Grupo "Antropología: La autoproducción

humana", mayo 2010, San José Costa Rica.

 

                                                                      I


     En este julio del 2010 Argentina se convirtió en el primer país de América Latina que reconoce y protege el matrimonio homosexual al concederle igualdad jurídica en todo su territorio. La ‘igualdad jurídica’ en realidad no iguala sino hace que la norma legal no incurra en violencia discriminatoria sobre quienes no han cometido ningún delito. La homosexualidad masculina y femenina no debería ser considerada delito, aunque Amnistía Internacional estima que unos 70 países del mundo o la valoran así o consienten acciones de violencia social discriminatoria centrada en las diversas opciones sexuales. En Arabia Saudita, donde son legales castigos corporales como la amputación de manos o pies, el vínculo homosexual puede castigarse incluso con la pena de muerte. En Nicaragua, la homosexualidad configura un delito penado con uno a tres años de cárcel. En Colombia, en las zonas de guerra donde ha habido dominio tanto de las fuerzas político-militares insurgentes como paramilitares, se han implantado restricciones homofóbicas y sexistas. Sin embargo la aversión a la homosexualidad, y la violencia que la acompaña, no parece generarse en ideologías políticas o en el carácter o revolucionario o reaccionario de sus agentes, sino en doctrinas religiosas de poder transformadas en sensibilidad cultural y ‘naturalizadas’. En América Latina, los aparatos clericales autodenominados ‘cristianos’ son mayoritariamente homofóbicos y encuentran fundamento para su violencia social discriminadora en un mandato de su Dios.

            Si la interpretación de estos aparatos clericales acerca de su divinidad es correcta, no se trataría de un Dios caritativo o que se constituye en el vínculo entre prójimos que, pese a sus diferencias, se reconocen, respetan, socorren y acompañan, como narra el episodio del samaritano en los evangelios, sino de un Dios agresor que exige violencia desagregadora,  incluyendo la homofóbica, contra lo que reprueba, aunque él lo haya posibilitado. Si hizo al ser humano libre, tendría que aceptar su libertad de opción sexual; si lo hizo ‘naturalmente’ heterosexual debería ofrecerse un explicación convincente, clerical o divina, acerca de por qué personas que testimonian respeto, acompañamiento y comunidad con otros, deberían ocultar sus opciones relacionales adultas con contenido sexual o abstenerse de ellas, y no tendrían que hacerlo, en cambio, las personalidades autoritarias y sexistas que discriminan día con día no solo a homosexuales, sino a mujeres, niños, adolescentes y ancianos, o quienes utilizan la sexualidad humana con el fin de vender sus productos, exacerbar consumismos, producir desagregaciones sociales personales y grupales consiguiendo así ganancias particulares y ‘prestigio’.

          Una ‘desnaturalización’ eventual de la libido humana ‘natural’ no pasa exclusivamente por el uso personal del sistema genital femenino o masculino, sino también, en dos referencias, por una cultura de guerra y por la absolutización del mercado capitalista como núcleos constituyentes de los imperios que transforman a los seres humanos en cosas. Esto último difícilmente podría considerarse voluntad de algún Dios que quiso producir la especie humana. Por supuesto la ‘explicación’ acerca de estas inconsistencias no podría fundarse en una doctrina acerca del ‘poderío’ de Satán o en el ‘pecado’ metafísico. Lo que se está discutiendo versa sobre un testimoniado acercamiento caritativo en las relaciones sociales y humanas. La experiencia homosexual puede ser una señal de ello. También la experiencia heterosexual y su matrimonio. E incluso las experiencias de mercado podrían estar sobredeterminadas por un acercamiento caritativo, aunque esto último hoy parezca política-ficción.

          Una jueza argentina, puesta ahora en situación de casar homosexuales, reseña bien el  posicionamiento del punto anterior. No los casará debido a sus “principios cristianos”. Obtuvo estos principios de la Biblia: “En la Biblia, Dios no aprueba esa forma de vivir. La Biblia me enseña que primero tengo que obedecer la ley de Dios, y después la ley de los hombres. Dios ama a toda la gente pero no aprueba las cosas malas que hace la gente. Una relación entre homosexuales es mala”. La jueza está en su derecho a tener creencias y, en este caso, ella lo hace sin incumplir su responsabilidad funcionaria. Si se le presenta una boda homosexual, pasará la ceremonia a un asistente.

           En la misma o parecida fuente doctrinal bebe un funcionario del Registro Civil de la provincia de Entre Ríos, Argentina. Ante la eventualidad de celebrar matrimonios entre personas homosexuales, planteó una objeción de conciencia. “La ley no me obliga a casarlos”, declaró. Probablemente está equivocado. En cuanto funcionario público tiene la obligación de casarlos porque esas personas tienen derecho a casarse y él tiene la responsabilidad por esa función. En tanto persona o individuo, puede plantear una objeción de conciencia. Posee esa capacidad personal y social. Pero en tanto funcionario público no puede rehusar cumplir con sus deberes. Si lo hace, puede tipificar delitos como desobediencia y prevaricato, e incluso contumacia, y exponerse a acusaciones por ellos ante los circuitos judiciales con las sanciones que correspondan. La objeción de conciencia debería llevarlo, como a la jueza, a delegar el matrimonio en otros funcionarios o a renunciar a su cargo público. O, como ciudadano, a organizarse con otros para que la ley que rechaza sea anulada. Solo le está vedado lesionar jurídicamente a quienes, como ciudadanos, llegan hasta su despacho para que él cumpla con la legislación. La libertad de conciencia no se entiende modernamente como que cada cabeza o creencia es un estado enteramente autónomo dentro de otro Estado.

         Si retornamos a la jueza argentina, pese a su “generosidad”, ella podría estar equivocada. La Biblia no es un libro sino muchas lecturas personal-sociales de sus textos. Si alguien lee a la letra la Biblia, como si fuera inalterable palabra de Dios, incurre en un fundamentalismo social y culturalmente explicable. Cuando alguien estima leer solo muchos otros lo acompañan y, con ellos, muchas y variadas relaciones de dominación y violencia y, por supuesto, ensueños y sentimientos de liberación. El texto ‘famoso’, en el Génesis bíblico, del castigo a Sodoma, probablemente no verse tanto sobre la homosexualidad sino sobre una afrenta contra la ley de hospitalidad. Señala el profesor cristiano Roy H. May: “Una nota en la Biblia Reina-Valera (…) explica: “De acuerdo con las costumbres del antiguo (medio) Oriente, la obligación de proteger la vida de un huésped era aun más importante que el honor de una mujer””. Así, Lot ofrece sus hijas a los varones de Sodoma para que las violen, pero no les entrega a sus visitas. Intentar ultrajar a los huéspedes fue el ‘pecado’ detonante para el castigo, no la eventual homosexualidad. Y una lectura fundamentalista del episodio podría concluir que para Dios es bueno que los padres entreguen a sus hijas para que las violen. O que es ‘bueno’ que las hijas emborrachen a su padre y copulen con él para tener descendencia, como se lee en el mismo sitio (Génesis, 19, 30-38). Las lecturas fundamentalistas de textos estimados sagrados o canon suelen decantarse en doctrinas.

          En el muy animoso y polémico Pablo de Tarso, fuente doctrinal del cristianismo católico, se encuentra lo que parecen ser observaciones duras contra las prácticas homosexuales. Así, por ejemplo, en su primera Carta a los Corintios señala a quienes les resultará vedado el Reino de Dios. Pablo los llama “injustos”, en la versión de la Biblia latinoamericana: “No se engañen: no heredarán el Reino de Dios los que tienen relaciones sexuales prohibidas, ni los que adoran a los ídolos, ni los adúlteros, ni los homosexuales de toda clase, ni los ladrones, ni los explotadores, ni los borrachos, ni los chismosos, ni los estafadores” (1, Corintios, 6, 9-10).  Otra traducción dice: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”. En cualquiera de las traducciones, Pablo hace un listado. Pero una predispuesta lectura homofóbica destaca solamente “los homosexuales de toda clase”. Se brinca, por ejemplo, a los explotadores que tanto abundan en América Latina y a los igual de comunes borrachos. Según la enumeración no jerarquizada de Pablo sus prácticas son tan anatematizables  como las de los ‘homosexuales’.

    Pero, hay más. Se habrá visto que las traducciones anteriores no son idénticas. La Biblia latinoamericana incorpora “homosexuales”, pero es poco factible que Pablo de Tarso haya utilizado esta palabra ya que el término se inventó recién en el siglo XIX (1869, K. Kertbeny). De modo que es polemizable en el sentido de que Pablo quizás se refería no a homosexuales sino a pederastas (el término utilizado por Pablo se traduciría “acostarse con varón”, recordando tal vez un texto de Levíticos: “No te echarás con varón como con mujer; es abominación”. Pablo de Tarso no explica qué quiere decir con “afeminados” y “quienes se echan con varones” y en su tiempo (Imperio Romano) a esas referencias se les confería sentidos distintos a los actuales. Las relaciones sexuales entre varones eran aceptadas y las pederastas se consideraban personal y socialmente provechosas. Desde luego no era ese el criterio de Pablo de Tarso.

     Es seguro que ninguno de los argumentos sobre Sodoma y sus alcances convencerá a la jueza argentina ni a quienes ‘sienten’ como ella. Tampoco le dirán mucho los que podrían usarse para entender en su tiempo a Pablo de Tarso. Ella “vio” en la Biblia que la heterosexualidad es natural y buena y la homosexualidad antinatural y mala. Es su criterio y mientras no implique violencia social discriminatoria, o sea contra otros, debe respetársele.

