Grupo Siglo XXI: Producir

un mundo, diciembre 2010.

 

     Desde hace algún tiempo La Nación S.A. publica una edición especial con los personajes del año. Los selecciona vía la escogencia de sus periodistas y editores a partir de sus propias publicaciones. Algo ensimismado el criterio del periódico, pero como se lo explicita, al menos queda claro. Este año 2010, entre los 25 personajes o personalidades, figuran Óscar Arias (expresidente del país) y la rectora de la Universidad  de Costa Rica, Yamileth González. Parte de lo que opinan en sus entrevistas apunta a un rasgo de la existencia política de los costarricenses. Es un rasgo deficitario (entre otras razones por escasamente democrático) y aquí se lo examinará sin que se intente analizar el conjunto de las opiniones. Tampoco se busca cuestionar figuras. Se les menciona solo en cuanto  dan señales de una sensibilidad socio-política básica de los costarricenses y que toca, además, a toda América Latina.

    En el caso de Arias, el periodista lo enfrenta a la opinión generalizada de ser una persona “con un ego notable”. En sencillo, de poseer una vanidad extrema. El expresidente lo niega: “Esa es una percepción equivocada de alguna gente que no comparte mis ideas, que discrepa de mí en muchas cosas. Algunos son mis adversarios políticos”.

    Sin embargo, en la misma entrevista retorna sobre esos adversarios, ‘que discrepan de él en muchas cosas’, para determinarlos así: “Son esos críticos envidiosos y mezquinos que yo tengo. Son cuatro gatos y se cuentan con los dedos de la mano. Escriben en tu periódico. Es la misma gente”. La percepción equivocada que se tiene sobre lo que él hace proviene de determinaciones psicológicas (¿y morales?) de unos pocos individuos que resultan asimilados a “cuatro gatos”. Pero la historia política reciente de Arias no concuerda con esta descripción de sus críticos y opositores. En sus dos últimas contiendas electorales ganó los procesos por un margen muy estrecho: en la presidencial, la diferencia fue de 0.5% de los votos en relación a quien llegó segundo y el total de abstenciones superó su votación personal. Esto indica electoralmente algo más que cuatro gatos. Y en el polémico referéndum sobre un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, la distancia entre el , que él encabezó, y el No, fue de 51,7% contra un 48,3. Se abstuvo un 35%. Sus opositores insisten en ser algo más que cuatro gatos. Pero no es solo un asunto de cifras. La segunda presidencia de Arias se dio en el marco de la descomposición del sistema ‘tradicional’ de solo dos partidos reinantes debido al casi colapso de uno de ellos y a la emergencia electoral y en menor medida política de otros partidos: el PAC y el Movimiento Libertario. Y, sobre ello, el país se instaló de lleno en un doble proceso que acentuó sus desagregaciones internas: la deslegitimación de sus políticos y el aumento de la desigualdad social. Ambos factores inciden en que los adversarios u opositores o críticos de cualquier personalidad  que esté en el gobierno no solo sean más de cuatro sino que cualitativamente no puedan ser despreciados. Incluso equivocados en sus críticas deben ser tomados en cuenta.

    La cuestión va sin embargo más lejos que el trato de un político con sus opositores o, en el lenguaje de Arias, de sus “adversarios”. A partir de una frase ocasional del presidente Arias en el sentido de que le agradaría que su sucesor fuese una mujer se valoró en su momento que él apadrinaba la candidatura de Laura Chinchilla, obviamente del mismo partido y en ese momento Vicepresidenta de la República. Probablemente Arias no estaba pensando en Chinchilla, pero el resultado fue que su vicepresidenta se presentó a la elección y la ganó. Pero su mandato (de menos de un año) ha sido rudamente descalificado por Arias. En la entrevista que sirve de fuente a este análisis y cuando se le pregunta si no previó que Chinchilla se distanciaría de sus proyectos para hacer las cosas “a su modo”, replica: “Uno no sabe cómo son los seres humanos. Uno no sabe si prima la mezquindad o la envidia en alguien, sobre los otros valores”. Es un juicio fuerte.

    Antes, y a propósito del conflicto en curso con Nicaragua en la frontera norte de Costa Rica, ha llamado al gobierno de Chinchilla o ignorante o mentiroso: “Ese cuento de que antes hay que acudir a los organismos regionales, eso es mentira. O es por ignorancia o, sencillamente sabiendo que es una mentira, están diciendo una mentira”.

    La descalificación ya no se dirige contra los ‘adversarios’ sino contra alguien de su partido y a quien se podría considerar como su designada. Curiosamente, Arias insiste a la prensa que no hablará sobre temas nacionales, pero lo hace y comúnmente es para descalificar y gruesamente al nuevo gobierno de su agrupación, rasgo éste que supondría cierto tipo de continuidad y de recato público, por aquello de la más elemental lealtad (o al menos prudencia).

    Una primera observación resulta obvia: el Partido Liberación Nacional, del que forman parte Arias y Chinchilla, no constituye un partido político. Se compone de grupos diferenciados por sus intereses particulares. De este modo ninguna continuidad política está asegurada, excepto por su necesidad de mantener las clientelas electorales. Sin prolongar esta observación, en ausencia de partido ideológico, las diferencias entre personalidades (“egos”) resultan inevitables. Pero no se siguen de una lectura psicológica (individual) de ellos, sino de una lógica sociopolítica.

    La segunda observación tiene que ver con el núcleo central de este trabajo: cuando Arias habla de sus opositores o ‘adversarios’ se refiere a personas, no a sus ideas. Las ideas las resuelve con un “discrepan de mí en muchas cosas”. Pero no las menciona. Su calificación es caracterológica y sobre individuos: se trata de “envidiosos”, “mezquinos” y “mentirosos”. La política como expresión de fuerzas políticas y de doctrinas o ideologías o proyectos de sociedad con sus programas se esfuma y aparecen en cambio individuos con rasgos personales negativos. Sería absurdo conciliar con mentirosos y no resulta posible llegar a acuerdos, concertaciones o alianzas con mezquinos y envidiosos.

