Costa Rica, 11

de diciembre 2009.

    

    

     Que las candidaturas presidenciales que a inicios de diciembre se ubican en los primeros lugares (aunque separadas por un margen todavía amplio) sean las del que dice llamarse ‘Partido’ Liberación Nacional y la del Movimiento Libertario, tiene un alcance que la ciudadanía y la población deberían estimar ominosa. Los que se dicen Liberación Nacional pasaron de ser un partido de centro (en algunos círculos ganó incluso prestigio como socialdemócrata), aunque reticente ante la fuerza de trabajo y su organización, a una gamonal maquinaria electoral y aparato de administración pública clientelar, en su primera fase de descomposición. Asaltado por los hermanos Arias, el ‘aparato’ se transformó en un clan de parientes, yes men, grandes empresarios locales e internacionales, secretarias ejecutivas y ‘novias’ (papeles asignados a la mujer), y tecnócratas obsesionados por el ‘pragmático’ doctrinarismo que llama a superar las penurias (no dicen de quienes) con la inversión extranjera, el libre cambio con entera libertad para el capital financiero y la adhesión a Estados Unidos. Cualquier opinión divergente se valora obsoleta ideología y el monopólico aparato mediático local asociado se encarga de escarnecerlo y destrozarlo.

    Hasta este siglo XXI el Frankestein político que se incubaba en el todavía llamado Partido Liberación Nacional compartía con el ‘partido’ Unidad Social Cristiana (tuvo también otros nombres) la tarea de repartirse clientelas y buenos negocios en desmedro de los intereses públicos y de las instituciones sociales que el país, sin dejar de ser culturalmente conservador, había configurado durante más de medio siglo. El pacto se terminó cuando la Fiscalía General logró procesar a dos de los últimos expresidentes del PUSC por delitos  cometidos haciendo uso de su influencia y posicionamiento políticos. Uno de estos expresidentes ya recibió una sentencia de cárcel en primera instancia. El otro debería recibirla. La constatación de que la dirigencia del PUSC y del Gobierno no era sino una mafia orientada a enriquecerse, aunque también participara en la agrupación gente honesta pero sin capacidad de decisión, vigorizó las tendencias mafiosas y plutocráticas también presentes en el ‘Partido’ Liberación Nacional que quedó solo para repartirse la hacienda pública y los buenos negocios. Uno de sus militantes, Antonio Álvarez Desanti (que en algún momento cultivó la ilusión de disputar a los Arias el control sobre el PLN), sentenció: ‘El PLN es tan corrupto y venal como el PUSC. Lo que ocurre es que aquí se cubren mejor los delitos’.

    El posicionamiento en solitario de la maquinaria electoral del PLN y su control total por los hermanos Arias fue casi de inmediato aprovechado por el sector empresarial interesado en participar en las “grandes ligas” de la mundialización. Con su apoyo condicionado, el PLN culminó su total entrega a la derecha económica y cultural que hasta ese momento, y desde la mitad del siglo pasado, carecía de partido viable. Del clientelar “nadadito de perro” (la oligarquía desprecia con este mote el rostro social de la experiencia costarricense, en parte debida al PLN original) se pasó a la soberbia y violencia del Ku Klux Klan. Por supuesto esta nueva, vigorosa y monopólica derecha, “no rompe un huevo” y vende internacionalmente la imagen de un país respetuoso del medio y que busca el diálogo como superación de los conflictos. Pero adentro es la guerra social y la discriminación bajo el slogan de “Pa’ eso tenemos mandato” (K. Casas, ex Vicepresidente de la República). Esta derecha espera que el mandato sea para rato. Cuando huele oposición, declara al país ingobernable.

    Con este tipo de ‘dirección política’ Costa Rica no podía ir sino rampante hacia la degradación social. El abandono por décadas de la inversión en infraestructura, en educación pública de calidad y en seguridad social y ciudadana se ligó con las nuevas formas de enriquecimiento rápido de la transición entre siglos: la delincuencia ‘licita’ de las corporaciones transnacionales y sus oligárquicos socios locales y la delincuencia organizada, en particular el narcotráfico y su secuela de sicarios, captura de territorios, etc. En lo que va del siglo XXI agregó a estas entregas la complacencia con la delincuencia geopolítica de la administración Bush prolongada por la administración Obama.

    En este momento, diciembre del 2009, el país entero se cae a pedazos. Un articulista del conservadurismo tradicional llama en el principal medio impreso del país a refundar el Ejército (abolido en Costa Rica en 1948). Sostiene que “Se acabó el orden y la tranquilidad en Costa Rica. También es evidente que la situación empeora rápidamente y empeorará aún más”. Para evitar el colapso pide organizar una fuerza militar que asuma la defensa nacional y que esté por encima del orden legal actual “para que puedan (los militares) aplicar la fuerza necesaria para terminar con la amenaza” (J.Gutiérrez: “Que Costa Rica despierte de su peligroso sueño”, La Nación, 12/12/09). Es decir, adiós Estado de derecho y derechos humanos. La guerra se hará contra ‘la delincuencia’ determinada como tal por los poderosos.

    Aunque suene enfermiza, la tesis del autor es solo una señal de la derechización tecnocrática y corrupta de los grupos dominantes y de una facción de la población manipulada. Como también lo es que un pseudo partido Liberación Nacional, neoderecha codiciosa y revanchista, y un agresivo Movimiento Libertario, derecha emergente, aventurera, oportunista y facistoide, se repartan y determinen el eje de la sensibilidad electoral para este 2010.

    Los costarricenses se encuentran a las puertas de perder, quizás por cuanto tiempo o para siempre, más de un siglo de acciones variadas pero consistentes para configurar instituciones de solidaridad social y democracia gubernamental.

    Les dicen que reemplacen esa historia por la violencia, la insolidaridad y la guerra. Les repiten que eso es “ir para adelante” o “el cambio ya”.Y por lo que narran las encuestas, muchos costarricenses parecen estar dispuestos a creerlo.


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