           La aceptación jurídica, que no necesariamente cultural, del matrimonio homosexual por Argentina tiene un singular valor porque se da en América Latina. La minoría homosexual es un particular tipo de “otro”. Y América Latina, política y culturalmente, es zona de “pensamiento único”. Este no lo inventó el neoliberalismo latinoamericano actual, sino que lo decretaron los conquistadores ibéricos. La expresión más acabada de pensamiento único en la región ha sido (y sigue siendo) el cristianismo católico. Y en reino de pensamiento único los “otros” (que pueden ser indígenas, mujeres y  homosexuales porque la jerarquía católica siempre ha considerado “no suficientemente humanos” a indígenas y mujeres: a los primeros hay que “evangelizarlos” a cualquier costo, incluso esclavizándolos, destruyendo sus familias y liquidando sus idiomas y culturas; a las segundas se les debe negar el sacerdocio debido a la naturaleza pecadora de su “carne”) convocan la violencia. La práctica homosexual, para la institución católica constituye una aberración. El único homosexual bueno es el que no practica. No se trata de un chiste, porque se traduce en pérfida y violenta discriminación social. El homosexual real no solo no entrará en el Reino, aunque haya testimoniado eficazmente una ética del prójimo, como el samaritano, sino que debe ser degradado y apedreado simbólicamente en la sociedad terrena. Y ni su sufrimiento lo exculpará. El aparato clerical cree tener el poder para hacer esto. Hasta el momento ha sido capaz de sostener su empeño.

      Por eso no es solo importante que Argentina haya sido el primer Estado del área en reconocer la legalidad del matrimonio homosexual, sino el asumir que su decisión implica trizar una señorial cultura de discriminación que constituye uno de los focos centrales de la violencia social  ‘legitima’, por natural, en el subcontinente. Con ello se trizan asimismo la cobardía e impunidad que cortejan a esta discriminación. Se trata, por tanto, de un paso sólido hacia una efectiva y necesaria producción de comunidad. Ojalá las fuerzas oscuras del conservadurismo oligárquico no la reviertan. Porque, a la luz del día, aunque por desgracia lentamente, van siendo derrotadas.

 

                                                                  II


          Los textos bíblicos que podrían considerarse “clásicos” para la doctrina cristiana católica, puesto que a ellos remite en su Catecismo, para enjuiciar las prácticas homosexuales y a las personas que las realizan como “depravación grave” y ‘actos intrínsecamente desordenados’, por contrarios a la ley natural (Catecismo, # 2357 y siguientes), son el texto del Génesis acerca de la destrucción de Sodoma ya sumariamente comentado en el apartado anterior, y algunas de las cartas de Pablo de Tarso: la primera a los Romanos, la primera a Corintios y la también primera a Timoteo. De ellas se sigue el total rechazo clerical a la práctica homosexual debido a que ‘cierra el acto sexual al don de la vida’. Si esto fuera así, no podría rechazarse que parejas o grupos o individuos homosexuales que no practican (lo que es la exigencia de la autoridad clerical) adoptasen niños. De hecho, lesbianas y homosexuales masculinos pueden tener hijos derivados de una anterior relación heterosexual y pueden procrearlos asimismo durante su relación homosexual aunque no entre ellos. Con independencia de esta realidad, a los individuos de la especie humana siempre les ha sido posible no procrear (por diversos factores) y adoptar niños o adolescentes para criarlos ya sea monoparental, colectivamente o por parejas. No ser madre o padre ‘natural’ no implica discapacidad absoluta para criar niños así como ser padre o madre ‘naturales’ no entrega esa capacidad. El asunto es más complejo. Y básicamente cultural. Y aunque la oposición del aparato clerical católico a la crianza de niños por homosexuales se funda en que su relación no es ‘natural’, sus argumentos ‘fuertes’ son también culturales aunque prejuiciosos: un niño de dos años no sabe si es mujer o varón, las relaciones homosexuales, al ser estos homosexuales promiscuos, se rompen más fácilmente que las heterosexuales (el niño quedará desamparado) y, obviamente tendrá problemas de socialización ya que la familia a la que pertenece será siempre una minoría y él se sentirá “distinto”.

          El problema, en realidad, no es que la pareja o matrimonio homosexual sea una minoría, sino que se trata de una minoría discriminada. Los hijos de los indígenas y los de los campesinos pobres en América Latina (a veces minorías, a veces no) también se saben distintos, porque se trata de grupos también discriminados. Luego, el desafío no pasa por ser distinto (todos los seres humanos lo somos) y sentirse tal, sino por  el de ser ‘otros’ discriminados aun cuando no se delinca o, precisamente porque no se es delincuente. Este punto tiene un corolario cómico: los estudios han mostrado que los niños criados por homosexuales muestran más tolerancia por la diversidad de opciones sexuales. Esto no los torna homosexuales (los mismos estudios lo demuestran), sino menos intolerantes en relación con las diversas opciones sexuales. Esto, que debería ser considerado un efecto (si es que lo es) culturalmente positivo se comenta desde la lectura clerical como un resultado negativo para los niños y adolescentes criados por homosexuales. La lectura es clara: los homosexuales deberán ser siempre una minoría discriminada. Ninguna aceptación es posible. Estos suelen los resultados, a veces trágicos, de doctrinas sólidamente sectarias.

         Retornemos a Pablo de Tarso, en parte responsable de esta doctrina con tanta influencia en la sensibilidad de la mayoría de latinoamericanos. La primera Carta a los Romanos contiene la única mención a lo homosexualidad femenina que existe en la Biblia. Está en los versículos 26 y 27 del primer capítulo. Se inscribe en un texto más amplio en el que condena a la idolatría que se produce cuando los seres humanos no glorifican a Dios por sus obras y se entregan neciamente a la adoración de “imágenes con forma de hombre mortal, de aves, animales o de serpientes”. A estos seres humanos Dios los abandona y los entrega a sus malos deseos (1 Romanos, 1, 18-24). En algunas traducciones se les califica como paganos. Los paganos llegan a deshonrar sus propios cuerpos al hacerse esclavos de pasiones vergonzosas: “sus mujeres cambiaron las relaciones sexuales normales por relaciones contra la naturaleza”. De igual manera, “… los hombres, abandonando la relación natural con la mujer, se apasionaron unos por otros, practicando torpezas, varones con varones, recibiendo en sí mismos el castigo merecido por su extravío”.

         Los efectos del extravío ‘pagano’ se manifiestan por sus acciones ya que están “… llenos  de toda clase de injusticia, iniquidad, ambición y maldad; colmados de envidia, crímenes, peleas, engaños, depravación, difamaciones.  Son detractores, enemigos de Dios, insolentes, arrogantes, vanidosos, hábiles para el mal, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, insensibles, despiadados” (1 Romanos, 1, 29-30). Por ello, morirán. Aunque la letra de la ley de los paganos consienta sus extravíos, no vivirán para siempre en el espíritu.

           El texto trata centralmente sobre la idolatría. Dentro de los vicios que acarrea la idolatría están la homosexualidad femenina, la pederastia y tal vez la homosexualidad masculina. Pero también la insensibilidad, la crueldad, envidia, la rebeldía contra los padres. El enfoque homofóbico vuelve a seleccionar y enfatizar la homosexualidad como una desviación contra la naturaleza humana. Pablo de Tarso pensaba que las prácticas homosexuales eran depravación voluntaria. Al igual podría pensarse de la crueldad, que Pablo rechaza, de tanto dictador latinoamericano ‘cristiano católico’. Hoy se sabe que la opción homosexual no es necesariamente voluntaria. Forma parte también de la compleja ‘naturaleza’ humana. Quizás sea una señal del abandono de Dios. Pero lo mismo podría decirse de desaparecer personas, torturarlas, robar hijos de los vientres de sus madres, traficar con ellos. Tal vez estas acciones constituyan un rasgo genético, o quizás sean acciones voluntarias, pero podrían traducirse, desde el texto de Pablo de Tarso, como señales del abandono de Dios. Sin embargo estos ejercicios de poder en América Latina suelen protagonizarlos cristianos católicos (Videla, Pinochet) a quienes el aparato clerical de esa iglesia honra y agradece con liturgias (Te Deum) y a quienes nunca se ha exigido públicamente arrepentimiento y una reparación que fuese señal de que podrían volver a vivir en el espíritu.

            De todas maneras, en la carta de Pablo de Tarso tanto las malas acciones de los homosexuales (sin poder para discriminar socialmente en tanto tales) como las de quienes son poderosos y despiadados serán objeto del juicio de Dios quien resolverá si sus acciones han constituido o no una rebelión contra Él. Pablo no llama a discriminarlos desde los poderes humanos. En su momento, Dios los castigará (con la muerte) desde su divino discernimiento.

            Por supuesto, salta una pregunta: ¿qué ocurre si algunos o todos los homosexuales, esa minoría discriminada, no calumnian, ni andan llenos de injusticia, ni se rebelan contra los padres, ni son envidiosos ni altaneros ni farsantes ni malos, ni crueles o mentirosos o egocéntricos, etc., según caracteriza Pablo de Tarso a quienes no llevan al verdadero Dios en el corazón? ¿Serán condenados a morir para siempre solo por sus prácticas homosexuales aunque todos sus otros comportamientos rebosaran de justicia y mostraran la vigorosa presencia (al menos para los ojos humanos) del Espíritu? Si así fuera, entonces no faltará el chusco en algún bar que les recomiende a estas personas mujeres y varones solicitar otro Dios.

           La primera Carta a Timoteo de Pablo de Tarso es mencionada como fuente de autoridad clerical sobre las prácticas homosexuales por la letra contenida en su capítulo 1, versículos 8 a 10. Se trata de una carta cuya autoría es discutible. Lo que disputa el texto atribuido a Pablo es si fe y ley son semejantes y remiten a lo mismo o si ésta última debe ser discernida desde la primera: “Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes”, confecciona una vez más un listado de estos últimos. En la versión de la Biblia latinoamericana se lee: “… para los desobedientes y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los que no respetan a Dios ni a la religión, para los que matan a sus padres y a los asesinos, para los que tienen relaciones sexuales prohibidas y para los homosexuales, para los que venden y explotan a otros hombres, para los mentirosos y para los que juran en falso”.
 