    El punto enseña una realidad del imaginario político costarricense y, con ello, de su práctica: la hacen personalidades o individuos, no fuerzas sociales. Si existen fuerzas se expresan electoralmente y en relación con una personalidad: durante la segunda mitad del siglo XX se habló de “calderonistas” y “figueristas”, por las figuras de Calderón Guardia y Figueres Ferrer. Arias desearía que se hablara del “arismo”. Los partidos emergentes antes mencionados podrían ser reconocidos sin ningún problema por la población como “otismo” y “otonismo”, derivados de los nombres de sus principales dirigentes, Otto y Otón. Cuando existió izquierda, muchos la llamaron “morismo”, por el apellido (Mora) del eterno Secretario General de su partido más significativo. De esta reducción personalizante de los escenarios políticos se siguen varios ‘efectos’: los políticos son buenos o malos (en un sentido moral), mentirosos o veraces, embrolladores o francos. Para esta sensibilidad, interesa menos lo que se dice que quien lo dice. Por supuesto esto tiene alcances sobre planes, programas y partidos. Serán buenos o malos si los dirigentes o el candidato son considerados buenos o malos, cercanos o lejanos, benefactores o perniciosos. La personalización de los perfiles políticos enseña su matriz oligárquica aderezada con un rasgo moderno: el clientelismo.

    Igualmente importante es que la personalización impide las concertaciones (acuerdos) políticas y las reemplaza por tratos entre personas con intereses particulares comunes o con rasgos afines (familiares, por ejemplo). Desaparece la ideología del Bien Común y la del emprendimiento colectivo (república). La ausencia de diálogo político (o su inefectividad) da muestras de una sensibilidad feudal ajena a la discusión y a los acuerdos en que las partes ceden dentro de ciertos límites racionales. De esta manera los rasgos democráticos, derivados de un Estado de derecho y sus procedimientos, no pasan de ser cosméticos y factores que disimulan que se trata de una guerra de personalidades y prestigios en la que se debe aplastar al hostil o humillarlo para exponerlo a la vergüenza pública. En este clima no resulta para nada excepcional descalificar absolutamente a quien busca crear otros escenarios y sensibilidades como expresión de un metafísico Mal en la Historia. En los últimos cincuenta años de Costa Rica este papel lo han jugado los sindicatos y sus dirigentes y más recientemente, adoptando el lenguaje estadounidense, los narco-terroristas. Pero estos calificativos no tienen un contenido preciso y pueden extenderse a quienquiera se desee anatematizar.

    En su entrevista, la rectora Yamileth González elabora una hipótesis sobre la diferencia entre su propio comportamiento cuando joven y los jóvenes actuales. El referente es la protesta, que ella estimó “irrespetuosa” como resultado de una fallida negociación presupuestaria entre el gobierno y los rectores de las universidades públicas en la que estos últimos recibieron mucho menos (7% de aumento) de lo que ellos mismos establecieron como mínimo para seguir funcionando (15%-13%). La hipótesis es la siguiente: cuando ella era joven existía “… un mundo de rebeldía, sueños y utopías, que nos permitió llegar a hacer muchas cosas porque había esperanzas de cambiar y el contexto era muy diferente.” La rectora siente muy diferentes a los jóvenes de hoy: “A veces siento que los jóvenes hoy tienen una rebeldía que no parte de sueños ni de utopías, sino de frustraciones, porque no están seguros de que van a tener un empleo, buenos salarios, poder ejercer profesionalmente. A nosotros, eso no nos preocupaba porque sabíamos que estaban todas las posibilidades allí”. Si circunscribimos, para efectos prácticos, la hipótesis al plano local lo que dice González es que ella fue joven cuando imperaba en Costa Rica una sensibilidad de desarrollo. Para esa sensibilidad, la educación era un mecanismo de movilidad social vertical. De hecho, Costa Rica ha sido estudiada fuera de América Latina como uno de los tres referentes ‘modélicos’ de organización latinoamericana, junto a Cuba y Chile. En Costa Rica el ‘modelo’ incluyó inversión pública significativa y universal en educación y salud (junto a otras prestaciones sociales) y ello le valió ser ‘diferente’ en Centroamérica y América Latina. Hoy día lo que existe es un modelo de crecimiento ligado a la acumulación global y su sensibilidad propone ganadores y perdedores que son enteramente responsables por su suerte. Se trata, sin duda, de otros tiempos.

    Pero precisamente por tratarse de otros tiempos, tal como lo reconoce González, la relación entre generaciones también es distinta. Simplificando, los adultos del ‘desarrollo’ ofrecían a las nuevas generaciones, aunque fuese imaginariamente, un mundo estable y de posibilidades ciertas. Resultaban así generacionalmente respetables y amistosas o al menos indiferentes. Las actuales generaciones de adultos dejan un mundo que muchas veces se enorgullece de haber liquidado las esperanzas (las llama despreciativamente “utopías”) y que carece de solidaridad para enfrentar los retos más elementales que su lógica produce: el desafío ambiental, por ejemplo. Pareciera que las nuevas generaciones no tendrían por qué respetar a sus mayores ni ser gentiles con ellos. Les deben nada o peor que nada. Más adelante veremos que la rectora González espera de ellos ‘respeto’ a su cargo institucional y a su condición de mujer.

    Dos anotaciones: cuando González habla de su mundo “… de rebeldía, sueños y utopías… y esperanzas de cambiar” su horizonte es el de un sistema que propicia esos cambios. Para sus sueños de juventud, el sistema era estable. Se podía ser feliz en él. Por tanto su rebeldía era funcional al sistema. La cuestión cambia cuando el sistema abandona su pretensión de universalidad y afirma que algunos ganarán y otros perderán. Y el cambio se acentúa cuando la oferta, que deja de ser universal, no se liga con los esfuerzos y méritos individuales sino con el status social. En América Latina ‘ganadores’ y ‘perdedores’ quedan determinados mayoritariamente por el sitio y familia donde nacen. Se dan excepciones, pero no constituyen un número estadísticamente significativo. Y esto sin cuestionar el carácter de la noción de ‘ganador’ o ‘ganadora’. De modo que hoy la lógica del sistema convoca a su cambio radical, aunque se fracase en el intento. No se trata por tanto solo de un cambio psicológico en los jóvenes, sino de una toda nueva situación objetiva y subjetiva. Para algunos, la ‘felicidad’, que es una situación íntima y también un tipo de irradiación, puede alcanzarse solo luchando contra el sistema. Aunque se pierda, se ha hecho lo necesario y posible. Ahora el enfrentamiento no es solo contra los mayores que administran un mundo de mierda, sino principalmente contra las instituciones y sus lógicas. En breve, hoy se presentan otras maneras de ser joven, o de expresar la juventud, y esto afecta a las instituciones especialmente si se considera que el sistema se mercadea como sin alternativa (The Matrix).

