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Costa Rica, 9

de diciembre, 2009.

 

      
    El progreso del candidato Otto Guevara (Movimiento Libertario), según la encuesta más publicitada aunque no necesariamente por ello confiable, resta opciones de voto a Laura Chinchilla (Liberación Nacional) y Luis Fishman (Unidad Social Cristiana). El asunto es enteramente comprensible. La Unidad Social Cristiana fue demolida por dos bazukazos: su desagregación interna, derivada de la candidatura y presidencia de Abel Pacheco, y las investigaciones y denuncias judiciales que comprometieron a sus dos expresidentes de la República (Calderón y Rodríguez), el primero ya condenado en primera instancia, y mostraron a sus máximos dirigentes creando tramas mafiosas orientadas a obtener ganancias personales mediante el tráfico de influencias. El PUSC, entonces, implosionó. En cuanto a  Chinchilla, el Gobierno y su equipo de campaña imaginaron una población costarricense feliz y encantada con el ‘maravilloso’ gobierno de los hermanos Arias, la continuidad la fijaron diciendo que incluso lo perfecto y sublime podía mejorarse un poco y desde aquí montaron una campaña con imágenes bellas, promesas vacías y candidata “ausente”. Guevara aprovechó la suavidad continuista para centrarse en ataques directos y brutales pulverizando su imaginario idílico: corrupción, venalidad, derroche, mentiras, inseguridad, narcotráfico, promesas falsas, pobreza, descomposición… exigían un ¡Cambio Ya! (slogan libertario). Una millonaria campaña lo hizo crecer, aunque difícilmente pueda ganar: el candidato tiene credibilidad de techo bajo y el otro lado posee más músculo económico (en parte también de incierta procedencia) y mayor capacidad de presión.

    Sin embargo, aunque los “partidos” Liberación y Social-Cristiano merman (el último al borde de la extinción), el gran cuestionado con este aparente auge electoral libertario es el Partido Acción Ciudadana que presenta por tercera vez a su fundador (Ottón Solís) como candidato. Este partido nació en el 2000 enfatizando que los partidos tradicionales (PLN y PUSC) eran corruptos, clientelares y venales y propuso su propio estilo político como alternativo al de ellos. Por decirlo en breve, su mensaje alimentó la posibilidad y esperanza de un adecentamiento de la política costarricense vía una mayor participación de la sociedad civil en ella. Quería ser el partido de  la ciudadanía decente en tanto no hacía del tamaño del Estado el núcleo de la ineficiencia política sino que responsabilizaba por esta ineficiencia a las personas y organizaciones que se habían apoderado de él por asalto. Completó su identidad ofreciendo protección, desarrollo e inclusión en el disfrute de la riqueza producida. Parecía que si se trabajaba estas ideas, el partido prosperaría.

    Nueve años después, y especialmente en estos últimos tres, el PAC recogió algunas velas, tal vez las que mejor lo perfilaron, y abrió otras. Ahora se presenta como un partido de centro, para reemplazar a Liberación Nacional que se habría trasladado a la derecha. Autodeterminarse como “centro” pareciera hablar a la sensibilidad de muchos costarricenses. Pero el PAC, ansioso de despegarse del mote de “izquierdista”, “moralista” y “extremista”, que alguna prensa y rivales lograron endilgarle, le puso vaselina y talco a su inicial enfoque anticorrupción, antivenalidad y anticlientelismo, hasta casi hacerlo desaparecer. En sus elecciones internas, uno de los precandidatos, declaró que el enfoque ético no le parecía ya importante. Este enfoque ético, ridiculizado por sus enemigos como el tema de “las galletitas” (obtener ventajas personales con fondos públicos), fue lo que potenció la imagen del PAC (y de su fundador, Ottón Solís) como alternativa efectiva al PLN y al PUSC. De lo otro, del desarrollo y la inclusión, hablan todos y, más importante, nadie cumple nunca.

    La cuestión ético-política, en cambio, fue levantada en el 2002, para el debut electoral del PAC, por tres candidatos: Abel Pacheco, quien ganó, O. Guevara, ya mencionado, y O. Solís. Por supuesto el “abelismo”, sin fuerza política ni para respirar, olvidó el tema apenas se sentó en el gobierno. En las elecciones del 2006, a la cuestión de la corrupción y la venalidad se le agregó la soberbia de los dirigentes tradicionales. Los Arias declararon que las aristocráticas “águilas” no se mezclaban ni hablaban con los caracoles” (la chusma ciudadana, los opositores). Como parecía enfrentar a la soberbia, la corrupción y los ladrones,  Ottón Solís casi gana. Y el PAC devino segunda fuerza electoral. En seis años.

    Después vinieron otros vientos. Preocupado porque se lo ligaba con el gobierno de Venezuela, con los sindicalistas y hasta con el terrorismo (el medio político de Costa Rica es así, siniestramente pintoresco en su conservadurismo), el PAC tuvo solamente un perfil no-frío en la lucha contra el TLC y su referéndum polarizante y después de ellos abandonó las causas ciudadanas y sociales de la gente que lo respaldaba como alternativa y que constituía casi la mitad de quienes votaban. Lo hizo, al parecer, temeroso de mostrarse “popular”. No desea que lo identifiquen como “izquierda”. Prefiere ser mojigato y, a la larga o a la corta, corrupto centro.

    El punto es que enfrentar la corrupción, la venalidad y la impunidad políticas en Costa Rica no solo es propio de ciudadanos decentes y de sectores sociales medios y vulnerables, sino que es, en el país, ideológicamente de izquierdas e incluso “revolucionario”. Lo es tanto que implica una acción político-institucional concertada y de varias administraciones. Pero el PAC ya no está en eso. Ofrece “La Costa Rica que queremos” como si eso no lo hubieran ofrecido los candidatos de todos los partidos desde hace 25 o más años. Como si fuera lúcido repetirlo cuando el país se cae a pedazos (su educación pública, su sistema de seguridad social, su convivencia civilizada o al menos civil, la existencia en las calles y en las zonas rurales). Pero si se silencia que corrupción, venalidad e impunidad (que comprometen a todas las instituciones públicas y a muchos sectores privados) constituyen un factor básico de la descomposición que sufre el país, ofrecer el desarrollo y la inclusión, sin tenaz y larga lucha social, ética y cultural, es demagogia. Y en Costa Rica la demagogia es carácter de la derecha, ya bajo su forma criminal cavernaria (el país se divide en costarricenses exitosos y ticos perdedores; no hay que interesarse por estos últimos excepto para eliminarlos), ya bajo su pulcra forma desarrollista: si nadie se opone, si nadie discute, si nadie piensa, si nadie se organiza ni critica, el gobierno de los “lobos con piel de oveja”, de los “dueños del país”, de los ‘yes men’, de las secretarias ejecutivas, de los banqueros, de los mafiosos… y sus instituciones, conducirán a Costa Rica al desarrollo. Es cosa de esperar, de no hacer olitas y ¡Por la Virgen! nunca proferir malas palabras. El mercado mundial resolverá todos y cada uno de los desafíos.

    El haberse desprendido de la crítica sensibilidad radical contenida en su fundación para pasarse al cómodo bando de quienes esperan mejoría sin tenaz y dura lucha social, puede que facilite al PAC sobrevivir como una anécdota de la historia política (versión oficial) de Costa Rica. Pero ha dejado de ser alternativa.

    Lo peor y más triste. No había otra.


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