           Otra traducción castellana pone así el asunto: “…para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina,  según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado”. 

          En esta carta, Pablo tampoco concede el privilegio exclusivo de la maldad o el pecado a los homosexuales. Son uno entre otros o con otros. Y en la segunda traducción se utiliza la expresión “sodomitas” para nada idéntica a ‘homosexual’ porque, entre otros factores, es polisémica: ‘sodomía’, según tiempos y culturas, puede designar la penetración anal (sodomizar), toda práctica sexual no destinada a la reproducción (la masturbación o el sexo oral, por ejemplo), la práctica atribuida a los habitantes de Sodoma ya criticada anteriormente, o la zoofilia (sexo humano con animales). Y como se trata de una lista, es la visión doctrinal homofóbica la que privilegia, de la lista, a los sodomitas identificándolos con los homosexuales. Ya sabemos que Pablo de Tarso no podía utilizar directamente la palabra “homosexual” porque ella no existía en su tiempo. Hoy día la mayor parte de las acciones referidas por esta carta de Pablo constituyen figuras delictivas, pero ni “sodomizar” ni tener una “opción homosexual” constituyen delito para la mayoría de las sociedades occidentales actuales. Esto porque se trata de determinaciones íntimas y personales. Una mujer o un varón pueden, por ejemplo, autosodomizarse.  No constituye delito. Una penetración anal puede ser parte de una violación. Aquí sí configura delito. Pero una penetración anal (que puede ser realizada por una hembra o un varón) consentida o pedida no constituye delito.

             Sin embargo, si se trata de una lectura fundamentalista, a la letra, de las cartas de Pablo de Tarso o atribuidas a él, habría que citar que, en esta primera Carta a Timoteo, Pablo ofrece asimismo una caracterización del ministerio sagrado (sacerdotes): “Es una verdad muy cierta, que quien desea obispado desea un buen trabajo, o un ministerio santo. Por consiguiente es preciso que un obispo sea irreprensible, que no se haya casado sino con una sola mujer, sobrio, prudente, grave, modesto, casto, amante de la hospitalidad, propio y capaz para enseñar, no dado al vino, no violento, sino moderado, no pleitista, no interesado, mas que sepa gobernar bien su casa, teniendo los hijos a raya con toda decencia.” (1Tim., 3, 1-4). La Biblia latinoamericana traduce: “Marido de una sola mujer”. Y sobre los hijos los desea “buenos y obedientes”. O sea que Dios, vía Pablo, quiere que los curas se casen o que al menos tengan esa opción. El aparato clerical católico, en cambio y desde el siglo XVI (Concilio de Trento), ordena el celibato y lo defiende hoy como si fuera excluyente deseo  de Dios. Esto significa que se lee selectiva (más que históricamente) a Pablo de Tarso. Cuando conviene a los intereses doctrinales de la institución, se le lee a la letra aunque ella sea discutible. Cuando no conviene, se le silencia, se lo opone a Jesús (en los evangelios (Mateo, 19, 12) existe una referencia a un cierto tipo de “eunucos”, o sea individuos que se abstendrían de tener relaciones sexuales por amor al Reino), o no se le hace caso porque no responde a los signos de los tiempos. Intelectualmente se trata de una desvergüenza. Pero institucionalmente, para un aparato de poder, tiene sentido.

            ¿Cuál es ese sentido? Se lo puede bosquejar de esta manera. La especie humana es sexual y su energía libidinal constituye su motor de existencia tanto para continuar la especie como para obtener gratificación y, sublimándola, producir cultura e identidades e incluso doctrinas religiosas. Como no resulta factible prescindir de esta energía, ella constituye un factor político básico de la existencia humana. Incidir, o sea determinar el carácter y valor socio-cultural, en este factor político, significa ser parte de los poderes de dominación. Se trata de la administración de la economía sexual de una determinada agrupación humana.

          Desde que es un aparato de poder,  es decir desde el siglo IV, la jerarquía clerical católica ha elaborado discursos y dispositivos sobrerrepresivos en materia de sexualidad. Liga la energía sexual con pecado (incluso con soberbia e idolatría). Obtener gratificación sexual pasa a ser un insulto contra Dios. La sexualidad, asociada con el pecado, contiene la omnipresencia del demonio. Esto se traduce en la omnipresencia del aparato clerical en la existencia íntima de la gente y en su espiritualidad. Ya que no se puede evitar la sexualidad ni sus diversas formas de deleite y exaltación tampoco resulta factible eludir la omnipresencia del cura y su condena de los orgasmos. Los seres humanos resultan pecadores porque quieren o modesta u ostentosamente felicidad íntima por medio del ejercicio de su sexualidad polimorfa. Siguen ejerciéndola, pero se confiesan, ocasionalmente se avergüenzan de su “debilidad” y se arrepienten.

        La tesis inicial de que se debe amar o a uno mismo o a Dios, pertenece a Agustín de Hipona. No resulta posible conciliar el amor por uno y el disfrute sexual con el amor a Dios. La felicidad humana consiste en elegir amar a Dios. La falsa disyuntiva se transforma inevitablemente en un dispositivo de control instalado en la sensibilidad del fiel católico o de quien fue criado, sin réplica, en el seno de la sensibilidad difundida por este aparato clerical; el dispositivo obliga al primero a ser hipócrita, ya que no puede prescindir de sus impulsos libidinales, y dependiente del aparato clerical al que debe confesar tanto esas apetencias como su sufrimiento/hipocresía si es que desea obtener un pase para el Cielo. Para el segundo, aunque no confiese, significa un permanente acoso de sentimientos de culpa. La envoltura ideológica de este sistema perverso (piénsese en los jóvenes que ‘despiertan’ a su sexualidad, lo quieran o no) es el carácter natural y sagrado de la familia heterosexual nuclear, resultado del matrimonio y orientada a la reproducción y a la crianza de los hijos. Su valor referencial es la castidad entendida como “justa moderación” sexual. Sus enemigos, las prácticas adúlteras, el divorcio, incesto, los abusos contra los niños, la unión libre, el sexo ocasional y el concubinato, la ausencia de comunión espiritual a los que sostiene la lujuria que también convoca la masturbación, la fornicación, la pornografía, la prostitución, la violación e, imaginamos, el sexo oral, en grupo, anal y la asunción de todo el cuerpo como entidad sexual.

            En lo que aquí interesa centralmente, para el aparato clerical católico romano la lujuria es desorden intrínseco y por ello eje de toda la otredad y ‘otredades’ fijadas por el deseo y la gratificación sexuales fuera del matrimonio, fuera de la moderada o mojigata cópula entre esposo y esposa, fuera de la fecundación de hijos y su crianza. De aquí que la plenitud orgásmica de hembras y varones mediante cualquier práctica sea juzgada como idolátrica, la sexualidad infantil y adolescente como escándalo y la homosexualidad como enteramente inaceptable, por hacer tres referencias. La primera debe avergonzar, la segunda permite rasgar vestiduras y promover autoritarismos, y la tercera debe suscitar un repudio absoluto. A examinar directamente este último posicionamiento en  un texto clerical latinoamericano se orientará la última parte de este trabajo.

             Pero, antes una palabra sobre Pablo de Tarso. Él vivió su fe religiosa en un momento en que el cristianismo no era parte del sistema de poder. Por el contrario, esa fe era perseguida. El mismo Pablo fue probablemente ejecutado por la autoridad romana. Como parte de una minoría discriminada y acosada desde muchos frentes socioculturales, y con un pasado personal duramente ‘pagano’, no es extraño que un converso Pablo de Tarso haya asumido radicalmente su fe en la libertad humana en el espíritu de un Dios que pronto retornaría para conceder vida eterna a quienes lo llevaban en su corazón y rechazaban con ardor/valentía las costumbres “paganas” e “idolátricas” mayoritarias y dominantes en su época. Así como Jesús de Nazaret no tendría hoy cabida dentro de la mayor parte de los aparatos clericales actuales, autodenominados “cristianos”, tampoco la vehemencia moral de Pablo de Tarso, ligada además a los desconocimientos de su época, se orientaría hoy indistintamente contra las prácticas homosexuales o las vería como un factor disolvente de las pequeñas familias/asambleas de fieles que él fundaba y a las que predicaba. Pablo de Tarso no está en error al escribir lo que escribe o se le atribuye. El error lo cometen quienes realizan una lectura fundamentalista de Pablo de Tarso y concluyen de ella una doctrina de discriminatoria violencia social.

                                                                 III

          No solo en Argentina se rompen barreras jurídicas y usos que potencian la discriminación de los producidos culturalmente como ‘otros’. En el extremo norte de América Latina, la Suprema Corte de Justicia de México resolvió, también en agosto del 2010, que los matrimonios entre personas homosexuales, que son legales en la Capital Federal, estaban apegados a derecho y deberían ser reconocidos en todos sus alcances en los otros Estados de la federación mexicana. Pese a que la resolución concede cierta discrecionalidad para resolver situaciones específicas a estos Estados, la decisión de la Suprema Corte ha sido fuertemente discutida y, en algunos casos, hostilizada. En este contexto se inserta la declaración pública del arzobispo de México, Cardenal Norberto Rivera, emitida el 13 de agosto. Su comunicado es señal para una reacción de sectores católicos que impugnan la decisión de la Suprema Corte.