    El otro alcance es que González introduce en su apreciación acerca de los jóvenes actuales, aunque sin pronunciar la palabra, el concepto de “resentimiento”. En Costa Rica la crítica social es calificada como propia de “resentidos”. “... siento que los jóvenes de hoy tienen una rebeldía que no parte de sueños ni de utopías, sino de frustraciones”. Se trata de una psicologización que invisibiliza el carácter social de la protesta. Probablemente su uso en Costa Rica sea anterior al actual modelo de crecimiento económico, pero éste permite ligar perdedores con resentimiento. Quien critica es un resentido y está resentido porque es un perdedor. O quien disputa es un perdedor y como perdedor está resentido. Ahora, en la versión neoliberal, la causa de su resentimiento es él mismo. El neoliberalismo tiene una medicina básica para estos problemas: el subdesarrollo es una condición mental (subjetiva, espiritual). De esta manera la hipótesis de González sobre los jóvenes costarricenses de hoy enseña (lo sepa ella o no) su carácter social y su posicionamiento o status de rectora dentro del ‘orden’ social. El irrespeto de los jóvenes lo convoca o atrae precisamente su jerarquía  dentro de The Matrix. Para algunos jóvenes, el ‘orden’ del que forma parte González es violento, es decir es un tipo de ‘desorden’.

    Además el planteamiento de González descansa en una apreciación discutible. Su propia rebeldía exigía el sistema. La actual rebeldía puede rechazar el sistema, aunque los rebeldes no lo sepan. Pero ambas ‘rebeldías’ surgen desde irritaciones, sueños y utopías. Lo que las diferencia es su carácter. Es el sistema el que cambió de carácter: pasó de pretenderse universalmente inclusivo a mostrarse agresivamente como desagregador, excluyente y aniquilador. The Matrix es Terminator. Este punto afecta el carácter de las relaciones entre las generaciones y también el de las relaciones entre autoridades institucionales, caso de la rectora, y quienes carecen de fuerza y autoridad para dar otro carácter a esas instituciones y al sistema como tal.

    El punto puede resolverse así: ¿No administrará la rectora González ‘su’ universidad como si todavía fuese el tiempo del ‘desarrollo’? ¿No estará aquí el núcleo duro de su distancia entre ella y los jóvenes que ‘le faltan el respeto’? En el carácter de esta ‘distancia’ la rectora es enfática: “… ella afirma tajantemente que nunca ha existido la posibilidad de ningún diálogo con la Feucr (sic, por FEUCR, Federación de Estudiantes de la Universidad de Costa Rica)—misma acusación que le ha lanzado ese grupo a ella”. La distancia absoluta la explica la rectora indicando que quienes le faltan el respeto es una “minoría muy activa pero que no representa a todo el movimiento estudiantil”. Aquí no son cuatro gatos, sino pocos gatos pero activos. Agreguemos, de paso, que en la Universidad de Costa Rica ningún grupo puede representar al movimiento estudiantil porque este movimiento no existe. La mayor parte de estudiantes ni siquiera desea enterarse de que existe una Federación de Estudiantes. Sin embargo esto no transforma a quienes sí se interesan y participan en unos cuantos gatos.

    El asunto puede prolongarse más allá de la directa competencia de una rectora o rector. ¿No será el conjunto de la institución universitaria un gheto en el que se finge el ‘desarrollo’ y esto pase a ser un factor (con conciencia o sin ella) de irritación y ‘rebeldía’ de sectores de estudiantes o de sus ‘malos modales’? ¿No será la universidad pública un paraíso artificial especialmente para su cuerpo docente, funcionarios administrativos y ‘autoridades’ y, de nuevo, sea esto un factor de desagregaciones, no solo entre estudiantes, en su interior? La rectora no parece interesada en pensar este punto enteramente sociopolítico.

    Por el contrario, en la entrevista hecha a la rectora González encontramos un patrón semejante al del discurso de Arias. La sociedad no produce actitudes. Ellas son propias de individuos minoritarios, en este caso, frustrados o resentidos. De esta manera los conflictos se resuelven mediante su personalización: los gatos, escasos o cuatro, se representan solo a sí mismos y a sus malos humores. En términos institucionales son ‘borrables’, en tanto no aportan sino problemas (personales) a la universidad.


    La personalización del conflicto social lleva a González al extremo de atribuir las críticas e “irrespetos” que ha sufrido a su condición de mujer: “El hecho de que soy mujer genera que la gente haga cosas que no haría con un rector. He llegado a la conclusión de que es complejo estar en un puesto de estos (sic) siendo mujer, en que una tiene que ejercer un cuidado y atención especial; la gente actúa diferente si se enfrenta a una figura masculina”. Es probable que esta ‘explicación’ sea altamente impropia. Sin ánimo de hacer crónica es posible recordar a un rector anterior de la misma universidad que sufrió al menos dos agresiones físicas: una al mezclarse en una fiesta de estudiantes y otra en un altercado con un profesor que finalizó con un pugilato que los llevó a ambos a rodar por una escala mientras intentaban darse de golpes. Fue el mismo rector que descubrió que las oficinas técnicas (coadyuvantes) no le entregaban información fidedigna (ocultaban datos) ni a él ni al Consejo Universitario. Se trataba de un rector masculino y ‘ciertas gentes’ no mostraron respeto alguno por su investidura. Tal vez las agresiones contra ese rector indica que quienes lo agredieron no veían en él una figura institucional sino una persona a la que querían dañar de la única manera que el sistema les permitía: dándole golpes o haciéndolo pasar por inocente. La autoridad, Arias, González, puede dañar de muchas maneras. La autoridad plasma materialmente a las instituciones y, además, sanciona. El ciudadano o estudiante de a pie, no. O no de la misma manera. Y la tecnocracia/burocracia puede reírse de la institucionalidad y de sus autoridades engañándolas y sacando provecho particular de ello. Este último punto nos conduce a una cuestión de status narrada en la fábula de los sastres bribones que hacen creer al monarca que va regiamente vestido cuando está en cueros. Solo los niños, sin prestigio alguno que perder, lo ven desnudo y se atreven a decirlo.

