un régimen democrático restrictivo ha de ser valorado como poliarquía restrictiva. “Poliarquía” es un concepto acuñado por la sociología estadounidense para designar los regímenes democráticos en sociedades de grandes números, en los que no puede darse una efectiva soberanía popular o ciudadana, y por ello es que este ‘soberano’ elige representantes para que los gobiernen. Es un tipo de democracia defectuosa, pero no hay de otra. El principal autor es aquí Robert Dahl. En la poliarquía se privilegia el factor electoral. En él competirían varios partidos con posibilidades de alcanzar el gobierno. El concepto de “poliarquía” se mueve dentro del imaginario burgués que separa/escinde la existencia económica de la existencia política.


   Como se advierte “democracia restrictiva” es una categoría crítica: no privilegia “el día” o “la fiesta” electoral. No separa existencia económico-socio-cultural de existencia político-cultural. Tampoco desacopla el carácter del Estado y su vínculo con el régimen democrático de gobierno y con el ejercicio/función de la ciudadanía. Si se lo quiere abreviar, no acepta el mito del “retorno a la democracia” en América del Sur ni el de la “democratización” de América Central. Pero, claro, habría que explicar el asunto con más detalle.


    Ya en lo más singular, creo que “democracia restringida” fue utilizado de manera a la vez mecánica e intuitiva y por analogía con la historia de América Latina y las limitaciones ciudadanas. Básicamente se trataba de oponer a las democracias de Seguridad Nacional con los regímenes democráticos representativos. Pero estos últimos regímenes también deben ser criticados. “Democracia restrictiva” es un concepto más analítico y crítico. Y restringido, en español, es menos fuerte que restrictivo para denunciar limitaciones derivadas de coacción sistémica directa, indirecta y difusa (cultural, por ejemplo) y no necesariamente militar. Por supuesto la cuestión se inscribe en una teoría del régimen democrático de gobierno en América Latina.

   Elisa (Ecuador).- ¿Quiénes hablaron de “democracias restringidas”?

   HG.- De memoria, creo recordar a Xavier Gorostiaga y Franz Hinkelammert. Probablemente le daban un alcance conceptual. Tal vez el giro hizo fortuna en Clacso o Flacso. No lo sé. No le di seguimiento. Desde un inicio me pareció útil para algunas cosas, pero insuficiente.    
     
   Julio (Guatemala).- Usted mencionó que en América Central la religiosidad tomaba la forma de una adscripción a iglesias. Llamó a eso, creo, clericalidad. Entiendo lo señaló como algo negativo, desde el punto de vista político-cultural y popular. Pero cómo entrarle a una clericalidad que se sigue de la espiritualidad de la mayoría de la población.

   HG.- El problema no es que existan iglesias, sino que éstas se expresen como aparatos clericales, es decir que funcionen permanentemente como factores que complementan la acción estatal (y a veces paraestatal). El sentimiento religioso es propio de los seres humanos, de su historia, no se puede eliminar por decreto. Existen desde luego personas que no tienen sentimientos religiosos, pero en América Latina la mayoría cree experimentarlos. Pero el sentimiento religioso liga a las personas con un (o varios) factor sobrenatural, dioses o Dios, o presencias fuera de la sociohistoria. Este sentimiento no conduce inevitablemente a iglesias. Se puede tener creencias religiosas y no participar de ninguna iglesia. También se puede participar en iglesias y carecer de sentimientos religiosos. No son asuntos fatalmente ligados. Tampoco la religiosidad obliga a adherirse a una doctrina (ortodoxia) religiosa. Los mayas, creo, fueron, y tal vez lo sigan siendo, pueblos intensamente religiosos pero su religiosidad era una manera de ser-estar en el mundo, ligada a su agricultura, a sus alimentos, a la lluvia, a su sexualidad, a la crianza de los hijos, a la convivencia y a la muerte, etcétera, no una doctrina. Y tuvieron sacerdotes y templos, pero no una iglesia como cuerpo/institución aparte y por encima de la sociedad. Entonces el problema no se centra en el sentimiento religioso ni en que puedan las gentes darse iglesias, sino en el carácter de estas últimas. Y sí, en mi vocabulario “clericalidad” designa algo negativo. Pero esto se sigue de la experiencia sociohistórica de los pueblos latinoamericanos, no de una mala voluntad hacia los sentimientos religiosos.