        Se trata de una declaración relativamente breve, consta de nueve párrafos gramaticales, y es significativa tanto por su contenido, que podría considerarse agitativo respecto de los intereses de la autoridad clerical, como porque enseña el posicionamiento imaginario, ideológico y doctrinal que sostiene la mirada que enfrenta a los ‘otros’ mediante la discriminación. Discriminan socialmente los sectores sociales y personas que tienen capacidad (poder) para hacerlo. Un niño en un mundo adultocentrado tiene capacidad para rechazar pero no para discriminar. El texto del Cardenal Rivero puede ser valorado por ello como un discurso desde una de las formas del poder político-cultural mexicano. Interesa, así, su análisis ideológico.

           Se entiende en este ejercicio por ‘ideología’ una sensibilidad/discurso que se constituye mediante prácticas de poder (institucionalizado o no) y que, mediante descripciones/determinaciones, busca caracterizar una situación social de modo de tornarla compatible (o incompatible) con las convicciones o posicionamientos de quien emite el discurso. Así, este tipo de discurso ideológico dice más de las identificaciones y  tomas de partido de quien habla que de aquello a lo que intenta caracterizar o “explicar”. Es ‘falso’ en el sentido de que oculta (consciente o inconscientemente) un posicionamiento político particular e interesado al que intenta hacer pasar por universalmente ‘verdadero’.

          El ideologizado texto del cardenal Rivera se abre con un párrafo, asociado con el Génesis bíblico, literariamente curioso: “Entonces el hombre exclamó: ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre’. Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne." Es curioso, porque utiliza una traducción de la Biblia en la que aparece la palabra “Mujer” y también “mujer”. En otras traducciones de la Biblia, el parlamento de Adán (no de ‘el hombre’ porque hasta ese momento no existía, por no existir la especie) es: “Y dijo o exclamó Adán: Esto es hueso de mis huesos, y carne de mi carne: llamarse ha, pues, hembra, porque del hombre ha sido sacada”. En la Biblia latinoamericana se puede leer que la frase de Adán habría sido: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona porque del varón ha sido tomada”. La versión del cardenal Rivera, que enfrenta como entidades separadas pero complementarias a hombre-mujer, aparece en estas otras traducciones al español como una diversa generación para el macho y la hembra de la que será la especie humana: la nominación de las parejas como hombre/hembra y varón/varona indican que la segunda se constituye desde el primero. Dicho en el vocabulario del Cardenal, primero fue el macho directamente constituido por Dios desde el polvo de la tierra; después vendrá la hembra que surge del hueso/carne del macho aunque también por acción divina. Esta distinta constitución o generación contiene la dependencia/sumisión de la hembra (Eva) respecto del macho (Adán). Este aspecto se escabulle en la terminología que escogió el cardenal Rivera.

          No es menos peculiar que este relato mítico judío escenifique el origen de la hembra humana como el resultado de un “parto”, aunque desde una costilla, del macho, de quien “nace” la hembra. De esta manera un Dios varón constituye directamente al macho y lo manipula para que desde su tórax emerja la hembra. El grotesco relato de este “parto viril” está enteramente sostenido por una jerarquización masculina o machista de la sociedad y del mundo.

          La elección del texto es también curiosa porque Rivera tenía a la mano la primera narración mítica bíblica del origen de los seres humanos. En ésta se lee: “Y creó Dios al ser humano a su imagen: a imagen de Dios los creó. Macho y hembra los creó” (Génesis, 1, 27). Es decir una sola especie que debía reproducirse sexualmente. Este texto no es sexista, como lo es el que eligió el cardenal. Y su narración concluye coherentemente: “Dios los bendijo, diciéndoles: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal viva en la tierra””. La propuesta divina es aquí: hembra y macho, diversos pero semejantes por ser de una misma especie, reprodúzcanse sexualmente y llenen y dominen la tierra. Quizás la letra mortifique hoy a los ecologistas, pero no introduce dominaciones sexistas en las formaciones sociales de la especie ni en la organización del mundo.

          En cambio el texto seleccionado y enunciado por Rivera concluye de esta manera: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne”. Este texto describe la acción de dejar una casa, la de los padres, y de crear otra. Contiene instituciones. Identifica o asocia la unión sexual natural propia de la especie con determinados patrones culturales y sociales. Y declara a estos patrones (la familia parental ‘dejada’ y el coito monogámico que constituye otra familia) también naturales. Pero salir de la casa de los padres para fundar otra casa (con o sin pareja, con o sin coito) es una práctica socio-cultural, no natural. En América Latina y en determinados sectores sociales es muy común que la nueva pareja siga viviendo en la casa de los padres, espacio en el que tal vez vivan también tíos, por decir algo. Familia nuclear y familia ampliada no son ‘naturales’. Tiene contenido natural sin duda la reproducción sexual en la especie humana, pero las instituciones que materializan esta reproducción sexual y también las prácticas sexuales no necesariamente orientadas a la reproducción tienen un carácter histórico-cultural.
 
           Tenemos aquí ya una práctica ideológica clerical. ‘Naturalizar’ prácticas sociohistóricas e instituciones de modo que ellas resulten sustanciales a los seres humanos y, con ello eternas y debidas o vinculantes. Por ‘naturales’ no se tiene capacidad de opción ante ellas. Las cosas fueron dispuestas por Dios o la Naturaleza así y los seres humanos no pueden hacerlas de otra manera.

           De modo que no era en realidad tan curioso que el cardenal mexicano eligiera el texto sexista que contiene instituciones de imperio específicas y no el texto más básico que no contiene dominaciones entre mujeres y varones y donde el control sobre las otras especies puede traducirse hoy como “administración sustentable”. Se trató de una elección interesada aunque al cardenal puede haberle parecido espontánea.

          La elección interesada se pone enteramente de manifiesto en los párrafos que prolongan la referencia bíblica (párrafos dos y tres del documento). El primero, tras mencionar la fuente bíblica como criterio de autoridad (palabra de Dios), exalta la idea de que este texto ‘prueba’ la creación divina de la humanidad en la diferencia y la complementariedad del hombre y de la mujer. Traduce esta creación como “el primer himno de amor pronunciado hacia la mujer en el que se reconoce la igualdad  y la diversidad, la identidad y la unidad (…), simbolizando un contexto de alianza, de unión esponsal”.

          El párrafo tres avanza todavía más en esta interpretación ideológico-doctrinal del texto bíblico: “La comunión entre el hombre y la mujer, efectuada en el amor conyugal, lleva la realización del hacerse "una sola carne", que permite, incluso, hacerse otra carne”. Es la producción de hijos por medio del matrimonio (monogámico, adulto, permanente) entendido como “unidad fecunda” porque en él “se reconoce la diversidad en el amor auténtico y no egoísta”.

          Conviene recordar que el texto bíblico escogido por el Cardenal prepara y es antecedente inmediato de la ‘tentación de Eva’ (quien no fue informada directamente por Dios de la existencia de prohibiciones en el Paraíso) y el ‘pecado’ que transforma, en lo que aquí interesa, la “unión fecunda” mencionada por el cardenal Rivera en una maldición sustancial para la hembra: “Multiplicaré tus trabajos y miserias en tus preñeces; con dolor parirás los hijos y estarás bajo la potestad o mando de tu marido; y él te dominará” (Génesis, 3, 16). Luego, la ‘unión sustancial’, el ‘himno de amor’, y ‘el amor auténtico y no egoísta’ se transforman para la hembra humana en sufrimiento y sumisión. Cuando se la esclavice en la institución familiar, debe estimar que es porque “se la ama”. Esta idea no es judía, proviene quizás de una ‘cristianización’ de Aristóteles. Los judíos que promueven el Antiguo Testamento actuaban rudamente con sus mujeres porque en su concepción de pueblo pobre y sometido las mujeres eran como animales o cosas.

          Pero lo central de estos dos párrafos es que el Cardenal introduce en ellos los términos/conceptos que doctrinalmente le resultan decisivos para el tema que lo ocupa: el matrimonio y los esponsales.

           El término ‘esponsal’ hace referencia a una mutua promesa de casarse. Pero esta situación no es ‘natural’. La unión de ‘carne con carne’ para generar hijos en la especie humana, o por mera inclinación sexual, puede ir acompañada de sentimientos positivos, contratos voluntarios y liturgias clericales, pero también puede estar asociado a la violencia del rapto, la violación o a la indiferencia relativa por la compañera o compañero en las comunidades originales. El coito, en la especie humana, no implica naturalmente ni la promesa de casarse ni el matrimonio. Estos últimos elementos son socio-culturales y contienen, por tanto, la dominación patriarcal o del macho. En el pueblo judío original, el que tiene su memoria en la Biblia, las mujeres en tanto tales eran tratadas como objetos, se practicó la poligamia (la exigencia era poder mantener a las hembras) y la esposa podía repudiarse. El adulterio femenino llevaba a ser castigado con la lapidación, como lo narran los evangelios, o con la estrangulación. Para el varón no tenía costo. La hembra era respetada porque tenía hijos, es decir no en tanto mujer/persona sino en tanto madre (y ojalá de varones). De hecho, era un ‘otro’ y una posesión masculina, como el esclavo. No se vea en esto una perversidad especial por parte de los varones judíos. Cualquier antropólogo dirá que en todas las sociedades conocidas las mujeres han tenido y tienen un desigual acceso a los recursos, el poder y el prestigio. El discurso clerical católico encubre esta realidad de discriminación, que varía de sociedad en sociedad y de época en época, con fórmulas o generales o abstractas como “amor auténtico y no egoísta” que adquieren eso sí su sentido amenazante en el seno de su doctrina y de sus prácticas.