    De modo que las “insolencias” sociales pueden afectar a mujeres y varones si son autoridad en un sistema que carece de credibilidad universal. Ser mujer o varón pasa de esta manera a un segundo o tercer plano, sin que se intente decir aquí que carece de toda significación. Si el profesor que golpeó al rector y lo arrastró escalas abajo hubiese enfrentado a una rectora probablemente el ataque hubiera sido verbal y el agresor habría chorreado su insultadera ante el mayor número de gente posible. Es seguro que habría proferido algunos epítetos machistas precisos que no es necesario reproducir aquí por demasiado conocidos.

    La rectora González va más allá. Su enfoque personalizante y ‘de género’ la conduce a creer en el dicho hiperempírico de que ‘muerto el perro se acabó la rabia’. En realidad la rabia excede la muerte de cualquier perro porque se trata de un virus que afecta a los mamíferos (perros, gatos, murciélagos, zorros, mapaches y seres humanos, por ejemplo) y para acabar con ella al menos habría que acabar con los mamíferos, incluyendo la especie humana. González estima que como quienes la adversaban (e insultaban) perdieron las elecciones estudiantiles y ya no serán dirigentes se puede esperar “un caminar diferente”.

    Este caminar diferente caracteriza así a los estudiantes en tanto interlocutores: “No queremos estudiantes pasivos, los queremos críticos, analíticos, participativos, los queremos haciendo debate, los queremos confrontativos. Pero siempre en términos de respeto a las personas, no de los cargos, y de la institucionalidad en el país”. Es una confesión. Los estudiantes pueden ser  críticos pero en el marco de la institucionalidad del país. Esto porque las personas no existen abstractamente en el aire sino en referencia a las instituciones que las tornan ‘personas’ con diversas jerarquías, respetables o insignificantes. Lo mismo vale para las determinaciones de  confrontativos y participativos. ¿O es que el neoliberalismo que hoy nutre las instituciones respeta a las personas y sus sueños? ¿Y el pensamiento único respeta a la persona pequeño-campesina, al indígena, al estudiante de escasos recursos, etc.? No solo no los respeta sino que los desprecia y ningunea. Y mentirle a la población, conformada por personas, reiterándoles el mito del desarrollo, ¿muestra respeto? El respeto se sigue de tramas sociales y se expresa en el testimonio diario de las personas con calidades diversas. No se puede invisibilizar la violencia, económica o de género, por ejemplo, contenida en las tramas sociales básicas y reclamar “respeto” a una persona que es autoridad, mujer o varón, precisamente por y en el irrespeto.

    Pero cuando se ignora las tramas sociales (que se decantan en instituciones y sus lógicas y en individuos que las personifican como ‘autoridades’) resulta sencillo valorar los contratiempos y malos modos como causados por actores maleducados, irrespetuosos, ‘cuatro gatos’ o perros que muertos (es decir desalojados de los escenarios políticos determinados por las autoridades) abrirán las anchas alamedas del universal ‘respeto por las personas’, cualesquiera sea su status. Y se exige esto en Costa Rica donde el habla oficial reinante pronuncia ‘sindicalista’ con todos los fonemas de ‘terrorista’.

    Retornemos al punto de partida. Las entrevistas a un expresidente y a una rectora en ejercicio, ambos autoridades costarricenses, aunque también diversas por muchos factores, muestran un rasgo común: la tendencia a la psicologización de los conflictos y, con ello, su aproximación a anatematizaciones morales. El fenómeno de personificación puede traducirse mediante una cosmética de vanidades/prestigios, pero se trata en realidad de una invisibilización de las fuerzas sociales que constituyen el espacio de lo político y de sus escenarios. En términos de régimen democrático de gobierno esta sensibilidad de invisibilización tiene un alto costo. En lugar de divergencias sobre puntos de vista y programas, las diferencias califican/descalifican personalidades. Las posibilidades de programas de largo aliento, que exigen el apoyo de diversos grupos sociales y, eventualmente de diversos partidos, resultan así escasas o del todo inexistentes. A su vez, la ausencia de programas de largo aliento fortalece las clientelas ocasionales y también el clientelismo estructural (acumulación global). Se activa de esta manera una espiral viciosa que bloquea los diálogos entre fuerzas diversas, las conciliaciones y la constitución de un bloque hegemónico que vence y convence aunque se componga de distintos. O, mejor, vence y convence porque se configura mediante la articulación de diversos destacamentos sociales. Se trata de la cuestión de la hegemonía y de la gobernabilidad (esto último en el lenguaje sociológico estadounidense) en sociedades complejas con múltiples desafíos sociales no resueltos o ni siquiera bien planteados.

    Por supuesto la cuestión de la psicologización de lo político (o sea la ‘receta’ de Hollywood) es también la cuestión de la crítica del dominio oligárquico (señorial, plutocrático) y neoligárquico (que incorpora ‘tecnócratas’) en América Latina. Ése que ha suscitado un discurso de minorías sobre la necesaria segunda y definitiva independencia que han de protagonizar nuestros pueblos. Palabras grandes, quizás, para haberse iniciado con una discusión tan puntual como la realizada en estas líneas. Pero está ahí. Y afecta también a quienes quieren militar en ‘las izquierdas’. Luego, hay que entrarle. Aunque haya que sensibilizarse popularmente para sentirlo.
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         Intercambio.-

    1.- (Costa Rica).- No me enteré del conflicto personal entre la rectora de la Universidad de Costa Rica y la dirigencia de la Federación de Estudiantes. ¿Por qué ese malestar que la lleva a elaborar toda una hipótesis acerca de los jóvenes actuales?