   Mercedes (Ecuador).- ¿Por qué oligarquía y neoligarquía?

   HG.- Se trata de determinaciones para nombrar y caracterizar a los sectores dirigentes del bloque en el poder, para hacer uso de un lenguaje que se ha utilizado aquí. ‘Oligarquía’ remite a los grandes terratenientes, comerciantes importadores y exportadores y financistas tradicionales en América Latina. Usualmente se expresaban en partidos o conservadores o liberales. Los primeros rigurosamente católicos. Esta oligarquía, que contaba con el aparato militar como su brazo armado, debió enfrentar la presión de grupos medios gestados por la modernización y crecimiento urbano de las sociedades latinoamericanas en el siglo XX. Sectores de estos grupos medios, mediana y pequeña burguesía propietaria, profesionales, algún militar, se vincularon con sectores históricamente vulnerables de las áreas rurales y urbanas, incluso sindicales, y establecieron una relación tensional con la oligarquía tradicional. Esta relación tensional podía incluir enfrentamientos y alianzas. Los sectores medios fueron finalmente cooptados por la sensibilidad oligárquica y abandonaron sus pretensiones integradoras o nacionales. Tendieron a dibujarse dos bloques socio-político-culturales: uno dominante, con ethos oligárquico, que incorporaba sectores medios, y otro popular, dominado, usualmente con estratificaciones y conflictos internos. Contra los avances de este último bloque potencial y su sensibilidad se dieron los regímenes de Seguridad Nacional y desde luego las dictaduras más tradicionales de América Central. Ya estamos en la segunda mitad del siglo XX. La mundialización en curso, las dictaduras con terror de Estado, las guerras internas, etcétera, generaron cambios en el bloque dominante. Ahora la oligarquía (grandes propietarios y posesionarios) comprende profesionales, tecnócratas públicos y privados y coopta selectivamente sectores medios y, eventualmente, segmentos populares clientelares. Los sectores dominantes dirigentes son actores/beneficiarios locales de la acumulación mundial. Entre esta neoligarquía (oligarquía remozada) y las fuerzas armadas pueden darse conflictos, excepto en situaciones de crisis. Experiencias como la venezolana reciente pueden entenderse como la liquidación de un bloque dominante que no supo/pudo transitar hacia su renovación y su desplazamiento y sustitución por un bloque popular, antioligárquico y forzosamente antiimperialista, o sea nacional y latinoamericano. Muestra además respaldo militar. En cada país el dominio neoligárquico toma formas específicas. Lo nuevo del siglo XXI es la aparición de regímenes que han desplazado a estas neoligarquías suyo ethos es excluyente y buscan conformar y crear las condiciones de reproducción de un nuevo bloque de poder político. Esto sería, a grandes rasgos.

   Elisa (Ecuador).- Se habló de América Central y no se dijo una palabra de las maras.

   HG.- Es verdad. Las maras son a la vez una señal de la mundialización y de los múltiples frentes de la violencia centroamericana. Se trata de jóvenes hijos de emigrantes a Estados Unidos y que retornan a su espacio original (muchos son deportados por la justicia estadounidense que no los quiere ni en las cárceles). Traen con ellos la violencia de los ghetos del centro imperial y llegan a países (Guatemala, Honduras, El Salvador) que no pueden ofrecerles sino violencia y exterminio. Además arriban casi en coincidencia con el auge regional del narcotráfico. Desde este punto de vista existe un discurso oficial contra las maras pero en cuanto sus integrantes se alían con el narcotráfico al que dan servicios de sicariato, por ejemplo, son funcionales a la degradación generalizada del sistema social. El narco compra periodistas, jueces, policías, militares, banqueros, campesinos… y a algunos maras. Se trata de una señal específicamente centroamericana del sistema global. Para los centroamericanos, uno de sus rostros más dramáticos porque se trata de jóvenes cuya violencia hemos producido entre todos. Hoy se habla de tregua con ellos. Pero la guerra marera es solo una de las violencias que deben sufrir los centroamericanos.