          Si los esponsales son construcciones socio-culturales y no eventos naturales vinculantes por la eternidad, el matrimonio no lo es menos. La palabra ‘matrimonio’ fue creada por los romanos y su Derecho. Designaba el derecho (munia, munium), en tanto responsabilidad o deberes que adquiría la mujer para poder ser madre, (matri, mater), relaciones sexuales previas, dentro de la legitimidad/legalidad. De este modo la capacidad ‘natural’ de ser madre de la mujer quedaba subordinada a la exigencia de un marido al que ella quedaba sujecionada al salir de la tutela del padre.

         El matrimonio remitía a una trama social que contenía factores biológicos (materializados en ovarios femeninos y esperma masculina) a los que la trama sociocultural sobredeterminaba. El matrimonio romano consagraba de esta manera a un padre legítimo de hijos (o menores) que, como su madre, quedaban subordinados, los primeros hasta su plena capacidad legal. La figura central, por su poder, de este cuadro matrimonial legal, o sea social, era el pater familias. Como se advierte, el referente etimológico nos indica con claridad que el matrimonio no es una figura natural, como el apareamiento entre hembra y macho humanos, sino una compleja figura social y jurídico-cultural, con referente económico (parentesco/herencia).

         Por supuesto la complementariedad e igualdad de macho y hembra, esa ‘fusión de carnes’, mencionada por el cardenal Rivera no tenían nada que ver con esta figura jurídica romana. Y tampoco la construcción jurídico-social romana es obstáculo para que la jerarquía católica produzca y sostenga su propia versión del matrimonio. Pero lo que se discute es  si posee algún sustento, que no sea doctrinal, esta concepción católica, de modo que pueda sostenerse su versión de que el matrimonio católico sea una institución ‘natural’ porque Dios la puso en la condición humana. Los antropólogos estiman que es socio-cultural, es decir producida por los seres humanos para facilitar sus patrones de existencia comunitaria, aunque ellos sean fuertemente discriminatorios. El discurso clerical católico, en cambio, radica el matrimonio en una constitución natural de los seres humanos, decidida por Dios, y que torna inevitables sus caracteres de ser un vínculo heterosexual, permanente y orientado a la reproducción y la crianza de hijos. La fijeza ‘natural’ de este criterio determina no solo a la institución sino el carácter de las únicas relaciones sexuales legítimas (castas y fecundadoras).

          De hecho, el matrimonio en la especie humana está universalmente extendido, aunque no todo el mundo se case ni lo haga a través de alguna ceremonia. Implica una unión económica y sexual permanente (o casi) y socialmente aprobada. La mayor parte de los matrimonios se da entre una mujer y un varón, pero existen sociedades que celebran matrimonios entre individuos del mismo sexo e incluso en el sur de India, entre la casta Nayar, la institución matrimonial podría considerarse inexistente ya que ni el vínculo económico (responsabilidades y derechos mutuos) ni el sexual (regularidad, exclusividad, certeza del padre) son parte de él. Para algunos antropólogos, este ‘matrimonio’ Nayar no es una excepción, sino la singularidad que adquiere el vínculo matrimonial en el seno de una casta donde los varones son básicamente militares  y se ausentan prolongadamente.

          La necesaria e institucionalizada cooperación económica y sexual entre individuos de la especie humana (mujer/mujer, varón/varón, mujer/varón u otras) que recibe el nombre de matrimonio contiene factores ‘naturales’ (básicamente la reproducción sexual de la especie y el reconocimiento y acompañamiento sociales que esta reproducción contiene), pero sus especificidades y formas son producciones socio-históricas ligadas a la división del trabajo (mujeres y varones se ocupan de formas distintas y deben compartir los valores que crean con esas ocupaciones), la dependencia infantil prolongada, propia de la especie, y su imprescindible introducción cultural, la permanente disponibilidad sexual de las hembras y los requerimientos de la herencia ligados a la productividad del trabajo, por citar tres que combinan cuestiones de sexo-género con el carácter económico del matrimonio. Ahora, lo que muestran los estudios antropológicos es que estos rasgos determinan funciones que pueden ser ocupadas indistintamente por hembras y machos de la especie, siendo el matrimonio más extendido el que liga a hembras y machos. Pero ello no lo torna ‘natural’. Es únicamente el más generalizado. Ligámenes matrimoniales homosexuales, que llenan necesidades de reconocimiento/acompañamiento y económicas, y que pueden extenderse a la crianza de niños (ya que las parejas homosexuales pueden aportar hijos al nexo o, en países determinados, adoptarlos), son una expresión de minoría pero combinan asimismo referentes ‘naturales’ y culturales.

          De lo anterior se desprende que si el matrimonio es una figura sociohistórica y cultural, que puede adoptar formas muy variadas, él no puede derivarse puramente de una naturaleza constitutiva que determina que deba tener una única forma permanente para todas las humanas formaciones sociales en la historia. Para efectos de este trabajo, esto significa que no puede adquirir sentido legítimo exclusivamente desde una lectura doctrinal, como la cristiana católica, sino que debe abrirse a otras propuestas, tan humanamente legítimas como la opción heterosexual permanente entre adultos para producir hijos y disponer de los bienes familiares.

          Si lo anterior puede afirmarse con certeza de la institución matrimonial, vale asimismo para la institución familiar. Según sea el objeto que se persigue con la clasificación, se puede hablar de familias (porque el concepto es plural): nucleares, extensas, monoparentales, homoparentales, heterosexuales, homosexuales, consanguíneas, no consanguíneas, exógamas, endógamas, monógamas, polígamas en sus versiones poligínica o poliándrica, grupales, etc. Estas clasificaciones se pueden combinar: una familia no consanguínea, o sea que reúne en un mismo ámbito y de forma permanente a personas ligadas por sentimientos de reconocimiento y acompañamiento (convivencia, solidaridad) puede ser homosexual o heterosexual, tener descendencia o no tenerla, procurar vínculos endogámicos o exogámicos, etc. Las actuales formas de emigración no deseada, como la que se da por parte de los mexicanos que buscan masivamente empleo en Estados Unidos, ha hecho que individuos varones y mujeres, casados y con hijos en México, vuelvan a buscar reconocimiento sexual y emocional y ayuda económica en sus nuevos espacios sin cortar sus antiguos vínculos y responsabilidades. La familia ampliada comprende de esta manera a abuelas y abuelos, a esposas y esposos, hijos e hijas, tías y tíos, etc. de ambos lados de la frontera. Se reconocen, se tratan con afecto y, cuando pueden, se reúnen para celebrar juntos. Constituyen hoy una familia, entre muchos otros tipos. Para este tipo de población su peculiar familia es también la célula (en este caso compleja) de su existencia social. No existe, por tanto, una única célula familiar que sea base de toda la existencia social humana.

          Las familias humanas son colectivos de aliados (reconocimiento, acompañamiento especiales) resueltos socioculturalmente.  El término proviene, al igual que el de ‘matrimonio’, del latín. ‘Familia’ (famulus) designaba inicialmente al amo propietario de siervos y esclavos y se extendió luego para abarcar a la esposa e hijos. De esta manera el amo, propietario o jefe de la ‘gente’ cercana y dependiente de él,  llegó a ser pater familias. De nuevo encontramos la simultaneidad de factores económicos y sexuales en la institución familiar. Pero si bien los factores de apoyo económico aparecen siempre, los factores sexual/libidinales pueden presentarse no bajo la forma de prestaciones genitales (cópula, procreación), sino como sentimientos de reconocimiento mutuo y acompañamiento. Podríamos distinguir así tres factores básicos en la constitución de la institucionalidad familiar: el económico (que parece decisivo en el caso de la poligamia, ya sea poliándrica o poligínica), el de sexo/género legítimo (en la familia heterosexual católica) y el de reconocimiento/acompañamiento (que es central para la familia homosexual y grupal). La combinación de estos tres factores puede generar diversas tramas familiares. La que postula la doctrina del aparato clerical católico está determinada por el modelo de sexo/género y su alcance tanto económico (no es bien visto que la mujer trabaje) como patriarcal (dominación ‘natural’ del varón) y reproductivo (sexualidad orientada a la reproducción y crianza de los hijos). Es una posibilidad dentro de muchas otras. No la única.

          En términos conceptuales, y puesto que aquí se discute también la ‘otredad’ de la práctica homosexual, se podría convenir en que su familia se compondría de adultos que consienten básicamente en reconocerse y acompañarse de manera permanente, que tienen o no relaciones sexuales genitales, y que pueden criar o no hijos (que han resultado de otras relaciones o de adopciones). Desde el punto de vista del concepto se trata de un esquema más flexible que el de la familia heterosexual católica orientada obligatoriamente a la producción de hijos y en la cual el consentimiento mutuo tiene más probabilidades de resultar forzado o inducido.

          Conceptualmente la familia homosexual, al constituirse mediante un consenso entre adultos, ofrece menos determinaciones para la violencia intrafamiliar que la familia nuclear católica, ya se trate de mujeres homosexuales o de varones homosexuales. Conceptualmente la relación de imperio sexo-género podría evitarse o anularse del todo entre homosexuales comprometidos en formar una familia. Vista así,  la familia heterosexual podría aprender de los aspectos positivos que ofrece la ‘otredad’ homosexual. En la práctica, sin embargo, es factible que las parejas homosexuales reproduzcan también el imperio sexista dominante, puesto que formar parte de una minoría no exime a nadie de portar los valores y disvalores culturales reinantes. Pero, por el sentido que le atribuyen los consortes, la familia homosexual (con o sin niños) ofrece un mejor perfil para una disminución de la violencia intrafamiliar que la heterosexual. Debe agregarse que, en tanto homosexuales, ellos han padecido la violencia social discriminatoria. Podrían estar  interesados en intentar desterrarla de su vínculo familiar. Desde este ángulo la legalización del vínculo homosexual aporta factores significativos (seguridad, estabilidad, legitimidad) que refuerzan objetiva y subjetivamente la idea de un perfil menos dispuesto a la violencia que otro tipo de familias podrían considerar como valioso.