    HG.- Solo tengo la información que circuló mediante algunas notas periodísticas. Aunque lo que hizo enteramente patente el descontento y el reclamo de la señora rectora fue un incidente que se produjo tras el acuerdo de financiamiento gubernamental del sector universitario público más significativo, al parecer los desacuerdos y recriminaciones de ambos bandos eran ya parte de un proceso. El incidente preciso fue la invasión que hicieron los dirigentes estudiantiles y sindicales (y otros universitarios, supongo) de la sala en que la rectora explicaba al Consejo Universitario el acuerdo y su participación en él. Invadieron, gritaron, insultaron y, según algunos consejeros, causaron daños en esa sala. Al mismo tiempo, imagino, su presencia numerosa en un salón pequeño permitía pensar en una agresión física o al menos en un acoso. Entiendo que la agresión física contra personas no ocurrió puesto que nadie la ha mencionado. Tal vez me equivoque. Pero de todos modos se trató de una situación difícil. Posteriormente los invasores ocuparon el edificio donde se realizaba la sesión oficial y la rectora, cuando la dejaron salir, mandó cerrar la Universidad. Estaban ocupados el edificio donde sesiona el Consejo y la Facultad de Ciencias Sociales, entiendo que por estudiantes de diferentes sectores.

    Con independencia de la forma de la protesta, sí existía cierta racionalidad en ella. Fueron los rectores quienes pusieron las cifras iniciales de un quince y un trece por ciento de aumento como algo que permitiría a las universidades públicas funcionar adecuadamente. Finalmente transaron en un 7% y algunas promesas y sostuvieron a coro que la negociación había sido un éxito completo. Tiempo después, este último discurso ha cambiado. Se dice que “se consiguió lo que se pudo”. Entonces los reclamos vienen básicamente desde tres frentes: las cifras mismas, que son malas respecto de las expectativas, la forma de asumir la lucha por el presupuesto y de concluir el proceso por parte de unos rectores que no informan adecuadamente a la comunidad universitaria y a la ciudadanía. Los rectores llamaron a una movilización y, como siempre, los estudiantes y toda la comunidad estuvieron muy activos y presentes en ella, pero los rectores se vieron como generales de unas masas que no requerían ser informadas y las que no se concedió más presencia que marchar. Y el otro bando en la negociación, los representantes del gobierno, llenó de barro a las universidades públicas en campos pagados. O sea se portó hostil, enemigo casi. Y nunca pidió disculpas por su campaña de mugre. Entonces hubo una fuente de dificultades con este procedimiento que, además, culmina con cifras que podrían considerarse malas puestas en relación con lo que los mismos rectores exigían inicialmente. Un tercer frente de descontento sin duda provino de que los rectores no advirtieron o no quisieron advertir que negociaban con funcionarios que no querían negociar y que, después de un tiempo largo, impusieron su punto de vista. Si los rectores hubieran asumido este aspecto de ‘negociación falsa’, la tarea habría sido, para los universitarios, pasar a crear las condiciones para que el gobierno negociara. Como no se hizo, pues entonces se tuvo un resultado que puede valorarse inicialmente como una derrota significativa para los universitarios que ven cómo asuntos que son decisivos para ellos son resueltos desde fuera de las universidades. Y esto en un tiempo en que lo que está ‘a la moda’ es la proliferación de universidades privadas, o sea la educación superior como un negocio.

    Entonces sí existieron razones para mostrar enojo y un tiempo apretado para manifestarlo. Que la forma no haya sido la mejor, pues eso deben juzgarlo y asumirlo los actores comprometidos. Pero si se introduce la cuestión del “respeto” a las personas en la discusión, sí puede afirmarse que en este proceso de negociación del presupuesto de las universidades públicas se dieron diversas formas de irrespeto (del gobierno hacia las universidades, por ejemplo, o en el seno de los rectores donde algunos remaban a favor del irrespeto gubernamental). La señora rectora privilegia uno solo de esos irrespetos: el que los estudiantes tuvieron con ella. Los muchos otros no parece sentirlos ni resentirlos ni desea aceptar ninguna cuota de responsabilidad por ellos.

 

     2.- (Costa Rica) Me llama la atención que se diga que el Partido Liberación Nacional dejó de existir hace ya tiempo. Ha ganado las dos últimas elecciones presidenciales y parlamentarias y acaba de barrer en las municipales. Tiene el candidato mejor situado para la próxima presidencial. ¿Cómo que no existe?

    HG.- Se trata de una afirmación política y agitativa, que busca generar discusión. Los referentes que usted da son todos resultados electorales. Pero un partido político no es solo sus logros electorales. Es también, por ejemplo, un educador socio-político de la ciudadanía y de la población por medio de sus diagnósticos sociales y sus propuestas de trabajo. También un canalizador de las necesidades y requerimientos de la población y  de la ciudadanía. Esto quiere decir que se da capacidades para escuchar y entender. Por mencionar un tercer aspecto, un partido político refuerza y da estabilidad al sistema político en el que se inserta y mueve. Si reparamos en este último rasgo, uno de los factores que precipita situaciones de ingobernabilidad en Costa Rica es la pérdida de confianza de los ciudadanos en los dos ‘partidos’ tradicionales, el PLN y el PUSC. Esta pérdida de legitimidad elevó, por ejemplo, los indicadores de abstención en las elecciones nacionales hasta alrededor del 40%. En las recientes elecciones municipales que usted menciona, la abstención llegó a un 72%. Son indicadores numéricos. Es cierto que la abstención en las elecciones para presidente ha ido bajando hasta aproximarse al 30%, pero ya no se trata de una “fiesta electoral” ideológica, sino de una “fiesta clientelar” o publicitaria (orientada a los indecisos) o de corte gamonal. Muchos sectores de ciudadanos han olvidado ya lo que significa un proyecto-de-nación. Vota porque cree que se le ofrece y obtendrá algún beneficio particular. Por eso se ‘inventan’ cuestiones que podrían interesar generalizadamente a quienes votan: la seguridad, por ejemplo. Pero la ‘seguridad’ ciudadana no es asunto de policías y jueces solamente. Se vincula con cuestiones como acceso a empleos dignos. Usted recordará que el empleo digno ni se tocó en la pauta publicitaria de la campaña recién pasada (pese a que estaba en el aire el que un 33-35% de los trabajadores no recibe el salario mínimo de ley que le corresponde).

