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Novamerica, Rio

de Janeiro, mayo 2011.

 

  

Interés por los nuevos movimientos sociales


    El interés por los nuevos movimientos sociales en América Latina tiene dos referentes centrales: las movilizaciones y manifestaciones de la década de los sesenta y setenta del siglo pasado en diversas regiones del mundo (jóvenes y estudiantes, mujeres con teoría de género y ambientalistas o ecologistas, especialmente), aunque su mayor impacto se produjo en Europa, y la desaparición mediante ‘crisis de acabamiento’, en la transición entre las décadas de los ochenta y noventa del mismo siglo, de las experiencias de socialismo histórico en lo que hoy a vuelto a ser Europa Central y la antigua Unión Soviética. Existe un punto común en ambos referentes: los ‘nuevos movimientos’ no eran clasistas del todo y más bien algunos de ellos adversaban fuertemente el clasismo tradicional, de inspiración marxista-leninista (una ideología del Estado soviético), y el acabamiento de las experiencias consideradas ‘obreras’ y ‘populares’ (aunque no lo fuesen) golpeaba asimismo el núcleo duro de lo que había sido uno de los ejes (el otro era la lucha anticolonial) principales del izquierdismo revolucionario del siglo XX: su carácter clasista. Para América Latina, que habría realizado su emancipación colonial durante el siglo XIX, este eje de clase constituía el principal punto de referencia para los movimientos y organizaciones que deseaban presentarse como ‘revolucionarios’ o al menos de ‘izquierda’.

    Por supuesto la anterior presentación puede ser leída (y de hecho lo fue), de diversas maneras. Para una perspectiva, se trataba de la extinción de los imaginarios revolucionarios modernos, entre los que debía incluirse cualquier veleidad o propuesta socialista. Liquidado metafísicamente el socialismo, podían esperarse cambios, principalmente parlamentarios y jurídicos, que alteraran aspectos disfuncionales de la existencia social. La discriminación de sexo-género podría resolverse con legislación igualitaria o que discriminara positivamente a favor de las mujeres, por ejemplo. En otro posicionamiento, el desafío del cambio social en América Latina (siempre urgida de transformaciones) fue enfocado desde nuevos ángulos que tendieron a configurar temáticas: la de sexo-género, ya mencionada, la ambiental o ecológica, o todavía las más restrictivas, compartimentadas y funcionales derivadas del ‘retorno’ a ‘la’ democracia o la aparición de tribus urbanas. La cuestión de los nuevos movimientos sociales podía ser tratada de esta manera como una “moda sociológica”, ausente de cualquier pretensión de análisis político. Inevitablemente, una tercera perspectiva veía en los nuevos movimientos sociales una confusión y retroceso respecto del ‘verdadero’ carácter del cambio social: el clasista, disuelto por análisis de casos, situacionales o culturalistas, o aferrados a la burguesa o pequeño-burguesa cuestión de las identidades efectivas. Con las experiencias socialistas desaparecían también las inquietudes teóricas y lo que los postmodernos (otra moda sociológica-cultural) llamaron ‘grandes discursos de salvación’. Si no existe alternativa, o nadie puede salvarse o todos están salvos. Los nuevos movimientos sociales quedaban así incorporados-resueltos por The Matrix. Y todos, si no contentos, al menos estables en sus papeles.

 