    No es ésta, por supuesto, la posición del cardenal Rivera. En los párrafos cuarto y quinto de su declaración determina que los ‘cuerpos del hombre y de la mujer’, es decir la biología del aparato reproductor de macho y hembra humanos, poseen su “significado nupcial”, o sea agotan toda expresión cultural de la sexualidad mediante el coito heterosexual en el seno del matrimonio, que esta doctrina católica se funda en el Génesis y que cualquiera otra opinión o práctica respecto de esta fijación (sexo extramarital, sexo oral entre monógamos esposos heterosexuales, sexo homosexual, masturbación, por citar algunas) se siguen del “pecado y de perversas ideologías modernas” que ensombrecen, manipulan y degeneran tanto este sentido nupcial ‘natural y constitutivo’ como la doctrina que lo proclama.

    Desde estos antecedentes el párrafo quinto arremete contra la decisión de la Suprema Corte de Justicia de México. La califica de ‘aberrante juicio” que avala una “inmoral reforma de la ley que permite las uniones entre personas del mismo sexo (…) abusivamente llamado matrimonio”. Conviene reiterar aquí, antes de otro examen, que el texto del Génesis que el cardenal Rivera manipuló como referente doctrinal no permite constituir como ‘natural’ solamente la libido humana bajo la forma de unión reproductiva heterosexual sin goce, porque habría que agregarle también como ‘naturales’ la dominación masculina y el carácter secundario e inferior de la expresión femenina de humanidad y de la sexualidad que le es propia. Se trata de un ‘paquete’ natural-nupcial y ‘moral’ enteramente desacreditado por las diversas experiencias de vínculo sexual encontrados por los antropólogos en las distintas etnias que han venido configurando la historia de la especie humana. Sin embargo este sexismo que se pretende constitutivo de la especie puede formar parte, o como ignorante capricho o como factor de una doctrina de dominación clerical, de un discurso cuya base ideológica es un autoritario y arbitrario naturalismo ético.


     Los detalles de la observación anterior poseen al menos un corolario. Las “ideologías modernas” no inventaron la legitimidad humana de la homosexualidad. La modernidad, a la que el aparato clerical católico anatematiza como ‘secularista’, no puede ser considerada causa de una legitimación de las prácticas homosexuales. La experiencia homosexual acompaña a los homínidos desde que aparecieron en el planeta y las relaciones permanentes homosexuales se encuentran, con mayor o menor aceptación cultural, tanto en las culturas griega y romana imperial (bases de la cultura occidental) como en pueblos no-occidentales antiguos y actuales. El antiguo pueblo hebreo conocía la experiencia homosexual y la condenaba por razones religiosas. En Levítico, Yavé informa a Moisés de acciones que conducen a la muerte: maldecir a los padres, adulterio, tener relaciones sexuales con la madre o con la mujer del padre, el padre que se acuesta con su nuera, el “hombre que se acuesta con un varón, como se acuesta con una mujer” (ambos morirán), el que tome a una mujer y a su madre, el que tiene relaciones con animales, la mujer que tiene relaciones con animales, el que tiene relaciones con su hermana, el que tiene relaciones con una mujer durante su período menstrual, el que tiene relaciones con sus tías, el que se acuesta con la mujer de su hermano (Levítico, 20, 1-21).
 
    De esta percepción hebrea, curiosa en al menos un punto, extrae el judeo-cristianismo parte de su doctrina sobre sexualidad humana. Pero el texto de Levítico muestra asimismo que entre los antiguos hebreos se daban experiencias homosexuales y que su Dios las repudiaba. Pero no se trata de un criterio que comprometa a la universalidad de la especie ni a sus diversas culturas. Y entre los antiguos hebreos la repugnancia que despierta no es ‘natural’, sino religiosa o doctrinal. Como lo es hoy para el aparato cristiano-católico. En los evangelios sinópticos, es decir en parte significativa del Nuevo Testamento, el tema homosexual no aparece.

    El cardenal Rivera emite también un juicio sobre la constitucionalidad de la decisión de la Suprema Corte de Justicia de México. La considera “aberrante” Una decisión jurídica moderna, tomada por una instancia competente, sólo sería “aberrante” si no fuera consistente con el cuerpo jurídico que la sustenta e impropia en relación con las tramas sociales cuya existencia (y conflictividad) aspira a regular teniendo en cuenta lo que aquí llamaremos el bien general o al menos el de la mayoría. Este bien general pasa, entre otros factores, en las sociedades modernas, por la no discriminación. De esta manera el calificativo de ‘aberrante’ (que se desvía de la norma o de lo usual) resulta impropio. En las relaciones humanas, ‘lo usual’ puede cambiar, en beneficio de los ciudadanos y de los seres humanos. El asunto es distinto si ‘lo normal’, es decir la usanza, se valora ‘natural’. Entonces la norma que la altera podría ser ‘aberrante’. Pero para hablar de esta manera habría que asumir una postura doctrinal-ideológica: la del Derecho natural en cualesquiera de sus versiones (en este caso es la del Mundo Antiguo). Ahora, en las sociedades modernas no todo el mundo se adscribe al Derecho natural. Asumirlo es una decisión particular. Y carece de carácter jurídico vinculante.

    Distinto es el juicio que el cardenal mexicano emite sobre cuestiones ‘morales’: “… inmoral reforma de la ley”, escribe, y, también, “Las uniones de facto o legaloides de personas del mismo sexo son intrínsecamente inmorales”. Sin duda tiene derecho a pronunciarse moralmente sobre esto y cualquier otro punto que le agrade o desagrade. Ahora, es su opinión particular. Las reformas de las leyes positivas se hacen de acuerdo a un procedimiento jurídico establecido. Es el procedimiento el que determina su legitimidad y su carácter vinculante para todos, no su contenido. Si se adversa esta reforma, lo propio es intentar anularla mediante el procedimiento jurídico también previsto para el efecto. Todo esto tiene carácter vinculante. Pero el enjuiciamiento moral de una reforma legal carece de contenido social vinculante. En las sociedades modernas el juicio moral expresa una opinión particular que, normalmente, pone de manifiesto una identificación social y un status, no constituye algo que sea política y jurídicamente obligatorio para todos. Por eso lleva razón el cardenal Rivera al señalar que “La iglesia (se refiere a la católica, que es un aparato clerical, no La Iglesia) “… no puede dejar de llamar mal al mal”. No hay problema ninguno en que los miembros de un aparato clerical llamen ‘mal’ a lo que les parece debe ser llamado así, pero su llamamiento no es jurídicamente vinculante, que es lo que está en juego. Su pronunciamiento habla principalmente de la identificación que desean autoconferirse y por la que aspiran a ser reconocidos y estimados. Más adelante se realizará otra indicación sobre este punto. Lo mismo vale para su observación acerca de que “Las uniones (…) de personas del mismo sexo son intrínsecamente inmorales”. Para él, y para su grupo, es así. Para otros, minorías o mayorías, no son inmorales para nada. Y sobre lo que se pronunció la Suprema Corte mexicana no es si son inmorales o no, sino sobre su legalidad en todo el territorio mexicano.

    El asunto tiene otro alcance. El cardenal Rivera habla de “…uniones de facto o legaloides”. La alusión a ‘legaloide’ puede conducir a algo que va más allá de un error o de una ligereza de lenguaje. La decisión de la Suprema Corte  no es legaloide, mexicanismo que se vincula con simulacro de legalidad, con procedimientos jurídicos retorcidos, con farsa de apariencia jurídica y que favorece a algún tipo de poder o personalidad poderosa, sino que es secamente legal, entre otros factores porque siguió el procedimiento jurídico establecido y también porque triza o rompe con la trama anticiudadana que discrimina a una minoría vulnerable como es la de los homosexuales. Esto si se mira el punto desde la ciudadanía que es objeto del cambio jurídico y del sistema de instituciones mexicanas. Pero si se lo mira desde el punto del actor jurídico que realiza el acto, la Suprema Corte de México, la afirmación pública del dirigente clerical contiene o una grave acusación político-institucional que debería resolverse en los circuitos judiciales o una injuria desde un poder, el Clerical, contra las personalidades de otro poder, y contra ese Poder mismo: el Judicial. En términos puramente ideológicos, determinar la decisión como ‘legaloide’ puede leerse como señalamiento de que ella no sigue la ‘justicia natural’ y por lo tanto no debe obedecerse, o que poderes “ocultos” favorecen a los homosexuales como parte de una conspiración para destruir a México. En el primer caso se trata de un posicionamiento doctrinario con efectos políticos e individuales. En el segundo, de una declaración política que busca polarizar a los mexicanos en función de inclinaciones particulares.

    El punto delicado aquí es si un aparato clerical sectario o particular, desde su poderío, puede utilizar públicamente su poder para alentar la violencia social discriminatoria contra ciudadanos y sectores sociales (en este caso son los homosexuales, pero podrían ser los propietarios de bares o quienes venden horóscopos) que no solo no cometen delito alguno sino sobre los cuales existe un reconocimiento jurídico que ordena no discriminarlos. No se trata de libertad de expresión, sino de si es legal promover públicamente la violencia social, material y simbólica contra ciudadanos de un Estado de derecho. Esta promoción pública debería ser calificada como delito, es decir no debería quedar impune. Los sentimientos morales de un grupo particular deben limitarse al seno de quienes los estiman legítimos y propios. También pueden extenderse fuera de esa comunidad, para darse a conocer o para ganar adeptos, pero mientras no promuevan violencia social discriminatoria. Existe diferencia entre exaltar el culto mariano, por ejemplo, y señalar los comportamientos de una minoría ciudadana, que está sujeta a derecho, como “intrínsecamente perversa”. Esta minoría debe y puede querellarse. La violencia simbólica asesina con mayor saña que un asesino en serie. Políticamente, además, promover la violencia social discriminatoria socava al Estado de derecho en nombre de intereses particulares y se acerca, si no es que no está de lleno en ellas, a la sedición o a la rebelión. Queda planteada la materia.