    Los ciudadanos-clientela han sido creados por ‘partidos políticos’ que no lo son. Estos ‘partidos’ son fundamentalmente maquinarias electorales (no crean opinión pública ni ciudadana) y bandas de administración pública (con un alto grado de venalidad). En Costa Rica los partidos casi no existen fuera de los períodos electorales. Esto si los ve desde el punto de vista del funcionamiento. Si se los mira en términos ideológicos, la situación es peor. El PLN surgió como un partido desarrollista interesado en generar un polo de acumulación capitalista costarricense y regional. Para avanzar hacia ese desarrollo e integración enfatizó cuestiones sociales: educación, cooperativismo, salud, por citar tres. De eso hoy no queda nada. Sus dirigentes son plutócratas que asumen el neoliberalismo en su versión latinoamericana y aceptan la peor versión de la mundialización y la promueven. Como el país tiene otra sensibilidad, surgida desde su historia, alegan que con esta ciudadanía y las leyes e instituciones que la protegen no se puede gobernar. Pero lo central es que esta transformación del PLN original la impusieron algunos de sus dirigentes, principalmente la argolla generada en torno a los hermanos Arias, no es algo que venga de las que han sido bases sociales y ciudadanas del partido ni tampoco algo que se haya ofrecido a la discusión en su seno. Fue una transformación inconsulta. Luis Alberto Monge, el expresidente, también de Liberación, llamó a esta transformación "bazukazo". También se ha señalado que el partido fue secuestrado por los Arias. Por supuesto son afirmaciones que habría que precisar porque a lo mejor el antiguo partido se había transformado en "secuestrable".
 
    Agrego un solo aspecto. La ausencia de ideología, en el sentido de justificación y promoción de un sistema de organización económico-social, política y cultural, ha llevado al que dice ser PLN a declararse “pragmático”. En América Central declararse pragmático quiere decir bailar a los sones de la acumulación capitalista mundial y de Estados Unidos. Y agréguese a esto que la dirigencia del PLN es cooptada desde arriba, por sus argollas reinantes. Un solo ejemplo: el diputado Francisco Antonio Pacheco fue presidente de la Asamblea Legislativa por cuatro años consecutivos. ¿Por sus méritos o eficacia? No, porque era el principal yes man de los Arias. Y este funcionario ejerció en un mismo momento como Presidente del país, presidente del partido y presidente de la Asamblea sin tener mérito alguno para esta concentración de autoridades. Era simplemente el empleado de más confianza. El falso partido es manejado por ‘argollas’, desde arriba. Con esto incumple su función de formar dirigentes políticos. Crea en cambio individuos leales a los amos o patrones. Esta lógica es uno de los factores que potencia la corrupción y venalidad partidarias y también la corrupción del ámbito político en tanto se lo desee republicano o al menos determinado por la legislación.

    Hoy día Costa Rica enfrenta un panorama trágico. En un régimen presidencialista solo se puede alcanzar la presidencia si se pertenece a Liberación Nacional. Y para pertenecer a Liberación se debe perder toda autoestima y autonomía. Por supuesto los otros ‘partidos’, cuando lo son, que es otra discusión, tienen su carga de responsabilidad en esta situación.

    Entonces, ¿qué es el PLN al menos desde hace dos décadas? Principalmente una maquinaria electoral y un aparato de administración del Estado altamente venal. Controlado por argollas o familias no puede oxigenarse ideológicamente. No sirve ni a la ciudadanía ni a la población porque carece de un proyecto-de-país integrador. Es también, en contubernio con los medios masivos, un aplastador de opositores. Sirve a los grandes empresarios porque sus principales e inamovibles dirigentes ‘nacionales’ o son grandes empresarios o son funcionarios de las grandes corporaciones o profesionales a su servicio. Electoralmente funciona como partido pero esto es cosmética y artificio. Sin duda en el seno de Liberación Nacional hay liberacionistas decentes, porque gente decente existe en cualquiera agrupación humana, y también debe haber ciudadanos que le entregan el voto por convicción histórica, pero este tipo de liberacionistas y votantes no tiene ninguna capacidad de decisión al interior del ‘partido’ ni los ciudadanos pueden (ni quieren ni saben cómo) presionar para que una administración liberacionista gobierne en beneficio del país. Si el país se beneficia con los “buenos negocios” de minorías, pues bienvenidos. Pero si el país se desarticula, pues no importa, los buenos negocios son siempre bienvenidos. Dos ejemplos actuales: la declaratoria de interés nacional (hermanos Arias y amigos) para la minería del oro a tajo abierto. Y en estos días, la declaratoria de los empresarios en el sentido de que no se interfiera con sus negocios con la excusa para ellos baladí de que Nicaragua invadió Costa Rica. Esta sensibilidad de los empresarios, locales y transnacionales, es parte central de la fuerza efectiva que sostiene al Partido Liberación Nacional. Por eso, partido no son. Que sus argollas y personalidades sean el principal actor político del país en este momento, sin duda. Pero “partido político” no es. Y tampoco quiere serlo. Así como está, alineándose tras jefes y subjefes que estimulan codicias y reparten prebendas, le va bien. Su gente queda impune y triunfa. Saben y sienten que sus opositores no podrán con ellos.

 

      3.- (México).- Aquí en México hemos tenido una experiencia larga, que no solo ha sobrevivido sino que se renueva y amenaza con asfixiar lo que habíamos ganado en prácticas e instituciones democráticas, de clientelismos económicos, sociales y electorales, con sus correspondientes gamonalismos, urbanos y rurales. El PRI es ejemplar por esta forma de organizar y dar carácter a los escenarios políticos. Usted vincula estos fenómenos con una matriz oligárquica. ¿Cómo se concilian matriz oligárquica y clientelismos?