El carácter de la novedad de los ‘nuevos’ movimientos sociales


    Por supuesto los nuevos movimientos sociales no necesariamente fueron lo que se quiso imaginar sobre ellos, sino que se configuraron  por el carácter del esfuerzo de quienes los integraron y por sus objetivos explícitos. Dos de los movimientos de inspiración europea, el feminismo con teoría de género y el de jóvenes y estudiantes, muestran lo que tal vez sea la señal fundamental de estas movilizaciones. Mujeres y varones con teoría de género y jóvenes y estudiantes rechazan las identificaciones inerciales que les proporciona el sistema y desean producir, para sí mismos y para otros, una identidad efectiva desde su autonomía. El punto supone una lucha sectorial de liberación que, desde su perspectiva generadora, no redime al conjunto de la sociedad pero puede ser valorado por otros sectores como testimonio de una lucha emancipadora necesaria y posible. Se trata de luchas particulares que se ofrecen como catalizadoras de otras luchas posibles (las de pobladores, deudores, ecologistas radicales, sindicatos, ciudadanos, etc.), sin intentar dirigirlas y que, al mismo tiempo, no se proponen ‘asaltar el poder’ (en la estereotipada versión reificante de la ideología marxista-leninista), sino darle otro carácter a los poderes que determinan las tramas sociales que los constituyen como movimientos contestatarios o emancipadores.

    Corresponde quizás a América Latina el más alto testimonio de esta forma de asumir la lucha social liberadora. En 1994 emerge un Chiapas un aparato político-militar que se da el nombre de Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Expresa la situación de los indígenas más discriminados y acosados del país y, en nombre de ellos, exige la constitución de un México donde “quepan todos”, es decir de un México sin lógicas discriminatorias, un todo nuevo México. Por tratarse de un movimiento/movilización de minorías, el alzamiento del EZLN no se propone la ‘toma del poder’, sino convocar a los diversos sectores sociales populares de México y a su ciudadanía honesta a participar en un proceso que buscaría transformar liberadoramente al país. La iniciativa (que incluía la radical denuncia del neoliberalismo y de la mundialización en curso) fracasó por razones organizativas y políticas, pero dio también testimonio del carácter de este nuevo tipo de movilizaciones que interpela incluso a las organizaciones y movimientos clasistas pero no se subordina a ellos. En el mismo proceso, la experiencia del EZLN da un renovado sello a la lucha político-militar hasta ese momento determinada principalmente por el planteamiento de la unidad móvil combatiente (guerrilla) que se despliega como Ejército del Pueblo (Guevara). La propuesta zapatista es la de una organización político-militar que “manda obedeciendo”. La fórmula hace relación a que es la voluntad de las comunidades (bases indígenas o sociales) la que resuelve los objetivos, formas y ritmos de la lucha. El aparato político-militar ejecuta ese mandato cultural-comunitario de acuerdo a los requerimientos específicos del momento.
   
    La referencia al EZLN chiapaneco y mexicano facilita también recordar que los nuevos movimientos sociales son ‘nuevos’ principalmente por el carácter de sus luchas, no por su aparición reciente o ‘juventud’. En América Latina las luchas indígenas se dan desde el proceso de conquista española (s. XVI), mucho antes de existieran masivamente obreros. Olimpia de Gouges publicó su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791 ¡57 años antes del Manifiesto Comunista! De modo que ‘nuevos’ en este caso no es sinónimo de bisoñez. Lo ocurrido para caracterizarlos como ‘nuevos’ es que el fulgor de la movilización obrero-campesina revolucionaria, en especial la rusa, o la intensidad de sus neblinas, impedía políticamente y de diversas formas reconocer otras movilizaciones que podrían considerarse populares y emancipadoras.

 

Nuevos movimientos sociales y sociedad civil en América Latina    


    En América Latina, área de masacres militares y policiales, dictaduras y regímenes democráticos restrictivos, el Estado, es sin contradicción interna, patrimonial, clientelar y violento. Estos factores, a los que debe añadirse culturalmente las agregaciones derivadas de adscripciones a aparatos clericales (principalmente el católico) o prácticas religiosas, y el ‘espectáculo’ ofrecido por los principales medios masivos (Facebook incluido), complementan una débil y agónica sociedad civil que no termina de constituirse como un espacio moderno de legítimos y legales intereses particulares. A una nación y ciudadanía falseadas, y muchas veces impotentes, por el control oligárquico y neoligárquico del subsistema político y cultural, lo complementa una ‘sociedad civil’ desagregada (las mayorías en las sociedades latinoamericanas no son ciudadanas sino muchas minorías sociales fragmentarias y en pugna entre sí) pero que a la vez contiene las semillas subjetivas y objetivas de un eventual aunque necesario cambio político-social y cultural.