    En lo que aquí más interesa, encontramos que la declaración del cardenal Rivera ‘naturaliza’ la existencia de los mexicanos y de los seres humanos mediante una lectura a la vez interesada y fundamentalista de textos que considera tienen valor divino. La lectura se organiza desde una visión y sensibilidad de Derecho natural propia del Mundo Antiguo. En ella los seres humanos no tienen derechos, en el sentido de capacidades autónomas o generadas desde sí mismos, sino deberes. Igualmente estos deberes se expresan socialmente como ‘fueros’ o privilegios en una sociedad altamente jerarquizada en naturalezas o esencias que no se juzgan por su función efectiva sino por su status o rango (que en último término ha sido concedido por Dios). Así, un padre de familia debe ser obedecido por ser sustancialmente padre, no porque realice adecuadamente su función. O un cardenal debe expresar públicamente y sin recato alguno sus sentimientos morales particulares y doctrinarios aunque ellos exciten violencia social discriminatoria contra grupos de ciudadanos. Lo hace porque tiene el rango de cardenal y porque entiende de esta manera ser “pastor” (es decir autoridad) de todos los mexicanos y, en realidad, de todos los seres humanos. Muestra de esta manera su amor ‘natural’ por todos. Este ‘amor’ sustancial o metafísico enmascara su violencia y autoritarismo no abierto a la comprensión de los ‘otros’. Se trata de un ‘amor’ significativamente antievangélico y, por ello, antihumano.

    Los párrafos seis y siete de la declaratoria del cardenal Rivera ejemplifican con claridad lo recientemente expuesto. En el seis enfatiza que el amor entre personas y ciudadanos del mismo sexo “jamás podrá ser equivalente  a la expresión sexual del amor conyugal”. Luego, existe una sola versión (metafísica) natural para ese amor y todas las expresiones particulares (sociales y culturales) que los seres humanos produzcan desde sí mismos y en función de sus necesidades sentidas han de ser aprobadas o condenadas desde ese único modelo. Es la versión, o inversión, católica doctrinaria de que el ser humano ha sido hecho para el sábado (en este caso el ‘amor conyugal” único) y no el sábado para el ser humano (versión de Jesús de Nazaret). Obviamente el modelo único de amor conyugal es decretado por el aparato clerical y también enjuiciado por él. Lo que no se adapte a este juicio, es aberrante. Este tipo de criterio no solo condena a homosexuales sino que santifica las violencias y disfunciones  que puede contener el “amor conyugal” modélico, que no es el que existe efectivamente sino el que el aparato clerical predica.

    Lo que se dice del amor conyugal se reitera con la institución familiar. La legalización del vínculo homosexual “pone en peligro la dignidad y los derechos de la familia”. Existe una sola. Es decir en México no se dan o producen ni la familia monoparental, ni la ampliada, ni la convivencia sin respaldo jurídico, ni la grupal. Solo existe la familia nuclear, heterosexual, matrimoniada, monogámica, con niños a los que se cría. De esa única existencia (que solo se da en la mente del cardenal Rivera) depende el bien social de los mexicanos. Una sola cifra. En Chile, el país publicitado por su éxito en el ‘bien social’, en los últimos años de esta década inicial del siglo XXI, el 70% de los niños nace de padres no casados. Otra cifra: en Brasil, a finales del siglo XX, el 60% de los niños nacía de parejas no casadas o de madres solteras. Esto señala hacia muchas familias monoparentales con responsabilidad exclusivamente materna. Una última cifra: en México, la tasa de nacimientos de madres adolescentes en lo que va del siglo XXI es de alrededor del 70 por mil, inferior a la de Nicaragua (230 por mil). Ambos países se consideran “católicos”. Canadá, donde menos del 50% de la población se declara católica, esta tasa es del 14 por mil. La mayor parte de estas madres adolescentes no pasó por la ceremonia del matrimonio. ¿De qué paradigma familiar único, sustento del bien social, habla el cardenal Rivera? Es el que su criterio moral personal y doctrinal le indica que debería existir, pero no es el que efectivamente existe. Y esto no torna “malas” o perversas a las madres adolescentes, a los padres no matrimoniados pero que se hacen responsables por sus hijos ni a las madres que hacen de mamá y papá. Ninguna de estas situaciones debería excitar indignación ni anatema. Por el contrario, ellas reclaman políticas públicas e iniciativas privadas que faciliten la no discriminación contra las madres solteras, el acceso a beneficios sociales de las familias monoparentales y facilidades de estudio y acceso al empleo de las madres adolescentes. Ninguna de estas mujeres (el grupo más vulnerable) es socialmente ‘culpable’ o ‘pecador’ o ‘antinatural’. Es una ciudadana y una persona contra la que no debe ejercerse violencia social discriminatoria, aunque su existencia “familiar” no sea la que exige el cardenal Rivera. Lo mismo vale para homosexuales.

    El cardenal mexicano reconoce en este mismo párrafo que en México se cometen injusticias contra las personas homosexuales, pero agrega que ellas “nunca serán una justificación para conceder (les) falsos derechos”. En verdad, para una autoridad católica ningún nivel de barbarie discriminatoria será nunca suficiente para justificar derechos para los homosexuales. Ahora, en las sociedades modernas las ‘injusticias’ solo pueden ser reparadas efectivamente si pueden ser reclamadas en los circuitos judiciales y si, además, son reconocidas como injusticias por la sensibilidad política dominante. De modo que el cardenal reconoce las injusticias pero se decide porque éstas queden impunes al pronunciarse y luchar contra el reconocimiento jurídico de los vínculos de las parejas homosexuales y encabezar visceralmente su descalificación como legítima experiencia ciudadana y humana. Así resulta fácil o cómodo presentarse como “justo”.    

    El párrafo siete se abre a los argumentos de autoridad. El cardenal presenta su deber como “Pastor de la Arquidiócesis Primada de México” de realizar un llamado al ‘pueblo de Dios’ para que de muestra de misericordia con las personas homosexuales. Recuerda que el ‘Señor’ (Jesús de Nazaret) no vino para condenar sino para salvar. Se trata de otra autoridad, el ‘Señor’, pero el cardenal lo recuerda con algún sesgo. Según las crónicas de sus discípulos, Jesús de Nazaret vino para perdonar especialmente a quienes creían en él y también a los vulnerables (recuérdese la adúltera que iba a ser lapidada) y a anunciar la salvación universal de una humanidad liberada del pecado original. No es bueno invisibilizar este rostro redentor de la misión de Jesús de Nazaret, en particular si “salvar” remite exclusivamente al Cielo ultraterreno, al de las almas puras, mientras se consiente el dolor, sufrimiento, discriminación y explotación de los cuerpos aquí en la tierra, este “valle de lágrimas”. El referente de autoridad evangélica se afirma en el texto de la encíclica Humanae Vitae (Paulo VI, 1968). Ahora, el fragmento citado de por Rivera de esa encíclica “Venido no para juzgar sino para salvar” (#29) se inserta en un párrafo que exalta la paciencia, bondad y misericordia de Cristo y la distingue, sin oponerla, de la doctrina cristiana (que no fue creada por Jesús de Nazaret) como orientada por una “caridad eminente hacia las almas” y que se reseña en el lema: “Intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas”.  Solo que las personas se reducen a sus ‘almas’. El mal aquí sería un concepto: la homosexualidad. Y el efecto de la intransigencia hacia este concepto y práctica, el juicio/condena católico de “insalvable” para las personas homosexuales excepto que no practiquen. Es decir, que no sean homosexuales con sus cuerpos porque ‘en su alma’ nadie es o puede ser homosexual. Esta condena, que surge de una manipulación, no parece ser ni paciente, ni bondadosa, ni misericordiosa respecto de un asunto sobre el que Jesús no dejó palabra alguna. Jesús de Nazaret anteponía las necesidades humanas a los preceptos clericales y el vínculo de projimidad (reconocimiento y acompañamiento mutuos) a cualquier otro precepto ético. El aparato clerical católico quiere para sí este amor por las situaciones humanas, incluso las conflictivas (aunque estas situaciones las vivan ‘almas’) y también una autoridad doctrinal (pastorear) vertical sobre los seres humanos, pastoreo que recupera a los cuerpos pero sujetos a la concepción doctrinal católica de las ‘almas’. A este truco responde el posicionamiento ideológico de separar artificialmente ‘cuerpos’ de ‘almas’, separación que no existe en los evangelios. En Jesús de Nazaret la verdad que hace libre no es una doctrina sino el testimonio que reconoce que todos los seres humanos con sus cuerpos y culturas están llamados a la salvación y que para alcanzarla deben asumirse como prójimos en un emprendimiento común que puede aceptar múltiples formas: la adúltera, el pagano, el samaritano, el demente, el enfermo, la mujer sangrante, el hijo pródigo, por citar figuras de los evangelios. “Por sus frutos los conoceréis”. No por sus doctrinas. Se refería a los hijos de Dios. El aparato clerical católico desea que se lo tenga como de inspiración divina no por sus “frutos”, sino por sus doctrinas, incluyendo las que resultan antievangélicas.

    Además de las referencias a la autoridad, el párrafo siete de la declaración del cardenal mexicano incluye el comportamiento homosexual como factor de una aparente conspiración animada por una “intención perversa” de destruir los principios fundamentales de la fe cristiana (que él identifica con la institución católica, lo que es abusivo) para terminar de llevar a México a su ruina. O sea, las prácticas homosexuales y su legalización ciudadana tendrían parte de responsabilidad en el naufragio de la economía social mexicana, en la emigración masiva, en el auge de los carteles de la droga, en la caracterización del país como Estado frustrado, etc. Pareciera excesivo. Es casi seguro que habría que buscar con más atención y en la historia socio-económica y cultural de México a esos responsables.