    HG.- Se trata de una hipótesis para el conjunto de América Latina. Matriz oligárquica quiere decir que la lógica de las instituciones sociales latinoamericanas no se afirma en un imaginario moderno sino premoderno. Moderno sería afirmar la universalidad de la experiencia humana aunque no se la materialice puesto que no resulta factible para la acumulación de capital. Las formaciones sociales latinoamericanas no expresan esta universalidad, sino que suponen su negación expresa. Esto quiere decir, por ejemplo, que incluso la legislación contiene discriminaciones explícitas como se advierte en el trato de no-personas que se da a los presos en las cárceles. Lo refiero porque en Chile, el país moderno “exitoso”, acaba de producirse una tragedia con 81 reos muertos. En esas muertes coinciden dos discriminaciones: el espacio carcelario no permitía su habitación humana: exceso de personas para el recinto, sobrepoblación. Producido el incidente que causa el desastre, un incendio en un espacio sobrepoblado, los carceleros resuelven ‘espontáneamente’ que evitar la fuga de reos es más importante que la vida de esas personas. Se puede leer que consideran que su responsabilidad administrativa tiene como centro evitar que huyan, no mantenerlos con vida. La mejor manera de que no puedan huir es que estén muertos. Por supuesto los guardias no necesariamente ‘piensan’ esto. Pero lo actúan. Cuando los lleven a los tribunales reclamarán haber seguido los procedimientos y sus abogados recordarán que esos guardas tienen que lidiar con gente peligrosa, con delincuentes. O sea, con no-personas. Los militares y civiles masacradores y torturadores suelen aducir “obediencia debida” para disculpar legalmente sus acciones e indicar que no hay otra manera de tratar a los terroristas o extremistas. Son variaciones de un mismo discurso.

    No digo que esta situación no pueda repetirse en Europa o África. Solo que no me interesa (porque no puedo vivirla) la realidad ‘moderna’ de Europa o África.

    La matriz oligárquica funciona mediante una separación total entre el ‘nosotros’, los propiamente humanos, o sea los oligarcas, una minoría, y los ‘otros’, una mayoría que en la expresividad de Quico, el del Chavo del Ocho, es “chusma”. Para quienes personifican en situación esta matriz oligárquica (grandes propietarios, grupos financieros, tecnócratas, dirigentes de los aparatos clericales, sectores conservadores) los otros no son apropiadamente humanos, pero ¡escándalo! la modernidad los hace ‘ciudadanos’ es decir jurídicamente iguales. La sensibilidad oligárquica nos viene de la conquista ibérica y del cristianismo católico que la acompañó y justificó su crueldad e imperio sobre indígenas y restantes “chusmas”. Es sinónimo de imperio señorial (económico, social, político) y clerical (político-cultural). Cuando quieren ‘modernizarse’, las formaciones sociales latinoamericanas (centradas entonces en el latifundio señorial) se encuentran con horror que ‘los chusmas’ deben ser tratados jurídicamente como semejantes. Y sobre todo, después de un tiempo, pueden contar como votos iguales. Es decir esos chusmas pueden resolver lo que es bueno o malo, bonito o feo, triste o gracioso porque son jurídicamente iguales. O, si se prefiere, la modernidad los ha igualado. Por aquí existe un primer ingreso latinoamericano a la categoría de “clientela”. Se dice así: se los ha declarado iguales, pero pueden ser reducidos a “clientelas”, tales como los creyentes pueden ser reducidos a “ovejas” que requieren la guía de un pastor. Estas separaciones y dominios expresan una fuerte dosis de desprecio. También de soberbia. Estos elementos de soberbia/desprecio afectan de distinta manera a todos los sectores sociales, están en todos nosotros, no son exclusivos de los sectores dominantes o reinantes. En América Latina, cuando usted quiere saber cómo es realmente una persona, entréguele una tuición permanente sobre otros (chofer de bus, por ejemplo, o una llave para una puerta que solo él puede abrir o, también, monja). Normalmente esa persona mostrará cambios grandes y negativos. Es un ‘señor’ para (o contra) algunos. Y querrá obtener gratificaciones de su dominio sobre ellos.


    En países modernos postindustriales pueden darse también clientelas, pero tienen otro carácter. Se imaginan a sí mismas autónomas, creen que votan, por ejemplo, por sus propios intereses. Entre nosotros la sensibilidad oligárquica deja claro a sus clientelas que reciben favores o, desde el otro ángulo, el de los señores, que se les hace una gracia. Es decir las clientelas latinoamericanas tienen claro que el favor que se les dispensa (un contrato público, un almuerzo, una beca, una casa, una exoneración) podría no producirse o cesar si el señor se enemista con ellos o simplemente le fastidia conceder su gracia. Se trata de una sensibilidad señorial que puede manifestarse, sin conflicto, como abrazo de amigo o como latigazo en la espalda.

    4.- (México) ¿Gamonalismo es lo mismo que caciquismo?
   
    HG.- Si se consulta el Diccionario de la Real Academia, sí. Pero gamonal es una palabra europea, española, y la otra es propia de la América caribeña antes de la conquista. Un cacique era una autoridad legítima, o sea un gobernante cuyo mandato estaba supeditado a la autoridad de las asambleas familiares y comunitarias. También pudo ser un líder que encabezaba a su pueblo en experiencias riesgosas, como una guerra. ‘Gamonal’ en cambio remite a grandes extensiones de tierra con señor o propietario (el gamón es una planta silvestre). ‘Cacique’ es inclusiva de la comunidad. ‘Gamonal’ contiene el señorío (autoridad económica, política y cultural) que se ejerce desde la propiedad sobre y contra otros. No es factor de funcionamiento de una comunidad sino de una sociedad no-familiar estructurada rígida y jerárquicamente. Un obispo es un tipo de gamonal, no un cacique.

    La idea de que ‘cacique’ designa cualquier autoridad, legítima o de dominación, proviene de la conquista ibérica. La autoridad española insistió en llamar “caciques” a cualquier tipo de autoridad entre  la población indígena para distinguirlas y separarlas de las autoridades derivadas del dominio de los reyes españoles. Estas últimas autoridades eran queridas y santificadas por Dios. No eran legítimas, en el sentido moderno, sino legitimadas por el poder de Dios. Las de los indígenas podían ser legítimas para sus comunidades pero no estaban legitimadas por Dios. En la práctica, cualquier señor español (o criollo, después de la independencia) podía más que un mero “cacique”.

