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Pensar América Latina
LIQUIDADOS Y LIQUIDADORES
“Pensar América Latina” es algo que usualmente no hacemos. La damos por descontada América Latina, así, como es o como viene. Con sus talentos multiculturales, eso sí discriminados por una jerarquización rígida (e hipócrita) que proviene de la Conquista y Colonia, y sus desagregaciones sociales que nos hacen producir empobrecidos económico-culturales a quienes referimos o a políticas públicas que, en el mejor de los casos, sacan de la miseria y abyección a unos cuantos, o a organismos no-gubernamentales que formulan proyectos, realizan auditorías o promueven expectativas entre sus clientelas en el mismo movimiento en que sus funcionarios aseguran un modus vivendi y, ocasionalmente, un prestigio de ‘expertos’. Por supuesto, también está la limosna individual con la que muchos querrán ganar, pese a que la conceden con acrimonia moral, créditos para el cielo. De pobres y miserables también se encarga la policía y, más terriblemente, los escuadrones de “limpieza social”. Entre las capas medias urbanas ver a un pobre activa la orden de “cambiar de acera”. Autoridades y estas mismas capas medias no suelen escuchar si este mismo pobre, en especial si es mujer e inmigrante, llama por teléfono celular.
Más difícil es que relacionemos esta América Latina, como la vemos o como viene, con sus posicionamientos en la división internacional, hoy mundial, del trabajo. Digamos, con la articulación de sus diversas regiones y poblaciones a la acumulación global de capital. Solemos conformarnos con ‘saber’ que somos parte de la periferia de este capitalismo, países (o economías) subdesarrollados, incluso parte del Tercer Mundo. Un área con riquezas y bellezas naturales que, lástima, están pobladas por latinoamericanos escasamente competitivos, dudosamente eficientes, irregularmente eficaces: mala razas-pobre cultura empresarial. También venales, líricos, patriarcales, señoriales y, sin paradoja, obsecuentes y lambiscones. Pueblos que nunca hemos conseguido asumir el espíritu de la modernidad. Quizás porque el lambisconamiento y la sujeción formen parte efectiva de esa espiritualidad.
La línea anterior contiene un giro expresivo que demanda, debido a la organización de este discurso, una reflexión: “Pueblos que nunca hemos conseguido asumir”. ¿Existe este “hemos”? Si se lo prefiere: ¿Hemos, desde 1492, producido un emprendimiento colectivo, entre todos, para todos? Con diferencias, por supuesto, pero, aún así, ¿para todos? El concepto en juego es incluyente. Un emprendimiento colectivo incluyente. Ya mencionamos las desagregaciones, las jerarquizaciones rígidas e hipócritas (porque nuestras legislaciones dicen que no existen), la crueldad, el odio. Entre nosotros, ¿nosotros?, hasta el cristianismo bajo su versión católica se utiliza para discriminar (a laicas y laicos y no católicos) e incluso para odiar sin remordimiento ni castigo. Cabe recordar que administradores de la Seguridad Nacional (terror de Estado) como Augusto Pinochet (Chile) o Jorge Rafael Videla (Argentina), o personalidades dictatoriales renombradas como las de la familia Somoza en Nicaragua, fueron piadosísimos fieles de la Iglesia Católica (al igual que terratenientes, banqueros, grandes comerciantes, y más humildes guías de desplazados que los hacinan y abandonan en furgones, desiertos y ríos, soldados que asesinan a los humildes y cuyo estandarte a la cabeza luce el Sagrado Corazón de Jesús o alguna Virgen María en versión lugareña). Por supuesto, “incluyente” puede predicarse de muy diversas maneras. En el ‘orden’ construido por los latinoamericanos (o sea por sus sistemas de dominación) hasta el “desechable”, figura inventada por el paramilitarismo colombiano para identificar y cazar a quien debe ser asesinado para que existan la verdad, la belleza y la justicia, puede considerarse incluido: cómo imaginar paramilitarme la existencia sin un alguien que nos repugne de tal manera que resulta un imperativo moral liquidarlo. Los paramilitares colombianos constituyen una personificación en el límite del imaginario criminal que caracteriza la espiritualidad de los sectores dominantes en América Latina.
Obviamente, el imaginario-pensamiento anterior, el paramilitar o el clerical, no puede provenir de quien es liquidado. Pertenece a quien posee la capacidad para liquidar y, sobre todo, para quien juzga que su capacidad liquidadora queda impune. Y, todavía más, le concede prestigio.
Sentir para discernir. Discernir para actuar. Y actuar para incidir. Incidir para liberar, que así se traduce como acabar con las estructuras que producen liquidados y liquidadores. Hoy es un sueño. Se mata a mujeres, jóvenes, niños, ancianos, indígenas, campesinos, trabajadores, empleadas domésticas, deudores, estudiantes, creyentes religiosos, emigrantes, desplazados, afroamericanos, reivindicadores de derechos humanos, cooperativistas. Y se los suprime o mata o sujeciona de muchas maneras. La muerte de los liquidables no es una metáfora. Para quienes deben ser liquidados y resisten, ya sabemos, organizados, el sueño es la imaginación que construye horizontes de esperanza. Utopía la consideran. Sentir, analizar, discernir. Hacer crecer desde la autoestima una esperanza. O muchas. Aprender a reconocer en uno mismo y en otros las capacidades, las carencias, las fuerzas, las debilidades para incidir sobre amigos y enemigos. Soñar con ser dioses, o sea testimoniar, incluso en la derrota, la espiritualidad moderna desplazada y usurpada violentamente por la dominación imperial y oligárquica en América Latina (quienes las personifican son los liquidadores S.A., estructuras especializadas de la propiedad/apropiación que excluye y degrada). Comprometerse sin romanticismo con la utopía de ser dioses no mata la trascendencia. Por el contrario, la nutre con autoestima y con furiosos, plurales, perseverantes y analíticos destacamentos populares. Dios, el de los liquidables que se resisten a ser liquidados, ofrece vida eterna a quienes testimoniaron con voluntad irreversible la aspiración al principio universal de agencia y la necesidad de constituir, lucha a lucha, combate a combate, la especie humana imaginada en su encuentro erótico con todas las cosas abiertas o en proceso de abrirse al impulso co-creativo. Si los liquidables no tuviesen sentimiento y sentido de trascendencia (utopía) no lucharían hasta el final. Irguiéndose después y desde cada una de sus muertes. Los liquidables resultan invencibles porque llegarán hasta el final del odio y la codicia. En esto consiste su vida eterna. La mirada de los liquidables atisba desde la lucha, con ella, ese final. La utopía es una región de la perseverancia. Para los liquidables, la perseverancia construye la esperanza. La perseverancia, una forma de acumular y de memoria, demanda pensar.
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