    Las razones para desear este cambio no son solo locales, ‘nacionales’ o regionales. Los desafíos mundiales actuales (el deterioro al parecer irreversible del hábitat natural, por ejemplo) exigen que una población mundial los enfrente, desde sus particularidades y diversidad, constituyéndolos como problemas para su existencia más íntima (subjetividad) y comunitaria (expresión de humanidad). Un Chile o México o Brasil o Venezuela, por citar cuatro experiencias actuales, internamente desagregados y desconectados por múltiples discriminaciones y violencias, tendrán dificultades en relación con una población mundial, en particular del Primer Mundo, que durante el siglo XXI tendrá sed tanto de petróleo como de agua y otros recursos naturales que abundan en este subcontinente.

    Curiosamente, el siglo más ‘cosmopolita’ y frívolo (y con ello el menos responsable) exigirá, para sobrevivir, sensibilidades nacionales y regionales que América Latina no ha podido construir. Hemos sido zonas de desagregación sin reparación ni olvido. Nuestras adhesiones ‘nacionales’ apenas si pasan el examen de una bandera, un himno y las selecciones de fútbol.

    Dicho así salta a la vista la significación eventualmente cohesionadora de las movilizaciones y movimientos sociales, tanto nuevos como más tradicionales, que llamaremos aquí ‘populares’ en tanto existen movimientos determinados por su adhesión a la lógica de acumulación global que, por definición, son desagregadores. Las movilizaciones y movimientos sociales populares lo son porque se mueven contra una situación que les genera irritación y los lleva a formas de organización y lucha que busca cancelar o cambiar esa situación. Son, inicialmente, movimientos contestatarios y reivindicativos cuyos integrantes no pueden aceptar las identificaciones inerciales que les provee el sistema porque esas identificaciones no potencian sus luchas. A veces toman la forma de una lucha particular y sectorial, como la de las mujeres populares con teoría de género, en ocasiones se dan el aspecto de una movilización socio-ciudadana geográficamente localizada, como en la Guerra del Agua de Cochabamba (Bolivia, 2000), en otras se manifiestan mediante un lema político-cultural que sintetiza los sentimientos de sectores sociales muy diversos, como el “Que se vayan todos” (Argentina, 2001), cuya fuerza obligó a huir a un presidente, o también la de un “Grito de los Excluidos” surgido en el seno de la pastoral social católica (Brasil 1994), pero que hoy convoca a la organización y manifestación de luchadores agrarios, ecologistas, mujeres, minorías sexuales, defensa de la región amazónica, etc. y que busca dar una base social no partidista a las medidas progresistas de los gobiernos brasileños al mismo tiempo que hacer del grito una sensibilidad cultural popular continental.

    Diciéndolo escuetamente: lo que importa de un actor social en América, nuevo o viejo, es que luche orgánicamente por lo que considera propio haciendo de su lucha factor de producción de una identidad efectiva. Esta identidad le permitirá testimoniar a otros la necesidad de luchar socialmente para crecer en humanidad. Óptimo sería poder articular las luchas populares sin que cada sector renuncie o posponga a sus identidades y banderas propias. Todavía más óptimo que sus luchas situacionales puedan ser conducidas coherentemente por cada quien a una lucha antisistémica. Como deberíamos saber, en América Latina las revoluciones no tendrían que desaparecer porque son urgentes y necesarias. Y es deseable que sus actores tengan claro que sus luchas deben constituir vida para las mayorías. Pero que esta vida solo pueden dársela a sí mismas esas mayorías hoy minorías desagregadas. Este es quizá, con independencia de sus reivindicaciones específicas, pero sin minimizarlas, el gran aporte de los ‘nuevos’ movimientos sociales.