    Estrictamente entonces no se trata de sinónimos, excepto por su utilización ideológica interesada. Cacique es una autoridad legítima sin dominación, por comunitaria. Gamonal liga un poderío o dominación efectiva que puede ejercerse contra otros porque se sigue de la propiedad, la riqueza y de la fuerza que dan esos factores que, además, están respaldados por Dios. Ni la lengua ni el habla son neutras, como se advierte.

    Volviendo al punto anterior, la relación clientelar, desde una matriz oligárquica, no es unidireccional, sino que se constituye como un complejo de relaciones. No se expresa solamente desde los señores hacia los chusmas, que pueden incluir aparatos sindicales, como en el caso mexicano, sino que también contiene las relaciones de estos señores con fuerzas ‘más poderosas’ que ellos porque dan, por ejemplo, carácter a la acumulación global (las corporaciones transnacionales, por ejemplo, o los Estados geopolíticamente poderosos) y también con actores económicos modernos. Es aquí donde el dominio señorial, que en relación con los chusmas es enteramente premoderno, utiliza un dispositivo de la modernidad. Este dispositivo es la separación entre ámbito económico y ámbito político de la formación social. Como sobre estos otros actores de los vínculos clientelares no resulta factible utilizar mecanismos señoriales directos porque se carece de la fuerza para ello, se ponen a su servicio recursos políticos. La legislación, por ejemplo, o las licitaciones y concesiones a sectores privados para que realicen funciones públicas, las exoneraciones de impuestos, la entrega de los recursos naturales u, hoy, los macroproyectos de ‘desarrollo’. Estos servicios pueden favorecer o no directamente en términos económicos a los señores locales, pero de ellos se sigue el apoyo multinacional, empresarial y geopolítico empresarial a su dominio político local que es parte de la dominación global. Los ‘señores’ latinoamericanos son parte de un bloque global de dominación que hoy comprende a corporaciones transnacionales, organismos multinacionales, Estados geopolíticamente significativos, tecnócratas, algunos tipos de ONGs, medios masivos y aparatos clericales. Los regímenes democráticos restrictivos latinoamericanos, sin ciudadanía efectiva ni principio de agencia, constituyen tanto un taparrabos señorial como una mutua prueba de la 'buena voluntad' que existe entre señores locales y las fuerzas transnacionales.

 

    Alguna vez se discutió, en los sesentas y setentas del siglo pasado, si existía o no una burguesía nacional en América Latina. Hoy día es claro que no existe y no ha existido nunca. Tal vez hubo burgueses, pero nunca fueron estadísticamente significativos y el tiempo ha mostrado que si quisieron ser ‘nacionales’ no resultaron factibles. Han existido y existen señores duros y graciosos hacia sus chusmas socio-económicas, sonrientes y animosos ante las chusmas ciudadanas y lambisconas y melifluas hacia los grandes imperios globales. El capitalismo latinoamericano se caracteriza por sus prácticas oligárquicas y señoriales y sus conflictos y asperezas se dan dentro de sus lógicas y en función de su reproducción o transformación. Contra estas prácticas oligárquicas y señoriales se propuso, en la década de los sesenta del siglo pasado, una Alianza para el Progreso diseñada por tecnócratas y políticos estadounidenses (administración Kennedy). Proponía transformaciones sistémicas: reforma agraria para un uso moderno de la tierra, reforma urbana para captar la emigración rural hacia las ciudades, reforma educativa para ligar la escuela (en sentido amplio) con la existencia productiva y los valores empresariales, reforma tributaria para que pagasen más quienes más tienen, y régimen democrático de gobierno para que estas reformas radicales tuviesen el respaldo de mayorías ciudadanas. Por supuesto la Alianza, destinada a instituir el capitalismo en América Latina (no necesariamente latinoamericano) no funcionó. No importa aquí por qué. Digamos solo que las fuerzas señoriales demostraron ser más fuertes y articuladas que lo que, con ignorancia, quisieron imaginar los especialistas estadounidenses.

    Asumir cuestiones como las planteadas en cada situación específica (comarcas, país o región) facilita entrar a la comprensión de lo que vincula una matriz señorial precapitalista con el carácter clientelar ‘moderno’ del dominio de los ‘señores’. No pueden ser señores de horca y cuchillo hacia sus chusmas sino ocasionalmente (en las masacres y golpes de Estado, por ejemplo), ni tampoco, en este caso nunca, señores de la guerra y competencia ante las fuerzas de la acumulación global. Son pequeños amos que sirven al Dios católico con sus verruguitas que llaman ‘almas’ y al capital global con su buena disposición (antinacional, por cierto) geopolítica y política. Sus dedos codiciosos buscaban algo como el anillo neoliberal de compromiso. Se los han dado o lo han encontrado. Pero las raíces de su sensibilidad siguen siendo premodernas. Y por ello para comprendernos se tornan necesarias críticas radicales tanto de nuestra legislación (muchas veces ornamental) y de las instituciones que la generan y administran como de nuestra crueldad/hipocresía. Este último es un rasgo político-cultural. Clientelismo y patrimonialismo señoriales se presentan de muchas maneras en América Latina. Pero ninguna de ellas es nacional. Como tampoco lo es el carácter de la propiedad.


    Desde luego una cuestión que no se va a tocar aquí es si las izquierdas están inmunizadas contra esta sensibilidad señorial/clientelar que contribuye con la dominación global para asegurar los imperios locales. Y si no lo están, qué hacen para erradicarla de sus subjetividades y de sus prácticas. En breve, desde qué izquierdas es posible salirse en América Latina de The Matrix. Y cómo.           

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    Las referencias de este trabajo se encuentran en la revista dominical Proa, edición especial, domingo 5/12/2010, del periódico La Nación. El punto de la ‘segunda independencia’ aparece en la Segunda Declaración de La Habana (F. Castro), de 1962.