    Pero además el Primado del Cardenal vale solo para los católicos, y eso. Si quiere interesarse y hablarle con autoridad legítima a todos los mexicanos tiene que abandonar purpurado y anillo y hablarles como ciudadano. Y aquí su carisma no es el de la verdad revelada sino el que se desprende de su capacidad de servicio público para hacer de México un emprendimiento donde quepan, sin discriminaciones, todos los mexicanos. Incluye a los homosexuales.
El párrafo ocho de la declaración del dirigente clerical comienza así: “Que la aprobación absurda de esta ley, que podrá ser legal pero nunca moral, nos permite ser conscientes del valor inigualable de la familia ‘fundamento de la vida y del amor’”. En castellano “absurdo” quiere decir ‘contrario a la razón’, o sin sentido. También, ‘chocante’ por ‘extravagante’. Y ‘disparatado’. Quienes hacen las leyes y quienes las administran procuran ser funcionales a un orden de vínculos sociales existentes o deseables. Como los vínculos suelen contener conflictos, las leyes pueden ser discutidas, pero siempre “tienen sentido”, lo que equivale a decir que expresan alguna racionalidad, o varias, propia de las que se enfrentan en las sociedades modernas. La legislación ni siquiera resulta absurda para quien sufre sus errores. Pese a ellos, tendrá que responder ante los tribunales si no la cumple. Desde este punto de vista, para calificarla de “absurda”, pese a su valor social objetivo, se hace necesario situarse por encima de las leyes y de la sociedad de la que ellas hacen parte. Al cardenal Rivera lo ponen fuera y por encima de las leyes sus sentimientos morales plasmados en una doctrina clerical basada en el Derecho natural. Pero ya advertimos que los sentimientos morales en las sociedades modernas son asunto particular y que se puede tener los que se quiera mientras no constituyan delito. Legislación y sentimientos morales se constituyen como mundos paralelos y, cuando se tocan, su sobredeterminación proviene del componente jurídico, no del moral. Se puede tener la certeza moral de que alguien es responsable de un delito pero si la acusación penal no satisface los requerimientos jurídicos, los jueces se verán obligados a dictar la absolutoria. El ladrón, defraudador o asesino será jurídicamente inocente. Moralmente, sólo él sabrá. Se puede estar en desacuerdo con este planteamiento, pero es el imperante en las sociedades actuales. Se trata, de paso, de la libertad de conciencia religiosa y de la libertad de conciencia a secas. Nadie puede ser acusado por sus ideas y por las prácticas que se ligan con esas ideas excepto que configuren delito. Nadie debe ser discriminado por sus opiniones ni opciones religiosas y civiles. El punto es de derechos humanos. Que el que no se viole estos derechos, asunto que fundamenta la decisión de la Suprema Corte, lleve al cardenal Rivera a reflexionar sobre la familia, o sobre el criterio doctrinal católico-cristiano sobre la familia, es un punto de vista interesante, pero tampoco favorece al cardenal.

    El párrafo ocho, además de mezclar inconvenientemente posicionamientos morales y religiosos con legislación positiva dando preeminencia a los primeros porque son los propios y de ellos se saca ventaja, menciona a Tomás Moro (1478-1535) como alguien que supo servir no al poder (sic) sino al supremo ideal de justicia. Sin duda se trata de una versión cuestionable. Moro fue un notable entre personalidades con poder: el Papa Clemente VII (que era una figura política) y el rey de Inglaterra, Enrique VIII. Eran tiempos de tormenta porque avisaban la modernidad y un final del político poderío papal. Tomás Moro, personalmente valeroso, optó por el Papa en contra de Enrique VIII. Pero se trató de una opción por un poder en contra de otro poder. Esto no tiene nada que ver con los homosexuales. Aquí se trata de un grupo hasta hoy discriminado por los poderes vigentes (Iglesia y Estado, más la sensibilidad generalizada), es decir de gente socio-históricamente vulnerable. Moro murió decapitado. Pero nunca fue en vida un vulnerable. Murió por optar por un poder que decaía y porque estaba en un lugar donde los poderes emergentes y sus personeros podían alcanzarlo y matarlo. Una bella personalidad en el lugar inadecuado. En el siglo XXI, en cambio, el aparato jerárquico clerical católico nunca está en un lugar inadecuado. Optó hace tiempo por los poderes vigentes (es uno de sus factores) y a ellos sirve y de ellos se sirve.

    Clonando su planteamiento ‘nacional’ del párrafo siete, el párrafo ocho finaliza apelando al nacionalismo mexicano. La decisión absurda de la Suprema Corte debe servir de ocasión “para continuar elevando nuestras oraciones a Dios por nuestros gobernantes (…) para que sepan servir (…) al supremo ideal de justicia, tutelando la familia, el derecho a la vida desde su gestación hasta su fin natural, la dignidad de la persona, la justicia social y la paz para nuestro atribulado país”. Recordemos que el ‘supremo ideal de justicia’ pertenece a las almas, no a los cuerpos. Este supremo ideal puede coexistir, por ello, con el sexismo y la explotación, por ejemplo. Pero no puede coexistir con ellos sin la materialización de la doctrina católica sobre la familia, el derecho a la vida en abstracto y no a una existencia (vida) digna por autónoma y social, ni sin la justicia social católica (que ha dominado al señorial México por más de cinco siglos) y, obviamente sin la paz de las almas (que es en la tierra la paz del Reino: o sea sin sindicatos, protestas, subversiones y emplazamiento de diálogos a las autoridades). Como se advierte, el cardenal Rivera no pierde ninguna ocasión de levantar ante los mexicanos el plan político de la jerarquía clerical que no es sino la catolización de los cuerpos y sus vínculos sociales al servicio de un dominio autoritario con ‘esperanza’ o promesa de Cielo.

    El párrafo nueve cierra con la infaltable hipocresía clerical y su acompañamiento inevitable, la amenaza metafísica de Satán como si él no hubiese sido definitivamente superado, si hubiera existido alguna vez, por Jesús de Nazaret. “Que la ley de Cristo, mandamiento del amor, sea la ley suprema de nuestros corazones, que nos libre del poder del Maligno”. En realidad, el mandamiento (o sugerencia, porque se trató de una persona amable) de Jesús de Nazaret es crear las condiciones sociales para que todos puedan amar libre y creativamente haciéndose responsables por sus decisiones. No se trata de forzar el amor, sino de que él pueda fluir en las sociedades y culturas como agua fresca. Como si se estuviera en un Paraíso.

    Este ‘poder del Maligno’, según el cardenal, se manifiesta como “violencia exacerbada que se inicia con la eliminación de los más desprotegidos en el vientre de sus propias madres, y que se multiplica en el crimen organizado y en legislaciones inmorales que sirven como su instrumento”. Ya se ve, las señas centrales de violencia demoníaca en México son el aborto, el crimen organizado y las legislaciones inmorales. Lo del aborto es cuestión aparte porque tiene múltiples fuentes: ausencia de prevención social, ausencia de redes de cuido, violencia criminal (violaciones), razones de salud, sexismo que torna a las mujeres de toda edad, pero en particular a las jóvenes, en objetos de acometimiento (embarazarlas puede ser una forma de agresión), pobreza,  etc. La doctrina católica sobre sexualidad puede ser nombrada como una de las fuentes que torna necesario y a la vez ilegal el aborto inducido. Como se ve, el Maligno trabaja en muchos frentes. En cuanto al crimen organizado, se trata de una actividad empresarial ilícita y más que al Maligno habría que preguntarle a la acumulación de capital y a sus instituciones y sensibilidades por su carácter y su eventual resolución. Muchas empresas capitalistas lícitas, en cambio, parecen obra del Maligno porque se esfuerzan, y con éxito, por acabar con el hábitat que permite la vida en el planeta. Sobre la opción homosexual y la legislación que la reconoce como lícita ya se ha hablado aquí bastante. Si esta actividad de una minoría no pendenciera acabara con México habría que preguntarse qué tenía ya postrado a este país antes de que la Suprema Corte les reconociera legalmente. Ni siquiera sería la gota que colmaría el vaso. El vaso en realidad se mostraría lleno de otras cosas incluyendo un falso culto mariano que, en la voz del cardenal,  podría reemplazar a las fuerzas políticas que deberían esforzarse trabajando por un México mejor, abierto y articulador de todas las experiencias de ciudadanía y humanidad (se incluye a homosexuales y obispos) que no contengan violencia social discriminadora o configuren delito.

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         Referencias:

    Cardenal Rivera: “La unión homosexual es intrínsecamente inmoral, en http://www.aica.org/index
    Catecismo de la Iglesia Católica, sde.
    Ember, Carol R. y otros: Antropología, Pearson/Prentice Hall, Madrid, España, 2004.
    Gallardo, Helio: Siglo XXI: Producir un mundo, Arlekín, San José de Costa Rica, 2006.
    La Biblia latinoamericana, Paulinas/Verbo Divino, LXIV edición, Madrid, España, 1987.
    May, Roy H.: Veinte preguntas acerca de la homosexualidad: Algunas respuestas desde una perspectiva cristiana, Facultad de Ciencias Sociales/Escuela         Ecuménica de Ciencias de la Religión, Universidad Nacional, Costa Rica, sde.
    Nueva polémica por matrimonio gay (noticia), en La Nación (periódico), 19-07-2010, San José de Costa Rica.
    Una jueza argentina no casará a homosexuales por miedo a la condena de Dios, en http://www.eitb.com/noticias/internacionales/


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agosto 28, 2010.