  

   Claudio (Chile).- Usted señala que en el momento actual los Estados centroamericanos, y más ampliamente los latinoamericanos, sin mayor capacidad ante la mundialización y los capitales transnacionales, podrían llegar a ser ya no solo antipopulares sino incluso antinacionales. Pero, ¿han sido en algún momento nacionales?

   HG.- Sí, ésa es una discusión más amplia. Las sociedades latinoamericanas se han configurado políticamente siempre desde una relación entre minorías dominantes en la economía, la sociedad y la cultura. Hemos sido por ello sociedades señoriales y oligárquicas, internamente desagregadas e internacionalmente dependientes. Como no produjimos “naciones”, en el sentido europeo, en el siglo XIX, la tarea quedó para el siglo XX. Tampoco construimos naciones en el siglo XX, pero se dieron algunos empeños, quizás los “populismos” de la década de los cuarenta en Brasil, Argentina y México pudieron ser punto de partida de procesos nacionales de desarrollo (así lo creyó CEPAL en ese momento), pero el camino que indicaban fue frustrado por fuerzas locales e internacionales. Podría mencionarse a Cuba, que lleva más de medio siglo intentando en condiciones muy duras, construir nación cubana. Ellos han tenido la ventaja de una muy fuerte cubanía. En la década de los sesentas del siglo pasado esto se discutió bajo la forma de si existía o no una burguesía latinoamericana. Si existía, ella era la encargada de construir las naciones. Si no, la tarea era de las fuerzas populares, primero subordinadas, luego revolucionarias. Bueno, en la transición entre siglos de cierta forma se esfuma la cuestión de las naciones porque el mundo (orden/violencia) latinoamericano deviene “puntos de inversión privilegiada” para el capital planetario. Desaparece Guatemala, digamos, y su territorio, población y recursos, pasan a ser objeto o no de inversiones transnacionalmente determinadas (incluso si se trata de empresas “guatemaltecas”). La historia ‘demuestra’ que no existen burguesías nacionales en el área y que la tendencia es que ya no existan en ninguna parte.

    Ahora, yo ubiqué el punto en América Central, hablando de una débil institucionalidad estatal. Dije que esta institucionalidad siempre ha sido insuficiente y precaria, aunque esta insuficiencia y debilidad puedan variar de país en país. Algunos Estados, Guatemala, Honduras, por ejemplo, transforman esta debilidad en represión y masacre, Otro, Costa Rica, genera una estructura amplia de servicios sociales en educación y salud, pero sin cultura ciudadana. Esto último termina ahogando esos servicios. Ahora, la ausencia de preocupación ciudadana y la práctica de la represión y la masacre son formas objetivas de políticas antipopulares, pero que se realizan en nombre de una “patria” fantasma, que no ha existido nunca. Hoy día las grandes referencia ‘nacionales’ son las selecciones de fútbol, las atracciones turísticas y la captación de inversión extranjera en Zonas Francas. Y si miramos bien, el torneo local de fútbol es nada si se lo compara con el Mundial de Brasil. Los grandes jugadores antes ‘nacionales’ son hoy ‘legionarios’ (en el habla costarricense). Entonces existe un vaciamiento hasta de forma del tema nacional. Luego, nacionales no hemos sido nunca, excepto como aspiración. Y hoy el Estado, pieza funcional de una constelación transnacional puede continuar siendo antipopular (esa es una constante) e incluso puede tomar medidas que perjudican abiertamente a sus poblaciones. Esto porque su poder se ha, en parte, hecho falsamente tecnocrático. Quiere decir que está por encima del bien y el mal, por encima de la sociedad. Pero la situación podría ser quizás distinta para Brasil, por ejemplo. Y desde luego lo es para Venezuela y Bolivia. Pero estos últimos procesos podrían colapsar, si sus enemigos logran aislarlos. Brasil tal vez podría mover fuerzas más poderosas. Son situaciones que se resolverán en los próximos años. Pero en este momento las tendencias del sistema mundial y de la mundialización en curso no favorecen las construcciones nacionales en América Latina. Menos en América Central. Honduras ha sido pionera al proponer ciudades autónomas (limpias y funcionales, sin pobres) para los poderosos/opulentos, como enclaves o islas autónomas dentro de su territorio 'nacional'. Entiendo que el proyecto ha fracasado, pero lo que importa es el imaginario que lo sostiene.

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